«Se van a enterar los ingleses. Ni se les va a oír aunque sean más». Apenas había pisado Leipzig el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, cuando lanzó una frase que hacía horas que era una realidad. El centro de la capital alemana se convirtió en un hervidero de camisetas del Rayo Vallecano que recorría la calle que unía la Plaza del Mercado, donde estaba la fan zone oficial de la UEFA, y la dedicada al compositor Richard Strauss. No sonaba El Danubio Azul, sino Marea, con La luna me sabe a poco, y Ska-P con Como un Rayo, salpicados con los gritos de Puto Rayo.
Los aficionados buscaban una foto con la réplica de la Conference League y sombra, porque la temperatura estaba a la altura del tórrido verano madrileño. «Medio litro de cerveza seis euros, no está mal», comentaban los aficionados, que seguían, a su manera, la recomendación de la UEFA de hidratarse. Eso sí, el poderío de la libra se hacía notar: los ingleses llenaban terrazas y muchos vallecanos optaron por llenar neveras en los supermercados cercanos. Una forma de no hacer colas y no perderse nada de la fiesta. Muchos habían empezado el día muy pronto. Jorge volando el martes a Praga. Desde allí, dos horas en furgoneta hasta Leipzig. «No llegamos a tiempo de comprar el vuelo a Berlín para venir en tren», cuenta. Estará en la grada del fondo norte con su hija. Eso era lo único importante: estar en esta cita histórica.
Para todos el viaje tenía un significado, incluso para el presidente del Rayo, Raúl Martín Presa, que se acordó del camino que inició con su padre. «Es fruto de los quince años que llevamos. El equipo estaba en quiebra, al borde de la desaparición. Esto es un sueño, que no un milagro», explicaba en el hotel de concentración, donde estuvo acompañado por el presidente de la RFEF, Rafael Louzán, y de LaLiga, Javier Tebas. Desde el lunes no se ha separado de sus jugadores, incluso fue el primero en bajar del autobús al llegar al estadio y pisó el césped como uno más.
De los casi 12.000 abonados del Rayo, 11. 500 viajaron y se fueron encontrando en la plaza. Había quien se había levantado a las seis de la mañana para coger uno de los tres vuelos charters de aficionados. En uno de ellos viajaba Rafa Garrido, el socio número 1 del Rayo que, a sus 89 años, no quiso perderse la mayor gesta de su equipo. Tampoco Toñi Sanjuán, la socia número 32. Ellos entendía mejor que nadie que Felines tenía que estar en la final. Su yerno, Jose, llevó una pancarta para que la leyenda del Rayo se codeara con Strauss, coreado por todo el rayismo, que cumplió con la tradición hacer el corteo hasta el estadio tras una pancarta: «Ganar tiene que ser la hostia».
La familia de Felines, con el socio número 1, Rafa Garrido, y la número 32, Toñi Sanjuán.
Como un aficionado más viajó el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, un fiel del estadio de Vallecas. No se podía perder la final. «Porque que un equipo de barrio, humilde, al que nadie le ha regalado nunca nada y con un presupuesto escaso consiga una final europea es un gesta. Es heroico este Rayo», aseguró. El fútbol como válvula de escape a un momento político complicado. En su pasión futbolera le dio la razón el alcalde Martínez-Almeida: «El Rayo es el primer equipo de Madrid y la demostración de que los sueños se cumplen».
Ellos no tuvieron que hacer colas para acceder al Red Bull Arena, algo que desesperó a los aficionados y se produjeron algunos momentos de tensión.







