Campaña electoral
Turquía nos pilla lejos geográfica, cultural y sentimentalmente. Pero en los últimos días se relaciona mucho con nosotros. Turkish Airlines se ha hecho con el 26% de Air Europa. Y Defensa ha comprado a Ankara 45 aviones Hürjet de entrenamiento avanzado para sustituir a los venerables F-5 del Ala 23, de la Escuela de Caza y Ataque. Sorprendente la adquisición de unos aparatos, de los que hay fabricados sólo dos prototipos en inicial fase de ensayos, a una nación que no constituye un referente mundial en aeronáutica civil o militar.
Pero bajemos a la tierra y al deporte. Jugó España el martes contra Turquía. El jueves, el Barça de baloncesto contra el Anadolu Efes. Y el sábado, el de fútbol frente al Athletic en el Camp Nou, remodelado por la firma turca Limak, de la misma escasa reputación como constructora inmobiliaria que su país como fabricante de aviones.
Aunque Ceferin, agradecido a la traición de Laporta a Florentino en la Superliga, permite que el día 9 de diciembre se celebre el partido contra el Eintracht, el Nou Camp Nou sigue en obras. Es el "Spotify interminable" frente al "Bernabéu infinito" que proyecta Pérez. Pero Laporta tiene prisa por "vender" a la hinchada el regreso del equipo, dos años y medio después, al sacrosanto y añorado recinto. Está en campaña electoral, en paralelo con la inaugurada por el tenaz opositor Víctor Font, tan renuente al desánimo como Laporta a la veracidad.
España entera está en campaña electoral. Siempre está en campaña electoral. Vive en son de mitin. Nos espera un aluvión de elecciones. En diciembre, en Extremadura. En 2026, en Andalucía y Castilla-León. En 2027, si es que alguna Comunidad, como Aragón, no se adelanta por la ausencia de presupuestos, se celebrarán, incluidas Ceuta y Melilla, 14 más. También las generales, si es que no se anticipan. En 2028, las de Galicia y País Vasco.
Los comicios en Can Barça, a final de temporada, oponen la candidatura asténica e ilustrada de Font a la oronda y populista de Laporta. Un pedagogo contra un demagogo. A Font lo apoya una élite descontenta y crítica. A Laporta, una masa amorfa y domesticada. En ambos bandos importan menos las personas y los programas que los resultados deportivos, único desvelo real del "soci".
La presidencia del Barça la decidirán veintitantos muchachos de una decena de nacionalidades y un señor alemán apellidado Flick. Si el equipo triunfa, a Laporta le irá bien. Esquizofrénica la posición de Font, obligado a desear que el equipo fracase -y a fingir que lo lamenta, llegado el caso- para acudir al rescate de una entidad arruinada y vencida. La ruina se soporta en la victoria. La derrota se tolera en la riqueza. Pero ruina y derrota no tienen, juntas, ni justificación ni perdón. Laporta y Font penden del mismo hilo esférico sobre el verde campo de Agramante.
También el Athletic irá a las urnas a final de temporada con un solo candidato de momento: Jon Uriarte, el presi actual. Pero si el equipo sigue peligrosamente con semejante miseria goleadora (12 tantos en 13 jornadas), quizás se anime algún valiente.



























