En todos los partidos de Primera dos agentes realizarán el saque de honor menos en el Athletic-Real Sociedad de este sábado
Imagen del Athletic-Atlético de la última jornada de Liga.ANDER GILLENEAAFP
La Policía Nacional cumple este sábado 200 años de historia y LaLiga llevará a cabo un homenaje para conmemorar esa efeméride durante la próxima jornada. Bajo el lema “Siempre en tu equipo. Siempre contigo” se reconocerá la labor del cuerpo en los videomarcadores de los estadios y en la señal televisiva y habrá más acciones durante los partidos.
Éstas incluyen, por ejemplo, el saque de honor, que será realizado por dos policías uniformados en casi todos los encuentros. En el Sevilla-Alavés de este mismo viernes se llevará a cabo, así como en el Las Palmas-Villarreal, el Mallorca-Celta o el Betis-Granada de este sábado.
En Primera División, de hecho, sólo un partido no empezará con el saque de los dos agentes: será en el derbi vasco entre Athletic y Real Sociedad. En Segunda División tampoco habrá homenaje en el Eibar-Racing de Santander y en el Andorra-Leganés, el único partido que se juega en otro país.
La relación entre la Policía Nacional y LaLiga se remonta al año 2015, con la creación de la Dirección de Seguridad, Integridad y Emergencias. Según informa el Cuerpo, a lo largo de estos años, se han llevado a cabo numerosas acciones de forma conjunta, entre las que destacan quince Seminarios de Seguridad en el Fútbol Profesional, cuya organización se ha realizado de la mano de la Oficina Nacional de Deportes.
Son ocho jornadas de formación a vigilantes de seguridad que prestan su servicio en los estadios de fútbol, organizados junto con la Unidad Central de Seguridad Privada. Además se han llevado a cabo sesenta y dos participaciones como docentes en cursos organizados por el Centro de Actualización y Especialización de la Policía Nacional.
"(...) Y quiero terminar diciendo: cuando tras el partido de ayer el capitán inglés alzó con sus dos manos la Jules Rimet, el cuervo de Edgar Allan Poe declaró a los periodistas acreditados: 'Nunca más, nunca más'. Y, de seguro, como las próximas Copas van a ser disputadas en terreno neutral, nunca más Inglaterra conseguirá imponer su fútbol sin imaginación, sin arte, sin originalidad." Así cerraba Nelson Rodrigues, célebre escritor y periodista brasileño, su elegíaca crónica final de la Copa del Mundo de 1966, ganada por Inglaterra. Tanta irritación tuvo una causa que ya podía adivinarse desde la elección de árbitros: un obsceno enjuague de Stanley Rous, exárbitro él mismo y presidente de la FIFA por ese tiempo. Un gran hombre que ordenó la redacción del Reglamento en 1938 con todas las reformas introducidas desde 1863 y una sencillez que favoreció su expansión universal. Pero, según Pedro Escartín, el santón arbitral de nuestra historia, "en 1966 le pudo más el impulso inglés que su respeto por el fútbol y estropeó su legado". Al menos consiguió ser nombrado 'sir'.
Se anunció que habría dos árbitros por país: en el caso de Inglaterra, Finney y Howley. Pero a la hora de la verdad aparecieron dos más, McCabe y Dagnall, más tres —Taylor, Clement y Crawford— que hicieron de linieres. Aún habría que añadir al escocés Phillips y al irlandés Adair, que arbitraron, y al galés Callaghan, como linier, sin que sus selecciones participaran. En el conjunto de sus tres partidos, Brasil se encontró siete británicos en la suma de los tríos arbitrales. En el primero, ante Bulgaria, Pelé salió tan golpeado que no pudo jugar el segundo, contra Hungría; en el tercero y decisivo, con un trío arbitral íntegramente británico, el portugués Morais completó su demolición, le dejó inútil, Brasil perdió y se quedó fuera. Había acudido al Mundial como gran obstáculo para Inglaterra, que sentía el derecho y la obligación de ganarla, porque acababa de celebrarse (1963) el centenario de la creación del fútbol.
En vista del revuelo por las designaciones en la fase de grupos se anunció que la de los árbitros de cuartos de final se haría en plenario del Comité de Árbitros, seis miembros, entre ellos Escartín. Pero se les convocó a las diez de la noche del 20 de julio para reunirse a las nueve de la mañana del 21 en Londres. Escartín estaba en Sunderland como informador del Chile-URSS, y también el ruso Latychev, delegado permanente en ese grupo. Al sueco Lindeberg le pilló en Sheffield. En ningún caso había tren que llegara a Londres antes de las once de la mañana, así que la reunión se limitó a Rous, su fiel Aston, presidente del Comité, y el malayo Ko. Para el Inglaterra-Argentina pusieron un árbitro alemán, Kreitlein; para el Alemania-Uruguay, un inglés, Finney. Kreitlein expulsó al capitán argentino, Rattin, que protestó insistentemente por las reiteradas faltas de Stiles sobre Onega; en cuanto a Finney, con 0-0 dejó pasar un puñetazo bajo el larguero de Schnellinger a un balón que se colaba, gesto perfectamente captado por las fotografías; luego aprovechó el enfado y las intemperancias de los uruguayos para dejarlos con nueve.
Aquellos sucesos abrieron una herida en Sudamérica que sangró durante años y explican la irritación de Nelson Rodrigues. Y a todo ello habría que sumar dos manos ignoradas en el área inglesa en la semifinal contra los portugueses y el gol fantasma de Hurst en la prórroga de la final contra Alemania.
El irritado escritor ha venido teniendo razón hasta ahora. Fuera de su isla, los inventores no han vuelto a ganar la Copa del Mundo. En México, con gran parte aún del equipo campeón, cayeron en cuartos ante Alemania, dulce revancha. Luego fueron incapaces de clasificarse para Alemania 1974 y para Argentina 1978. Regresaron después, pero nunca han vuelto a ganar un Mundial, ni siquiera han sido finalistas. Tampoco han ganado ninguna Eurocopa.
Aquella Inglaterra tuvo ayudas, desde luego, pero también fue un gran once (Banks; Cohen, Jackie Charlton, Wilson; Stiles, Moore; Ball, Hunt, Bobby Charlton, Hurst y Peters) con tres jugadores extratipo: el meta Gordon Banks, el medio defensivo y capitán Bobby Moore, y el delantero centro móvil Bobby Charlton, el mejor de todos. A ellos podría sumar al interior goleador Jimmy Greaves, pero sufrió un corte en la pierna durante el tercer partido del grupo, ante Francia, y le sustituyó hasta la final, y no sin polémica, Geoff Hurst, autor de tres goles en la misma. Un logro que nunca había conseguido nadie antes y que sólo Mbappé ha igualado después.
Sólo Hurst sigue con vida. El resto nos han ido dejando con una coincidencia inquietante en la mitad del equipo titular: el alzhéimer. Sería grosero conectarlo con la maldición de Rodrigues; más bien prefiero mirarlo como un último servicio al fútbol de un buen grupo de jugadores que, en su despedida, dejó una voz de alarma que el fútbol finge escuchar, pero no lo hace. Preferimos mirar para otro lado.
Una imagen del polémico gol de Hurst.E. M.
Jackie Charlton, central, con 85 años; Ray Wilson, lateral izquierdo, con 83; Nobby Stiles, medio, con 78; Martin Peters, extremo, con 76; y Bobby Charlton, alma de la delantera, con 86, hermano del primero de la lista; incluso el meta suplente, Peter Bonetti, con 78: todos ellos fallecieron de alzhéimer o tras un tiempo incapacitados por alguna enfermedad neuronal enajenante. Y no hay seguridad sobre si lo padeció o no el interior Roger Hunt, fallecido a los 83 "tras una larga enfermedad", según el escueto comunicado familiar, después de que por bastante tiempo no se supiera nada de él. Gordon Banks falleció de cáncer de riñón a los 81 años. A Bobby Moore se lo llevó con 51 un cáncer intestinal y al extremo Allan Ball un ataque cardíaco que le sorprendió en el jardín de su casa a los 62. El último en dejarnos, el lateral derecho George Cohen, falleció con 86, y aunque no se anunció la causa de su muerte, sí se sabe que estuvo mucho tiempo luchando contra un cáncer intestinal. Dedicó los últimos años a recaudar fondos para la investigación de esta enfermedad, que había matado prematuramente a su capitán Moore, y también para la del alzhéimer, impresionado por la forma en que atacó a tantos de sus compañeros. Anunció que, a su fallecimiento, donaría su cerebro a la ciencia. El mismo propósito ha hecho público Hurst, el último superviviente.
Las alarmas sonaron por el caso de Bobby Charlton dada su condición de mito nacional. La familia comunicó que padecía alzhéimer en 2020, lo que llevó a recordar el gran número de compañeros del equipo campeón que lo habían padecido, entre ellos su hermano Jackie. Se daba la circunstancia de que cuatro tíos maternos de los hermanos Charlton habían fallecido también de alzhéimer, lo que podría sugerir un factor hereditario, pero los cuatro habían sido también futbolistas, lo que devolvía las sospechas a este deporte. La muerte del mito se produjo en 2023, con 86 años, internado ya en el centro para personas con demencia de Knutsford, cuando perdió el equilibrio y su cabeza golpeó con un radiador.
Con el conocimiento de que el gran Bobby sufría la dolencia, cobró relevancia e impulso la lucha que desde 2002 mantenía la familia de Jeff Astle, un delantero centro de los años sesenta y setenta que hizo lo mejor de su carrera en el West Bromwich Albion, fue mundialista en México 1970 y se retiró tras 16 años, 437 partidos y 216 goles. Falleció en 2002. Su hija, Aslyn Astle, contó: "Tenía 59 años, pero parecía que tuviera 89". Hacía tiempo que no reconocía a nadie, pasaba el día sentado, murió por atragantamiento porque el cerebro no pudo enviar la orden de expulsar la comida, atascada en la garganta.
La familia, convencida de que su penosa condición había sido causada por tantos balones cabeceados, obtuvo dictamen judicial de que había fallecido de una enfermedad laboral; crearon la Fundación Astle e interesaron a organizaciones académicas y civiles. En 2014, el neurólogo Willie Stewart, de la Universidad de Glasgow, que examinó su cerebro, dictaminó que tenía "exactamente el mismo aspecto que esperas ver en el de un boxeador". La diagnosis fue encefalopatía traumática crónica, enfermedad neurodegenerativa asociada a la acumulación de golpes en la cabeza. Aslyn Astle declaró en la ABC: "Cuando supe que el fútbol le había matado me puse en contacto con la FA y les pregunté qué iban a hacer al respecto. Al poco tiempo recibí una carta desagradable". Salieron a relucir muchos más casos: Tommy Carroll, Stevie Chalmers, Chris Chilton, Jimmy Conway, Duncan Forbes, Alan Jarvis, Frank Copel, Billy McNeill, Barry Pierce, Mike Sutton, John Talbut, Mike Tindall... Aslyn Astle contó que se pusieron en contacto con ella las familias de estos jugadores, de muchos otros menos conocidos, y la de uno de los campeones de 1966, que prefirió mantener la reserva, pero la animó a seguir la investigación.
Estudios
Un estudio realizado por su impulso en 2019 con una muestra de 7.676 futbolistas profesionales escoceses nacidos entre 1900 y 1976 y comparado con el de 23.000 individuos de la misma época aleatoriamente escogidos arrojó un dato inquietante: el porcentaje de afectados por enfermedades neurodegenerativas era tres veces y media mayor entre los futbolistas que entre el común de la población. El caso llegó a la Cámara de los Comunes en 2020 y la conclusión fue que no existen medidas suficientes para monitorear las lesiones cerebrales consecuencia del deporte, lo que dejó la cuestión en el aire. ITV entrevistó al alimón a Tom Charlton y a John Stiles, hermano e hijo de jugadores afectados, y ambos expresaron su convicción de que los cabezazos debían de ser la causa.
Muchos lo discuten por la dificultad de imaginar el fútbol sin el juego de cabeza. Arguyen que los balones son ahora más ligeros, porque aunque el peso inicial es el mismo que fue reglamentado hace ya mucho, ahora están impermeabilizados y no aumenta por el agua los días lluviosos, como tiempo atrás, si bien a cambio viajan a más velocidad. También sostienen que rarísima vez un balonazo provoca una conmoción, que éstas suelen llegar más por choques entre cabezas, contra el suelo y contra un poste. Y que el alzhéimer también afecta a no cabeceadores, casos de Banks y Bonetti. Pero demasiados especialistas sostienen que cabecear el balón como práctica habitual provoca microrroturas arteriales en el cerebro idénticas a las de los boxeadores, sin necesidad de llegar al KO. Preguntada Aslyn Astle sobre si su padre hubiera sido partidario de eliminar el juego de cabeza, contestó: "Seguramente no. Pero hubiera sido partidario de tener información sobre las consecuencias''.
Las reacciones, impulsadas por los sindicatos de jugadores (el inglés, que aporta siete millones de libras anuales a investigación y ayudas afectados), han sido tímidas: prohibir el cabeceo en infantiles, limitarlo en los entrenamientos de profesionales y permitir un sexto cambio en caso de conmoción. El fútbol teme este debate.
Kylian Mbappé (París, 1998) ya es jugador del Real Madrid. Un final de época a una historia de película. Una novela de siete temporadas con traiciones, promesas, indirectas, enfados, disculpas, dinero y gloria. Todos los ingredientes del caos. Esta es la historia de Mbappé y del Madrid, con el futbolista y su madre (y representante) Fayza Lamari en el centro de la diana, con Florentino Pérez y José Ángel Sánchez a un lado y con Nasser Al-Khelaifi
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Hubo que esperar a la séptima jornada para disfrutar del primer gol de Vinicius en la presente Champions. Sus dos asistencias frente al Mónaco le allanaron el camino para el MVP de una noche donde redondeó sus números en el gran torneo continental: 30 goles y 30 asistencias en 72 partidos. Tras el caluroso abrazo con Álvaro Arbeloa, la amplia sonrisa frente a los micrófonos, donde admitió haber pasado "unos días muy complicados por los pitos".
"No quiero que me abucheen en mi casa, donde me siento muy cómodo. En los últimos partidos no me sentí cómodo porque cada vez que hacía algo mal me abucheaban", reveló Vinicius ante las cámaras de Movistar. "No siempre estaré en mi mejor nivel técnico, pero siempre lo he dado todo. Si a otros les falta gol, intento asistir; si tengo que defender, intento defender", agregó, en referencia tanto a sus pases a Kylian Mbappé y Franco Mastantuono para el 2-0 y el 3-0 como a sus cinco recuperaciones.
No obstante, para calibrar la influencia del brasileño resulta siempre más pertinente revisar otra estadística. La que Arbeloa ya había mencionado en la previa. Y esta vez fueron cinco regates, cuatro de ellos resueltos con éxito. "Siempre estoy en el centro de todo y no quiero estarlo por cosas fuera del campo. Quiero estarlo por lo que he hecho por este club", zanjó el '7' blanco.
"a todo el madridismo"
"Cuando está feliz es el más desequilibrante", reiteró, por su parte, Arbeloa, desbordante de felicidad en la sala de prensa. "Ese abrazo que me ha dado, no era tanto al entrenador, sino a todo el madridismo", refrendó el ex técnico del Castilla. Cuando le mencionaron que hace ahora una década, Zinedine Zidane tomó las riendas para terminar alzando tres Champions consecutivas, extremó la prudencia. Primero recordando el complicado compromiso del sábado en Villarreal y después la visita de la última jornada a Da Luz, donde debería cerrarse el pase al top-8.
Tras el ridículo en Copa del Rey ante el Albacete y la mala primera parte contra el Levante, el Madrid recuperó algunas de esas señas de identidad que tanto había buscado Xabi Alonso. De hecho, Mbappé cautivó al Bernabéu con una carrera de 60 metros hacia atrás que evitó el gol del rival. Aunque ni siquiera así Arbeloa parece dispuesto a cambiar sus prioridades. Ninguna tan decisiva como tener felices a sus estrellas. "Kylian y Vini están haciendo un gran esfuerzo, aunque tampoco te voy a engañar. Quiero que hagan un buen trabajo, ver un equipo que corra junto, pero que luego puedan estar frescos para marcar las diferencias", subrayó.
Esa capacidad para el desequilibrio resulta aterradora en el caso de Mbappé, quien con sus 11 goles en seis partidos igualó un récord de Cristiano Ronaldo. El portugués ya había anotado esa cifra en la primera fase de la temporada 2015-16. Su sucesor aún puede desbancarle el próximo miércoles si marca al Benfica de José Mourinho. De momento, el Mónaco se ha confirmado como una de sus víctimas favoritas, ya que acumula 16 intervenciones de gol ante su ex equipo, sólo por detrás de sus datos contra el Lille (17) y el Montpellier (21).
La celebración de Bellingham, tras el 6-1.AP
En cualquier caso, el Madrid aún cuenta con mucho margen para confirmar su mejoría. De hecho, en una noche tan plácida recibió 20 disparos y Thibaut Courtois tuvo que realizar seis paradas, las mismas que hace un par de meses frente al Manchester City. Por no mencionar que los locales, pese a su mayor intensidad, cubrieron menos campo: 111,2 km frente a 113,5 del equipo dirigido por Sébastien Pocognoli.
Quien no suele economizar esfuerzos es Jude Bellingham, protagonista por su extraña celebración del 6-1. "Mucha gente dice muchas cosas. Puedes llorar o disfrutarlo. Les devolví la broma a los aficionados. Yo sé la verdad", explicó el internacional inglés, a propósito de su gesto, a modo de brindis. Apenas 72 horas después de ser obsequiado con varias broncas, el ex centrocampista del Dortmund pudo redimirse con el Bernabéu. "Siempre he dicho que los aficionados trabajan toda la semana, pagan para venir aquí y tienen derecho a hacer lo que quieran", finalizó.