La última vez que escribí un artículo sobre la selección española me quedé solo en este país pidiendo que no echaran a Luis Enrique, lo que demuestra que no tengo ni idea de fútbol porque, de hacerme caso, el asturiano no podría haber firmado la mejor etapa de su carrera en el PSG. Con Luis Enrique, España arrancó el Mundial de Catar ganando 7-0 a Costa Rica. El fútbol tiene esa costumbre infantil de convertir cada goleada en una profecía, con lo que empatar a cero con una selección que juega su primer Mundial es claramente una demostración de fragilidad, de dudas, de que vas a echar al entrenador en el avión.
En España, después de un 0-0 con Cabo Verde, no se analiza un partido, se redactan obituarios. Felipe VI, en representación de todos, calificó el partido de “asequible”, porque hay algo profundamente español en enamorarse sin motivo, como si los mundiales se ganaran por acumulación de entusiasmo. El país tiene una memoria prodigiosa para repasar los triunfos y una habilidad prodigiosa para olvidar leyes no escritas como que los mundiales son especialistas en humillar certezas.
España jugó uno de esos partidos incómodos en los que el rival parece haberse aprendido tu guion muchísimo mejor que tú. Cabo Verde tenía la tranquilidad de quien ya ha conseguido el milagro de estar. El resto de milagros los consiguió un portero de cuarenta años de la Segunda portuguesa. Parecer favoritos es siempre una carga más pesada porque juegas dos partidos. Uno contra el rival y otro contra la decepción de no parecer lo suficientemente favorito.
Ahora, el principal enemigo vuelve a ser España. No la selección, sino España. El país. Nosotros. Usted y yo que diremos que si Florentino Pérez, inquieto por no tener a ningún jugador del Real Madrid en la selección acabó desestabilizando a Cucurella, como otrora Rubiales creyó que se le había descentrado Lopetegui antes de descentrarse él. Y que si el jet lag, y que si como dice Llorente, los aviones nos fumigan, o por lo menos a nosotros.
Lo difícil no es celebrar una exhibición. Lo difícil es recordar que los mundiales no se ganan el día en que todo sale bien, sino en el que todo sale fatal y aun así sigues adelante.






