Repetía Gennaro Gattuso esta semana que llevaba siete meses caminando por las calles de Italia entre gritos. «Me dicen '¡Llévanos al Mundial!' todos los días. La presión es enorme. Cargo con el peso del país sobre mis hombros, es el partido más importante de mi carrera», resumía, en unas declaraciones que no necesitaban mayor explicación. Italia, que acumula cuatro Copas del Mundo en sus vitrinas, lleva dos torneos y doce años sin aparecer por uno. Ahora está más cerca de volver.
Toda esa presión cayó este jueves por la noche sobre el Estadio Atleti Azzurri para elevar la tensión al cielo de Bérgamo, convertido estos días en cuartel general de todo el país. Sobre el césped, Italia estalló de júbilo en un respiro nacional cuando Sandro Tonali marcó ante Irlanda del Norte para enviar a su nación a la final de la repesca. El tanto del futbolista del Newcastle y el de Kean ponen a Italia en el duelo decisivo del próximo martes, a las 20:45 horas, ante Bosnia, que ganó en penaltis a Gales.
Fue un partido taquicárdico, de balones largos, centros laterales y pelea en el centro del campo. Un duelo más de corazón que de fútbol. Un poco lo que es la selección italiana ahora mismo. Sin excesiva calidad, sostenida sobre el centro del campo que forman Barella, Locatelli y Tonali. En ataque, la nada en un país que históricamente ha tenido a algunos de los mejores delanteros del mundo. Ante Irlanda del Norte, en un duelo por la vida, Gattusso asumió sus goles a Retegui, delantero del Al Qadsiah de Arabia Saudí, y Moise Kean, de la Fiorentina, que anotó el 2-0 que sentenció la cita. No tiene mucho más Italia en su ataque, obligado a competir por su buen centro del campo, por el muro de Donnarumma en la portería y por unos centrales decentes, como Bastoni, Calafiori y Mancini, aseados, pero de nuevo lejos de lo prometido décadas atrás por un país que ahora es segundo escalón europeo.
A pesar de todo, el fútbol premió sus ganas. Fue mejor que la débil Irlanda del Norte y se la jugará el martes ante Bosnia. Si gana, Italia volverá al Mundial 12 años después.
Junto a los transalpinos, caminaron hacia la final del playoff Turquía, asistiendo Arda Güler en el único gol de la victoria ante Rumanía, obra de Kadioglu. Los otomanos disputarán su puesto contra Kosovo, que sorprendió a Eslovaquia en Bratislava (3-4) en uno de los duelos más divertidos de la noche continental.
Suecia dejó otro de los resultados impactantes de las semifinales, pasando por encima de Ucrania (1-3), aunque el partido se disputó en el Ciutat de Valencia, el estadio del Levante, lejos de Kiev. Gyokeres, con tres tantos, no dio opción a un equipo que había participado en la última Eurocopa.
Los nórdicos jugará la final del martes contra la Polonia de Lewandowski, que fue capaz de remontar a Albania después de que los visitantes se adelantaran en el marcador. El delantero del Barcelona anotó el 1-1 y Zielinski completó el resultado en el tramo final.
El último duelo enfrentará a Dinamarca, que goleó a Macedonia (4-0) y a República Checa, que consiguió empatar en el tramo final y terminó superando a la República de Irlanda en penaltis.
Como viene sucediendo últimamente, la rueda de prensa de la selección en el estadio de La Cerámica comenzó tarde. Apuran mucho los gestores del tiempo en los desplazamientos y pasa lo que pasa. Más allá de esta anécdota y de que el primer recuerdo de Luis de la Fuente fue para Carolina Marín ("estamos muy orgullosos de ella, muchas gracias por lo que ha hecho", dijo), fue una cita más o menos interesante dentro de que es la previa a un amistoso con Serbia cuando podía haber sido la previa de una Finalissima contra Argentina.
La idea principal del técnico es que el Mundial ya ha empezado. Lo dijo varias veces, y con una vehemencia poco frecuente en él. "Estoy más excitado en esta convocatoria que últimamente, porque ya estamos jugando el Mundial. Estoy excitadísimo, nerviosísimo realmente, porque el Mundial ya ha comenzado para nosotros. En esta convocatoria ya se respira la importancia de lo que vamos a jugar. Lo saben los jugadores y lo sabemos nosotros", dijo.
Y es verdad que hay algo en el ambiente que es diferente. Es la última citación antes del Mundial. Los nuevos que han venido saben que están a un pasito de culminar un sueño, y los que no han podido estar por el físico (Merino, Fabián) o porque no están jugando (Le Normand, Carvajal) miran con recelo el partido de este viernes antes Serbia y el del martes contra Egipto.
Para empezar, hay cuatro porteros, algo insólito, y existe el run-run de cómo gestionará los minutos de la portería. Aquí va una pista: "El ambiente es excepcional, es un orgullo tener este tipo de futbolistas en el grupo que siempre suman. Vamos a ver cómo se desarrollan los partidos. La idea es dar oportunidad a jugadores que no han convivido con la máxima exigencia internacional y vamos a ver cómo manejamos los partidos, pero sin regalar nada a nadie". Pues eso, una pista.
Quiso mandar también un mensaje Luis de la Fuente a los que no están. "Queda mucho tiempo para recuperar futbolistas de aquí al Mundial. Le Normand es uno de ellos, pero hay más. No me preocupa nada, porque están a tiempo de todo", anunció, antes de resaltar que aquí Lamine es uno más (aunque no lo sea) en lo que al reparto de minutos se refiere.
"Siempre priorizamos la salud del futbolista, pero tenemos una gran responsabilidad, un prestigio que mantener, porque estamos defendiendo a la selección española de fútbol, y tienen que jugar los que consideremos mejores en cada momento. Protegeremos a Lamine como a los otros 26, sin distinciones. Para mí son todos iguales".
"(...) Y quiero terminar diciendo: cuando tras el partido de ayer el capitán inglés alzó con sus dos manos la Jules Rimet, el cuervo de Edgar Allan Poe declaró a los periodistas acreditados: 'Nunca más, nunca más'. Y, de seguro, como las próximas Copas van a ser disputadas en terreno neutral, nunca más Inglaterra conseguirá imponer su fútbol sin imaginación, sin arte, sin originalidad." Así cerraba Nelson Rodrigues, célebre escritor y periodista brasileño, su elegíaca crónica final de la Copa del Mundo de 1966, ganada por Inglaterra. Tanta irritación tuvo una causa que ya podía adivinarse desde la elección de árbitros: un obsceno enjuague de Stanley Rous, exárbitro él mismo y presidente de la FIFA por ese tiempo. Un gran hombre que ordenó la redacción del Reglamento en 1938 con todas las reformas introducidas desde 1863 y una sencillez que favoreció su expansión universal. Pero, según Pedro Escartín, el santón arbitral de nuestra historia, "en 1966 le pudo más el impulso inglés que su respeto por el fútbol y estropeó su legado". Al menos consiguió ser nombrado 'sir'.
Se anunció que habría dos árbitros por país: en el caso de Inglaterra, Finney y Howley. Pero a la hora de la verdad aparecieron dos más, McCabe y Dagnall, más tres —Taylor, Clement y Crawford— que hicieron de linieres. Aún habría que añadir al escocés Phillips y al irlandés Adair, que arbitraron, y al galés Callaghan, como linier, sin que sus selecciones participaran. En el conjunto de sus tres partidos, Brasil se encontró siete británicos en la suma de los tríos arbitrales. En el primero, ante Bulgaria, Pelé salió tan golpeado que no pudo jugar el segundo, contra Hungría; en el tercero y decisivo, con un trío arbitral íntegramente británico, el portugués Morais completó su demolición, le dejó inútil, Brasil perdió y se quedó fuera. Había acudido al Mundial como gran obstáculo para Inglaterra, que sentía el derecho y la obligación de ganarla, porque acababa de celebrarse (1963) el centenario de la creación del fútbol.
En vista del revuelo por las designaciones en la fase de grupos se anunció que la de los árbitros de cuartos de final se haría en plenario del Comité de Árbitros, seis miembros, entre ellos Escartín. Pero se les convocó a las diez de la noche del 20 de julio para reunirse a las nueve de la mañana del 21 en Londres. Escartín estaba en Sunderland como informador del Chile-URSS, y también el ruso Latychev, delegado permanente en ese grupo. Al sueco Lindeberg le pilló en Sheffield. En ningún caso había tren que llegara a Londres antes de las once de la mañana, así que la reunión se limitó a Rous, su fiel Aston, presidente del Comité, y el malayo Ko. Para el Inglaterra-Argentina pusieron un árbitro alemán, Kreitlein; para el Alemania-Uruguay, un inglés, Finney. Kreitlein expulsó al capitán argentino, Rattin, que protestó insistentemente por las reiteradas faltas de Stiles sobre Onega; en cuanto a Finney, con 0-0 dejó pasar un puñetazo bajo el larguero de Schnellinger a un balón que se colaba, gesto perfectamente captado por las fotografías; luego aprovechó el enfado y las intemperancias de los uruguayos para dejarlos con nueve.
Aquellos sucesos abrieron una herida en Sudamérica que sangró durante años y explican la irritación de Nelson Rodrigues. Y a todo ello habría que sumar dos manos ignoradas en el área inglesa en la semifinal contra los portugueses y el gol fantasma de Hurst en la prórroga de la final contra Alemania.
El irritado escritor ha venido teniendo razón hasta ahora. Fuera de su isla, los inventores no han vuelto a ganar la Copa del Mundo. En México, con gran parte aún del equipo campeón, cayeron en cuartos ante Alemania, dulce revancha. Luego fueron incapaces de clasificarse para Alemania 1974 y para Argentina 1978. Regresaron después, pero nunca han vuelto a ganar un Mundial, ni siquiera han sido finalistas. Tampoco han ganado ninguna Eurocopa.
Aquella Inglaterra tuvo ayudas, desde luego, pero también fue un gran once (Banks; Cohen, Jackie Charlton, Wilson; Stiles, Moore; Ball, Hunt, Bobby Charlton, Hurst y Peters) con tres jugadores extratipo: el meta Gordon Banks, el medio defensivo y capitán Bobby Moore, y el delantero centro móvil Bobby Charlton, el mejor de todos. A ellos podría sumar al interior goleador Jimmy Greaves, pero sufrió un corte en la pierna durante el tercer partido del grupo, ante Francia, y le sustituyó hasta la final, y no sin polémica, Geoff Hurst, autor de tres goles en la misma. Un logro que nunca había conseguido nadie antes y que sólo Mbappé ha igualado después.
Sólo Hurst sigue con vida. El resto nos han ido dejando con una coincidencia inquietante en la mitad del equipo titular: el alzhéimer. Sería grosero conectarlo con la maldición de Rodrigues; más bien prefiero mirarlo como un último servicio al fútbol de un buen grupo de jugadores que, en su despedida, dejó una voz de alarma que el fútbol finge escuchar, pero no lo hace. Preferimos mirar para otro lado.
Una imagen del polémico gol de Hurst.E. M.
Jackie Charlton, central, con 85 años; Ray Wilson, lateral izquierdo, con 83; Nobby Stiles, medio, con 78; Martin Peters, extremo, con 76; y Bobby Charlton, alma de la delantera, con 86, hermano del primero de la lista; incluso el meta suplente, Peter Bonetti, con 78: todos ellos fallecieron de alzhéimer o tras un tiempo incapacitados por alguna enfermedad neuronal enajenante. Y no hay seguridad sobre si lo padeció o no el interior Roger Hunt, fallecido a los 83 "tras una larga enfermedad", según el escueto comunicado familiar, después de que por bastante tiempo no se supiera nada de él. Gordon Banks falleció de cáncer de riñón a los 81 años. A Bobby Moore se lo llevó con 51 un cáncer intestinal y al extremo Allan Ball un ataque cardíaco que le sorprendió en el jardín de su casa a los 62. El último en dejarnos, el lateral derecho George Cohen, falleció con 86, y aunque no se anunció la causa de su muerte, sí se sabe que estuvo mucho tiempo luchando contra un cáncer intestinal. Dedicó los últimos años a recaudar fondos para la investigación de esta enfermedad, que había matado prematuramente a su capitán Moore, y también para la del alzhéimer, impresionado por la forma en que atacó a tantos de sus compañeros. Anunció que, a su fallecimiento, donaría su cerebro a la ciencia. El mismo propósito ha hecho público Hurst, el último superviviente.
Las alarmas sonaron por el caso de Bobby Charlton dada su condición de mito nacional. La familia comunicó que padecía alzhéimer en 2020, lo que llevó a recordar el gran número de compañeros del equipo campeón que lo habían padecido, entre ellos su hermano Jackie. Se daba la circunstancia de que cuatro tíos maternos de los hermanos Charlton habían fallecido también de alzhéimer, lo que podría sugerir un factor hereditario, pero los cuatro habían sido también futbolistas, lo que devolvía las sospechas a este deporte. La muerte del mito se produjo en 2023, con 86 años, internado ya en el centro para personas con demencia de Knutsford, cuando perdió el equilibrio y su cabeza golpeó con un radiador.
Con el conocimiento de que el gran Bobby sufría la dolencia, cobró relevancia e impulso la lucha que desde 2002 mantenía la familia de Jeff Astle, un delantero centro de los años sesenta y setenta que hizo lo mejor de su carrera en el West Bromwich Albion, fue mundialista en México 1970 y se retiró tras 16 años, 437 partidos y 216 goles. Falleció en 2002. Su hija, Aslyn Astle, contó: "Tenía 59 años, pero parecía que tuviera 89". Hacía tiempo que no reconocía a nadie, pasaba el día sentado, murió por atragantamiento porque el cerebro no pudo enviar la orden de expulsar la comida, atascada en la garganta.
La familia, convencida de que su penosa condición había sido causada por tantos balones cabeceados, obtuvo dictamen judicial de que había fallecido de una enfermedad laboral; crearon la Fundación Astle e interesaron a organizaciones académicas y civiles. En 2014, el neurólogo Willie Stewart, de la Universidad de Glasgow, que examinó su cerebro, dictaminó que tenía "exactamente el mismo aspecto que esperas ver en el de un boxeador". La diagnosis fue encefalopatía traumática crónica, enfermedad neurodegenerativa asociada a la acumulación de golpes en la cabeza. Aslyn Astle declaró en la ABC: "Cuando supe que el fútbol le había matado me puse en contacto con la FA y les pregunté qué iban a hacer al respecto. Al poco tiempo recibí una carta desagradable". Salieron a relucir muchos más casos: Tommy Carroll, Stevie Chalmers, Chris Chilton, Jimmy Conway, Duncan Forbes, Alan Jarvis, Frank Copel, Billy McNeill, Barry Pierce, Mike Sutton, John Talbut, Mike Tindall... Aslyn Astle contó que se pusieron en contacto con ella las familias de estos jugadores, de muchos otros menos conocidos, y la de uno de los campeones de 1966, que prefirió mantener la reserva, pero la animó a seguir la investigación.
Estudios
Un estudio realizado por su impulso en 2019 con una muestra de 7.676 futbolistas profesionales escoceses nacidos entre 1900 y 1976 y comparado con el de 23.000 individuos de la misma época aleatoriamente escogidos arrojó un dato inquietante: el porcentaje de afectados por enfermedades neurodegenerativas era tres veces y media mayor entre los futbolistas que entre el común de la población. El caso llegó a la Cámara de los Comunes en 2020 y la conclusión fue que no existen medidas suficientes para monitorear las lesiones cerebrales consecuencia del deporte, lo que dejó la cuestión en el aire. ITV entrevistó al alimón a Tom Charlton y a John Stiles, hermano e hijo de jugadores afectados, y ambos expresaron su convicción de que los cabezazos debían de ser la causa.
Muchos lo discuten por la dificultad de imaginar el fútbol sin el juego de cabeza. Arguyen que los balones son ahora más ligeros, porque aunque el peso inicial es el mismo que fue reglamentado hace ya mucho, ahora están impermeabilizados y no aumenta por el agua los días lluviosos, como tiempo atrás, si bien a cambio viajan a más velocidad. También sostienen que rarísima vez un balonazo provoca una conmoción, que éstas suelen llegar más por choques entre cabezas, contra el suelo y contra un poste. Y que el alzhéimer también afecta a no cabeceadores, casos de Banks y Bonetti. Pero demasiados especialistas sostienen que cabecear el balón como práctica habitual provoca microrroturas arteriales en el cerebro idénticas a las de los boxeadores, sin necesidad de llegar al KO. Preguntada Aslyn Astle sobre si su padre hubiera sido partidario de eliminar el juego de cabeza, contestó: "Seguramente no. Pero hubiera sido partidario de tener información sobre las consecuencias''.
Las reacciones, impulsadas por los sindicatos de jugadores (el inglés, que aporta siete millones de libras anuales a investigación y ayudas afectados), han sido tímidas: prohibir el cabeceo en infantiles, limitarlo en los entrenamientos de profesionales y permitir un sexto cambio en caso de conmoción. El fútbol teme este debate.
Joan García (Barcelona) como cuarto portero. Mosquera (Arsenal) como central. Carlos Soler y Barrenetxea (Real Sociedad) como centrocampistas, Víctor Muñoz (Osasuna) como delantero... Luis de la Fuente ha aprovechado las bajas, que son muchísimas, y ha puesto patas arriba la lista de la selección española, la última antes del Mundial. Entran un montón de caras nuevas que se suben a la pelea por estar en el gran evento del próximo verano, donde España acude como la gran favorita para ganar.
Había mucha expectación (toda la que genera la selección española fuera de los grandes torneos) por conocer la lista que haría el seleccionador teniendo en cuenta esos dos factores: primero, que es la última antes de dar la de los que irán al Mundial, y segundo, que hay no pocos lesionados entre los que, si no lo estuvieran, serían fijos (así, a bote pronto, faltan Fabián, Mikel Merino, Nico Williams, Pubill, que iba a entrar, incluso Pablo Barrios, etc...).
Entre eso y bajas formas (Le Normand) o gente que no tiene ritmo (Carvajal), el técnico riojano ha optado por dar paso a muchos nombres, algunos de ellos llamativos. La reacción de la Real Sociedad en las últimas semanas se sustancia en que a Oyarzabal se le unen Soler y Barrenetxea. La ausencia de Nico da paso a Víctor Muñoz, un relámpago en Osasuna, y en una maniobra muy extraña, el entrenador ha llamado a cuatro porteros para ver en directo a Joan García. Llamar a cuatro guardametas es algo realmente poco habitual.
De la Fuente ha estado estas últimas semanas muy inquieto. Concretamente desde que se cayó la Finalissima, un partido al que le tenía muchas ganas incluso con esas bajas. La incertidumbre sobre contra quién y dónde jugaría los dos últimos amistosos antes de dar la lista del Mundial se resolvió apenas unas horas antes de ponerse hoy delante de los medios.
Así las cosas, la selección se enfrentará el viernes 27 a Serbia en Villarreal y el martes 31 a Egipto en Cornellá.
LISTA DE CONVOCADOS
PORTEROS: Unai Simón, David Raya, Alex Remiro y Joan García.
DEFENSAS: Marcos Llorente, Pedro Porro, Laporte, Cubarís, Huijsen, Mosquera, Cucurella y Grimaldo
CENTROCAMPISTAS: Rodri, Zubimendi, Pedri, Fornals, Carlos Soler, Dani Olmo y Fermín.
DELANTEROS: Yeremi Pino, Alex Baena, Barrenetxea, Víctor Muñoz, Oyarzabal, Ferran Torres, Borja Iglesias y Lamine Yamal.
El 6 de mayo de 2002, Luiz Felipe Scolari desgrana solemnemente en la sede de la CBF la relación de convocados para el inminente Mundial en Corea del Sur y Japón. Brasil está en suspenso ante una lista que en cualquier circunstancia despierta allí más emoción que, pongamos por caso, la de un nuevo consejo de ministros, pero esta vez más, porque hay una pregunta que flota en el aire: ¿estará Ronaldo? En las vísperas Scolari ha revelado que tenía 22 segurísimos y que le quedaba la duda para un último puesto. Y nadie duda de que esa duda se llama Ronaldo.
Scolari va dando nombres con dramática solemnidad. Cuando quedan sólo dos, anuncia a Luizão, delantero centro. Ya sólo queda uno, que o es Romario o es Ronaldo. El silencio en la sala de la CBF es tal que se hubiera oído un alfiler cayendo al suelo. Cuando cierra la relación con un "...y Ronaldo, del Inter de Milán", hay una sensación de alivio colectivo. Romario tenía sus partidarios, pero la mayoría deseaba a Ronaldo por todo lo que le había pasado en los últimos cuatro años.
Ronaldo Luís Nazario de Lima apareció como un nuevo planeta en el sistema solar. Marcó 59 goles en 56 partidos con la sub-17, llegó al Cruzeiro con 16 años para marcar 44 goles en 47 partidos y, ganado el Campeonato Mineiro y la Copa de Brasil, fue traspasado a Europa, al PSV, de donde tras 54 goles en 57 partidos (máximo goleador y campeón de Copa) saltó al Barça por una cantidad récord mundial (2.500 millones de pesetas). Su Barcelona ganó la Supercopa, la Copa y la Recopa, y se le escapó la Liga por los partidos en que faltó Ronaldo por ser llamado a la selección. Dejó 47 goles en 49 partidos cuando pasó al Inter, por 4.000 millones de pesetas.
Al final de su primera temporada italiana (34 goles en 47 partidos) llegó el Mundial Francia-1998. Cuatro años antes, con 17, ya había acudido a Estados Unidos-1994, antes de saltar a Europa. Ganó Brasil, él no jugó ni un minuto, pero no le importó: "Para mí fue como graduarme en la universidad". Eso sí, a partir de entonces se fijó el objetivo de ganar el quinto para Brasil. Alegre, con una sonrisa contagiosa desde sus dientes de conejo, irradiaba positividad. En la 'verdeamarela' hacía una prodigiosa dupla de ataque con Romario, su faro. Juntos ganaron la Copa América y la Confederaciones. Brillaban, divertían, goleaban. Eran la gran baza de Brasil para Francia-1998.
Pero una lesión dejó a Romario fuera y toda la responsabilidad cargó sobre Ronaldo, que había hecho un buen campeonato en el Inter (25 goles en 32 partidos) pero acusaba dolor en la rodilla derecha a causa de los exigentes entrenamientos usuales del calcio. La resistencia de una cadena es su eslabón más débil, y la tremenda musculatura de las piernas de Ronaldo sometía a un castigo excesivo al tendón rotuliano, que ya le había sido operado antes cuando militaba en el Cruzeiro.
Brasil fue progresando sin brillo, rodeado de críticas exigentes y de dudas en torno a Mario Zagallo. Ronaldo cumplía, sin más. El equipo llegó a la final con cuatro goles suyos en seis partidos, siempre muy observado y cargado de exigencia, como mascarón de proa que era de la selección favorita. Un estudio reveló que el 43% de las informaciones relativas al campeonato a través de todo el mundo le mencionaban.
Ronaldo, con el peinado de aquel torneo.EFE
El día de la final sufrió durante la siesta unas convulsiones que espantaron a su compañero de habitación, Roberto Carlos, que salió corriendo a avisar al médico. Ronaldo, cuyo último recuerdo era estarse afeitando la cabeza, se despertó rodeado de gente. No sabía qué había pasado, sólo que se sentía "como si me hubiera pasado por encima un camión". Le llevaron a un hospital a hacer pruebas mientras el resto salía hacia el estadio Saint-Denis sin él. Una vez allí se dio la alineación, con Edmundo como delantero centro, lo que provocó gran revuelo. No se había filtrado nada de su crisis.
Los análisis no revelaron ninguna anomalía, así que fue llevado al estadio. Llegó 50 minutos antes del partido, exigió salir de titular y Zagallo se plegó. Jugó mal. Todo Brasil jugó mal y Francia ganó 3-0.
¿Qué había pasado? ¿Por qué había jugado? Sobre lo primero corrieron bulos diversos: una inyección mal puesta, un envenenamiento, un soborno, una bronca con la novia, una borrachera, un trato con el gobierno francés a cambio de aviones Mirage, un exceso de analgésicos por sus dolores o una pura sacudida nerviosa por su descomunal estrés.
Sobre por qué jugó se acusaba a Zagallo de debilidad senil, y a Nike, patrocinador de la selección, de exigirlo por su conveniencia publicitaria. Ronaldo tuvo que comparecer ante una comisión del Congreso, donde declaró que en su contrato con Nike había una cláusula de confidencialidad, por lo que no podía responder determinadas preguntas, y lo mismo hizo el presidente de la CBF, Ricardo Teixeira.
El sueño de la quinta Copa del Mundo terminó en pesadilla y las cosas iban a empeorar. La temporada 1998-99 fue floja para el Inter, y al principio de la 1999-2000 llegó el desastre: jugando contra el Lecce sufrió un dolor agudo en el tendón rotuliano: rotura parcial. Operado, pasó medio año de recuperación, se casó, tuvo un hijo... Sólo habían pasado seis días del nacimiento de este cuando reapareció en el partido de ida de la final de Copa ante el Lazio.
Era el 12 de abril de 2000, todo parecía sonreírle de nuevo, pero en un recorte el ligamento se rompió por completo con un ruido muy audible y desplazamiento de la rótula a la parte baja del muslo. La imagen es terrible. El doctor que le había intervenido, Gérard Saillant, confesó que había sido un error reparar sólo la parte rota, y no el resto. Pese a ello, se operó de nuevo con él. Pelé le visitó en la clínica, le habló de su lesión en Inglaterra-1966 y de cómo después ganó México-1970. Pero Ronaldo sólo podía doblar la rodilla 95 grados, cuando el ideal era entre 130 y 140. Aconsejado por Saillant fue a un centro de rehabilitación en Capbreton, donde se sometió a cuatro meses de tortura y salió con una flexibilidad de 135 grados.
Ronaldo, con Lucio durante un entrenamiento.EFE
Pasó la 2000-2001 en blanco y cuando se vio para jugar, empezada la 2001-2002, al Inter lo entrenaba Héctor Cúper, que no tenía el menor interés en él. Le parecía tácticamente errático, indisciplinado y ni siquiera confiaba en su curación. Le hizo poco o ningún caso, salvo para obligarle a correr cuatro kilómetros antes de entrenar, lo que le producía dolores.
Pidió permiso para recuperarse en el centro de entrenamiento de la CBF en Brasil, y se lo dieron. Para Cúper, cuanto más lejos, mejor, así la prensa no le preguntaría por él. Muchos insinuaron que lo que quería era pasar allí el Carnaval, pero trabajó a fondo, se recuperó de verdad y el 27 de marzo ya jugó, y bien, un tiempo en un amistoso Brasil-Yugoslavia. Se sintió futbolista y regresó al Inter en busca de partidos que le rodaran para el Mundial.
Pero Cúper no le ponía y él se desesperaba. Sin jugar, no iría al Mundial. Por fin, tras un tropiezo del Inter, el técnico se ve obligado a tirar de él cuando quedan 10 partidos, en los que marca siete goles. El título se esfuma con una inesperada derrota ante el Lazio el último día, pero al menos ha jugado, la rodilla ha respondido. Ahora le toca cruzar los dedos y esperar la lista de Scolari. Cuando oye su nombre siente que tanto sufrimiento ha sido compensado.
Llegó con aprensión. ¿Cómo le iba a responder la rodilla? Aparte del lejano ensayo ante Yugoslavia, sólo había jugado diez partidos, nueve incompletos, tras casi dos años parado. En los entrenamientos racanea, teme que el exceso de trabajo le haga daño, discute una y otra vez con Scolari, sin perder la sonrisa.
En el primer partido, ante Turquía, marca en postura forzada y se carga de confianza. Repite en el segundo, ante China. En el tercero hace dos frente a Costa Rica. Brasil pasa brillantemente a octavos con tres victorias y cuatro goles suyos. En octavos, 2-0 sobre Bélgica y su quinto gol.
En cuartos toca Inglaterra. Es el 21 de junio, quinto partido desde el día 3. La rodilla viene resistiendo bien, pero empieza a molestarle el aductor del muslo izquierdo, sobre todo en la postura de golpear con el interior del pie derecho. Juega preocupado, no marca, es sustituido en el minuto 70 y se le coloca hielo en la zona dolorida. No puede entrenar con el resto, se aplica onda corta. Los periodistas acuden en tropel al doctor José Luiz Runco, que no puede ser optimista sobre su presencia en la semifinal ante Turquía.
Él quiere jugar, se niega a ser noticia por su lesión y hace un regate sensacional a la opinión pública: se pela dejándose un extravagante flequillo inspirado en Cascão, personaje de la serie infantil 'Los amigos de Mónica'. Cuando bajó con los compañeros se armó un revuelo, le hicieron chanzas, Scolari se indignó. Todos los niños japoneses y brasileños, y la mitad de los del resto del mundo, pidieron a su madre cortarse el pelo así, y muchos lo consiguieron. Fue una fiebre súbita y, para los propósitos de Ronaldo, mano de santo. Nadie más preguntó por su lesión.
Jugó la semifinal, siempre evitando un mal esfuerzo que le creara un desgarro. En el minuto 49 vino la genialidad: cogió un balón escorado a la izquierda, entró rápido en el área y, para protegerse de la lesión, lo golpeó de puntera, cruzado, imparable. Un gol sorprendente con un golpeo desacreditado que preservaba su aductor. Ese solitario gol decidió el partido.
Seguidores japoneses en Saitama (Japón) arropando a Ronaldo.EFE
La final es el 30 de junio ante Alemania, que lleva tres Mundiales ganados por los cuatro de Brasil. El no va más. Ronaldo pasa las vísperas de buen humor, pero tras la comida le asalta el recuerdo de sus convulsiones en París y tiene miedo a irse a dormir. Recorre los pasillos en busca de alguna puerta abierta para charlar... mientras le aguantan. Vaga hasta la hora de subirse al autobús. Scolari le exigía que cada balón perdido intentara recuperarlo en los cinco primeros segundos, cosa que nunca hacía, pero esta vez...
El partido es parejo, disputado, no se define hasta que en el minuto 67 pierde un balón, decide de pronto obedecer la insistente orden de Scolari, se revuelve, lo recupera, se lo entrega a Rivaldo, que dispara; a Oliver Kahn se le escapa y él acude veloz para remachar el gol. Doce minutos después sentencia con un gran tiro desde el borde del área. Es su octavo gol en siete partidos.
Brasil ya es pentacampeón. Scolari le retira al borde del descuento, que sigue de pie, y su mente revive la película de los últimos cuatro años. Se abraza a Rodrigo Paiva, consejero de prensa y amigo inseparable durante ese largo vía crucis, llora y le dice:
—Dios ha sido bueno conmigo, ¿verdad?
Luego festeja con todos, exultante, exhibiendo al mundo su sonrisa de conejo y su provocador flequillo.
Su madre había acudido al encuentro, pero no se vieron hasta el vuelo de vuelta, y lo primero que le dijo fue:
—Ronnie, ¿a qué viene ese pelo?
—¡Mamá! ¿Vamos a hablar de que he ganado la Copa o de mi peinado?
-Todo buen equipo debe tener dos argentinos y ningún inglés.
Eso me dijo Santiago Bernabéu, terminante, cuando le pregunté por qué no había fichado ningún británico. Precisamente él, que construyó la universalidad del Madrid con jugadores traídos de tantos países enjundiosos en fútbol. Los ingleses eran, me dijo, demasiado ingenuos, fáciles de engañar. Al revés que los argentinos. Aquello me saltó a la memoria cuando David Beckham picó como un párvulo el anzuelo de Diego Simeone en el Inglaterra-Argentina de Francia-1998.
Era la tercera vez que esos dos países se enfrentaban en la Copa del Mundo. La primera fue Chile-1962, tiempos de Jimmy Greaves y José Sanfilippo, sin roces apreciables y con victoria británica (3-1). Pero en Inglaterra-1966 se produjo una de las escenas más polémicas en la historia del fútbol: la expulsión del capitán argentino, Antonio Rattín, por sus reiteradas protestas al árbitro alemán Rudolf Kreitlein. Se resistió a salir, se sentó en la alfombra roja que llevaba al palco de Wembley, luego rodeó el campo con paso lento, desafiante, y retorció la 'Union Jack' del banderín de córner. Los dos países se intercambiaron epítetos después: "Animals!" desde Inglaterra a Argentina, "¡Piratas!" en el recorrido inverso. A España-1982 acudieron ambas con la Guerra de las Malvinas aún sin concluir, aunque a punto de ello, pero no les tocó enfrentarse. En México-1986 llegó el célebre partido de los dos goles de Diego Maradona, uno con "la mano de Dios" y el otro volcando un camión de ingleses. Venganza futbolística de la derrota militar.
Francia-1998 les enfrentó de nuevo, esta vez en octavos de final. Fue, claro, el partido más esperado de los mismos. Las dos selecciones habían sido campeonas del mundo y el enfrentamiento reavivaba conflictos aún recientes. Glenn Hoddle, seleccionador inglés, una de las víctimas de aquel desparramo de Maradona doce años antes, declaró: "Por culpa del gol con la mano de Maradona estuve tres días sin dormir". Del lado argentino no hay declaraciones altisonantes. Al mando está Daniel Passarella, el capitán campeón de Argentina-1978, que lleva al grupo con una disciplina severa y monacal. Hacen los entrenamientos rodeados de lonas para que nadie vea sus ensayos y no permite salidas ni visitas en la concentración. Sus jugadores sienten claustrofobia y rabian cuando ven en la tele a los brasileños riendo en la montaña rusa de Disneyland París, pero Passarella es inflexible ante sus quejas.
La cita es el 30 de junio en Saint-Étienne y hasta allí se desplazan 20.000 ingleses, la mitad sin entrada. Los pandilleros locales no les reciben bien, así que la víspera hay agresiones, detenciones, escaparates rotos, bares cerrados, coches incendiados... El día del partido la seguridad asciende a 1.500 hombres, que establecen estrictos controles para que los hinchas de los dos contendientes entren por recorridos separados. La capacidad del remodelado estadio Geoffroy-Guichard es de 42.000 espectadores. El número de ingleses y argentinos (con mayoría de emigrantes en Europa y menos bronquistas) es equivalente, 10.000, mientras otros tantos británicos se quedan fuera, sin entrada.
El partido comienza trepidante. A los 16 minutos está 2-1 para los ingleses, tras adelantarse Argentina con un penalti transformado por Gabriel Batistuta, empatar Alan Shearer por el mismo medio (este fue penaltito) y adelantar Michael Owen a los suyos, en gran jugada. Al borde del descanso empata de nuevo Javier Zanetti, en una acción de pizarra que "la veníamos practicando tres años y nunca había salido". El juego es bueno, cada uno en su estilo. El Burrito Ariel Ortega despliega un festival de caños.
Nada más comenzar la segunda parte, Simeone topa por detrás con fuerza desproporcionada en la divisoria de los dos campos a Beckham, que cae. Falta. Cuando Simeone se retira, caminando hacia atrás, el inglés levanta el talón derecho, golpeándole en la corva, lo que aquel aprovecha para hacerse el muerto. El árbitro danés, Kim Milton Nielsen, muestra la roja a Beckham, una decisión rigurosa, quién sabe si para compensar el cuarto y mitad de penalti que pitó a favor de Inglaterra, error que bien pudo alguien haberle señalado en el descanso. Beckham se va, lloroso, abucheado por todo el estadio. No jugó el primer día, entró como suplente en el segundo, esta vez fue titular, estaba jugando bien, y de repente se ve expulsado. El resto del partido y la prórroga discurren sin más goles, y en la tanda de penaltis David Seaman sólo para uno y el argentino Carlos Roa, dos. Argentina sigue, Inglaterra se va fuera. La tele enfoca a Mick Jagger, en el palco, echándose las manos a la cabeza.
Los dos protagonistas, en un derbi madrileño.EFE
No era la primera expulsión en 130 años de un internacional inglés, contra lo que a veces se ha escrito, ni siquiera la primera en un Mundial. Antes les pasó a Martin Peters Mullery (1968), Alan Ball (1974), Trevor Cherry (1977) y Ray Wilkins (en México-1986). Pero esta se tomó a la tremenda por el rival y las circunstancias, que incluyeron la eliminación. Beckham se sintió decepcionado por la mirada de sus compañeros, de los que no recibió ninguna palabra de ánimo. "Sólo la mañana siguiente tuve un consuelo, cuando Alex Ferguson me llamó y me dijo: chico, no te preocupes, descansa tres semanas y cuando regreses a Manchester te sentirás bien entre tus compañeros".
Pero no fue tan fácil. El día siguiente, nada más aterrizar en Heathrow, choca con la dura realidad. El partido lo han visto 25 millones de ingleses, superando incluso el seguimiento del funeral de Diana de Gales, récord previo. Se le considera una deshonra nacional y estallan todas las antipatías incubadas hacia su figura: su aire de niño mimado, sus devaneos capilares, sus pujos de modelo, su novia Victoria Beckham, la 'pija' de las Spice Girls, su ostentoso Porsche, su cara mansión, su condición de ser, con 23 años, el futbolista mejor pagado de Inglaterra. En el aeropuerto se deshace en excusas: "Es el peor momento de mi carrera (...). Me siento culpable por lo que he hecho (...). He pedido perdón a mis compañeros y a los directivos de la FA (...). Quiero que los hinchas sepan que lo siento mucho (...). Sólo espero tener en el futuro la oportunidad de contribuir a éxitos de la selección en la Eurocopa del 2000 y el Mundial de 2002." Glenn Hoddle le ayuda poco: "Beckham ha sido un estúpido, pero he visto su reacción en la moviola y la expulsión me ha parecido excesiva".
Los titulares del día son sangrantes, en especial el 'Daily Mirror': "Diez leones heroicos y un niño estúpido". 'World Soccer': "Un hombre arruina la Copa del Mundo". 'Daily Mail': "Un momento de locura costó las esperanzas de ganar la Copa", mientras dentro calificaba la acción como un "petulante acto de represalia". 'Daily Star' tituló: "Beck Off" y dentro pedía: "Abrid la Torre de Londres y meted allí a Beckham por alta traición". 'The Sun' se hizo con sus cartillas escolares y entresacó observaciones críticas de sus profesores para concluir: "Beckham siempre fue un necio". Las radios abren todo el día sus micrófonos a los oyentes, que sin excepción exigen que se le expulse de la selección para los restos.
Cuando interviene 'la pija' Victoria para defenderle es todavía peor, así que al día siguiente deciden tomar el Concorde a Nueva York, para quitarse de en medio: "Volé allí para estar tranquilo y en la llegada me esperaba en el aeropuerto un equipo de televisión que me acosó por los pasillos. Luego fuimos seguidos por reporteros toda la estancia allí". Channel 4 le incluyó en su lista de los cien ingleses más odiados con el número 91, lo que casi fue un alivio para él.
El primer partido tras el verano fue la visita al West Ham, que distribuyó 30.000 tarjetas rojas entre sus seguidores para recibirle. Aún escocía en el equipo londinense la marcha al United de su ídolo, Paul Ince, que de hecho sufrió una agresión al salir del campo tras su primer partido allí con los mancunianos, así que se sumaron dos efectos. La irritación subió tanto de tono que Bobby Moore, capitán campeón en Inglaterra-1966 y leyenda del West Ham, pidió antes del partido que dejaran a Beckham en paz, pero ni por esas. Hubo que protegerle con seis guardaespaldas dirigidos por Ned Kelly, célebre acompañante durante mucho tiempo de Eric Cantona. Un gorila experto en espantar pandilleros cuyo prestigio agrandaba la coincidencia en nombre con el del más célebre forajido australiano del siglo XIX. La madre y Victoria tuvieron la mala ocurrencia de acudir al partido para darle ánimos y el gentío las echó cuando fueron identificadas.
Argentino e inglés se saludan tras un Inter de Milán-Manchester United.AFP
Al menos, el sábado siguiente recibió el aplauso de los suyos en Old Trafford cuando se acercó a la esquina a sacar un córner. Fue un gran consuelo. Pero en la calle no todo el mundo era del United; los del City le atormentaban. No podía salir a pasear, ni siquiera bajarse del coche a echar gasolina sin que le insultaran. Cada semáforo rojo era un suplicio. En Londres, la casa de sus padres estuvo acosada durante meses. Colocaban fotos suyas pintarrajeadas (hasta 28 contaron un día) y con comentarios ofensivos. Cada partido lejos de Old Trafford fue un concurso de insultos, desde la estación hasta el estadio, ida y vuelta, y dentro de él. Al menos el fútbol le compensó: aquel año el United ganó la Premier, la FA Cup y la Champions, esta en Barcelona, con los dos célebres goles en el descuento ante el Bayern, en lo que Jorge Valdano definió como "el minuto del siglo".
Cuando Inglaterra perdió 3-2 contra Portugal en la Eurocopa-2000, se retiró haciendo una peineta al sector que le abucheaba, señal de que el conflicto seguía latente. No fue perdonado hasta su gol de golpe franco a Grecia que clasificó a Inglaterra para Japón y Corea-2002, mandando a Alemania a la repesca. En aquel Mundial tuvo su pequeña revancha, al marcar el penalti que permitió a Inglaterra batir a Argentina, en la que aún jugaba Simeone. Ya se habían enfrentado en los cuartos de final precisamente de la Champions 1998-99, uno en el Manchester, el otro en el Inter. Se dieron un abrazo, intercambiaron camisetas y Beckham declaró: "No puedo culpar a Simeone por mi estúpida reacción. Él hizo su trabajo y lo que ocurrió fue mi responsabilidad". Volverían a jugar uno contra otro una vez más en el derbi madrileño. Entre ellos nunca lo hablaron, aunque sí comentaron el asunto por separado. Simeone resaltó la admiración que le produjo la fuerza de carácter de su antagonista: "Le cayeron con todo y él supo rehacerse." Con los años, el propio Beckham supo sacar una conclusión positiva: "Después de aquello tuve que crecer muy rápido y afrontar muchas cosas que estaban pasando en mi carrera. Esa expulsión cambió todo para mí. El recuerdo es doloroso, pero no hubiera sido el jugador que fui ni la persona que soy sin aquello".
El deseo de los que no querían verle más en la selección no se cumplió: se retiró de ella con 115 partidos como tercer jugador con más presencias en la misma, tras jugar otras dos veces la Copa del Mundo, Japón y Corea-2002 y Alemania-2006. A Sudáfrica-2010 no acudió por rotura del tendón de Aquiles.