Por si no estaba suficientemente claro durante todos estos años, Mathieu van der Poel justificó con su octavo entorchado mundial, cuarto consecutivo, su título oficioso de mejor corredor de ciclocross de la historia. Superaba así a otra leyenda de la especialidad, Erik de Vlaeminck, que se enfundó siete veces el arcoíris. Tibor del Grosso, su compatriota neerlandés, y el belga Thibau Nys completaron el podio.
El circuito de 3,3 kms., en Hulst (Países Bajos), se las traía con un inusual desnivel acumulado de 40 metros, numerosas zonas de pateo, pontones, puentes, tablones y un tramo de escaleras con 22 peldaños. Dos ascensiones empinadas complicaban los descensos y, sobre todo, los ascensos, que obligaban a veces a poner pie a tierra. El terreno estaba algo pesado, aunque en absoluto pegajoso. La lluvia empezó a caer cuando la carrera concluía y manchó a los corredores con esas máculas de barro que gusta ver en las rudas pruebas de ciclocross.
La carrera, como se preveía, fue un concierto para una sola nota con un único instrumentista. En el comienzo de la segunda vuelta, Van der Poel soltó a Del Grosso y Nys. El trío se había despegado casi en el acto del resto de los participantes, entre ellos Felipe Orts, que, conscientes de quienes mandaban, los tres máximos favoritos, ya sólo pensaban en hacer un top-10.
...Y no hay mucho más que decir... Van der Poel hacía su victoriosa vida por delante de los de los demás. Ausente Van Aert, cuando él corre se sobreentiende que sólo un accidente en forma de caída o avería mecánica, puede privarle del éxito. No se produjo y -un canto a la genética- el ilustre nieto de Raymond Poulidor e hijo de Adrie van der Poel abrochó el triunfo, el decimotercero en 13 carreras de una temporada en la que se ha mostrado imbatible.
Por detrás de él, Nys y Del Grosso alteraban las posiciones en función de un titubeo aquí, una pequeña debilidad allá, una curva mal trazada o un resbalón. Nys casi se va al suelo en plena pugna con su compañero de fatigas, y el Del Grosso aprovechó para alejarse y atrapar el segundo puesto a 35 segundos de un Van der Poel que había bajado el pistón para no exponerse a un percance de última hora. Nys fue tercero a 46. Felipe Orts, que se había retrasado en la salida, terminó en séptima posición, a 1:04 de Van der Poel. Es más o menos el puesto que le corresponde en la corte del rey Mathieu.
En un partido cargado de simbología y también de nostalgia, Carlos Alcaraz conquistó el único Grand Slam que le faltaba frente a quien lo ha ganado más veces. La mejor final posible no era el mejor partido posible, categoría reservada, por definición, al disputado entre el primero y el segundo del ránking. Pero Australia mostró al tenis, entusiasmado por los nombres, los antecedentes y las circunstancias, que un enfrentamiento inesperado y desigual puede suscitar el mayor interés que cabe pedir y celebrar.
Dos semifinales eternas habían puesto en la final, frente a frente, a dos hombres y dos épocas. Una nacida como ley natural para aplicar la última pena a la otra. Y ésta decidida a resistir como un deber consigo misma, con el propósito de aplazar la sentencia por medio de una victoria insospechada. O, en la presumible derrota, extinguirse con un grito y no con un gemido. Con una explosión y no con un crujido. Se medían el más arrollador presente y el más glorioso pasado, reunidos en un punto común a través de un destino devenido neutral tras haber tomado partido por ambos con el fin de juntarlos en un mutuo homenaje.
Alcaraz es depositario de una herencia individual que crece y se expande. Djokovic, custodio de otra tripartita que agoniza y con él expira. El tiempo no se había detenido para permitir a Nole jugar otra final de Grand Slam. Únicamente se había tomado un descanso antes de volver a transcurrir en beneficio de quien tiene la edad para aprovecharlo y no para sucumbir ante su peso.
Desde el crepúsculo de su grandeza, intacta en la historia y el recuerdo, Djokovic, orgulloso, quiso morir matando. Lo hizo hiriendo. De gravedad en el primer set y, en el cuarto, con un estertor muy parecido a una reacción. En un regalo al aficionado, en una oda y una ofrenda al tenis, Alcaraz lo fue macerando con la cruel violencia de los servicios y la venenosa dulzura de las dejadas. Nole nunca se rindió, aunque siempre careció de auténticas posibilidades. Incluso agotado, no entregó las armas: se las tuvieron que arrebatar.
A casi cuatro meses de cumplir 39 años, no volverá a jugar otra final de Grand Slam. En Australia ha compartido con Alcaraz el mejor partido posible. A partir de ahora, ese mejor partido volverá a ser un Alcaraz-Sinner.
En el último eslalon antes de los Juegos Olímpicos, en la estación checa de Spindleruv Mlyn, obtuvo Mikaela Shiffrin su victoria número 108 en la Copa del Mundo, 71 en esa disciplina de eslalon. Una doble celebración en el seno de una trayectoria inigualable y, aunque en deporte todo puede ocurrir, probablemente irrepetible.
La estadounidense, tercera el sábado en el gigante, ganó matemáticamente, y por novena vez, el Globo de Cristal de la modalidad y siguió certificando su categoría, su naturaleza, de esquiadora suprema en la actualidad y en la historia de su deporte. Ese noveno Globo supera los ocho que obtuvieron, también en eslalon, Ingemar Stenmark y, en descenso, Lindsey Vonn, en camino esta temporada de lograr el noveno e igualar así a su compatriota. Ambas esquiadoras suponen la cumbre de ahora y de siempre en las pruebas de habilidad y velocidad. El esquí las reconoce como sus reinas.
Es imposible esquiar mejor y más bonito, uniendo la belleza a la eficacia. Ya en la primera manga, Shiffrin, impecable en la pureza de su estilo, deslumbrante en su forma de deslizar y cimbrearse sin brusquedad en el zigzagueante paso de las puertas, estableció entre ella y las demás una barrera insalvable. Dejó a la suiza Wendy Holdener a 1:26. Sólo un accidente, más improbable en ella que en el resto, podía evitar su victoria, coronada casi siempre con una exhibición en el fondo y en la forma.
No se produjo, y Mikaela, vencedora por tercera vez en la estación checa, prodigó de nuevo su serena sonrisa rubia, escoltada por la suiza Camille Rast, su gran rival este año en el eslalon, y la alemana Emma Aicher, también asidua de los podios. Dado que la perfección humana no existe, al menos ininterrumpidamente, Mikaela tuvo en la segunda manga, a diferencia de la primera, algún ligero titubeo, solventado en el acto y sin daño, como quien rectifica un error sin reconocerlo ni lamentarlo. Al igual que en la primera manga, hizo el mejor tiempo en la segunda. En el cómputo de ambas, dejó a Rast a 1:67. Una diferencia sólida en un deporte resuelto habitualmente en centésimas.
Spindleruv Mlyn no es un nombre más en la memoria y la sentimentalidad de Shiffrin. Reviste una iniciática. Allí debutó Mikaela, el 11 de marzo de 2011, en la Copa del Mundo. Tenía 15 años. Era un proyecto de gran esquiadora, el embrión infantil de una futura estrella. Pero, naturalmente, nadie podía pensar que en el cuerpo de aquella chiquilla estaba naciendo un mito.
El Hemisferio Norte tirita y el Hemisferio Sur suda. En Australia, con el mercurio disparado, ha arrancado, junto al mejor tenis, el gran ciclismo con la disputa del Tour Down Under, primera prueba del calendario World Tour. Ya ruedan las ruedas.
Una vez más, la temporada orbita alrededor de Tadej Pogacar, el astro rey de la galaxia de la bicicleta. Entendiendo que una cosa es la excelencia y otra muy distinta, inalcanzable, la perfección. Aceptando que es posible la superioridad, pero no la infalibilidad, el ciclismo entero se pregunta cuántas carreras y cuáles puede ganar el esloveno. Sabiendo que es capaz de vencer en cualquiera de ellas, aunque no en todas, casi interesa más centrarse en quienes son susceptibles de derrotarle en algunas. Hay el mismo interés, el mismo placer en ver ganar a Pogacar que en verlo perder, a la vez que nos preguntamos si, a los 27 años, seguirá progresando. Y si es así, hasta cuándo y de qué forma.
Tadej obtuvo 20 victorias en 2025, más que nadie, para plantarse en las 108 a lo largo de su trayectoria. Y su equipo, el Emiratos Árabes Unidos (UAE), alcanzó 97 de la mano de 20 corredores diferentes. Estos datos significan tanto un resumen de la campaña pasada como un preámbulo de la actual. Los mismos interrogantes que nos planteamos respecto a Pogacar, nos sirven con relación a su equipo.
Cuarenta y seis años después de ingresar como estructura en el pelotón internacional y seguir en él con diferentes patrocinios (Reynolds, Banesto, Illes Balears, Caisse dÉpargne), Movistar es de nuevo el único representante español en la máxima categoría de escuadras. Ha incrementado la españolización de la plantilla. Pero no calará del todo en el aficionado nacional mientras la estrella del grupo, alguien con galones homologables en el exterior, sea un extranjero. Alejandro Valverde fue el último compatriota en portar la bandera. Enric Mas, el anunciado, no llenó el vacío dejado por el murciano, y a los 31 años va a ser un novato en el Giro, en busca de una improbable reinvención en un escenario inédito.
Coincidirá allí con Mikel Landa, veterano de ocho ediciones, que, a los 36 años, regresa, nostálgico, a donde conoció sus mejores días. Los dos, profesionales, no obstante, por encima de la media, han sido víctimas de sus propias limitaciones y de un frecuente mal fario en forma de caídas y enfermedades. Una combinación que les ha condenado a un palmarés somero y ya antiguo. Mas no gana una carrera de cualquier rango desde 2022. Landa, desde 2021. La actual figura del Movistar, recién adquirida, es el joven belga (23 años el 28 de febrero) Cian Uijtdebroeks. El equipo, necesitado de un acicate y un revulsivo, se ha puesto en sus manos y le entregará la jefatura de filas en el Tour.
Hacen falta nombres de aquí que ilusionen. Asoman chavales por el horizonte. Entretanto, depositamos en Juan Ayuso, un talento puro y un carácter difícil, mudado con alivio mutuo del UAE al Lidl-Trek, nuestras mayores esperanzas. A Carlos Rodríguez (Ineos) sólo le deseamos la necesaria salud y la imprescindible suerte para que se una a Juan en el empeño.
Mathieu van der Poel tenía un interés especial en ganar en Hoogerheide, en la Copa del Mundo de ciclocross. La carrera llevaba el nombre de su padre, Adrie. Pensado y hecho. Mathieu dominó con su suficiencia crónica la prueba. Esperó, tranquilo, a la tercera de las nueve vueltas para pegar el hachazo de rigor y abandonar el grupo que, enfilado, serpenteaba por el circuito.
Como siempre, hubo dos carreras. La primera, con un solo hombre. La segunda, con todos los demás y con los nombres habituales peleando por el podio en, esta vez, una infrecuente aglomeración. Una curiosa estampa en el ciclocross, que se caracteriza por la diseminación de los corredores.
En homenaje a su padre, Mathieu se esforzó especialmente. Lo habitual es que, conseguida una sustancial ventaja, se relaje un poco al final. En esta ocasión, mantuvo un ritmo altísimo y terminó con 1:20 de ventaja sobre Tibor del Grosso, Niels Vandeputte y Thibau Nys. Felipe Orts pasó por meta en la sexta posición.
Van der Poel, inabordable durante toda la temporada, obtuvo su duodécimo triunfo de la campaña y, de paso, un récord de 51 victorias en la Copa del Mundo. Se apresta, además, a apropiarse de otro récord. El próximo domingo perseguirá su octavo título mundial. Su condición de favorito es absoluta.
Mathieu van der Poel es invencible en esta temporada de ciclocross: 10 victorias en 10 carreras.
En la cita de la Copa del Mundo en Benidorm protagonizó otra exhibición de máximo calibre y nula oposición. Lo escoltó durante casi una vuelta el campeón neerlandés, Tibor del Grosso (VDP no participó en el Campeonato Nacional), su compañero de equipo en el Alpecin.
Detrás, el campeón de Bélgica, Thibau Nys, y el de España, Felipe Orts, se enzarzaron por los siguientes puestos del podio. Nys se alzó con el segundo. Imponente tercero, Orts, que había atacado en la quinta vuelta y separado del grupito principal, hizo una carrera magnífica frente a un elenco selecto y se consolida en esa élite que persigue, sin lograr atraparlos, a Van der Poel y Wout van Aert, ausente a causa de una operación de fractura de tobillo y vencedor en Benidorm en 2024. Es la última carrera que ha perdido Van der Poel, que chocó entonces contra una farola y concluyó quinto.
Ante 16.000 espectadores, en un recorrido duro por la lluvia caída horas antes y la proliferación de tablones, Mathieu aceleró brutalmente antes de concluir la primera de las ocho vueltas y descolgó a un Del Grosso que fue perdiendo comba paulatinamente, se recuperó al final y acabó en la cuarta posición.
Van der Poel y Orts competían en casa alicantina. El neerlandés vive en invierno en Moraira, y Orts nació en Villajoyosa. Van der Poel gana de un modo rutinario y con una táctica repetida. Se coloca en cabeza rápidamente, alcanza una ventaja de, más o menos, un minuto que lo sitúa a salvo de cualquier percance y, también más o menos en la última vuelta, afloja un tanto la marcha y permite que sus ¿rivales? no pierdan tanto.
La campaña de ciclocross afronta sus últimos compases. Quedan dos citas de la Copa del Mundo, los días 24 y 25. Y, el 31, el Campeonato del Mundo. Todavía en la primera mitad de febrero, y ya de modo residual, se celebrarán cinco carreras de las otras tres categorías de la especialidad: Superprestige, X20 y Exact Cross.
El "principio de ordinalidad", explicado por la ministra de Hacienda en "monteronés", una variante dialectal del castellano, se traduce básicamente en que, por eso, por orden, reciban más las Comunidades que más aporten. Se ahonda así en las desigualdades insolidarias entre territorios, con el consiguiente y exclusivo beneficio para la discordante, levantisca y rapiñadora Cataluña.
En nuestro fútbol, que tampoco se rige por criterios de equidad, compensación y equilibrio entre equipos, el Madrid supone el mayor ejemplo del "principio de ordinalidad". Es el que más aporta audiovisualmente, el más visto, y, por lo tanto, el que más dinero ha recibido de LaLiga en la temporada 2024-25.
En el Bernabéu se produjo el sábado un amago de ruptura del "principio de ordinalidad" jerárquica cuando parte del público pidió la dimisión de Florentino. Un hecho insólito y hasta impensable que supone un cierto punto de inflexión en el club. Una especie de plebiscito que responsabiliza al presidente de la confección de la plantilla, le culpa del menosprecio a Xabi y le expresa su oposición o sus reservas al cambio de naturaleza societaria de la casa que se viene cocinando en la penumbra.
Hizo mal Arbeloa en criticar a los críticos, de acusar de antimadridistas a madridistas. El socio, equivocado o no, olvidadizo o no, desagradecido o no, es soberano. A él se debe y ante él responde la entidad en su conjunto. No hace falta que ningún subordinado saque la cara por el presidente. La lealtad puede confundirse con el servilismo o la adulación. Aunque nadie es perfecto, a Florentino lo defiende el colosal conjunto de sus actos, obras y títulos.
A Arbeloa no le renta hacer méritos. No es realmente una apuesta de Florentino, sino una medida urgente, una solución temporal, para una situación de emergencia. La definición de la interinidad. Álvaro, con sus reconocidos méritos, no es el entrenador soñado por Pérez, si es que hay alguno (¿Klopp?) en libre disponibilidad y con predisposición. Ha firmado por lo que queda de temporada y por una más. La prolongación no significa una muestra de confianza presidencial, sino una fórmula de compromiso para que no resulte demasiado evidente que Álvaro es un ave de paso en un nido de tránsito.
Sea como fuere, en el banquillo del Madrid, un club sin asignaturas pendientes, pero en la obligación de sacar sobresaliente cada año en todas, impera, raramente desmentido, el "principio de provisionalidad". Los jugadores, especialmente con un Florentino en exceso paternal, caminan por la pasarela. Los entrenadores, por el alambre. En un análisis de mínimos y máximos, la plantilla y el técnico actuales equidistan del desastre y de la Champions. Desorientados, confusos, inseguros, se hallan de momento en mitad de ninguna parte.
Más allá de la Supercopa y del fútbol en general, otros deportes han reclamado estos días su humilde cuota de atención subalterna. El ciclismo entre ellos. Las veraniegas bicicletas no descansan en invierno. Hay pista y, sobre todo, ciclocross, que ha tenido un domingo lleno de Campeonatos nacionales. La UCI, por su lado, ha dictado nuevas normas para 2026 acerca de los desarrollos, los cascos, las llantas y las invitaciones para las mayores vueltas: sólo dos, reservadas las plazas para los 18 equipos World Tour y los tres mejores Pro Team.
Todo eso antes de que, en el estío australiano, se inicie la temporada en carretera, el día 20, con el Tour Down Under. Como aperitivo, Jay Vine se impuso en el Campeonato de Australia contrarreloj. El UAE ha madrugado. Un aviso. Un propósito. ¿Una premonición? Sorpresa en la carrera en línea con el triunfo de Patrick Eddy, del modesto Team Brennan, de categoría Continental.
Mientras en los entrenamientos ya piafaban, nerviosas, impacientes, las bicis, Simon Yates anunciaba súbitamente su retirada. Es un corredor de quilates que ha ganado el Giro y la Vuelta, etapas en las tres grandes rondas y acumulado una cuarentena de triunfos a lo largo de su trayectoria. Vencedor del Giro de 2025, ha dicho adiós a los 33 años. Sorprende el momento que escogió para despedirse. Los ciclistas descabalgan para siempre al final de temporada, después de haberlo anunciado con antelación. Así lo ha hecho, por ejemplo, Nairo Quintana, que dejará los pedales al concluir la campaña 2026. Así lo hicieron poniendo el plazo en 2025, Geraint Thomas, Jonathan Castroviejo, Omar Fraile, Rafal Majka, Arnaud Démare, Romain Bardet, Caleb Ewan...
Yates, en cambio, se ha bajado en marcha del sillín. A destiempo en la forma, pero a tiempo en el fondo. Aunque todavía en plenitud de facultades, lo más granado de su carrera había quedado atrás y era irrecuperable. Optó por dejar su mejor imagen en la retina del aficionado y la memoria del ciclismo. Personas como él prefieren inspirar un sentimiento de nostalgia consecutivo al de admiración, sin dejar lugar para otros intermedios como la decepción o el cansancio.
Es frecuente que el momento de abandonar la escena se prolongue en demasía en los deportistas. Aparte de querer apurar las postreras gotas económicas de la profesión, muchos se resisten a aceptar el declive y tienden a engañarse por miedo al vacío que se abre ante ellos al día siguiente de su jubilación. Pero el fin llega tarde o temprano, y en la duda de cuándo es el momento adecuado, siempre será mejor anticiparlo que posponerlo. Por otra parte, a los 33 años, y aunque pudiera demorarse, ninguna retirada puede considerarse precipitada o prematura.
Durante la guerra de Corea, en un repliegue de las tropas estadounidenses a resultas de la masiva intervención de China, un periodista preguntó a uno de los altos mandos acerca de la retirada. "No nos estamos retirando -respondió éste-, estamos avanzado en otra dirección".
Simon Yates está avanzado en otra dirección. Y si retirarse a tiempo es una victoria, él ha logrado simultáneamente su primer triunfo de 2026 y el último de su vida. "Congratulations".
En el benévolo clima de Florida, en un parque público de Tallahassee, la capital del estado, el ugandés Jakob Kiplimo y la keniana Agnes Ngetich se coronaron, con dos soberbias exhibiciones, campeones mundiales de Campo a Través. Del viejo, sufrido y querido Cross.
Se impusieron en otro de esos contrasentidos del deporte moderno. Temperatura primaveral para una competición invernal. Sol. Público abundante y en camiseta y pantalón corto. Césped ralo a ras de tierra dura. Bosque. Arena de playa. Una balsa de agua teñida con innecesario pero vistoso colorante azul. Barro postizo, como viruta seca. Caimanes de pega, de madera... Un decorado. Un espectáculo muy made in USA. Recorrido bonito, ancho, luminoso, artificial. Duro, no obstante, por el trazado, el calor y la humedad.
Kiplimo, que ganó en octubre el maratón de Chicago con 2:02:23, récord nacional, soportó sin desgaste ninguno la condición de máximo favorito y conquistó su tercer título consecutivo, a imitación y equiparación de John Ngugi, Paul Tergat y Kenenisa Bekele. Cuando aceleró, nadie pudo seguirlo y cruzó sonriente, casi aparentemente fresco, la meta. El etíope Berihu Aregawi, subcampeón en las dos últimas ediciones, volvió a serlo en ésta. Y otro de los kenianos, Daniel Ebenyo, ocupó la tercera plaza.
Thierry Ndikumwenayo, campeón de Europa, no se desgastó en esfuerzos estériles y peligrosos. Consciente de la superioridad de, en general, ugandeses, kenianos y etíopes, corrió dosificando las fuerzas y empleándolas para ir ganando terreno poco a poco, sin prisa y sin pausa, y terminar en octava posición, una mejor que la novena conseguida hace dos años en Budapest. Nacido en Burundi, es algo atrevido decir que fue el primer europeo. Pero, en este mundo globalizado, también y muy especialmente en el deporte, técnicamente así es y debemos constatarlo, celebrarlo y agradecerlo.
Desde el primer kilómetro
Agnes Ngetich ofreció una exhibición aún más portentosa que la de Kiplimo. Plusmarquista mundial de los 10 km en ruta, era, como el ugandés, la principal favorita, habida cuenta de que su compatriota Beatrice Chebet, la reina mundial del fondo, embarazada, no era de la partida. Desde el primer kilómetro, que resolvió en 2:55, puso las cosas en su sitio. Reventó en el acto la carrera y dejó a las demás la lucha por la plata y el bronce, las migajas del éxito. La ugandesa Joy Cheptoyek y la etíope Senayet Getachew, que también contaban en los pronósticos, las disfrutaron.
María Forero, de 22 años, campeona de Europa sub-23, estuvo notable. En su estreno en la categoría absoluta, se tomó, como Ndikumwenayo, la carrera con cautela y sabiduría. Fue a más metro a metro y terminó en la decimocuarta posición. Un puesto que no dice mucho tomado así, de modo frío. Pero significa bastante si se considera que María, onubense, fue la primera europea en medio de un mar africano. Prosigue su aprendizaje y su mejoría.
En todas las categorías, menos en el ambiguo relevo mixto, en las sub-20 masculina y femenina y, dicho está, en las sénior, en las absolutas, predominaron las camisetas de Kenia, Uganda y Etiopía. Nada nuevo bajo el sol. El de Florida y el de cualquier otro sitio.
Con el Mundial de fútbol como gran evento deportivo para 2026, el año traerá sus citas habituales e imprescindibles para los reyes del deporte mundial. Algunos de los más grandes deportistas actuales afrontan un calendario repleto de desafíos concretos que puedan seguir potenciando sus figuras y enriqueciendo todavía más su palmarés.
TADEJ POGACAR
Muy pocas veces un deportista domina el ecosistema de su profesión como el fenómeno esloveno (27 años) el ciclismo. La bicicleta gira a su alrededor como una reina sumisa a un rey de rostro aniñado que se eleva por encima de su propia época, a la que define, caracterizada por la presencia de estrellas de extraordinario brillo: Jonas Vingegaard, Primoz Roglic, Remco Evenepoel, Mathieu van der Poel, Wout van Aert...
Pogacar y Eddie Merckx.MUNDO
Gigante en las grandes rondas, coloso en las clásicas, Pogacar no es invencible. No puede ganar todas las carreras. Pero nadie gana tantas como él. Ni, cuando pierde, se queda tan cerca de la victoria. En 2025 obtuvo 20 triunfos, líder del año, en 58 días de competición y elevó a 108 su cifra total de triunfos.
En 2026 le esperan varios desafíos de primer orden, entre ellos vencer en San Remo y en Roubaix. Pero, sobre todo, hacerse con su quinto Tour de Francia. Sentarse a la misma mesa que Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain. Y a partir de ahí...
LAMINE YAMAL
Lamine Yamal todavía no tendrá 20 años en 2026. En julio cumplirá 19. Pero, renovado hasta 2031, ya es alguien en completa disposición de aspirar a todos los trofeos individuales y liderar a sus equipos, el Barcelona y la selección nacional, en persecución de los colectivos.
Balón de Plata, por así decirlo, tras Dembélé, Premio Kopa al mejor jugador joven y triplemente homenajeado en los Globe Soccer Awards, sus metas ya están fijadas para 2026: La Orejona con el Barça. El Balón de Oro en el Barça. Y una estrella en la camiseta con, en y para La Roja.
Desde el otoño se vio limitado por una pubalgia de la que, a tenor de sus últimas actuaciones, parece recuperado. Según la lista de Transfermarket de diciembre, es el futbolista más valorado del planeta. Se le tasa en 200 millones de euros, los mismos que Kylian Mbappé y Erling Haaland. Pero su menor edad lo coloca por delante de tan distinguido dúo, que, pese a su juventud, no tiene tanto tiempo por delante.
CARLOS ALCARAZ
El año acabó con la sorprendente, dolorosa para el tenis, ruptura no aclarada del todo de Carlos Alcaraz con Juan Carlos Ferrero después de haber logrado juntos 24 torneos y seis Grand Slams. Ya sin Juanqui, Carlitos penetra en 2026 con el propósito de revalidar su número 1 mundial mientras se reencuentra de sopetón, a las primeras de cambio, con el Abierto de Australia, único Grand Slam que (aún) no ha ganado. Avanzando el año, abriga la intención de llegar hasta los 10 títulos, una cifra redonda y siempre provisional en su caso, de esos Grand Slams que marcan las jerarquías en el circuito y sitúan a los tenistas en los lugares más altos en la historia de la raqueta.
No le será fácil, naturalmente. No puede serlo. Pero, en todo caso, lo tendrá menos difícil que Rafa Nadal, que lidió durante muchos años con Roger Federer y Novak Djokovic (y ellos con Rafa). En el camino de Carlos sólo se interpone realmente Jannik Sinner. Y viceversa. Mejor para ambos. Peor para todos los demás.
LINDSEY VONN
En los Juegos Olímpicos de Vancouver, en 2010, Lindsey Vonn, la reina de la velocidad sobre unas tablas, obtuvo, en la prueba de descenso, su única medalla olímpica de oro (acompañada por el bronce en el eslalon supergigante). En Pyeongchang, en 2018, ya veterana y machacada por las lesiones, accedió casi milagrosamente al bronce en el descenso. Aquel oro solitario, magra recompensa para tan excelsa esquiadora (83 triunfos y 143 podios en la Copa del Mundo), buscará, 16 años después, una eternidad en el deporte, compañero de color y brillo, en febrero, en los Juegos de Milán-Cortina dAmpezzo.
Lindsey Vonn.Pier Marco TaccaAP
No es ninguna utopía para la estadounidense. A sus 41 años y con su prótesis de titanio en una rodilla, esta temporada ganó el primer descenso de St.Moritz. En otras pruebas ocupó una segunda posición, dos terceras y una cuarta. Está en una condición asombrosa. Inimaginable a su edad. En enero tendrá tres descensos y tres supergigantes antes de los Juegos.
MARC MÁRQUEZ
En 2020, tras su caída en Jerez, Marc Márquez, ya campeón de Moto GP por cuarta ocasión consecutiva con Honda, vivió en el purgatorio de las lesiones y las operaciones, tan lejos del infierno de la retirada como del cielo de los triunfos. Salía del quirófano, se subía a una moto, se caía, regresaba al quirófano, tornaba a cabalgar la máquina y a caerse. Muchos le daban por muerto.
En 2025 resucitó. Ha continuado, como todo piloto sobre dos ruedas, cayéndose y encaramándose de nuevo a la moto, esta vez una Ducati al rescate del campeón en apuros bajo el ojo escéptico del aficionado. Y 2.184 días después de su último título mundial, el octavo, alcanzó el noveno (séptimo en MotoGP). Lo hizo, además, matemáticamente, a falta de cinco carreras para el final del Campeonato. Todavía convaleciente de su última intervención, tres meses después del percance que la motivara, ya piensa en ascender en 2026 al cielo de los 10 títulos, allí donde sólo moran Ángel Nieto y Giacomo Agostini. Para empezar, ya se ha subido a la Ducati de cross, la Desmo 450 MX.
LANDO NORRIS
En la Fórmula 1, en la fusión hombre-coche, es imposible saber qué porcentaje del éxito o del fracaso corresponde a uno u otro. Depende, se supone, de, entremezcladas en distinta proporción, las concretas e independientes calidades de la persona y la máquina. En cualquier caso, mucha gente piensa que en la adjudicación del título de campeón del mundo en 2025 han pesado más las bondades del vehículo en cuestión, el McLaren, que las de su conductor, Lando Norris.
El piloto británico (26 años) superó a Max Verstappen y su netamente inferior Red Bull por sólo dos puntos: 423 contra 421, la diferencia más escueta en términos absolutos en la historia de la Fórmula 1. Fue el triunfo de la regularidad. Norris acopió siete victorias, una menos que Verstappen, pero pisó tres podios más. Es una estrella y, a la vez, un meritorio que aspira en 2026 a convencer al entero universo de las cuatro ruedas de que es un campeón legítimo. Cuenta para ello con su talento y, claro, con su McLaren. ¿Quién le deberá más a quién?
JORDAN DÍAZ
El 9 de agosto de 2024, Jordan Díaz se proclamó campeón olímpico de triple salto. Desde entonces, estorbado por lesiones recurrentes, ni graves ni leves, en la rodilla y el cuádriceps, sólo realizó, en 2025, un salto en el Campeonato de España, suficiente para ganar, antes del Mundial de Tokio. Y en la capital japonesa, en el primer intento de la calificación, se volvió a lesionar. En resumen, Díaz sólo ha hecho dos saltos en casi año y medio. Así que 2026 se anuncia esperanzadoramente como el regreso al aplazado presente de un saltador excepcional. Un superdotado que cumplirá 25 años el 23 de febrero y que con 18,18 de marca, récord de España, amenaza el mundial de Jonathan Edwards (18,29), que data del año 1995.
Otros deportistas afrontan sus propios desafíos y cultivan sus propias ilusiones. Aitana Bonmatí piensa en su cuarto Balón de Oro consecutivo. Y, aunque en 2026 no hay Mundial ni Juegos Olímpicos, Sydney MaLaughlin (47.78 en 2025), en romper el récord del mundo de los 400 metros (47.60), en poder de Marita Koch desde 1985. Léon Marchand ganó en París el oro en los 200 braza, los 200 mariposa y los 200 y 400 estilos. Es el plusmarquista mundial en estas dos últimas pruebas. Y quiere el récord en las otras dos para cerrar el cuádruple círculo.