Una vuelta detrás de Esteban Ocon, y otra, y otra, y otra y al final Carlos Sainz acabó desesperado, abroncando a su equipo, cometiendo errores. Fue el mayor damnificado por el pelotón que organizó el francés detrás de Max Verstappen y Fernando Alonso y, al mismo tiempo, el piloto que más posiciones perdió respecto a la parrilla. De su cuarto puesto de salida al octavo puesto en meta. Y eso que su lugar era claramente el podio.
Desde el principio estaba claro que el español era más rápido que Ocon, pero entre los muros de Montecarlo no pudo superarle. Quiso hacerlo en la chicane y acabó chocando contra él. Quiso hacerlo en su primer paso por boxes y Ferrari erró el momento, demasiado temprano. Y quiso hacerlo finalmente bajo la lluvia y sufrió el trompo que le retrasó.
“Podíamos haberlo hecho mejor. La primera parada me sorprendió porque había cuidado mucho el neumático y podía haber aguantado, me metieron demasiado pronto. Luego volví a salir detrás de Ocon y me frustré. Fui víctima de la frustración, por eso fallé. Igualmente es mejor que me pase este año porque el coche no está donde queremos que esté”, aseguró Sainz.
Su resultado le llevó a perder un puesto en el Mundial -ahora es sexto por detrás de George Russell– y confirmó el mal año para Ferrari, entre sus problemas con la degradación, las estrategias erradas y los fallos de los pilotos. De hecho, pese a las decepciones, Sainz es el mejor piloto de la escudería, por delante de Charles Leclerc, que en su casa sólo pudo ser sexto.
En el centro de Barcelona aparece una multitud de chavales con jeans anchotes, variadísimas gorras y tablas de skate, se meten en el Cinema Maldà y en cinco minutos salen alucinados, sorprendidos, es decir, flasheados. «¡Vaya parte!», exclama uno ciertamente flasheado. El estadounidense Jamie Foy, el mejor skater del mundo en 2024 según la revista Thrasher, se marcha bajo una ovación con una sonrisa tiernísima de esas que cierran los ojos y desde fuera es imposible entender nada. ¿Qué ha pasado? ¿Qué han visto en el cine en tan poco tiempo que tanto les ha gustado? Y... ¿Qué narices es una parte?
El skate guarda un secreto que está entre el deporte y la cultura y que se sostiene desde hace más de 50 años, aunque Youtube e Instagram lo hayan cambiado. El pasado 25 de abril, en el Cinema Maldà de Barcelona, se realizó la premiere mundial del minidocumental Aftermath de Foy, un vídeo de cinco minutos con sus nuevos trucos que marcará la conversación en el mundillo en los próximos meses. El skate ya hace tiempo que tiene competiciones propias tan importantes como los X Games y desde los Juegos de Tokio 2020 es incluso olímpico, pero lo más determinante siguen siendo estos videos. Para mostrar tus habilidades, para conseguir patrocinadores, para hacerte con premios lo más importante es publicar un recopilatorio corto de malabarismos con la tabla, es decir, una parte.
El fenómeno empezó en los años 70, tuvo su época dorada en los años 80, cuando se montaban VHS de 60 minutos en los que cada skater hacía su parte, y aún perdura hoy con mucha solera y ese nombre, una parte. Foy, especialista de grind, el deslizamiento el skate por el borde de superficies como barandillas, el año pasado hizo cuatro partes y de ahí su premio Skater of the Year. Ya lo había recibido en 2017, así que firmó un doblete a la altura de Danny Way, Chris Cole y Tyshawn Jones. Otros como el mítico Tony Hawk no lo lograron porque el galardón se instauró en 1990.
¿Qué tienen los vídeos que resisten ante las competiciones?
Es lo más tradicional en nuestra cultura. Las competiciones están bien, pero los vídeos son una expresión artística. Para mí patinar es un arte y los vídeos son cuadros. Es cuando puedo probar cosas locas, innovar, experimentar y exponerlo para que todo el mundo lo vea. Los vídeos son mi manera de trascender.
¿Y no hay manera de falsearlos en la era de la Inteligencia Artificial?
Seguro que sí, pero no va de eso. Antes, sin la IA, ya había programas de edición, se podían hacer mil cosas. Pero los vídeos deben transmitir esa sensación de estar con los amigos por la calle, planchar un truco y celebrarlo entre todos. Lo importante no siempre es hacer lo más difícil.
El sueño de los Juegos, por cumplir
Foy nació y creció al norte de Miami, en Deerfield Beach, atado a un patinete. Su madre suele contar que cuando sólo tenía un año y empezaba a andar ya se subió al de su hermana mayor para lanzarse calle abajo. A los cuatro años ganó su primer premio: un año de pizza gratis por ser el más joven en una competición. Y a los 20 publicó su primera parte de éxito mundial. En las escaleras de El Toro, un instituto de California, completó un front crook, es decir, bajó deslizando únicamente con la punta delantera de su skate. De ahí vino la fama y los muchos patrocinadores actuales: Red Bull, New Balance, Dickies...
«En la preparación de un video así puedo estar dos años. Hay muchísimos intentos y mucha gente involucrada para grabarlo», expone en conversación con EL MUNDO quien ha ganado varias medallas en los X Games, entre ellas, el oro a mejor truco en 2021, pero quien nunca ha conseguido clasificarse para los Juegos Olímpicos. Para el estreno olímpico del skate en Tokio era considerado uno de los favoritos en la modalidad 'street' y no pasó de la clasificación. El año pasado tampoco consiguió billete para los Juegos de París.
«Es guay que el skate esté en los Juegos para que la gente lo considere un verdadero deporte, pero para mí es difícil. No patino para mí, no es arte, patino para un marcador, para gustarle a otros, bajo unas normas estrictas, y me cuesta», cuenta quien cree que Barcelona «es la mejor ciudad del mundo para patinar» y defiende el skate frente al MACBA, una plaza mítica del mundillo, amenazada en los últimos meses por unas obras.
Moha Mottaghinia no encaja en el estereotipo del nacionalizado. De Mashhad, una ciudad al noreste de Irán, tenía una «buena calidad de vida», hijo de un banquero, y acumulaba fama en el deporte más importante del país, la lucha. A los 19 años, en 2017 fue campeón de Asia y tercero del mundo junior y su camino estaba claro: en los Juegos de Tokio 2020 subiría al podio. Pero discutió con su Federación, varios países le ofrecieron pasaporte, empleo y sueldo y escogió España. Fue entonces, a principios de 2018, al llegar a Torredelcampo, cerca de Jaén, cuando la vida se le complicó. Y no se solucionó hasta el pasado miércoles, cuando recibió la nacionalización del Consejo de Ministros. Entre medias, seis años en el limbo sin poder salir de España y sin competir. En el CAR de Madrid, donde se prepara para los Juegos de París 2024 relata lo vivido a EL MUNDO.
¿Habías visitado España antes de la oferta de nacionalización?
No, cuando llegué no sabía casi nada del país. Fui directo a Jaén porque allí tenía trabajo. Me costó porque me hablaban un español muy cerrado, pero me adapté. Fue bien que no hubiera ni un iraní, hice muchos amigos. Ahora tengo mucho cariño a Jaén, me siento andaluz.
Fue tan buena su adaptación que el Ayuntamiento de Torredelcampo le pidió ayuda y, ahí, el problema.
Yo estaba tranquilo trabajando en el club y esperando la nacionalización, que tenía que tardar unos meses. Vinieron del Ayuntamiento para pedirme que les ayudara con unas clases para jóvenes y acepté encantado. Pero entre el Ayuntamiento y el club modificaron mi contrato y por culpa de ese cambio me multaron y me quitaron el permiso de residencia. No fue mi culpa, pero a partir de entonces no pude salir del país.
Y así hasta el año pasado, cuando recuperó el permiso de residencia.
Pude volver a Irán y ver a mi familia casi cinco años después, pero no aún podía competir. Y para mí es casi más importante. En Irán yo vivía bien, no tenía problemas económicos, y vine a España para crecer como luchador. Fue duro no ver a mi familia, pero más no poder luchar.
Hasta hace 10 días. En el pasado Europeo, Mottaghinia volvió a la competición tras seis años de parón, ya como español, y fue el mejor de la selección. En categoría de más de 74 kilos alcanzó los cuartos de final y rozó el bronce ante el azerí Turan Bayramov, nacido a escasos kilómetros de la frontera con Irán. En los próximos días Mottaghinia acudirá a la jura de bandera y en abril y mayo tendrá dos Preolímpicos para conseguir su billete a París. Si lo logra será la opción más clara de medalla de España en la lucha.
Mottaghinia, en el último EuropeoRobert GhementEFE
¿Cómo se mantuvo en forma tantos años sin competir?
La lucha es un deporte en el que si paras una semana lo notas muchísimo. Sabía que si me hundía y dejaba de entrenar dos meses quizá no podría volver a competir con los mejores, tendría que volver a mi país y todo el viaje no hubiera servido para nada. Por eso nunca dejé de entrenar, ni un solo día. En el Europeo noté que me faltaba ritmo de competición, sobre todo rapidez para cambiar la táctica, pero que puedo estar en los Juegos de París.
¿Durante este tiempo qué le decía su familia desde Irán?
Mis padres no querían que me marchara a otro país, pero es mi vida y yo puedo elegir lo mejor para mí. Al final lo aceptaron y me apoyaron en este tiempo. Mi padre, que fue luchador aficionado, lo entendía más. Yo hice gimnasia desde los cuatro años y él fue quien me animó a pasarme a la lucha cuando tenía 12.
Ahora, ya instalado en Madrid, habrá conocido a más compatriotas iraníes.
Sí, pero tengo tantos amigos españoles que ya no me hace falta. Sé que en Madrid hay algún restaurante iraní, pero no he ido. Estoy muy contento en el CAR, trabajo muy bien con el equipo nacional y tanto el presidente como el seleccionador siempre me han ayudado mucho.