La semana de Dani Olmo acaba con un baile en el que Olmo sólo disfrutó de los últimos compases. El baile de un Barça que fue incapaz de seguir un Madrid lento y patoso, salvo por los primeros pasos del Mbappé verdadero, aunque pasos insuficientes para el ritmo coral de su rival. Ni siquiera la deseada coyuntura de adelantarse en el marcador para esperar y lanzarse a los espacios, pudo detener a un Barça que ganó a lo Barça y a lo Madrid, que fue
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ORFEO SUÁREZ
@OrfeoSuarez
Actualizado Miércoles,
17
mayo
2023
-
23:09Guardiola y Ancelotti, en Manchester.OLI SCARFFAFPUn entrenador español se vistió de Nelson para...
Nadie baila en el Madrid. Ni Vinicius ni Álvaro Arbeloa, cuya era empieza con una hecatombe, resuelta incluso con tintes ridículos en una última jugada de despropósitos en su área, pese a la calidad en el golpeo de Jeftét. Las caídas en la Copa frente a modestos como el Albacete habían llegado a ser arrastradas hasta el cadalso por entrenadores como Manuel Pellegrini. Para Arbeloa es un lastre que no estaba en el guion. Parecía escrito para Xabi Alonso, su antecesor, pero lo sufre quien llega a ese banquillo con el mandato de divertirse. En el calvario, que es donde se encuentra este Madrid, no hay diversión posible, sólo vergüenza. Mejor una oración.[Narración y estadísticas, 3-2]
El orden y la cantera no dieron a Arbeloa, como una estatua de cera todo el partido, impertérrito, la primera victoria, lo único que garantizaba seguir adelante en la Copa. Buscaba un estímulo y se encuentra en un solo partido en una crisis mayor a la heredada, porque perder con el Barça en la final de la Supercopa es incomparable a ser eliminado de la Copa por el Albacete, que lucha en la zona cercana al descenso de Segunda.
El Bernabéu espera
Esta eliminación pone en cuarentena incluso las conclusiones que pudieran sacarse de la primera alineación de Arbeloa, pero dos hechos resultaban relevantes: un mediocentro de la cantera, Jorge Cestero, y cada futbolista en su sitio natural, con Valverde de regreso al centro del campo. La única excepción fueron los minutos de Camavinga, en la banda izquierda, donde ya jugó con Ancelotti.
La Liga dirá más cosas, el sábado frente al Levante en el Bernabéu, donde está inesperada caída puede provocar una bronca de la grada, que ya señaló a los futbolistas por encima de Xabi Alonso como culpables de la crisis. El grito del socio escapa al control del propio Florentino Pérez. A nada temen tanto los presidentes como a los plebiscitos de los estadios, y más cuando saben que la responsabilidad mira hacia arriba.
Arbeloa, en la banda del carlos Belmonte.Jose BretonAP
Cestero por Tchouaméni
De Cestero había llegado a decir Arbeloa que era uno de los mejores de España en su puesto. Tanto que lo escogió en lugar de Tchouaméni. Arriesgado. Para los chicos de la cantera este trago también pesa. El propio Cestero, David Jiménez, Palacios o Manuel Ángel, que salieron en los últimos minutos en busca de un gol desesperado. El de Gonzalo, de la misma estirpe, no fue suficiente para sobrevivir.
El balón parado iguala en la misma medida que el movimiento distancia, porque la calidad en el fútbol es la capacidad de desarrollar la técnica a la máxima velocidad posible. Pero el balón parado también es la forma más rápida de acercarse al gol cuando otros caminos, los caminos de la calidad, no lo consiguen. Eso le ocurre al Madrid. Ambas cosas explican lo que ocurrió en el primer tiempo, con un equipo blanco dominante y ortodoxo, pero sin profundidad y ocasiones, y un Albacete acuartelado a la espera de su oportunidad.
La encontraron los locales en su primer saque de esquina, rematado con autoridad por Javi Villar, toda la que no tuvo la defensa madridista. La acción retrató a Mastantuono, pero no debe ser el argentino a quien pedir cuentas en esas situaciones. Tampoco a Arbeloa, por ahora. La defensa del balón parado necesita trabajo y tiempo, algo que todavía no ha tenido el entrenador, pero tras lo sucedido en el Carlos Belmonte es difícil que se le conceda. Arbeloa empieza en un lugar peor al que dejó su antecesor y amigo Xabi. Mal asunto.
Los madridistas se lamnentan ante la alegría de los manchegos.Jose BretonAP
Vinicius, voluntad sin acierto
La réplica del Madrid, en un momento psicológico de un partido más psicológico que futbolístico, dadas las circunstancias, se produjo gracias al remate de Huijsen, repelido de forma acrobática por Lizoain, y el oportunismo de Mastantuono. Fue como un desagravio al defecto de su acción defensiva unos minutos antes. Al descanso, pues, se retiraba el Madrid sin daños, pero sin nada más relevante más allá del orden, con un Vinicius voluntarioso pero ofuscado.
Por el orden empezó Xabi y de orden entiende Arbeloa, cuyas cualidades tácticas le permitieron como jugador cohabitar con los mejores, en el Madrid o en la selección. También entiende Alberto González, que reaccionó con tres cambios rápidos a la salida más alta y con ritmo del Madrid en la segunda mitad.
Ya con Agus Medina sobre el césped, el Albacete fue más ambicioso. Otro de los cambios, Jeftét, encontró el gol tras los malos despejes de Carvajal y Gonzalo, más un Lunin sorprendido. Gonzalo puso el ADN de Sergio Ramos en esta pequeña Lisboa de la Mancha con el empate, pero el Madrid de hoy está muy lejos de la metáfora de Sergio Ramos. [Narración y estadísticas, 3-2]
Ave, César, los que van a ganar te saludan. El César de la Champions no es el César de Roma, al que ofrecían su muerte delincuentes y gladiadores en el coso del Capitolio. La gente del Madrid no piensa jamás en la muerte, ni siquiera con los dos pies en el cadalso, como volvió a estar ante el Bayern, porque su único 'memento mori' es la victoria, la cumpla la estrella de Vinicius o la buena estrella de Joselu en su 'momento Champions', en su 'momento Mbappé'. [Narración y Estadísticas, 2-1]
Una transformación indescifrable la de este antidivo como indescifrable es este equipo. De Lisboa a Kiev, el rastro de sus conquistas es como el perímetro de un imperio, la Roma del fútbol. El apolíneo templo de Wembley aguarda, pues, al Madrid de los increíbles, al Madrid Imperator.
La vida y la muerte, la victoria y la derrota juegan con nosotros, nos escogen, pero no hay nadie a quien el destino quiera tanto como al Madrid, como prueban sus 14 triunfos en 17 finales, no siempre en partidos dominados, en ocasiones asediado, como en Saint Denis o en el Etihad, y al borde de la eliminación, que es como estaba en el Bernabéu cuando Neuer, dueño de un acto pletórico, fue un niño en el patio del colegio. Joselu, el más pillo de la clase, lanzó el balón a la esperanza, a dos minutos del final, y a Wembley, cuando todos mueren menos el Madrid.
Al Bayern le quedan las quejas, y seguramente con razón, por un polémico final en el que se hizo un lío incomprensible el colegiado Marciniak, al pitar antes una acción que debería haber dejado continuar y en la que el balón acabó en la red de Lunin. Para eso está el VAR. Pero la realidad es que el equipo bávaro perdió el partido por sus errores en los momentos de temblor del Bernabéu que nadie sabe explicar. Ni Tuchel ni Guardiola. Nadie.
EL MIEDO A LOS ERRORES
Al Bayern le gustan las mismas cosas que al Madrid. Le gusta correr. Si algo le importaba, sin embargo, es que no lo hiciera el rival, porque cuando eso sucede, el Bernabéu es como un desfiladero por el que no se desboca simplemente un equipo de fútbol. Es un alud, un alud blanco. Las precauciones mandaban, pues, sobre los atrevimientos, con dos futbolistas más capaces de estar en su sitio frente a un ataque posicional que los que lo hicieron en la ida. Se trataba de De Ligt y Pavlovic. Tuchel no tenía prisa ni obligaciones por el resultado, y tenía miedo.
También Ancelotti, que no tuvo reparo en reconocerlo, pese a las bromas de Carvajal. Ningún inteligente esconde el miedo. Lo siente, lo observa, lo analiza y lo combate. Ancelotti no podía hacerlo como Tuchel en el Bernabéu, por lo que lo hizo mediante la seguridad en los pases.
Una pérdida era un apretón del rosario, y en esto es mejor mirar a la pelota que al cielo. Cuando eso ocurre, mal asunto. El Madrid sabía que debería llevar el peso del juego y la instrucción es que siempre empezara en Kroos, un tipo con aspecto de no perder nunca las llaves de casa. Asegurar las transiciones y arriesgar solo cuando el balón llegara a Vinicus y Rodrygo.
El show de Vinicius
Vinicius, en un lance del juego.MariscalEFE
Lo hizo Vinicius nada más sonar el silbato y perder la primera pelota el Bayern. Levantó los brazos y se dirigió a la grada en busca de la acústica que provoca el techo cerrado del Bernabéu. Estaba inyectado, quizá demasiado, pero era lo que el momento pedía. Vini, centrado o en la banda, iba a demostrar quién es, y quién es en la Champions, lo que no ha podido hacer Mbappé, ya eliminado.
Empezó por un lanzamiento al palo que Rodrygo remachó al cuerpo de Neuer. Nada más empezar la segunda parte buscó el uno a uno en la izquierda. Ni Laimer ni Kimmich, dos jugadores excepcionales, pudieron, ni por separado ni juntos, frente al brasileño. Otra vez Rodrygo desperdició el regalo de su compatriota, pero Vini no paró hasta provocar lo mejor de Neuer y, finalmente, lo peor, su error fatal.
La segunda consigna de Ancelotti era cerrar las bandas a Sané y Gnabry, en las que Carvajal y Mendy empezaron por no ceder ni un palmo. Gnabry encontró un aclarado gracias a Musiala en el arranque, aunque mal solucionado. Poco después fue al banquillo, lesionado, para dejar su lugar a Davies. Diablo por diablo, era más diablo en segundo, como demostraría con el 'zigzag' y el latigazo que cambiaba el decorado.
Musiala y el diablo Davis
Que se equivoque el contrario, pensaba Tuchel, al que no le importaba un partido largo, larguísimo, mientras estuviera en la eliminatoria. Renunció a cualquier tipo de presión alta y esperó a que aparecieran los espacios. No llegarían para el Bayern hasta la segunda parte y cuando eso ocurrió aparecieron Musiala y Harry Kane.
Pocos se mueven igual en ese territorio. Tuchel cambió la posición de Musiala, de la banda, donde jugó en Múnich, a la mediapunta. Lo poco que el Bayern podía filtrar con intenciones partía de sus botas, muy poco durante el primer tiempo. Apenas una volea de Kane pudo encontrar el equipo alemán en ese tramo, un pobre balance ofensivo.
La estirada del Madrid en el segundo y el desgaste acumulado los permitieron y fue Musiala el primero que provocó lo mejor de Lunin en un disparo a quemarropa. Estaba claro que el Bayern había encontrado caminos hasta enconces cerrados. Kane se unió a su compañero para encontrarlos. En el caso del inglés hablamos de un delantero centro que es mucho más, con movimientos y cambios de juego propios de un centrocampista cuando se retrasa unos metros. Cumple ese rol en el equipo bávaro como en la selección inglesa. La acción en la que cedió para la carrera de Davies fue un ejemplo.
Ancelotti buscó entonces en el banquillo soluciones, con Joselu y Brahim, como soldados de reemplazo que siempre están en su sitio, dispuestos para la misión. El cazagoles que llegó sin jerarquía para llevar el 9 las encontró en el miedo ajeno, por dos veces, para citarse con el sorprendente Borussia Dortmund en la final del 1 de junio y llevar más allá los límites de este imperio que pocos comprenden y tantos aman.