La candidatura de Enrique Riquelme a la presidencia del Real Madrid acusó en un comunicado a Florentino Pérez, todavía presidente y también candidato, de difundir “informaciones que son total y rotundamente falsas” sobre su proyecto y su “legitimidad”.
“De nuevo y por tercera vez en apariciones públicas, resulta inaceptable la actitud y las formas de Florentino Pérez, poniendo en duda la limpieza y la legitimidad de nuestra candidatura, pese a que ha sido proclamada válida por la Junta Electoral conforme a los Estatutos y a las Normas Electorales del Club”, afirmó.
En su texto, la candidatura del empresario defendió que está “avalada directamente con su patrimonio personal y está validada por la Junta Electoral” y pidió de nuevo “un debate público, abierto y televisado” entre los dos candidatos, en el que puedan “confrontar ideas con transparencia sobre el modelo de club”.
Además, Florentino Pérez vinculó al empresario alicantino con la “época más siniestra del madridismo”, la etapa de Ramón Calderón, y Riquelme ha querido apartarse del que fuera presidente entre 2006 y 2009.
“En la etapa que menciona Florentino Pérez sobre Ramón Calderón, Enrique Riquelme, tenía 15 años. El único miembro de la candidatura que formó parte de aquella época es el Sr. Antonio Medina, pero el Sr. Pérez olvidó mencionar que también ha sido miembro de su dirección en la Fundación Real Madrid hasta la semana pasada y que dimitió para sumarse a nuestra candidatura. Así mismo, en nuestro equipo participa Juan Mendoza, hijo del Presidente Ramón Mendoza, que formó parte de la Junta del Sr. Calderón y dimitió por discrepancias con el ex presidente a los 3 meses”, afirma uno de los puntos del comunicado.
Donde antes se comían pipas, ahora se comen hostias. Las cáscaras que caían junto al banquillo, como si fuera el banco de un parque, mientras el Madrid perdía ante el Mallorca en el terreno de juego, colmaron la paciencia de Florentino Pérez, que dos días después presentaba su dimisión: "Los he malcriado". Veinte años después, de 2006 a 2026, lo que se cae es un futbolista golpeado por un compañero. Palabras mayores que precisan de una respuesta ad hoc con lo sucedido en el marco de una crisis que ha superado al ser superior.
Que el presidente malcría a los jugadores no hace falta que lo repita, ya lo sabemos. El problema es cuando los malcriados pierden el respeto al club, y no sólo con las manos. Lo hizo Vinicius con sus exagerados aspavientos al ser sustituido por Xabi Alonso y lo ha hecho Mbappé al tomarse unas vacaciones en el mar, lesionado y con su equipo en crisis. El Madrid necesita con urgencia fijar el principio de autoridad que, hoy, no se aprecia en ninguna parte, como si el club no tuviera entrenador, capitán ni presidente.
Valverde disputa un balón.EFE
En apenas una semana, Rüdiger da una torta a Carreras, Valverde es atendido en el hospital tras un enfrentamiento con Tchouaméni y el viajecito de Mbappé a Cerdeña avergüenza al vestuario, al entrenador y a los aficionados. Arbeloa ha decidido decir algo más de lo que, en 2006, decía el devoto López Caro. Es innegable el paralelismo en el banquillo después de fracasar otros proyectos, aunque el tiovivo de entrenadores de entonces nada tiene que ver con la época actual. López Caro no presenció, que sepamos, escenas como las que se han dado en el vestuario de Arbeloa. Si las ha visto y no ha actuado de forma contundente, algo para lo que está facultado, es que después de sentir que sus hombres no han corrido lo suficiente, ha decidido que se pudran en sus propias miserias.
El entrenador, que se definió como un soldado del club, colmó de elogios a Vinicius al llegar, fuera por orden, consejo o convicción, con el objetivo de recuperar emocionalmente al jugador más diferencial, junto a Mbappé. La realidad es que otros también lo necesitaban. Los que corren. Ahora dice Arbeloa que los rivales corren más que sus jugadores. Normal. Para hacerlo se necesita creer y sentirse querido. Desengañado, mastica el rencor en esta cuenta atrás que todavía puede empeorar. Entre perder y descomponerse hay diferencias.
Arbeloa, en rueda de prensaEFE
Uno de los que no se ha sentido querido por el entrenador es Carvajal, y eso ha sido clave para la atmósfera del vestuario, que perdió la voz del gran capitán. El brazalete pasó en el campo a Valverde, un tipo introvertido, de pocas palabras y con ataques de ira. Ya tuvo uno con Baena, al que agredió en el parking, una vez duchado, por algo que supuestamente le había dicho contra su familia en el terreno de juego. El club no tomó ninguna medida por una acción que no puede tolerarse en sus instalaciones, sean cuales sean las circunstancias. Tampoco lo hizo con Vini tras sus protestas contra su entrenador en el clásico. Mal asunto. Veremos qué sucede ahora con Valverde y Tchouaméni, más allá de un expediente protocolario o la posible baja del uruguayo por prescripción médica.
Las pruebas del deterioro del vestuario no están únicamente en lo que ocurre, sino en lo que se cuenta. Todo. La solución fácil es dirigir el foco del 'casting' para el banquillo hacia el modelo de entrenador-látigo. Una estupidez. Los jugadores de alto nivel se ríen de los látigos. La gravedad de la situación actual, sin jugadores con la autoridad moral de Modric o Kroos, ni pacificadores como Ancelotti, exigen que el elegido para la reconstrucción sea claramente reforzado por Florentino como hasta ahora sólo hizo en una ocasión. El presidente está desgastado por el tiempo, como toda su guardia de corps, angustiada por el futuro, pero esta vez no se va a marchar, pese a haber escuchado pitos en el Bernabéu.
Esta crisis no se soluciona con un cambio de cromo en el banquillo. Es más profunda. La llegada de Xabi Alonso se produjo, precisamente, para reconducir a un equipo que se había adocenado en el último año de Ancelotti, según el análisis del propio club. Después de amortizarlo en meses, ahora se pelean, cuchichean, se delatan, ríen y algunos dejan de correr. La reconstrucción exigirá también dinero, mucho, porque hay futbolistas sobrevalorados, y eso preocupa en un Madrid que busca ingresos, pero el dinero sin autoridad acabará en las mismas hostias, porque ya no se comen pipas.
Se acaban de cumplir 25 años del acceso de Florentino Pérez a la presidencia del Real Madrid. No, aún, 25 años en el ejercicio del cargo. Son unas Bodas de Plata en sentido laxo. Florentino dimitió en 2006, arrepentido de haber consentido demasiado a los Galácticos, para regresar en 2009.
El episodio estableció una fractura no sólo temporal en el llamado florentinato, un reinado, una abdicación y una restauración. El presidente, escarmentado, se volvió menos paternal, y más autoritario y desconfiado. También, en la cima de su poder recobrado, más intransigente. Derivó hacia pensamientos y comportamientos disconformes con las opiniones y decisiones ajenas, convertidas por principio en equivocadas.
Trajo al Madrid una empresarial mentalidad calvinista y de marketing a partir de la cual fijar la política deportiva. Convirtió al Madrid en una máquina de gastar dinero, a veces de malgastarlo, y otra de ingresarlo, en ocasiones a espuertas. La búsqueda del equilibrio y, si cabe, el beneficio es para la casa una necesidad desviada en obsesión que conduce a desbarres como la Superliga. Un proyecto compartido con un socio que es una rémora. Un bulto sospechoso aferrado a su propia y fraudulenta financiación singular.
En conjunto, la dimensión de Florentino, un nombre que no necesita apellido, sólo es comparable a la de Bernabéu, un apellido que no necesita nombre. Lo que Bernabéu ideó y creó, Florentino lo ha ampliado y extendido. Dos gigantes, cada uno a su estilo y en su época. En interpretación olímpica, equivaldrían a Coubertin y Samaranch.
Hoy el Gran Jefe Blanco es un francotirador y su tribu un islote (¿oasis?) en la cima de un fútbol secuestrado por jeques y magnates ajenos a su esencia y geografía. Arribistas y advenedizos que sólo han dejado a la hinchada, simbólicamente, la propiedad emocional de los escudos. Florentino afirma con excesiva rotundidad para los tiempos que corren que mantendrá el club en poder de los socios. Está demasiado solo para ganar, pero es demasiado fuerte para perder. Y al revés.
De la resolución de esta paradoja reversible dependerá en gran medida el discurrir del Madrid por las profundidades de siglo XXI de nuestros pecados y nuestras penitencias. Un largo camino a través de un mundo rediseñado por la inteligencia artificial. Un oxímoron, una contradicción que está empezando a dirigirlo sin mejorarlo.