El antiguo jugador internacional belga Radja Nainggolan fue detenido este lunes en el marco de una investigación que lleva a cabo una jueza de Bruselas por tráfico de cocaína a través del puerto de Amberes, indicó la fiscalía de Bruselas.
La policía llevó a cabo una treintena de registros este lunes por la mañana en la provincia de Amberes y también en la capital y su área metropolitana y se detuvieron a varias personas, entre ellas a "R.N.", según el comunicado.
Preguntado por la AFP, un vocero de la fiscalía confirmó que las iniciales corresponden a Radja Nainggolan, de 36 años, que disputó una treintena de partidos con la selección belga.
La investigación, dirigida por una jueza de instrucción de Bruselas, se centra en "unos presuntos hechos de importación de cocaína desde Sudamérica hacia Europa, a través del puerto de Amberes, y su redistribución en Bélgica", indica el comunicado de la fiscalía. El número de sospechosos detenidos no fue precisado.
La fiscalía prometió ofrecer datos "de forma más detallada cuando las audiencias lleguen a su fin y el juez de instrucción haya podido escuchar a los sospechosos".
Nainggolan, nacido en Amberes, marcó seis goles con la camiseta de los 'Diablos Rojos'. Tras pasar por los clubes italianos Inter de Milán y Roma, se hallaba sin equipo desde el pasado verano (boreal) antes de comprometerse la semana pasada con el Lokeren, de la segunda división belga.
Nainggolan marcó un gol el pasado fin de semana en su debut con el Lokeren. Luego de dejar el fútbol italiano para regresar a Bélgica en el verano europeo de 2021 para fichar por el Amberes, el volante, reconocible por sus numerosos tatuajes, dejó el club de su ciudad natal a comienzos de 2023 por mal comportamiento. Meses antes había sido suspendido por fumar un cigarrillo electrónico en el banquillo, según medios belgas.
El nuevo presidente de la Federación Española de Fútbol, Rafael Louzán, elegido el pasado 16 de diciembre, tenía, por encima de todos, un objetivo deportivo: había que dejar cerrada la renovación de Luis de la Fuente como seleccionador antes de que el Tribunal Supremo se pronuncie sobre su recurso por una condena por prevaricación que le inhabilita para cargo público durante siete años. La fecha clave para todo ese proceso es el próximo 5 de febrero, de modo que atar al técnico campeón de Europa corría prisa. Este lunes se ha hará público el acuerdo, que dejará a De la Fuente en el banquillo durante varios años, previsiblemente hasta 2028, después de la Eurocopa de Reino Unido y la República de Irlanda.
Eso, la duración del contrato, sería lo más llamativo de esta noticia. Con Ángel María Villar los contratos eran de dos años en dos años, es decir, de gran campeonato en gran campeonato, una norma no escrita que mantuvo Luis Rubiales con Luis Enrique. Pues bien, parece que Louzán ha querido romper con esa dinámica y De la Fuente (63 años) estaría en el banquillo de la selección hasta que cumpla 67 tras la ratificación del acuerdo, que tendrá lugar hoy por la mañana en la Junta Directiva que se celebrará en Las Rozas.
Durante la tarde de este lunes se producirá el acto de presentación del acuerdo, una vez que el entrenador ha recuperado ya bastante movilidad después de la operación de rodilla a la que se sometió el pasado 3 de diciembre. Junto a De la Fuente renovaría todo su cuerpo técnico, con Pablo Amo, segundo entrenador, a la cabeza.
Tras una serie de despidos de personas vinculadas al 'rubialismo', esta es la primera decisión de calado que toma Louzán, afanado en estos meses en estrechar relaciones con todos los sectores del fútbol, pero pendiente de esa decisión del Tribunal Supremo que es cuestión de semanas.
El hecho de que el Barça anunciara muchas horas antes de que se jugara el partido ante el Valencia que Pedri iba a ser baja por una gastroenteritis tal vez provocó que a más de uno le bajara un sudor frío por la espalda. El joven centrocampista, en una temporada en el que al menos por el momento las lesiones le están respetando mucho, se había convertido en las últimas semanas en el gran argumento para que los azulgrana soñaran con olvidarse de una vez por todas de sus vaivenes en la Liga. Pero, al final, fue Fermín López quien hizo que no se echara finalmente al canario mucho de menos, si bien no ocupó exactamente su posición en el terreno de juego.
Con un estilo de juego muy diferente al de su compañero, Fermín vivió su primera gran noche como azulgrana. El onubense no solo marcó sus dos primeros goles en la Liga como azulgrana esta temporada, sino que también dio dos asistencias. La primera de ellas, a Raphinha, para que el brasileño marcara el momentáneo 3-0. La segunda, mientras, a Lewandowski, para que el polaco, que salía en esta ocasión desde el banquillo, pusiera fin a la mala racha anotadora que estaba atravesando en las últimas fechas en el torneo de la regularidad. «Creo que en Liga veníamos de una mala dinámica y necesitábamos esta victoria. Es muy importante y ahora hay que seguir luchando», arengó el propio centrocampista nada más acabar el encuentro en unas declaraciones recogidas por DAZN.
En su caso, además, anotar sus primeros goles en la Liga, después de que se hubiera estrenado como anotador en la Champions a domicilio frente al Estrella Roja el pasado 26 de noviembre, en un encuentro que acabó también con un contundente triunfo por parte de los azulgrana (2-5). «Necesitaba estos goles. Venía de una época difícil, he empezado el año con muchas lesiones... Estoy muy contento por la victoria también a nivel personal, para seguir cogiendo confianza y ayudar al equipo», aseguró. Una confianza en la que, según señaló, también tiene mucho que ver su técnico. «El míster nos transmite que todos somos importantes. Salga quien salga, damos el nivel y eso es lo que tiene ser un equipo. Jugando así, vamos a pelear la Liga», arengó un Fermín que, pese a la distancia de siete metros con el Real Madrid, cree que hay margen para darle la vuelta a la tabla. «Aún queda mucho y seguro que vamos a luchar hasta el final», sentenció.
Gayà
Las sensaciones por parte del Valencia, mientras, eran cómo no mucho más amargas. «Siento rabia y decepción. Por toda la gente que ha venido a vernos y por los que nos han visto desde casa. Quiero pedirles perdón, porque no hemos estado a la altura del partido ni a la altura de la camiseta que representamos. Veníamos en línea ascendente y hemos dado un paso enorme hacia atrás, esa es la realidad. Ahora, lo que hay que hacer es levantarnos para el próximo partido», apuntó Gayá también en DAZN tras el partido. La autocrítica, en este caso, fue la tónica en un conjunto valencianista que no quiso buscar excusas en las acciones del partido que pudieron provocar polémica: un posible penalti sobre Almeida y una pena máxima finalmente anulada por falta anterior sobre Koundé del propio Gayá.
«Cuando uno recibe un resultado como el que hemos tenido, es difícil valorar acciones o decisiones arbitrales. Los responsables del resultado somos nosotros. Ponerme a hablar del árbitro en lugar de hacer autocrítica sería como no respetar lo suficiente a la afición del Valencia. Son decisiones cuestionables, pero que tengo que dejar de lado porque no hemos competido como debíamos», se limitó a señalar a este respecto el entrenador valencianista, Carlos Corberán.
Un vendaval contra un muro de paja. El Barça desnudó hasta el ridículo a un Valencia transparente que mostró todas las miserias que le van a condenar al averno. No lo activa ni la adrenalina de quien ve su vida en peligro y fue un despojo a los pies de un equipo ansioso por recuperar el pulso a la pelea por el título de Liga, ahuyentando las nubes que no le dejaban brillar en Montjuïc. [Narración y estadística: 7-1]
En apenas 25 minutos no sólo se metió los tres puntos en el bolsillo con un póker de goles que lograba tan pronto desde hace 17 años, sino que alimentó el ego de futbolistas que Flick quiere sumar. Mostraron colmillo Ferran y Fermín, excelso con goles y asistencias, fue feliz Lamine Yamal con su repertorio de caños y taconazos y Raphinha, una vez más, engrasó su letalidad. Hasta Szczesny sobrevivió a sus groseros errores y Lewandowski hizo números para el Pichichi.
No pudo soñar el Barça un partido más perfecto ante un Valencia que, pese al tímido despertar con Corberán, se disparó a los pies en un abrir y cerrar de ojos. En el primer duelo, Lamine Yamal la he enseñó Gayà que era noche de brujas. Lo retó, le ganó como a Yarek y sirvió un balón a De Jong que se coló en el corazón del área para, sin que nadie le persiguiera, adelantar a su equipo ene l minuto tres. La segunda ráfaga fue un remate de Raphinha a la contra y la tercera un centro lateral de Balde, con toda la banda a su merced, que cazó Ferran para engordar el marcador y lograr su primer gol ante el Valencia que no celebró. Había dejado Flick al goleador polaco en el banquillo y el Tiburón se relamía.
El Barça era dueño absoluto del partido, abusón con la pelota como los de último curso en el patio del colegio y tan letal que los valencianistas temblaban. Se descosían por las costuras sin saber cómo sostenerse en pie. Y llegó el tercero para que enseñar todas las vergüenzas. Lamine de taconazo hizo un caño a Yarek para encontrar a Fermín que, a la media vuelta, lanzó la pelota a Raphinha cuando se colaba entre los dos centrales y los arrastraba antes de armar un disparo y batir a Mamardashvili. Desde noviembre no marcaban más de un gol en Montjuïc y en apenas 15 minutos ya sumaban tres. Lo peor que le pudo pasar al Valencia fue que Flick agitara su once buscando el hambre de jugadores que rescataron la mejor versión del equipo culé para diversión de su afición. Ni ellos ni la grada se conformaron.
Otra diablura entre Fermín y Ferran la atajó Tárrega antes de que apareciera la primera jugada polémica del partido. El Valencia logró estirarse, pisar área y ver cómo Casadó arrollaba de manera expeditiva a Almeida sin que ni para Soto Grado ni para el VAR fuera penalti. Ni tiempo tuvieron los valencianistas de lamentarse porque se vieron con el cuarto gol en contra. Esta vez fue Cubarsí quien buscó la espalda de los centrales por donde apareció Fermín a la carrera. Aún no se ha había jugado ni media hora.
Era imposible que el Valencia alzara esa losa, pero de nuevo apareció el VAR para impedirlo al anular un penalti de Szczesny a Hugo Duro por una falta previa de Gayà a Koundé. El desastre no tenía enmienda y cayó el quinto. Lamine volvió a dejar sólo a Raphinha, que estrelló su remate en el palo pero apareció Fermín para rebañarlo.
Corberán hubiera necesitado una varita mágica para resucitar a su equipo en el vestuario y apenas pudo ordenarlo, lo que no evitó que siguiera recibiendo golpes. Desperdició Ferran el sexto, y encontraron el primero los valencianistas en un centro de Diego López que empujó Hugo Duro. Era como poner una tirita a un hemorragia en la femoral.
Corberán empezó a pensar en activar al recién llegado Aarons, proteger a Gayà o Almeida o dar entrada a futbolistas que necesitan minutos mientras Flick buscó a Lewandowski, infalible cuando tiene ante sí a los blanquinegros. El primer balón que llegó a sus pies acabó en la redes de Mamardashvili. Ante este voraz Barça no había nada que hacer, tan solo intentar que la vergüenza no fuera mayor. Pero ni eso logró, porque Tárrega se marcó el séptimo en propia puerta intentando atajar un remate de Ferran. No recibía el Valencia siete goles en Liga desde 1955.
Nunca hubo partido porque el Barça lo convirtió en un plácido entrenamiento que sirvió hasta para engrasar una defensa que podía estar jugando en el filial. Y nadie se acordó que no estaba Pedri. Para el Valencia, herido de muerte, solo hubo un momento para la esperanza: la vuelta al césped de Diakhaby tras 329 días recuperando su rodilla. Fue el único aplauso que mereció el Valencia.
De pie, apoyado sobre la barandilla metálica, Oriol Tort saludaba con un leve movimiento de cabeza desde la distancia a los periodistas que salían de presenciar los entrenamientos del primer equipo del Barcelona. No existía ciudad deportiva alguna y en los campos de tierra que se ubicaban dentro del recinto del Camp Nou solían entrenarse los juveniles del Barcelona. Con su cigarro en la mano, podía confundirse con el guarda del recinto, pero en realidad era el guarda del talento. Discreto pero irónico, le gustaba alejarse del protagonismo y el ruido, aunque dejaba frases con retranca en algún corrillo: «Si hacemos bien nuestro trabajo, uno de estos juveniles podría jugar ahí, en el primer equipo, sin que notarais la diferencia». «Pero tenemos que hacerlo bien...», insistía, con su media sonrisa. El tiempo ha mejorado la sentencia del bueno de Tort, con Lamine Yamal, de 17 años, y Pau Cubarsí, que acaba de cumplir 18, dos juveniles, asentados en el Barça de Hansi Flick y en la selección de Luis de la Fuente. En algo se equivocaba: la diferencia se nota.
Para saber más
Tort había llegado al Barcelona en 1959, como entrenador de infantiles, antes de que existiera la Masía, y desde 1980 hasta su fallecimiento, en 1999, fue el director de la cantera azulgrana. Cuarenta años en el club, más de la mitad de su vida. Recorría los campos de Cataluña, porque decía que había que ver jugar a los niños en su ambiente, para descubrir potenciales talentos. Guardiola, Sergi, Amor,Iván de la Peña, Pujol o Xavi fueron algunos de los que captó para el club azulgrana, aunque le gustara relativizar su trabajo: «No somos descubridores, sólo ayudamos a los jugadores a descubrirse a sí mismos».
La captación era, pues, el momento clave, mágico, según Tort, en el que había que observar los pequeños detalles que podían hacer a un jugador especial. En Jordi Roura observó un desborde eléctrico, cuando jugaba en su pueblo, Llagostera, en Girona. La Masía fue su destino, donde coincidió y trabó amistad con Guardiola, Tito Vilanova y Aureli Altimira, que acabaron por formar la peña 'Els golafres', los glotones. El desborde le llevó hasta el primer equipo, el incipiente 'Dream Team' de Johan Cruyff, pero una grave lesión durante la Supercopa de Europa contra el Milan, en 1989, acabó con su carrera. Con 25 años estaba retirado y empezaba su andadura como técnico. De segundo de Carles Rexach en Japón, a asistente de Guardiola en el primer equipo azulgrana, segundo de Tito Vilanova y, finalmente, entrenador interino tras la terrible muerte de su amigo. Con la llegada del Tata Martino al banquillo, el club presidido entonces por Josep Maria Bartomeu lo nombró director del fútbol formativo, en 2014. Estaba en el sitio de su descubridor, donde se convertiría en el padre de la nueva generación, la 'Quinta de Lamine'.
FC BARCELONA
"Qué raro corre este niño"
«Cuando lo fiché tenía siete años. Fuimos a verlo y primero que pensé fue: 'Qué raro corre este niño'. A esa edad, todos corren detrás de la pelota, es difícil ver cosas, hay que captar los detalles. Todos menos Lamine, que se apartaba, no iba al bollo. Era como si quisiera desmarcarse, como un profesional. Hacóa cosas extrañas. Me llamó la atención. Después hizo un control distinto a los demás, y le dije a Aureli: 'Lo fichamos'», explica Roura, en conversación con este periódico. Altimira, uno de sus inseparables desde los tiempos de la Masía y persona de confianza, compartía con Roura y otros técnicos las sesiones de captación.
«Son la piedra angular de este trabajo. Nosotros no buscábamos las condiciones físicas ni nada de eso, sólo el talento, las cosas que pueden hacer a un jugador diferente y que a esa edad ya puedes observar, porque son innatas. Todo los demás, el físico y el trabajo táctico, ya lo pondremos nosotros después», continúa, como si todavía lo viviera, porque «esto es una profesión, un trabajo, pero también es pasión»
Cambios con Laporta
Roura ya no hace ese trabajo, porque el regreso de Joan Laporta provocó un cambio en la estructura técnica. «Estábamos renovados, pero de pronto estábamos fuera. Puedo entender que un nuevo presidente ponga a gente suya, de confianza, pero creo que fallaron las formas, se podría haber hecho de otra manera», recuerda, aunque sin darle más importancia. Con Roura también salieron Altimira y García Pimienta, entrenador del filial, además de Carles Folguera, director de la Masía durante más de 20 años. Un año después, dejó el club el director deportivo Ramon Planes, hombre clave en las llegadas de Pedri y Araujo.
Además de Deco y Bojan Krkic, Laporta nombró director de la cantera a Alexanko, siempre en la sintonía de Cruyff y después de Laporta. Sin embargo, promocionó y protegió a dos figuras esenciales en la estructura de las categorías inferiores, Sergi Milà y Marc Serra. Una forma de hacer política y amiguismo, pero sin perder el método. Entre ambos, suman más de 30 años en el club. Milà es responsable de la metodología del fútbol base y el coordinador de fútbol 11. La responsabilidad le ha apartado de los banquillos, después de dirigir al juvenil A, y en la Ciutat Esportiva hay quien se pregunta si no se ha cortado la carrera de un gran entrenador. Serra, por su parte, es el coordinador de fútbol 7, el fútbol-probeta que todos, Roura el primero, consideran esencial en el éxito de la cantera azulgrana. «Lamine, Cubarsí, Bernal o Gavi proceden del fútbol 7», recuerda. Los tres primeros ganaron la Liga Promises de 2019, en Nueva York, con un 6-1 al Madrid.
«El fútbol 7 es más interactivo, favorece la asociación, se toca más el balón y nos permite empezar a trabajar en el entendimiento del juego. Que los niños pasen de jugar a la pelota a jugar al fútbol. Queremos que se perfilen para recibir, que anticipen en su cabeza el pase que darán antes de que les llegue el balón, que sean mentalmente rápidos. El fútbol moderno es velocidad, pero no sólo de piernas», continúa Roura, que pone en valor el trabajo de Serra. El Barcelona rechazó, cortésmente, el ofrecimiento de este periódico para que tanto Serra como Milá ofrecieran sus impresiones acerca de su trabajo.
Esperando a Toni Fernández
A diferencia de otras épocas, en las que el Barça creaba centrocampistas que parecían clonados, una endogamia que llegó a preocupar a nivel interno, la generación de Roura tiene de todo: portero, defensas, centrocampistas o delanteros. «Pues claro... Es que cuando oigo hablar del ADN Barça me pregunto: ¿Y esto que quiere decir? ¿Qué no podemos contraatacar? ¿Qué no podemos jugar en largo cuando nos presionen arriba? El Barça tiene su identidad, asociada a la técnica y a la posesión, pero para ganar hay que ser vertical. Flick lo ha entendido bien», insiste el técnico. Algunos de los frutos de su trabajo están todavía por llegar, como Toni Fernández, de 16 años, un delantero de poderoso desborde, que comparte las categorías inferiores con su primo Guille. El portero del filial, el estadounidense Diego Kochen.
«Un buen ejemplo es Cubarsí, un central que es vertical y supera líneas con sus pases -continúa Roura-. El puesto es muy difícil en el Barcelona, porque si tienes espacio a tu espalda y has de iniciar el juego, casi nada. Lo fiché con 10 años, del Girona. Era agresivo, con carácter. Su progreso táctico al llegar con nosotros fue impresionante. Tiene cara de niño, pero es duro, con mala leche. A veces le decía: 'Pau, ríete un poco, esto sólo es fútbol'».
"Balde, hay que apretar"
Recorrer los campos era el día a día de Roura, como antes lo fue de Tort. «En la captación has de ser rápido. Ver, decidir y fichar, todo en el momento. Si no, llega otro club y lo hace». Le ocurrió con Marc Casadó. «Estaba en el equipo de la Damm, uno de los que mejor trabaja la formación. Tenía 13 años y me llamó la atención por su colocación, siempre iba a la cobertura. En cambio, no pensaba que llegaría a un nivel físico como el que tiene ahora, brutal». A Alejandro Balde, en cambio, le tuvo que insistir para dar ese salto. «Jugaba en el San Gabriel y lo trajimos muy pequeño para el fútbol 7. Era técnico, hábil, pero un día le llamé y le dije: 'Con jugar bien no vale, hay que apretar'».
«El método es común, pero cada chico necesita sus tiempos y tiene sus circunstancias. Lamine vivía en Mataró, podía seguir en casa, pero como el entorno del barrio podía ser complicado, lo llevamos a la Masía», continúa Roura. Más protección necesitó Fermín, al que decidió fichar al presenciar un torneo de infantiles en Tarragona. «Jugaba en el Betis y, nada más verlo, me di cuenta de que tenía cosas, pero también un problema: era muy pequeño. No obstante, me dije: 'Es igual, lo fichamos'. Pasaba el tiempo y no crecía, no rompía. Las dudas crecían entre los técnicos y hasta su familia, que se planteó si debía volver a casa. Yo les pedí a todos un poco más tiempo, tenía esa intuición. Finalmente, dio el salto que yo esperaba», recuerda Roura, para el que cada jugador necesita sus tiempos. «Es necesario un trato personalizado, es otro de los secretos», aclara.
Mientras ahora intenta traslada todo ese conocimiento a los jóvenes entrenadores a través del proyecto 'Best Version 1', Roura dice estar «orgulloso» por el trabajo realizado. «A partir de ahí -finaliza-, todo depende de que el primer entrenador les de la alternativa. Koeman, Xavi y Flick lo han hecho. En eso el Barça también es diferencial». Diferencial y, en una de las épocas más difíciles de su historia, también una prueba de vida.
«¿Lo coges tú mismo?», le preguntaba John Newcombe, ganador de cinco Grand Slam, y Jannik Sinner sostenía el trofeo del Open de Australia, lo mostraba a los aficionados para que echaran un vistazo, lo levantaba muy levemente y ya está. A otra cosa. Cuando acabó la ceremonia, tuvo que ir alguien de la organización a pedirle que repitiera la celebración y que la exagerara un poco porque los fotógrafos se habían quedado a medias. Nunca hubo un campeón tan discreto.
«Los partidos pueden durar entre tres y cinco horas: ese es el tiempo del día en el que sé que tengo que estar concentrado. Fuera de la pista, en cambio, pasan cosas que nadie conoce», explicaba Sinner, siempre tan enigmático. En la pista y fuera de ella, sus golpes, sus movimientos y sus gestos son indescifrables e invitan a pensar qué se esconde detrás. ¿Qué piensa? Ganador de tres Grand Slam a los 23 años, Sinner ha abierto una era de dominio del tenis sin mostrar al mundo sus secretos.
Su carácter
Y posiblemente ese hermetismo sea uno de sus puntos fuertes. «No puedes leer lo que le pasa por la cabeza y eso te destroza los nervios», analizaba en la previa John McEnroe en conversación con EL MUNDO y en la final de ayer en Melbourne sus palabras se convirtieron en imágenes. Desde el primer set, Alexander Zverev mostraba su frustración ante un rival tan inaccesible y Sinner, en cambio, nada. Incluso en el tie-break del segundo set, el momento más tenso del partido, el número uno mantuvo la misma cara. Al final, 6-3, 7-6(4) y 6-3.
ADRIAN DENNISAFP
En realidad, Zverev, de padre ruso, parecía menos alemán que Sinner, criado en los Alpes en la frontera entre Italia y Austria. Ni una comunicación con su equipo, ni un renuncio ni tan siquiera un grito de celebración. Si hubo algún «¡Come on!» fue de Zverev. Más allá de los temblores en cuartos de final o de los calambres en semifinales, Sinner fue un muro durante todo el torneo.
Su juego
Su tenis también se lo permitió. La velocidad de su derecha le otorga mucha seguridad y en el resto de juego tampoco se observa un punto débil. Su revés, especialmente el cruzado, es difícil de responder. Sin ser quien saca más rápido, es letal al servicio: ayer no concedió bolas de break y sólo perdió nueve puntos con los primeros. Y si antes sufría en la red con la volea, ahora ya no lo hace. Si acaso le falta un punto de creatividad, como se observa en otras superficies, especialmente en tierra batida, pero en pista rápida no le hace falta.
«Te lo mereces, Jannik. Eres demasiado bueno. Es así de simple. Nadie se merece más este trofeo. Creo que estoy haciendo un buen trabajo, pero no soy lo suficientemente bueno», reconocía Zverev después de la final como habían hecho los adversarios anteriores, especialmente un Álex De Miñaur hundido en cuartos.
Su equipo
Ante el australiano, de hecho, sí se vio la necesidad que Sinner tiene de estar en contacto con su equipo, apoyado cuando hay dudas. Cuando el calor casi le noquea, la ayuda de los suyos le salvó. El italiano lleva con Simone Vagnozzi desde los 14 años, pero la llegada hace dos temporadas de Darren Cahill fue clave. Ex técnico de Andre Agassi, Lleyton Hewitt y Simona Halep, le ha dado confianza y ha aportado variedad en su juego.
Vincent ThianAP
«Ha madurado muy rápido. Los tenistas viven una vida fantástica, pero necesitan una mente muy trabajada para aguantar la presión», alababa Cahill hace unos días a quien además ha tenido suerte con los cambios. Después de su positivo en un control antidopaje, Sinner despidió a su preparador físico y su fisioterapeuta, Umberto Ferrara y Giacomo Naldi, y los recién llegados a sus puestos, Marco Panichi y Ulises Badio, que anteriormente habían trabajado con Novak Djokovic, han encajado.
El sistema
En su futuro, de hecho, sólo queda la duda sobre ese positivo A mediados del próximo mes de abril, el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) resolverá la apelación en la cual la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) reclama entre uno y dos años de sanción. La ATP aceptó los argumentos Sinner -su antiguo fisio, Naldi, había utilizado una pomada prohibida- y lo exculpó, pero la AMA no fue tan crédula. «No estoy pensando en eso ahora, intento disfrutar del momento», revelaba ayer Sinner.
Un castigo rompería su racha y su dominio actual del circuito, pero su caso revela igualmente su poder en el tenis. Como primer número uno italiano ahora mismo lo tiene todo a su favor. Si años atrás el poder era anglosajón, ahora es transalpino con Andrea Gaudenzi como presidente de la ATP y Massimo Calvelli como director ejecutivo.
Brasil, con un Hugo Bryan Monte demoledor y un Mateus Martins infranqueable cuando más parecían atenazarle las dudas, acabó por propiciar que los Hispanos ni siquiera pudieran decirle adiós al Mundial con victoria. Por mucho que pelearan lo indecible para llegar a un final apretadísimo y que incluso tuvieran una postrera acción de un Ian Barrufet que se jugó el tipo para anotar el empate, el conjunto de Jordi Ribera acabó cayendo por la mínima (25-26) ante un rival que, de hecho, no se jugaba nada en su duelo con los españoles, pues Portugal (46-28 a Chile), había dejado sentenciado el primer puesto del grupo.
España se va de este Mundial con el sabor amargo de a quien la renovación le va a costar. Apenas seis meses después del bronce en los Juegos de París, un equipo que desde 2011 sumaba 12 medallas en grandes campeonatos (destacando dos títulos europeos, uno mundial y dos bronces olímpicos) se ha quedado por segundo año consecutivo (en el Europeo de 2024 cayó en la primera fase) sin pelear siquiera por las medallas. El rejuvenecimiento del grupo (había cinco debutantes en esta cita) llevará un tiempo, y este campeonato no ha hecho más que confirmarlo.
El domingo, en el inicio, Brasil llegó a atesorar una máxima ventaja de cinco goles (4-9) ante una España que no parecía estar del todo cómoda en la pista. Los matices introducidos por Jordi Ribera desde el banquillo a partir de ese momento, no obstante, sumados al buen hacer de Sergey Hernández en la portería, acabaron por permitirles recortar la distancia (9-10), diferencia que, pese a sus intentos, se mantuvo hasta la llegada de un descanso en el que el luminoso mostraba un ajustado 13-14. Un golpe de talento de Petar Cikusa (uno de esos nombres llamados a brillar en un futuro no muy lejano), con un pase mirando al tendido para que Víctor Romero anotara con un suave tiro parabólico, fue lo que les permitió a los españoles marcharse a los vestuarios con sensaciones mucho mejores que las que habían vivido durante gran parte del primer tiempo.
Con un arranque fulgurante del segundo tiempo, España aprovechó un parcial de 3-1 para ponerse por primera vez por delante en el marcador (16-15). La respuesta de Brasil, sobre todo por medio de un Hugo Bryan Monte que tiró una y otra vez de su poderoso lanzamiento lejano, acabó por permitirles devolverles los golpes para ponerse tres goles por delante (17-20).
Los ataques quirúrgicos de la canarinha, perfectamente cimentados también por un Mateus Martins capaz de frustrar una y otra vez los intentos de los Hispanos por recortar las distancias, llevaron a su equipo a una distancia cómoda (18-22) que los de Jordi Ribera, dando un paso adelante en defensa y saliendo con velocidad a la contra, se encargaron de borrar con un parcial de 4-0 para vivir un final de partido apretado. Las buenas paradas del meta brasileño y un ataque rival capaz de encontrar el más mínimo hueco para anotar, no obstante, terminaron por despedir el Mundial con una nueva derrota (25-26), por mucho que trataran de resistirse a ese destino prácticamente hasta los últimos segundos y de que Ian Barrufet, al límite, tuviera una opción para marcar que acabó perdiéndose por la línea de fondo y que le costó a su vez un choque con el portero tan duro como exento de consecuencias.
«Eres demasiado bueno», admitió Alexander Zverev dirigiéndose al ya bicampeón en la ceremonia de entrega de premios tras la final del Abierto de Australia. No fue un mero mensaje de cortesía sino el reconocimiento sincero de aquello que ya había sentido, padecido, según avanzaba un duelo en el que tardó poco en darse cuenta de que estaba ante un Jannik Sinner de nuevo inabordable. Le duró poco la convicción inicial al alemán, que no fue capaz de aprovechar el descenso en el porcentaje de primeros servicios de su adversario desde mediado el segundo set hasta el comienzo del tercero. Tampoco le funcionó su juego más directo en ese segundo parcial, asumido que no obtenía provecho de los largos intercambios. Forzó el desempate, su mayor logro en un partido que Sinner dominó con claridad. Fue mejor en todas las facetas del juego.
Entre las muchas virtudes de Sinner se encuentra la inteligencia táctica. Supo situar a Zverev ante su propia realidad, la que le persigue al constatar el flanco débil en su golpe de derecha, sobre el que hizo sangre el de San Cándido, cerebral, calculador, metódico, constante, frente a la visceralidad y el progresivo desorden de su oponente, mermado en su energía y credibilidad a medida que se topaba con la evidencia. Había un lugar claro donde atacarle y empezó a acumular errores. Camino de los 28 años y ya con tres finales del Grand Slam sobre sus hombros, sigue sin culminar el objetivo.
Sinner le devolvió poco a poco a un pasado no muy lejano, el del jugador vacilante con su saque y desestabilizado emocionalmente. Y lo hizo al retrasar la posición en el resto. Es muy complicado encontrar las cosquillas al ahora mismo indiscutible número 1 del mundo y ganador de los dos últimos títulos grandes. Requiere un ejercicio de precisión y persistencia para el que muy pocos están capacitados.
Si alguien puede estar en disposición de hacerlo es Carlos Alcaraz, que no ha llegado al torneo en las mejores condiciones. Los demás jugadores, salvando de manera puntual a Novak Djokovic, cuyo cuerpo pagó el peaje de su encuentro de cuartos ante el español, no están preparados para las exigencias que impone Sinner ni para sacarle de su zona de confort, para poner en duda una autoridad que resulta incontestable en estos momentos.
Ha fallecido 'Praja' Dalipagic, uno de los más prolíficos anotadores europeos de la historia. Dominador del difícil arte de colar la bola por el aro de múltiples formas. Y hacerlo continuamente con una tenacidad y determinación que es lo que realmente dio valor a su fuerza de piernas y envergadura, un alero alto que dominó con Yugoslavia los 70 y, de forma individual, buscando el mejor contrato posible, alargó los 80 encestando y ganando liras italianas. Jugó un puñado de partidos de Copa de Europa con el Real Madrid, su temporada más difícil.
Hace no mucho le preguntaron que si la mayor alegría de su vida deportiva había sido la entrada en el Hall of Fame de Springfield. Dijo que no. Y puso otra cosa por encima de menciones y medallas. «Para mí, lo más importante que logré en mi carrera fue el compañerismo». Refiriéndose a la selección nacional, las semanas recorriendo el mundo y experimentando la vida como era y como nunca podrían haber sabido que podía ser. «Y el tiempo que pasamos juntos es el más hermoso de mi vida».
Admiración por ello a una estrella que tuvo que ser un depredador de puntos para mejor convivencia o supervivencia con gente como Kikanovic y Slavnic (vaya dos pájaros), con el valls en equilibrio de Delibasic, ser recibido por Kresimir Cosic y luego enseñarle lo que era la reprezentacija plavi (la selección) a Drazen Petrovic. Para tanto éxito y tanto ego en aquellos vestuarios me alegra que lo que más disfrutara fuera del camino en compañía. En esta época de solitarias cabezas agachadas reverenciando al teléfono móvil, que nos digan que el sentido de la vida es socializar de verdad, nos debería dar una pista sobre el auténtico sentido de la vida.
Además, se cumplieron cinco años del terrible accidente que mató a Kobe Bryant, a su hija Gianna, al piloto del helicóptero y a otras seis personas que, o eran entrenadores de cantera o compañeras de Gianna o familiares de las mismas. También era domingo aquella tarde española, también era domingo cuando lo de Fernando Martín. Temperamentos especiales en la cancha, personalidades difíciles fuera. Parecía que querían vivir la vida a tope de esencia porque sabían que su tiempo aquí no iba a ser mucho. Jugadores inolvidables, iconos generacionales. Imperfectos, con sus sombras.
Cuando se retiró, Kobe decidió dedicar esfuerzos y tiempo a estar cerca de su hija y su equipo de baloncesto. Entrenándolas, patrocinando, apoyando de verdad. No se quedó en la grada para criticar árbitros, a los técnicos o para usar un mando de la Play Station imaginario para que su hija jugara como él quería que jugara. Gloria por eso para él. Tomen nota.
"¡A construir, a construir!", reclamaba Pol Pla a sus compañeros en el descanso de los cuartos de final de la Serie Mundial de Rugby Seven que se ha disputado este fin de semana en Australia. España ya batía por 17-0 a Uruguay y en la segunda mitad amplió el marcador hasta el 38-0 definitivo. Se colaba con autoridad en semifinales y certificaba lo que viene construyendo desde hace años: su conversión en uno de los conjuntos más peligrosos de las Series Mundiales, la competición más exigente de la modalidad olímpica.
La temporada pasada la selección masculina de rugby a siete no logró la permanencia entre la élite internacional hasta el último torneo, el que se disputó en Madrid. Al comienzo de esta, desde el entorno del equipo se marcaba como objetivo consolidarse entre los ocho primeros del mundo y, de ese modo, sortear las traicioneras eliminatorias de promoción.
A día de hoy, ese desafío parece quedarse corto. El conjunto que dirige Paco Hernández dio la campanada con la plata en el torneo de Dubai, fue cuarto en Ciudad del Cabo y ha sido tercero este fin de semana en Perth. Ahora mismo, es la única selección que se ha colado en las semifinales de los tres torneos y lidera la clasificación general con 48 puntos, los mismos que Fiyi y Argentina. El rugby español, donde nunca había estado.
El salto adelante del equipo se cimenta en un ataque que sabe conservar muy bien el oval y lo mueve sin descanso hasta romper la línea y secundar al portador con nuevos apoyos. En paralelo, la defensa acosa y acorrala al rival.
En Australia la selección masculina se impuso a Gran Bretaña (12-7) y a Irlanda (21-5) y cayó ante Francia en la fase de grupos (7-21). En cuartos, España ha vencido a Uruguay (38-0), en semifinales ha sido superada por claridad por Argentina (5-40) -inapelable campeona del torneo- y se rehecho para ganar el bronce (14-7), sufriendo hasta la última jugada, a Sudáfrica.
En la base de esta construcción se sitúa la concentración permanente del plantel, que tiene su base habitual en Rincón de la Victoria, Málaga. Allí ha aumentado las horas de preparación conjunta, tanto técnica como táctica, y ha dado otra vuelta de tuerca a la preparación física. Los españoles plantan cara en el cuerpo a cuerpo al resto de los equipos. Imponen su intensidad. Este mismo fin de semana, en cuartos de final, hicieron un ensayo decisivo a Uruguay cuando el tiempo añadido ya marcaba cuatro minutos por encima de los siete del primer tiempo.
Alejandro Laforga, en el partido por el bronce contra SudáfricaRichard WainwrightEfe
A las Series Mundiales les quedan otras tres citas en Vancouver, Hong Kong y Singapur. En la séptima y última serie, que se jugará en Los Ángeles, los ocho primeros clasificados hasta entonces lucharán por el título absoluto de la temporada y los cuatro últimos, por la permanencia.
A este último escenario se ve abocada, por el contrario, la selección femenina, duodécima y última de la clasificación general, con sólo 5 puntos, 17 por debajo de la salvación. En Perth, las jugadoras de María Ribera han sido undécimas tras ganar a Irlanda (24-12) el último encuentro. Antes habían caído ante Francia (5-33), Australia (0-43) y China (0-14) en la fase de grupos; y contra Gran Bretaña (5-21) en las eliminatorias. En total, una última plaza y dos penúltimas en tres torneos.
Las Leonas de seven tienen jugadoras que desbordan en ataque y colectivamente han avanzado en la retención del balón, pero les falta contundencia en el choque y en el placaje. Pueden trabajar, y trabajar bien, minutos para anotar y luego conceder un ensayo en la primera carrera del rival.
El grupo, con sede en Madrid, continúa incorporando jugadoras jóvenes para darles experiencia en la alta competición. Al igual que los chicos, la selección femenina se salvó la pasada temporada en la eliminatoria de promoción. En la presente, le está costando mucho despegar. Recuperar buenas sensaciones y empezar a ganar a sus rivales directos parecen ahora mismo los primeros pasos para reconstruirse.