El esperado baño de goles fue un baño de realidad para España, que conserva los nombres pero no las piernas. Las más importantes, las de Lamine Yamal y Nico Williams, los futbolistas diferenciales en la Eurocopa conquistada hace dos años como mascarón de proa de una España vertical, mortal en las transiciones. La que se enfrentó a Cabo Verde era otra, la que resucita a los fantasmas del pasado, la que cayó en Rusia contra los locales o en Qatar frente a Marruecos. La España del parabrisas, como decían quienes denostaban el juego de posesión. Hoy tienen toda la razón, porque la posesión llevada al absurdo es un parabrisas. La salida desesperada de Lamine y Nico, que no estaba en la hoja de ruta, no fue únicamente una urgencia, fue un síntoma de debilidad.
Las piernas de otros que jugaron tampoco son las mismas. Las de Rodri, por ejemplo, lento, con más pérdidas de las habituales. Tampoco las de Laporte, ni las de Gavi, inoperante en la banda izquierda, aunque de eso también hay que pedir explicaciones al entrenador. No es extraño después del regreso de lesiones o de temporadas irregulares.
Luis de la Fuente ha mantenido al grupo ganador, a los suyos, porque tiene un colectivo cohesionado, pero ha arriesgado con los estados de forma. En un torneo corto y exigente como el Mundial son capitales. El razonamiento del técnico es que había tiempo para recuperar a los futbolistas, dado que el arranque era asequible. El primer partido ha hecho con la teoría lo mismo que De la Fuente con su corbata: al suelo.
El empate compromete a la selección y va a obligar a De la Fuente a tomar decisiones, porque Arabia, el siguiente rival, no es Cabo Verde. Que se lo pregunten a Messi. También va a obligar al seleccionador a convivir con una presión que hasta ahora no ha conocido, prácticamente siempre con el viento a favor en el campo, salvo por los aplausos a Rubiales en el inicio de su etapa.
Cabo Verde no es Suiza, ante la que España perdió en Sudáfrica, ni Rusia o Marruecos. Ni siquiera la Honduras del 82. En el puesto 67 del ránking FIFA, Cabo Verde pertenece a ese Tercer Mundo del fútbol al que Gianni Infantino ha dado entrada en este Mundial de los mil partidos. Una decisión muy criticada, pero a la que España, con la boca de favoritismo, ha dado sentido. Gane o no el Mundial, suya es la primera sorpresa del torneo.
Jamás pensó Juan Antonio Samaranch Salisachs que debería repetir tantas veces que no sufre 'complejo de Edipo', que no pretende suplantar al padre, como hizo el hijo del rey de Tebas al matar a su progenitor y casarse con su madre. Samaranch Salisachs, en realidad, está casado con el olimpismo desde su juventud, aunque no fue hasta la madurez, con su nombramiento como vicepresidente del Comité Olímpico Internacional (COI), en 2016, cuando empezó a fraguar en su cabeza la idea de alcanzar el puesto que ocupó su padre, el gran patriarca que salvó al movimiento en tiempos de boicots y crisis económica, durante los años 80, y lo condujo a una era de prosperidad y gigantismo. Donde hay prosperidad, hay corrupción. A sus 65 años, aunque en los pasillos olímpicos es conocido todavía como el 'Júnior', se presenta, junto a otros seis aspirantes, a la elección más abierta del olimpismo, el jueves en Grecia, en la 144 Sesión del COI.
Samaranch Salisachs insiste en que estos tiempos no son los de su padre, por lo que propone una modernización en la captación de recursos, avalada por su formación financiera, pero encuentra, precisamente, su mayor rival en un signo de los tiempos actuales. El ascenso de la mujer toma forma en la figura de Kirsty Coventry, una gran ex campeona olímpica, con otro en la carrera, Sebastian Coe. El británico es el candidato perfecto, un 'Carro de fuego', atleta, dirigente y ministro. Pero ostentosamente perfecto e individualista para buena parte de la 'Olympic Family'. Samaranch Salisachs, en cambio, pretende encontrar el equilibrio entre el apellido del pasado y un presente propio, frente a un futuro con nombre de mujer.
Thomas Bach y Samaranch Salisachs.David GoldmanAP
Cuando Samaranch Salisachs se dirigió a los miembros del COI, en los turnos privados de los candidatos, dijo que se había preparado para todo menos para tener que justificar su apellido. La influencia en el voto por la herencia de su padres es prácticamente nula en una Asamblea renovada, con un 70% de miembros elegidos a petición del presidente saliente, Thomas Bach, y en el que ha crecido el número de mujeres casi hasta la paridad: 47 de 109, al haber dos suspendidos. Bach quiere a una en su puesto. La única de los siete candidatos es Coventry, por la que se ha decantado sin ocultarse.
Polémicos premios en metálico
Bach no quiere dejar el COI en manos del español ni de Coe, aunque su animadversión por el británico es mayor. Le ocurre a buena parte del Movimiento Olímpico, que considera que va por libre, con un estilo arrogante. La iniciativa de Coe, presidente de la World Athletics, de conceder premios en metálico a los campeones del atletismo en los Juegos de París generó muchas críticas y un agravio con otros deportes, hecho que comprometió a otros presidentes de federaciones internacionales. El ex doble campeón olímpico de 1.500 tiene un suelo de votos, pero poco margen para crecer en las siguientes votaciones, a medida que se eliminen candidatos. Los primeros en caer deberían ser el japonés Morinori Watanabe, el jordano Feisal al Hussein, el sueco Johan Eliasch y el francés David Lappartient, siempre que alguno de los favoritos no obtenga mayoría absoluta en las primeras rondas.
Sebastian Coe.JOEL SAGETAFP
«Con todo el amor, el respeto y el orgullo que tengo por mi herencia, mi apellido y mi padre, los escenarios son diferentes. Nunca pensé que tuviera que defenderme de mi apellido. Estoy muy orgulloso de ser el hijo de mi padre, pero estoy tratando de mantenerlo fuera de esta carrera de todas las formas posibles. Él se unió al Movimiento Olímpico hace casi 60 años y se fue hace 25. Ninguno de los desafíos a los que se enfrentó y las recetas a utilizar se parecen a los de hoy. Así que no hay conexión. No hay nada de allí que se pueda aplicar hoy en día», repitió Samaranch Salisachs en un encuentro con periodistas organizado por la Asociación Internacional de la Prensa Deportiva (AIPS) y conducido por su presidente, Gianni Merlo.
La claridad de la declaración revela que el español necesita más de sí mismo que de su apellido, aunque sin ser un Samaranch difícilmente habría entrado en el COI. Lo hizo en la misma sesión en la que se retiraba su padre, en 2001. Un último servicio a la familia. A pesar de formar parte de la estructura olímpica, como vicepresidente de Bach, no representa el continuismo, sino que su programa es más concreto con respecto a los cambios, fundamentalmente los que se refieren a la sostenibilidad económica del olimpismo del futuro, que los de la propia Coventry, 14 años más joven, centrados en la revolución que supondría que una mujer alcanzara por primera vez la presidencia.
«No hay nada de las recetas que generaron la bonanza de las finanzas olímpicas para poder florecer los Juegos Olímpicos hace 45 años que se pueda aplicar hoy. Tenemos socios de transmisión fuertes, y ahora con lo digital estamos entendiendo cada vez más cómo esto nos moverá en las próximas décadas. Todavía operamos con el programa de marketing deportivo más exitoso de la historia, llamado TOP, que necesita actualizarse, ser más flexible y adaptarse a las necesidades de marketing actuales», explica el hijo del patriarca, respetuoso con Bach, aunque no le apoye. El presidente actual entró en el COI a propuesta de su padre, pero Samaranch Salisachs no cuenta siquiera con su neutralidad. Coventry es su apuesta.
Kirsty Coventry.FABRICE COFFRINIAFP
Joven, africana, mujer y campeona olímpica, la ex nadadora de Zimbabue insiste en que «Bach y yo somos personas muy diferentes. Tenemos estilos de liderazgo completamente distintos, pero compartimos el amor por nuestro movimiento». Se separa lo justo para subrayar su independencia y no generar rechazo por el favor de quien manda, aunque ya no se manda como antes, como en tiempos de Samaranch padre. Entonces una llamada era clave para movilizar a un grupo. Hoy no hay jefes de fila a la antigua, familias que decanten una elección en una Asamblea renovada y con solo tres españoles: Marisol Casado, ex presidenta internacional de triatlón, y Pau Gasol, además de Samaranch Salisachs, que intenta demostrar que no es su padre ni Edipo a la conquista del Olimpo.
El rey Luis II de Francia era conocido como el Tartamudo, un monarca al que a menudo ridiculizaban en la corte y que tuvo escasa trascendencia política. La de Luis Enrique en el fútbol del país galo es colosal. La segunda Champions del PSG, conquistada de forma consecutiva y en circunstancias adversas, con sus mejores ases, Dembéle, Kvaratsjelia y Vitinha, fuera de la tanda de penaltis, cimenta el calado del proyecto del asturiano en París y dispara la euforia desde las Tullerías hasta la Bastilla, porque este nuevo rey Luis II lo es de todos.
En sus tres años en el Campo de los Príncipes, ha sumado dos títulos y ha alcanzado unas semifinales en la competición que da sentido a las colosales inversiones realizadas por los propietarios qataríes, todas deficitarias hasta la llegada de Luis Enrique a su banquillo, fuera con Neymar, Messi, Sergio Ramos o hasta Mbappé.
Estas dos Champions han coincidido con las dos temporadas sin el astro francés, después de su llegada al Bernabéu. Una lectura dolorosa para el futbolista, pero también aleccionadora para todos, incluido el Madrid, cuyo presidente, Florentino Pérez, observó la victoria del PSG en el palco del Puskas Arena. El PSG sería mejor con Mbappé, por supuesto, pero no sería el mismo equipo. Mbappé es el síntoma del cambio, de la reconstrucción por una vía distinta a la seguida hasta la llegada del técnico. El fútbol la premia, incluso en la ruleta rusa de los penaltis.
Para Luis Enrique esta era en París tiene también algo de resurrección personal, en lo vital y lo futbolístico. Después de la tragedia que supuso perder a su hija Xana, el regreso a la selección resultó un fracaso, eliminado en octavos del Mundial de Qatar por Marruecos, precisamente en los penaltis. Una eliminación de las pesan, acompañada de decisiones erráticas, de la que no es fácil reponerse. La apuesta del PSG era de riesgo, convertido en una trituradora de entrenadores, pero el riesgo es uno de los rasgos que definen a este surfero del fútbol, que suma ya tres Champions, si se añade la conquistada con el Barça.
Lo que ha hecho Luis Enrique en el PSG es similar a lo que realiza Mikel Arteta en el Arsenal, aunque sin Champions y sin riesgos. Con una propuesta a contraestilo de lo que ha sido este equipo, ha ganado la Premier para el club 22 años después y lo ha llevado a su segunda final de la historia en el gran torneo europeo, que se jugó la mayor parte del partido cómo deseaba el vasco. Con su planteamiento, Arteta hizo peor al PSG, bloqueado, sin soluciones, muy lejos del de las semifinales contra el Bayern. Le faltó ser mejor en lo ofensivo y le faltó ser Luis Enrique.