El “principio de ordinalidad”, explicado por la ministra de Hacienda en “monteronés”, una variante dialectal del castellano, se traduce básicamente en que, por eso, por orden, reciban más las Comunidades que más aporten. Se ahonda así en las desigualdades insolidarias entre territorios, con el consiguiente y exclusivo beneficio para la discordante, levantisca y rapiñadora Cataluña.
En nuestro fútbol, que tampoco se rige por criterios de equidad, compensación y equilibrio entre equipos, el Madrid supone el mayor ejemplo del “principio de ordinalidad”. Es el que más aporta audiovisualmente, el más visto, y, por lo tanto, el que más dinero ha recibido de LaLiga en la temporada 2024-25.
En el Bernabéu se produjo el sábado un amago de ruptura del “principio de ordinalidad” jerárquica cuando parte del público pidió la dimisión de Florentino. Un hecho insólito y hasta impensable que supone un cierto punto de inflexión en el club. Una especie de plebiscito que responsabiliza al presidente de la confección de la plantilla, le culpa del menosprecio a Xabi y le expresa su oposición o sus reservas al cambio de naturaleza societaria de la casa que se viene cocinando en la penumbra.
Hizo mal Arbeloa en criticar a los críticos, de acusar de antimadridistas a madridistas. El socio, equivocado o no, olvidadizo o no, desagradecido o no, es soberano. A él se debe y ante él responde la entidad en su conjunto. No hace falta que ningún subordinado saque la cara por el presidente. La lealtad puede confundirse con el servilismo o la adulación. Aunque nadie es perfecto, a Florentino lo defiende el colosal conjunto de sus actos, obras y títulos.
A Arbeloa no le renta hacer méritos. No es realmente una apuesta de Florentino, sino una medida urgente, una solución temporal, para una situación de emergencia. La definición de la interinidad. Álvaro, con sus reconocidos méritos, no es el entrenador soñado por Pérez, si es que hay alguno (¿Klopp?) en libre disponibilidad y con predisposición. Ha firmado por lo que queda de temporada y por una más. La prolongación no significa una muestra de confianza presidencial, sino una fórmula de compromiso para que no resulte demasiado evidente que Álvaro es un ave de paso en un nido de tránsito.
Sea como fuere, en el banquillo del Madrid, un club sin asignaturas pendientes, pero en la obligación de sacar sobresaliente cada año en todas, impera, raramente desmentido, el “principio de provisionalidad”. Los jugadores, especialmente con un Florentino en exceso paternal, caminan por la pasarela. Los entrenadores, por el alambre. En un análisis de mínimos y máximos, la plantilla y el técnico actuales equidistan del desastre y de la Champions. Desorientados, confusos, inseguros, se hallan de momento en mitad de ninguna parte.








