La victoria en Braga, que dio acceso a España a la Final Four de la Nations League, ha llevado la euforia al vestuario de la selección y llenado de orgullo a Luis Enrique. Apenas 24 horas después del gol de Álvaro Morata, el técnico asturiano ha compartido los logros de su equipo, el único que se ha mantenido entre los mejores a lo largo de los cuatro últimos torneos.
“Sólo por poner las cosas en contexto”, escribió Luis Enrique en el encabezado de un documento que resalta los resultados de España por delante de rivales de la talla de Francia, Alemania, Italia, Países Bajos, Inglaterra o Bélgica.
Ya declinaba la final del Masters 1000 de Roma cuando Jannik Sinner, hombre impasible, se permitió algunos gestos de desesperación: un suspiro, una mirada al cielo. No había nada que hacer. En rondas tempranas de torneos lejanos, Carlos Alcaraz a veces se ensimisma, pero con un título en juego y en coliseos como el Campo Centrale, se torna invencible. Su talento se agiganta, sus piernas se precipitan y, sobre todo, su cabeza se endurece. Cuando eso ocurre, no hay jugador en el circuito que pueda responderle, quizá no lo haya en la historia.
Este domingo ante Sinner, dominador del ranking mundial, campeón de los dos últimos Grand Slam, rival para la próxima década, volvió a demostrar que manda si quiere hacerlo. Al final, 7-6(5) y 6-1 en una hora y 43 minutos de juego. Sobre cemento, entre cañonazos, aún puede sufrir, pero en tierra batida, donde siempre gana el mejor, no quedan dudas. En esta gira ha ganado en Montecarlo y Roma y ha llegado en la final en Barcelona y en la edición de Roland Garros que empieza el próximo domingo si no es campeón sería una sorpresa.
El momento decisivo
La final ante Sinner se decidió en apenas cuatro o cinco puntos, todos en el desenlace del primer set, fueron sólo unos minutos. Hasta entonces, ambos jugadores marcaron sus fortalezas, el español con la derecha y el italiano con el revés. No se hicieron daño. El esquema de juego de Alcaraz pasaba por alargar los intercambios para molestar con bolas altas y la táctica de Sinner, mejor con su servicio, buscaba todo lo contrario. Hasta el 6-5, cada uno hizo lo suyo, a veces genial ambos, a veces erráticos. Pero entonces, Sinner ameritó dos bolas de set con n 15-40 y decantó la balanza.
Andrew MedichiniAP
El peligro era mortal. En un encuentro a cinco sets, ceder el primero no es un drama; en un partido a tres sets, hacerlo es sentencia. Alcaraz tenía que hacer lo que hizo. Al contrario que en otras ocasiones, se abrazó a la serenidad, jugó y forzó a Sinner para que repitiera ciertos errores. Entonces sólo quedaba el tie-break, donde clavó dos saques directo a la línea y cerró el periodo con una volea magistral. En ese mismo instante, convirtió el segundo set un disfrute ante rival ya rendido. El título ya era suyo.
"No he tenido altibajos"
"Estoy muy orgulloso de cómo he enfocado el partido mentalmente. Tácticamente todo ha ido bien, pero sobre todo no he tenido altibajos, me he mantenido en mi mejor nivel durante todo el partido", admitió el español al acabar el encuentro, antes de felicitar a Sinner por haber llegado a la final después de su sanción y de aceptarse como favorito para la próxima cita en París: "Ganar aquí en Roma superando a Jannik es un éxito que me da mucha confianza para Roland Garros, aunque ahora lo único que quiero es celebrar con mis amigos, mi familia y con los amigos que han venido desde España. Después descansaré y ya me podré centrar en el Grand Slam".
Con su triunfo, Alcaraz sumó su séptimo Masters 1000, el primero en Roma, pero sobre todo agigantó una estadística de aquellas que asustan a sus adversarios. A sus 22 años, ha jugado 12 finales entre 'grandes' y Masters 1000 y sólo ha perdido una. En los días decisivos, bajo los focos, se vuelve de mármol, como ocurrió este domingo.
En uno de los momentos más candentes del duelo, tras considerar que un revés de Davidovich se había ido ancho, con 5-4 del lado del alemán y un set arriba el español, Zverev se dirigió al juez de silla de manera vehemente. "Hay un error en el sistema", le dijo, discutiendo la precisión de la electrónica. Al instante, y a la vista de que Mohamed Lahyani no accedía a sus demandas de bajar de la silla y comprobar el bote de la bola, tomó su móvil y sacó una foto de la marca, lo cual le costó un warning. Poco antes, Davidovich también había discutido un ace de su rival, hasta que el rastro del bote le fue mostrado en la pantalla.
Fue un partido intenso, con Alejandro Davidovich, claramente dominador en el primer set, mucho más exigido en el segundo ante el primer cabeza de serie y doble ganador del torneo. Un partido en el que el malagueño, finalista este año en Delray Beach y Acapulco y reciente semifinalista en Montecarlo, donde solamente le detuvo Carlos Alcaraz, evidenció sus progresos en la nueva etapa profesional, ahora al lado de Félix Mantilla y David Sánchez, ese punto de templanza del que suele adolecer su tenis.
No fue suficiente para mantener prendida la llama del tenis español en la Caja Mágica. Cayó por 2-6, 7-6 (3) y 7-6 (0), en dos horas y 44 minutos, y con él se fue el último vestigio español en un torneo que se queda sin representación local tanto en el cuadro masculino como en el femenino en octavos de final, algo que nunca había sucedido.
Oportunidad
Tuvo dos bolas de break en el noveno juego del segundo, con 4-4, pero no pudo aprovecharlas. En el comienzo de partido había encadenado diez puntos consecutivos y se fue pronto 4-0 ante un rival que tardó bastante en encontrarle la medida al partido. Reciente campeón en Múnich, el alemán llegaba a Madrid algo mejorado con respecto a otra temporada en la que sigue sin encontrar el tenis que siempre se le ha supuesto.
Fue Zverev quien, progresivamente más afinado con el saque, se llevó el desempate y entró en el tercer parcial con tres bolas para quebrar, neutralizadas por su oponente. El servicio del alemán fue un azote constante, obligando a Davidovich a evitar cualquier descuido con el suyo. Lo tuvo en un juego tan delicado como el noveno, dejando en manos del jugador de Hamburgo la llave para entrar en octavos.
Fiel a su aquilatada vulnerabilidad mental, Zverev cedió su servicio en blanco. Fue otra secuencia de ocho puntos consecutivos del malagueño, prendido de una grada deseosa de mantener vivo al menos a uno de los suyos. No pudo evitar Davidovich verse abocado a un nuevo desempate, letal para sus intereses. Tras un muy estimable partido, no anduvo fino en la resolución.