El estadounidense Doyle Brunson, dos veces campeón mundial y conocido como el ‘Padrino del póker’, falleció a los 89 años, informó su familia.
“Es con gran pesar que anunciamos el fallecimiento de nuestro padre, Doyle Brunson. Era un amado cristiano, esposo, padre y abuelo”, anunció el domingo su familia en un comunicado publicado en Twitter por el agente del jugador, Brian Balsbaugh.
No se dieron detalles sobre la causa de la muerte de Brunson, quien tuvo gran influencia sobre varias generaciones de jugadores.
Brunson ganó 10 torneos de la Serie Mundial de Póker (WSP) y fue dos veces campeón mundial, en 1976 y 1977.
Nacido en Longworth, en el estado de Texas (sur), y reconocido porque usualmente lucía un sombrero de vaquero, Brunson ganó más de seis millones de dólares en torneos.
En 1979, escribió uno de sus primeros libros sobre estrategia de póker, ‘Super System’, considerado una biblia de este juego.
Su antiguo rival Daniel Negreanu lo tildó de “leyenda”. “Nunca habrá otro Doyle Brunson. Muchos lo extrañaremos”, tuiteó.
El cinco veces campeón de la WSP, Scotty Nguyen, señaló por su parte que “no puede creer que haya llegado este día”. “¡Siempre estarás en lo alto de nuestros corazones, el hombre, el mito, la leyenda y EL PADRINO del póker!”, expresó Nguyen en Twitter.
El actor estadounidense James Wood también rindió homenaje a Brunson al publicar en la misma red social una foto conjunta de ambos, con el mensaje: “Es desgarrador. Doyle Brunson, el mejor jugador de póker de todos los tiempos, ha cobrado sus fichas”.
Brunson jugó al baloncesto en la universidad, pero una lesión en la rodilla acabó con sus esperanzas de convertirse en profesional.
Fue incluido en el Salón de la Fama del Póker en 1988.
Una semifinal casi como una final, porque nadie parece más poderoso en ACB que Real Madrid y Unicaja, los finalistas de Copa en febrero, el mejor equipo (de largo) de la temporada regular ante el campeón de tantas cosas (Intercontinental, Supercopa, Copa, Champions), el que asombra por su juego y su osadía, el que acudía tras expulsar al Barça en cuartos. Exhausto en el primer round de semifinales, donde los de Chus Mateo golpearon primero y bien fuerte. [99-81: Narración y estadísticas]
Son conscientes los blancos de que sólo les resta ya la Liga para esquivar el fantasma del año en blanco. Que no tienen excusas (más allá de la lesión de Deck), tras el parón sin Final Four, y una racha que impone: 24 victorias seguidas en Liga (25 ya) y 14 meses sin perder en casa. Esa frescura, unida al acierto, les sirvió para tumbar por k.o. a Unicaja, una noche en la que los de Ibon Navarro pasaron bien pronto página. No fueron ellos, pero que nadie les de por muertos, claro.
El Madrid corría y el Unicaja perseguía sombras. Los primeros 20 minutos fueron definitivos. Hubo en ese rato de ciclón algo de aroma a cuentas pendientes, a dejar las cosas claras. Pero bien es cierto que Unicaja llegaba con el susto en el cuerpo desde el domingo, cuando se vio eliminado por el Barça. También con la adrenalina de la remontada, de la victoria en la prórroga. Cansancio, físico y mental, al fin y al cabo. Que no perdonó un Madrid listo para el zafarrancho.
Al que acompañó la puntería desde el amanecer, cuando el duelo parecía un intercambio de golpes. Duró poco. A los dos triples iniciales de Tillie el Madrid contestó con una rotundidad que asustaba. A pares Ndiaye, Hezonja... Más difícil todavía Musa, que acertó sus cuatro primeros, 14 puntos en siete minutos del bosnio. La distancia se disparó hasta los 20 puntos, casi quebrado el encuentro desde tan temprano.
Defensa
Porque a la defensa blanca era como si le debieran dinero. Mordía Campazzo (siete asistencias, cinco robos), Abalde bordaba cada movimiento táctico, Tavares y Bruno Fernando mantenían a raya la pintura. Cero puntos al descanso entre Kendrick Perry y Tyson Carter resumían bien la situación.
La segunda parte no cambió demasiado el panorama. Campazzo seguía apretando y Musa golpeando. Unicaja no veía ni un rastro de luz en el horizonte. Y pronto se vio pensando en el viernes. Todo tan sentenciado que pasaron cosas. Hubo minutos hasta para Rathan-Mayes. Garuba sufrió una brecha en la cabeza tras un choque con Tillie. Y Tavares y Ejim tuvieron sus más y sus menos.
Ganar es marcar y evitar que el contrario lo haga. Así de simple dibujó el Barça, espeso, su duelo ante el Rayo Vallecano. Encontró el gol de Araujo y se agarró aún más al salvavidas de Joan Garcia, que demostró por qué debe tener hueco en la España de Luis de la Fuente. Con eso le bastó para esperar a ver si el derbi madrileño le coloca más líder de LaLiga. [Narración y estadísticas:1-0]
A los azulgranas les cuesta adaptar sus biorritmos a la luz solar de las dos de la tarde, aunque sea jugando en casa, donde nadie ha sido capaz de robarle puntos. Las dos cosas las tuvo en cuenta el Rayo, preparado para sufrir pero sin renunciar a asestarles un bocado al mínimo descuido. En el primer minuto de juego, el desajuste apareció. Chavarria cogió la espalda de Araujo para poner un centro perfecto que Carlos Martín embocó a gol, pero se estrelló en un agigantado Joan Garcia. Había jugado Flick al equívoco con Szczesny muy protagonista en el calentamiento, pero el nuevo internacional fue, una vez más, el seguro de vida.
Poco más tuvo la pelota el Rayo hasta los minutos finales de la primera parte. Ordenado, con claras las vigilancias sobre Fermín y Lamine, vivió encerrado en su campo viendo cómo el Barça buscaba huecos donde no los había. El susto se lo dio Raphinha. Aprovechó un error de Pathé Ciss en la salida de balón para plantarse en un mano a mano con Batalla que definió al lateral del poste. Suspiraron los vallecanos, pero volvieron a encogerse cuando el central senegalés, esta vez en la línea de fondo, derribó a Lamine y todo el estadio reclamó un penalti que ni Cordero Vega ni el VAR señalaron.
A quien también se le cortó la respiración fue al técnico culé cuando Joan Garcia se quedó clavado, rodilla en tierra, tocándose el gemelo. Una mínima atención y de vuelta a la portería. Aceleró de nuevo su equipo, esta vez con un centro de Lamine con el exterior, como si quisiera sacudirse se la pelota, que fue telegrafiado a la otra orilla donde Raphinha lo cazó con una vaselina forzada ante la que se estiró Batalla. De ese córner llegó el gol: Joao Cancelo, con el guante, le puso el balón perfecto al segundo palo a Araujo, que le ganó el salto a Pathé Ciss para abrir el marcador.
Se había engrasado el Barça, con Raphinha intimidando y probando al guardameta argentino, pero con poca colaboración de Lamine y nula de Lewandowski, desaparecido en toda la primera parte. Parecía que podía salir el Rayo, pero consiguió estirarse, plantarse en el área y reclamar un posible penalti, discutido, de Fermín a Ratiu que los colegiados no vieron. Llegaron entonces una seguidilla de saques de esquina de los que no sacó provecho para empatar, pero que inquietaron a la grada hasta el descanso.
Sin llegar a sestear, Flick también percibió que necesitaba más energía para volver a inquietar a la defensa del Rayo y dejó al polaco en el banquillo para buscar el colmillo de Ferran Torres. Al regreso también se encontró un rival más ajustado, con Pacha Espino incomodando a Fermín y Álvaro García buscando desequilibrar para nutrir a Isi, vestido de 9 en el Camp Nou.
Joan Garcia vuelva para atajar una ocasión del Rayo.TONI ALBIREFE
El Rayo tenía las ideas claras y esperaba su oportunidad. Bien es cierto que el marcador siguió corto porque ni Lamine ni Raphinha, a centro de Ferran, estuvieron finos. Entonces volvió a aparecer Joan Garcia. Primero, para atajar un disparo del diabólico Álvaro García, quebradero de cabeza en la izquierda, y mostrar reflejos para salvar un testarazo de Unai López a saque de esquina. Estaba claro que el Rayo se sentía muy vivo, aunque dio y recibió algún sobresalto.
El primero lo provocó Batalla queriendo regatear a Raphinha fuera de su área y provocando un centro del brasileño que, a puerta vacía, nadie pudo empujar. Falló el Barça... y el Rayo. Un envío largo a la espalda de los centrales a Pacha Espino que, ante Joan Garcia, malgasta el que pudo ser el empate. Se revolucionaron los vallecanos, con Cancelo sufriendo ante Camello y Ratiu y el golpeo seco de Jorge De Frutos que hizo lucirse, una vez más, al cancerbero culé. Con agarrarse a él les bastó.