Pudo haber sido una tragedia, aunque afortunadamente no hay nadie herido. Durante el transcurso de la segunda jornada del Masters de Augusta una fuerte racha de viento ha tirado un árbol de grandes dimensiones en las cercanías del green del hoyo 16 y tee del 17. El momento fue captado en algunas imágenes de la retransmisión. El juego justo acababa de interrumpirse por la llegada de una tormenta y las rachas de viento eran muy intensas cuando el árbol se desplomó de forma repentina arrasando en su caída a otros árboles cercanos. Se produjeron entonces momentos de nerviosismo y confusión y afortunadamente parece que nadie resultó afectado en este accidente. Minutos después de la suspensión mientras el campo se desalojaba, los operarios de mantenimiento de Augusta National ya estaban trabajando para talar el árbol y dejar la zona perfecta para el desarrollo del juego una vez se reanude la competición.
El torneo ya había tenido una primera suspensión a las 15:07 hora local que no duró ni 20 muinutos. La segunda interrupción llgó a las 16:22 hora local en Augusta National y en estos momentos el juego permanece suspendido. Desde la organización del torneo todavía no hay información acerca del accidente ocurrido.
Brooks Koepka fue el único de los tres líderes del jueves que pudo completar su ronda, mientras que el español Jon Rahm y el noruego Viktor Hovland tuvieron que pararse.
Rahm lucía un acumulado de -9 en el noveno hoyo, a tres de Koepka, mientras que Hovland dejó su ronda en el décimo hoyo, con un total de -6.
Uno de los mejores del día fue el amateur Sam Bennett, quien ocupa actualmente la segunda plaza con un acumulado de ocho bajo par.
El norirlandés Rory McIlroy tuvo un día muy complicado y su acumulado de cinco sobre par le impedirá pasar el corte.
También sufrió el defensor del título y número uno del mundo Scottie Scheffler, que tras el -4 del jueves, entregó una tarjeta de 75 golpes, tres sobre par.
«La vida del futbolista es la mejor que hay, nadie vive mejor que un futbolista, pero también puede ser muy sacrificada. Si no consigues la estabilidad de estar varias temporadas en un mismo club, te tienes que buscar la vida y eso significa cambiar varias veces de país, separarte de tu familia, estar siempre adaptándote a una nueva cultura. Das muchos tumbos y eso es duro», acepta Carlos Calvo, uno de esos jugadores que siempre andaba con una maleta en la mano. Formado en el Real Madrid y con un brevísimo paso por el filial del Atlético -«Ni debuté porque no convencí a Pepe Murcia», confiesa-, llegó a jugar en Primera con el Xerez en la temporada 2009-2010, pero construyó su carrera en Segunda entre el propio Xerez, el Granada, el Hércules, el Almería, el Huesca y el Cádiz.
Luego le tocaría irse a Grecia, a Malta, e incluso a la India. «Estaba en el limbo, un poco cansado de dar vueltas y me salió la oportunidad de vivir allí a través de César Ferrando, que había sido mi entrenador. Como llevaba desde los 16 años fuera de casa, no me costó aceptar, lo tomé como una experiencia más. Y estuve muy cómodo, me trataban muy bien. De hecho, me quería quedar más años, pero a veces las negociaciones no salen como uno quiere», recuerda Calvo que se retiró en 2021, después de un paso romántico por el Xerez de Tercera Federación. ¿Y qué hace ahora con 39 años? ¿Es entrenador? ¿Es director deportivo? ¿Ha abierto un restaurante, un gimnasio, un holding de intermediación? Nada de eso. Aunque ya no juega al fútbol, Calvo sigue chutando los mismos balones, pero en otro deporte: el footgolf.
¿Qué tiene el footgolf de fútbol y qué tiene de golf?
De fútbol, en realidad, no tiene mucho. Jugamos con una pelota de fútbol y con el pie, no con un palo. Pero todo lo demás es del golf. Competimos en campos de golf con sus 18 hoyos, marcamos un par y gana el que necesita menos golpes para completar cuatro vueltas. Si incluso vestimos con la ropa del golf, con las mismas zapatillas.
Carlos Calvo, esta temporada, en competición.FEFG
«Es un deporte que se creó hace 15 años en Países Bajos. Yo lo conocí cuando jugaba en el Cádiz porque uno de los primeros campeones de España era amigo mío, Alberto de Benito. Me invitó un día, lo probé y me gustó, pero tampoco me alucinó porque me ganaba gente que pegaba peor al balón que yo. Luego cuando me retiré del fútbol volví a jugar y ya le fui pillando el truquillo, la táctica, el toque. Ahora llevo tres años compitiendo y me apasiona. Hay muy buen ambiente y es un deporte muy sano, nada lesivo», explica Calvo que hace más que jugar al footgolf. Gana al footgolf, gana mucho al footgolf.
En la Eurocopa de Turquía
Es el vigente campeón de España, el pasado septiembre venció en un Grand Slam, el Abierto Británico, y esta semana liderará a la selección en la Eurocopa de Turquía. Tiene un centro de fisioterapia, no le llega como nuevo oficio, aunque los premios cada vez son más cuantiosos. «El último Open de España repartía 8.000 premios, es un deporte en auge», advierte el ex futbolista, cuya implicación es máxima: desde hace unos meses es también el presidente de la Federación Española de Footgolf (FEFG) que busca su anexión a la Federación Española de Golf. O como mínimo una colaboración. «Queremos crecer de su mano porque somos un deporte muy unido al golf, porque usamos sus campos. No es fácil la convivencia. El golf tiene mucha tradición, muchos de sus practicantes son mayores, de una clase social alta, a veces no nos ven con buenos ojos. Pero estamos demostrando que no dañamos los greens, que hacemos un agujero de 52 centímetros, lo tapamos y ya está. Y que luego damos unos ingresos, claro».
En España hay una veintena de campos donde se puede practicar el footgolf, la mayoría en el sur del país. Al no tener una Federación como tal, el conteo de practicantes es inexacto, aunque por los campeonatos se supone que superan el centenar, con aficionados ilustres como Fabián Ayala, ex del Valencia, o Florent Sinama-Pongolle, ex del Recreativo, el Atlético o el Zaragoza. «Para un ex futbolista la adaptación es fácil y es un deporte muy relajado. Yo no quería meterme a entrenador y seguir dando vueltas». Así me mantengo en forma, compito y me divierto», finaliza Calvo, de futbolista a footgolfista.
El hombre que este domingo fue homenajeado en Roland Garros hace tiempo que se convirtió en un modelo inmejorable, en la referencia, no sólo para muchísimos aficionados al tenis sino también para quienes trabajamos desde los márgenes de la cancha. Si algún jugador encarna la palabra resiliencia, ése es Rafael Nadal, quien fue capaz de perseverar en su patrón de juego y en su actitud sin perder nunca la esencia hasta ganar en 14 ocasiones el torneo. El tenista español se las ingenió siempre para resolver los distintos problemas que le surgieron en su triunfal travesía por el templo de la arcilla.
Todo lo hizo simple, aunque ni mucho menos lo fuese. Un desfile de rivales con distintas cualidades y características, pelotas que cambiaron cada cierto tiempo, como las condiciones climatológicas y su propio estado físico, que en bastantes ocasiones se convirtió en un nuevo desafío al que hacer frente. Sus formidables cualidades técnicas podían verse superadas por algunos (pocos), oponentes, pero no así su capacidad de adaptación y una actitud donde nunca cupo la queja sino que prevaleció la inteligencia para poner los medios que le ayudasen a salir ganador.
Nadal fue el competidor por naturaleza, un tenista único. Su carácter insaciable le animó a seguir hasta que ya no le acompañaron las fuerzas. Él nunca se detuvo. Ganó, ganó y ganó con la dedicación diaria de un artesano, de quien no piensa en la cosecha ya lograda ni en la que pueda estar por llegar sino en el puro deleite de esmerarse en ser mejor cada día y con ello poder optar a nuevos logros a través del humilde perfeccionamiento de sí mismo.
Constante aprendizaje
Él transformaba las excusas a menudo esgrimidas por algunos de sus colegas en motivos constantes para la superación. No caía en lamentos sobre asuntos que estaban fuera de su alcance sino que se afanaba en vigilar aquellos que podían estar bajo su control. No perdía tiempo en enfadarse. Tuve la fortuna de conocerle cuando era un muchacho. Ya entonces sin perder detalle, en un afán de aprendizaje constante que figura entre sus principales virtudes. Seguía aprendiendo cuando daba la impresión de que ya nos lo había enseñado todo.
París, donde ya habían dejado su rúbrica grandes jugadores españoles, le miró con cierto recelo cuando empezó. Para el público local, anhelante del triunfo de uno de los suyos, resultaba duro asumir que el relevo de los SergiBruguera, CarlosMoyà, Albert Costa o Juan CarlosFerrero lo iba a tomar otro tenista del país vecino. Con el paso de los años, y de los reiterados triunfos, incluso los más renuentes a aceptar la rotunda evidencia acabaron por dispensarle el reconocimiento y la admiración que se ganó como ningún otro. Antes del emocionante tributo que se le rindió en su Philippe-Chatrier, ya fue uno de los elegidos para llevar la antorcha olímpica en los Juegos de París del pasado año. Desde un territorio que se adaptaba como anillo al dedo a su forma de jugar se proyectó sin las habituales reservas de los tenistas españoles a una superficie más hostil, como es la hierba. También en Wimbledon, lejos de su hábitat natural, protagonizó gestas inolvidables, como lo hizo en Melbourne y Nueva York, logros sólo al alcance de quienes crean su particular y exclusiva estirpe.