Asensio y Benzema felicitan a Courtois.GIUSEPPE CACACEAFP
Los únicos han vuelto de Qatar en condiciones similares a las que se marcharon al Mundial son Militao y Courtois. El resto están con la sopita de la resaca, espesos. No es extraño, pues, que los más agresivos en Riad fueran Nacho y el profiláctico Kr
Hazte Premium desde 1€ el primer mes
Aprovecha esta oferta por tiempo limitado y accede a todo el contenido web
El primer galáctico del Madrid era quien más odiaba la palabra «galáctico». «No vuelva a pronunciarla. Esa palabra hizo mucho daño al Madrid». La última charla con Alfredo Di Stéfano, que a pesar de ser presidente de honor recibía en la modesta zona de veteranos del Bernabéu, mostraba cómo el inexorable deterioro que el paso del tiempo había provocado en su cuerpo, no había hecho mella alguna en su pensamiento, en sus principios. Repetía Di Stéfa
Hazte Premium desde 1€ el primer mes
Aprovecha esta oferta por tiempo limitado y accede a todo el contenido web
España llega al Mundial en su día más gris y descomprimido, después de levantar la Eurocopa, como hizo en 2010, y con más solvencia en el campo que entonces, aunque decirlo con la perspectiva posterior, el título conquistado en Johannesburgo y la segunda Eurocopa, parezca un sacrilegio. Ahora lo hace con el mismo entrenador, Luis de la Fuente, y después de perder la Liga de Naciones en los penaltis, mientras un año antes de aquel Mundial, la España que acababa de heredar Vicente del Bosque cayó con claridad en las semifinales de la Copa Confederaciones ante Estados Unidos. Esta fase de clasificación, cerrada con 21 goles a favor y dos en contra, refuerza su posición en el primer puesto del ranking FIFA. El sueño de un segundo Mundial es realizable, pero el camino hasta entonces y una vez en el torneo, está lleno de trampas. La primera es que cualquier relajación, como la sufrida ante Turquía, hace a España vulnerable.
Pero antes de llegar hay más trampas. Una tiene que ver con la administración de los jugadores, inmersos en un calendario de locos. Lamine Yamal y Nico Williams, los dos futbolistas más diferenciales en la Eurocopa conquistada, dependen de una cuidadosa recuperación de sus pubalgias que han de realizar en paralelo a su participación con sus clubes, que piensan en sus objetivos, no en el Mundial. Los jugadores han de tener, pues, un gran sentido de la responsabilidad, en su exposición y recuperación, y la Federación debe estar cerca de ellos, misión que corresponde a Aitor Karanka, no a De la Fuente, por el desgaste que supone la primera línea. Es lo que hizo Fernando Hierro con Iniesta. El último episodio del caso Lamine demuestra que estamos lejos de esa dinámica.
El sorteo, el 5 de diciembre en Washington, definirá el camino, todavía bajo las ocurrencias de Donald Trump, que quiere cambiar algunas sedes gobernadas por demócratas con la excusa de la seguridad, como es el caso de Seattle, a cuya alcaldesa calificó de "comunista". En un Mundial de semejantes proporciones, con temperaturas y usos horarios distintos, es clave la elección del lugar de concentración. El de Curitiba, en Brasil 2014, fue un desastre, una ciudad fría para ir a debutar al calor de Salvador de Bahía. El desenlace, mejor no recordarlo.
De España se destaca su juego, la calidad de sus futbolistas y la variedad de recursos, aunque continúa pendiente fijar el rol del 9, con Oyarzabal ya como principal candidato. Sin embargo, el mejor dato para encarar el torneo es el de haber encajado solo dos goles en esta fase de clasificación, los que logró Turquía en La Cartuja. Son los mismos que le marcaron a la campeona de 2010 en todo el torneo en Sudáfrica. Incluso la selección del tiki-taka tuvo que ser pragmática, con victorias por 1-0 salvo el 2-1 frente a Chile, en el fútbol más pragmático y sembrado de trampas, donde se necesita el talento, por supuesto, pero también el temple, la suerte y al portería a cero.
Esta Copa tiene un peligro para el Atlético. Es el de entender la final de La Cartuja como una especie de meta volante camino de la cumbre que se ha convertido en el Grial del club, en su urgencia histórica: la Champions. La Real Sociedad no tiene ese dilema. La final es un premio inesperado al acierto en la elección del personaje elegido para arreglar el estropicio que sucedió a la marcha de Imanol Alguacil. Sergio Francisco no llegó a Navidad y la irrupción de Pellegrino Matarazzo, un italo-americano que parece escapado de Little Italy, fuera de los grandes radares del fútbol, cambió la dinámica de un equipo que se despeñaba.
La final encuentra, pues, a dos equipos claramente definidos por la personalidad y el liderazgo de sus entrenadores. El de Diego Pablo Simeone, renovado por la posibilidad de volver a ganar un título y alcanzar las semifinales de la Champions, en ambos casos después de eliminar al Barcelona de Lamine Yamal y con el Madrid averiado en el varadero. El de Matarazzo, descubierto en unos meses con asombro. Si el juego que discurre en el campo es como la circulación de la sangre de los equipos, en La Cartuja, hoy, los corazones que la bombeen estarán en los banquillos.
"Volvemos a la tierra"
Simeone sabe bien de qué peligro hablamos, por lo que fue claro: «El martes jugamos Champions, pero ahora volvemos a la tierra, que es lo que cuenta». A su lado, Griezmann se lo dijo a sí mismo, que es como decírselo a todos: «Estaremos a full para regalarnos la Copa». Simeone insistirá. La Copa antes del regreso a la Champions necesita más que nunca de su «partido a partido».
Matarazzo no puede hablar tan directamente a los suyos, porque no domina todavía el castellano, pero se hace entender. El lenguaje emocional y corporal de este gigante tiene cosas en común con el de Simeone. Por ahí empezó para reconstruir a mitad de curso las ruinas de una Real deprimida y fragmentada, con capillitas en el vestuario y sin vida en el campo. «Le debemos mucho», reconoció Oyarzabal.
El inicio de su historia en la Real es como el de Simeone en el Atlético. Si el italoargentino llegó a Anoeta un 20 de diciembre, el argentino lo hizo un 23 del mismo mes, tras la destitución de Gregorio Manzano. Es utópico pensar que su recorrido será similar. Son ya más de 14 años.
Los parecidos en el campo
En el campo continúan algunas similitudes. Matarazzo organizó la presión en una Real indolente, y lo hizo rapidísimo. El equipo blanquiazul, sin embargo, no la realiza en cualquier lugar. Generalmente es una presión alta, sobre la salida de balón del contrario, para después replegarse, muy junto en la línea de su área. Eso recuerda algunos de los tempos del Atlético de Simeone, al que hemos visto en arranques a fuego, asfixiantes, para después optar por cerrar los espacios en su campo.
Matarazzo conversa con sus jugadores en La Cartuja.EFE
Rino, como llaman al técnico realista, insistió mucho en la organización del juego ofensivo, en los roles de cada jugador, hecho que ha reforzado la autoridad de piezas clave, como Remiro, Aramburu, Brais Méndez u Oyarzabal, pero también ha devuelto su mejor versión a otros, en concreto Carlos Soler o Guedes. Matarazzo dejó la duda de si matendrá a Marrero en la portería. Veremos. En la del Atlético estará Musso. Simeone no traiciona ese código.
La Real de Matarazzo es camaleónica. Puede elegir la salida de balón, en busca de Brais o Turrientes, o decantarse por el despliegue de sus laterales y un juego más directo para conectar con Oyarzabal. Tras una etapa de éxito con Imanol, que incluyó el título de Copa de 2020, prorrogado a 2021 por la pandemia, caracterizada por la posesión, ahora la utiliza si la necesita. En cuanto puede, corre.
"Nunca jugué por un título"
Matarazzo minimiza los riegos de la posesión, las pérdidas de balón, contra los grandes y lo cierto es que le ha dado resultados, con un empate ante los atléticos o la victoria sobre el Barça en Liga. Todo indica que lo hará en La Cartuja para ceder metros e iniciativa al Atlético, aunque todo es nuevo para este técnico que llegó de la segunda línea de la Bundesliga: «Nunca había jugado por un título».
Simeone, en cambio, se ha sentido generalmente más cómodo cuando ha jugado desde la inferioridad. De ese modo ganó su primer título, precisamente la Copa, en el Bernabéu, la temporada siguiente a su llegada. Enfrente, el Madrid de Mourinho, Casillas, Sergio Ramos o Cristiano. Ahora se invierten los papeles, con la heráldica de Griezmann, en su última Copa, Lookman o Julián Álvarez.
Jugadores para ganar, aunque para abrir los caminos quizás necesite del sensiblemente recuperado Pablo Barrios. Juegan los jugadores, pero juega Simeone y juega Matarazzo, entrenadores intervencionistas, y juega la grada, con dos aficiones ante una fiesta, lejos ya de la lacra que acabó con la muerte de Aitor Zabaleta. O eso deseamos.