“Me da vergüenza hablar de mi tesis a la gente”, cuenta Lidia Sánchez-Puebla (Getafe, 1997), acostumbrada a podios y medallas, a los focos del deporte profesional, pero no tanto a los méritos y los elogios que tienen que ver con su otra vida, esa “dualidad” de la que sólo presume en bajito. Porque mientras batallaba con lesiones y sinsabores, con la cruel persecución de su sueño olímpico de marchadora, la madrileña desarrolló una brillantísima labor académica. Una novedosa investigación en la retina de los ratones para la detección precoz del alzhéimer por la que recibió el premio a la Mejor Investigadora Joven en el 28º Congreso Europeo de Retina y Visión. Además, en su tesis doctoral, defendida hace unos días, obtuvo una calificación de Sobresaliente Cum Laude.
A Lidia no le cuesta reconocer que pensó en más de una ocasión en tirar la toalla. Tanto en lo deportivo como en lo académico. Que avanzó muchas veces sin saber muy bien por qué, apoyada en sus espartanas rutinas, en “entrenar, estudiar y entrenar”. Sin fines de semana. Tantos veranos sin vacaciones: “Aprovechaba para hacer las prácticas del hospital”. Sacándose la carrera de Medicina a curso por año. Y cuando renunció al MIR porque “el atletismo siempre tuvo prioridad”, rozando su clasificación para los Juegos de Tokio, llegó el covid y, a continuación, le azotaron duramente las lesiones. “Si tuviera que definir mi carrera deportiva de alguna forma, sería de mala suerte. Desde 2020 que me operaron del pie, he ido acumulando problemas. Otra operación, fracturas, tornillos en un dedo… Siempre me ha costado tener continuidad”, desgrana el calvario que se alargó hasta los de París, en los que también se quedó a las puertas.
A sus 29 años, los mismos que María Pérez -“de niñas la ganaba. Y ahora ella es campeona del mundo y olímpica…”-, es como si a Sánchez-Puebla, que no empezó con la marcha hasta los 13, cuando ya tenía alguna medalla en cross a nivel nacional, todo le empezara, al fin, a sonreír. “Venía de un 2024 en el que había apostado todo por ir a París y decidí no ver nada de esos Juegos. Me fui a Italia a trabajar tres meses a un hospital. Y a hacer un reset. Estaba agotada mentalmente. Y luego me lesioné con dos fracturas por estrés, desde octubre hasta febrero, muchos meses complicados. El atletismo era mi vida, pero me estaba costando la salud. Decidí tomármelo con tranquilidad”, repasa.
Lidia, con su premio a Mejor Investigadora Joven en Estudio de Retina en el 28º Congreso Europeo de Retina y Visión.
Precisamente en la primera concentración invernal en Sierra Nevada, en febrero, conoció a Juanpe López, el ciclista recién fichado por el Movistar, “el chico andaluz que habla con todo el mundo”, su pareja desde entonces, con el que compartió, por ejemplo, la reciente San Silvestre vallecana. “Me ha dado mucha estabilidad”, desvela. Una calma que, curiosamente, se traduce en los mejores tiempos de toda su carrera. “Con esta nueva filosofía, sin quizá entrenamientos espectaculares, llegué a hacer marca personal en 20 kilómetros. A quedar séptima en el Campeonato de Europa por equipos en mayo. A nada de la mínima RFEA para el Mundial. Y pude rematar con un bronce en el Campeonato de España”…
Ahora Lidia avanza, deportivamente, paso a paso. No mira tanto a Los Ángeles, quizá su última oportunidad, como al próximo campeonato de España, en marzo. “No hago marcha porque sea un deporte en el que gane dinero. Pero siempre he tenido un sueño, ser olímpica. Me queda esa espinita y no sé si lo voy a conseguir. He vivido dos ciclos, he tenido el caramelo en la boca… He tenido tantas lesiones que te planteas: ‘¿Hasta cuándo?’. Aunque ahora estoy con ilusión. Creo que todavía tengo que explotar en el deporte. Sólo espero un poquito de suerte, poder entrenar a gusto y tranquila, que las ganas ya las pongo yo”, asegura.
Mientras todo eso ocurría, había otra Lidia, con bata, también con empeño, compaginando una carrera como la de Medicina con sus entrenamientos en el Centro de Alto Rendimiento, al que al principio, antes de que obtuviera una plaza para vivir en la Residencia Blume, acudía desde Getafe, más de tres horas al día en transporte público. “Se me hacía muy cuesta arriba. Pensé incluso en dejar la carrera. Desde primero tuve que aprender a marchas forzadas que tenía que organizarme muy bien”, recuerda.
Lidia Sánchez-Puebla posa para EL MUNDO.
Cuando terminó la carrera, su mentor, José Manuel Ramírez (profesor de oftalmología en la Universidad Complutense), la convenció para que no se desvinculara de la Medicina. Lidia completó un master en ciencias de la visión y después consiguió un contrato predoctoral con la Universidad. “Me he dedicado a investigar la retina en un modelo de ratón con alzhéimer. La retina comparte muchas similitudes con el sistema nervioso central. El objetivo principal era ver si los cambios que vemos a través del ojo se reflejarían en el cerebro y cómo a través de ello, en un futuro, podría haber biomarcadores para la detección precoz del alzhéimer”, relata con orgullo el proyecto recién culminado con el premio y el Cum Laude.
Además, uno de esos trabajos para la tesis tuvo un protagonista inesperado. “Mi padre es físico, profesor de la Universidad Carlos III. En una de las partes yo debía contar unas células del ojo del ratón. Tenía tantas imágenes… Y tenía que medirlas manualmente, diferentes parámetros. Un día, él, viéndome en casa, me vio muy estresada ‘pintando celulitas’. Y creó un programa, basado en la Inteligencia Artificial, que me ha salvado la vida. Lo que hubiese tardado un año y medio en hacer, en cuestión de horas está resuelto. Eso es lo que defendí en el Congreso y por lo que gané el premio a Mejor Investigadora Joven”, explica Lidia, que defiende el empeño de los atletas y también de los jóvenes. “Siempre se dice que somos cada vez más vagos. Pero creo que estamos cada vez más formados y podemos aportar bastante a la sociedad. En mi caso, el entorno que tengo, la verdad es que es súper trabajador. Todos tenemos ambición, aspiraciones. En el atletismo es un poco así ahora. La gente estudia para tener un respaldo por si los resultados no acompañan”.
Entre la investigación y la marcha. Entre el atletismo y los estudios. Entre los ratones y las zapatillas. “Siempre digo que mi vida es como una bici con dos ruedas. Una es el deporte, la otra es mi trabajo. Cuando ha habido épocas de mi vida que he pinchado la rueda del deporte, porque he estado lesionada o porque ha habido menos motivación, he tirado con la otra. Y al revés. Cuando con la tesis he estado muy agobiada, de hasta pensar en dejarlo, he tirado del deporte”. Lidia, un ejemplo.






