El amor nunca es como una película de Hollywood. Fácil, predecible, feliz. Suele ser errático, con altibajos y mucho más profundo. Así es el del Atlético de Madrid y Antoine Griezmann, sellado con un precioso beso al escudo del equipo en el enésimo servicio del francés a los 60.000 fieles que estuvieron el domingo en el Metropolitano pese al frío y los cientos de miles de hinchas rojiblancos a lo largo del globo.
Dos etapas, con el desplante del Barça ya olvidado en la grada rojiblanca. A base de esfuerzo y goles. 190 besos como 190 goles a 10 del 200. Una cifra histórica, inédita en el Atlético de Madrid, y desde la que el francés mira a las otras leyendas, como Luis Aragonés, que le precedieron pero que ya no pueden alcanzarle.
Y está también la relación con Simeone. Es su ojito derecho, el que le defiende y le mantiene en el campo pese a que no siempre aparezca, pero así son las grandes estrellas, como el Guadiana. Y Griezmann “con poco hace mucho”, como explicó Diego Simeone en la rueda de prensa. El técnico le calificó como un “jugador diferente” y admitió que le quieren mucho.
Como para no quererlo, nueve tantos y seis asistencias en lo que va de temporada. Es el máximo goleador y pasador definitivo de este Atlético de Madrid al que han llegado grandes figuras este verano, que quizás corran más, pero no lo quieren más que él.
Así lo ve Samuel Lino. Es el segundo año que el brasileño comparte vestuario con el francés y sigue alucinando con su juego. “Es el mejor futbolista con el que he jugado”, admite el otro goleador de esta noche. El que empató el partido con un chutazo de 25 metros desde fuera del área con la pierna derecha.
Pero una de las cosas que más alaba es el hambre del francés, la actitud que demuestra pese a habr alcanzado todo lo que ha conseguido el siete rojiblanco. Y, pese a ello, la humildad que siempre muestra. “Es muy bueno estar con Griezmann, pero lo que mas me gusta es su persona, es muy simple”, apuntó el futbolista brasileño.
Candidatos
Seguro que Antoine estaba entre los jugadores que Xavier García Pimienta apuntaba como los que han cambiado el partido. Un duelo que el Sevilla ha tenido en la mano, pero que la calidad individual y la presión rojiblanca ha terminado por decantar la balanza. Esa calidad es una de las claves por las que el técnico del equipo hispalense sitúa al Atlético de Madrid en la terna de posibles candidatos para ganar LaLiga.
Simeone no quiso recoger el guante. El técnico no quiere salirse del “partido a partido” y de luchar la liga con “dos monstruos” como el Barcelona y el Real Madrid. Pero su equipo está a uno y tres puntos respectivamente, aunque el “objetivo es alejarse del quinto puesto”. Quizás el objetivo sea ese, pero el sueño, como en dos ocasiones desde que el Cholo está en el banquillo del Atlético, esté en cotas más altas.
En una semifinal de Eurocopa, contra el equipo más poderoso del mundo en lo físico, finalista en los dos últimos Mundiales, España salió, vio cómo le metían un gol, se sacudió el polvo de los hombros, silbó, aceleró para marcar dos goles, remontar, y luego decidió que allí, en una semifinal de Eurocopa, con una hora por delante, ya no iba a pasar nada más. Como si fuera su potestad elegir los caminos de los partidos, también los de una semifinal de Eurocopa, como si dispusiera de un mando a distancia para darle al play, y luego al pause, y luego hacia delante, y luego hacia atrás, y luego al stop. España, en una semifinal de Eurocopa, gobernó la noche como le dio la gana, decidió lo que ocurría y lo que no, y agarrada al maravilloso descaro de un niño de 16 años, dueño de un gol estratosférico, le dio la vuelta al tanto francés y echó la persiana. Hasta aquí, dijo. Y hasta ahí. Luis de la Fuente y su muchachada han llevado a España a su quinta final continental, a las puertas de un título impensable hace no mucho, posible, probable, hoy. En una semifinal de Eurocopa, hizo lo que quiso, como quiso y cuando quiso. Esta es España. [Narración y estadísticas (2-1)]
Una España nacida de la desconfianza, forjada en la ignorancia, cuando no en la mofa, de una parte de la afición, que miraba con displicencia a un grupo de jugadores que permaneció callado, cabizbajo, rumiando, eso sí, algo parecido a una venganza, agarrados todos ahí dentro a la esperanza de darle la vuelta a todo y poner al país a sus pies, un país obligado hoy a reconocer el trabajo y el talento de un grupo humano que, más allá de lo que ocurra en la final, se ha ganado el respeto que hasta ahora no tuvo. Honor para España, finalista de la Eurocopa. Y honor para Lamine Yamal, el niño de 16 años, hijo de inmigrantes, que personifica esta nueva realidad española, tan diferente, tan cambiante, tan rica.
A estas alturas de torneo, los jugadores no entrenan. Ni españoles ni franceses habían hecho nada desde el viernes, cuando obtuvieron el billete a la semifinal. De hecho, se intuía un partido calmo, con los dos midiendo muy bien sus esfuerzos y los del rival. Sin embargo, en este juego de detalles que es el fútbol, y más llegados a este punto del torneo, Francia se puso por delante poco después de que lo hubiera podido hacer España. Fabién envió alto un cabezazo que parecía fácil, pero Kolo Muani sí acertó. No habían pasado ni 10 minutos y Francia estaba por delante casi sin haberse desperezado, y además Jesús Navas con amarilla por frenar una contra con pinta de 2-0.
Como quien se levanta de la siesta
Era la segunda vez que la selección estaba por detrás en el marcador. La otra vez fue contra Georgia. Y claro, Francia no es Georgia. O sí, porque lo que ocurrió desde ese momento es muy difícil de explicar. Cuando encajó, España mantuvo la calma. De hecho, tardó bastante menos en empatar, y no necesitó ni de coraje, ni de empeño, ni de suerte, ni de una jugada maravillosa. Bastó que un crío que acaba de aprobar la ESO cogiera la pelota, levantara la cabeza y pusiese en órbita un disparo maravilloso. Lamine Yamal es un niño, un puñetero niño que juega como un mayor, que levanta la cabeza, que pasa, que centra y que, sí, también regatea, pero que, ante todo, juega al fútbol como los dichosos ángeles.
La parábola de su disparo, inalcanzable en diez vidas de Maignan, catapultó a España, un equipo en trance que, cinco minutos después, se adelantaba porque Dani Olmo hizo un quiebro delicioso a Upamecano cazando el rebote de un centro. Su tiro, que iba a portería, lo desvió Koundé por si acaso, como para asegurarse de que entraba sí o sí. Había remontado España como quien se levanta de la siesta. Aguantó a pie quieto los intentos franceses, que no fueron pocos en la primera parte. El equipo de Deschamps trató de hacer daño a España en dos facetas: los cambios de orientación y las jugadas a balón parado.
Olmo festeja el 2-1 en Múnich.AFP
Mbappé, sin máscara, fue menos Mbappé que Dembélé. El ex futbolista del Barça molestó a ratos a Cucurella, y Nico Williams tuvo que ayudar lo suyo ahí. Navas, entretanto, en el duelo que se presumía tan desigual, se mantuvo con bastante más que dignidad hasta su lesión. Al equipo, en algún momento, le costó llegar a la presión porque las piernas están como están, y eso permitía a Francia encontrar alguna vía, sin éxito.
Jugar a que no pase nada
De modo que España, la España donde De la Fuente se limitó a poner a los suplentes de los sancionados y lesionados, ni más ni menos, llegó al descanso por delante y confiada, consciente, más que nunca, de la diferencia física con su rival. Era el momento de no ir al choque. Había que jugar a otra cosa. Había que jugar, por ejemplo, a que no pasara absolutamente nada.
Eso fue lo que hizo España a la vuelta del descanso, buscando trastear con la paciencia, y el físico, del rival, y al rival, claro, cuando le toca proponer, suda tinta. No pasaba nada, ni bueno ni malo, así que Deschamps quitó del campo a Rabiot y a Kanté para meter a Griezmann y a Camavinga. Mbappé ya era delantero centro, porque también se fue Kolo Muani para dar paso a Barcola, que se instaló en la izquierda. Para desgracia de Deschamps, siguió sin pasar nada.
España jugó toda la segunda parte como si fuese el tiempo de descuento. No hizo mucho por atacar, pero como tampoco le hacían daño, fue dejando pasar el tiempo en un ejercicio de madurez algo inquietante. Tanta tranquilidad en una semifinal de una Eurocopa asusta. De la Fuente debió pensar que no fueron tan buenos los cambios contra Alemania, y sí, metió a Merino y Oyarzabal, pero dejó en el campo a Nico y a Lamine por si acaso. Deschamps echó mano de Giroud como quien reclama al Cid, pero allí seguía sin pasar nada. En una semifinal de Eurocopa, hasta España pitó el final del partido.
IÑAKO DÍAZ-GUERRA
@InakoDiazGuerra
Actualizado Domingo,
24
septiembre
2023
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