Iván Romeo era, de un modo u otro, el hombre de la etapa, una contrarreloj al uso: más larga que un prólogo y más corta (17,4 kms.) que las de los viejos y añorados tiempos. Más bien llana, aunque con un repecho de casi dos kilómetros al 9,4% y con una rampa sostenida de unos 200 metros al 13%.
Al mozallón vallisoletano de Movistar, campeón mundial Sub-23 de la modalidad, le era favorable una etapa semejante para tratar de ganarla y/o mantener el liderato. El hombre del día, sí, tenía un par de cosas que ganar, la etapa y mantener el liderato, y un par de cosas que perder, las mismas, la etapa y el amarillo. Podía haber un término medio.
No lo hubo. Romeo perdió la etapa y el jersey. Ganar una contrarreloj con Evenepoel en escena remite al ciclismo-ficción. Pero, bueno, siempre puede ocurrir si Remco tiene un mal día, o una avería, o una caída. No ocurrió nada de eso, e Iván ni ganó la etapa ni mantuvo el liderato. No estuvo ni mal ni bien. O sea, quedó regular. Acabó en la etapa (22:16), lejos de Evenepoel (20:50) y de Vingegaard (21:11). Jorgenson hizo tercero; y Pogacar, cuarto. Pero Iván está tercero en la general a nueve segundos de Remco, nuevo líder, con Lipowitz segundo a 4". Vingegaard es quinto a 16"".Y Pogacar, octavo a 38".
La quinta etapa, 183 kms. de media montaña se presenta como el aperitivo de un aperitivo: el aperitivo del viernes, media montaña tirando a alta, y las altísimas alpinas del sábado y el domingo. En ellas se decidirá todo.
"Tengo buen instinto", razona Iván Romeo, con su sonrisa imborrable, su maillot blanco del Movistar empapado, histórico ya en Charantonnay, una pequeña localidad en el Departamento del Isère, camino de los Alpes. Hacia allá viaja este Criterium du Dauphiné de relumbrón, con los mejores ciclistas del mundo anticipando su duelo en unos días en el Tour, y con un español que es una perla de amarillo. El vallisoletano logró una victoria de etapa sensacional.
Extraordinaria por su oda a la valentía, al descaro, al correr sin miedo y sin especulación. Tiene 21 años, pero demostró una sabiduría ciclista que asusta. Cuando supo que la lustrosa fuga en la que viajaba, con compañeros tan prestigiosos como Van der Poel, Harold Tejada o Florian Lipowitz tenía el permiso del pelotón para llegar hasta meta, se lanzó como un poseso. Arriesgó y ganó.
Es la segunda victoria profesional de Romeo, en su segundo año en la elite, enorme planta de 1,93, un rodador impecable. Campeón del mundo sub 23 contra el reloj el pasado año. Ganador ya de una etapa en la Volta a la Comunitat Valenciana en febrero. La logró esta vez con un doble ataque aparentemente suicida. Pero antes tuvo que resistir al muro de Château Jaune. Donde, de nuevo valiente, se fue por delante con Bernard y sufrió las rampas por encima del 10%.
Romeo, con el amarillo de líder.ANNE-CHRISTINE POUJOULATAFP
Se vino abajo pero logró reintegrarse en el grupo. Y volvió a la carga. Su primer amago fue en mal sitio, otro repecho por el que pronto fue atrapado, por el empuje de Lipowitz. Todavía le quedaban fuerzas para uno más, ya en el llano, a falta de cinco kilómretros. El ataque que, ahora sí, hizo dudar al resto y le llevó en solitario a la meta de Charantonnay, con 14 segundos de ventaja sobre Tejada, Barré y Lipowitz, 27 al resto de compañeros de la fuga y 1:07 al pelotón. Ventaja a la que añadir las bonificaciones y que le coloca líder del Dauphiné (el último español fue Alberto Contador, en 2010, en una lista en la que aparecen ilustres como Valverde, Indurain o Luis Ocaña, entre otros), con 1:06 sobre Pogacar (9º) y 1:12 a Vingegaard (12º).
Fue un triunfo magistral y de poderío, rodando por encima de los 45 kilómetros por hora a pesar de los 3.000 de desnivel acumulado del trazado desde Brioude. Una victoria pensada. "Tenía esta etapa en mi mente desde hace meses. Desde la concentración de Sierra Nevada lo estábamos planeando. Ha sido una locura. Estamos con Enric [Mas] aquí a tope, pero el equipo me ha dado la confianza", reconoció Iván, que se acordó de su familia, de sus amigos y de su entrenador, Alexis Gandia. Un liderato que este miércoles defenderá en terreno propicio, una contrarreloj entre Charmes-sur-Rhône y Saint-Péray, 17,4 kilómetros, dos de ellos al 8,5%. El fin de semana llegarán las etapas alpinas.
Regreso apoteósico de un fenómeno insaciable. Tadej Pogacar, tras su periodo de descanso después de su exhibición en las clásicas de primavera, retornó este domingo a la actividad y lo hizo a lo grande, como es propio del campeón del mundo. El esloveno se anotó la primera etapa del Critérium Dauphiné superando en una electrizante llegada a Jonas Vingegaard (segundo), Van der Poel, Remco Evenepoel y Santiago Buitrago.
Pogacar, en una etapa con recorrido quebrado, mostró sus ambiciones en una ronda que sirve de último test para el próximo Tour de Francia (5.27 de julio). Este domingo, el líder del UAE volvía a enfrentarse a Vingegaard después de 11 meses. Los dos favoritos para la Grande Boucle, que han realizado una concentración de altura en Sierra Nevada, han ratificado que sus momentos de forma son espléndidos y prometen sensaciones intensas para esta prueba que finaliza el próximo domingo.
La primera jornada del Critérium Dauphiné se rompió a falta de siete kilómetros para la meta, donde figuraba una cota de 600 metros y en la que Pogacar fue el primero en moverse. El gran ataque del día corrió a cargo de Vingegaard, que saltó a seis kilómetros de meta y su ofensiva fue secundada porPogacar, por Van der Poel, Buitrago y Evenepoel.
El quinteto avanzó ante la sorpresa del pelotón, comandado por Jonathan Milan (el gran favorito de los sprinters) y se presentó en la meta con una ligera ventaja sobre los equipos de los velocistas. Van der Poel arrancó desde lejos en el atípico sprint, pero Pogacar respondió con una aceleración insuperable.
Este el triunfo 97 de Pogacar, extra motivado en la preparación de un Tour de Francia en el que persigue su cuarta victoria.
Reencuentro de la pareja del siglo antes de la cita crucial del año. Tras 11 meses sin coincidir, Tadej Pogacar y Jonas Vingegaard vuelven a cruzar sus respectivos caminos. El fenómeno esloveno reaparece este domingo en el Critérium Dauphiné tras su frenética temporada de clásicas, con triunfos en Lieja-Bastoña-Lieja, Tour de Flandes, Flecha Valona y Strade Bianche, con 15 días de competición y más de 2.750 kilómetros recorridos. El danés retorna tras una temporada con apariciones esporádicas. Hasta el momento sólo ha competido 10 jornadas, con 1.483 kilómetros cubiertos en dos pruebas: Vuelta al Algarve (con general y triunfo en una contrarreloj) y París-Niza (victoria en una crono por equipos y abandono por una caída).
Los mejores fondistas del mundo se retan en la ronda francesa que arranca con una etapa en línea entre Domerat y Montluçon y finaliza el próximo domingo. Es el último examen antes del Tour de Francia (5-27 de julio), en el que Pogacar persigue su cuarto título y Vingegaard, el tercero.
«Acabamos de terminar un buen entrenamiento en altura en Sierra Nevada con el equipo y me siento con ganas. Tengo las piernas bien y la motivación es alta. Hacía años que no iba al Dauphiné y estamos emocionados de volver a competir después de muchas semanas de entrenamiento. Hay muy buen ambiente en el grupo y estamos listos para demostrar lo que podemos hacer», señala Pogacar, que nunca se ha impuesto en la carrera francesa y no coincide con el danés desde finales de julio del pasado año.
Vingegaard, que se anotó la prueba en 2023, asegura que ha planificado su calendario sólo pensando en la Grande Boucle. «Claro que me fijé en el rendimiento de Pogacar en las clásicas de primavera. Fue impresionante, pero yo sólo estoy concentrado en mi gran objetivo del año: el Tour», explica de danés, que tiene previsto acudir a la Vuelta a España.
Esta edición del Criterium Dauphiné se decidirá en las tres últimas jornadas, con descarados perfiles montañosos. El viernes, se ascenderán Domancy y Combloux. Al día siguiente llega la etapa reina, con tres colosos: Madeleine, Croix-de-Fer y Valmeinier 1800. El domingo, la clausura en la cima de Plateau du Mont-Cenis.
Además de la mejor pareja de escaladores, en este Critérium Dauphiné estarán, entre otros, Remco Evenepoel (dice que acude sólo con la intención de ganar fondo), Van der Poel, Jorgenson, Bardet, Lenny Martinez, Guillaume Martin y el joven francés Paul Seixas. La participación española está encabezada por Enric Mas y Carlos Rodríguez.
Simon nació 26 segundos después que su gemelo Adam, el mismo que el viernes comandaba el ya rendido grupo de perseguidores camino de Sestriere, toda la estructura del UAE hecha añicos por un ciclista con el que nadie contaba y que ayer en Roma festejaba enfundando en rosa el triunfo de una vida. Es el éxito de quien siempre prefirió «pasar desapercibido», la segunda grande del 'menor' de los Yates -el Yates bueno se suele bromear, pues le supera en victorias- tras la Vuelta a España de 2018, entonces por delante de otro talento emergente, Enric Mas.
En esta época de prodigios precoces, Simon ha triunfado con varias de las cualidades que marcan su carrera. La regularidad, la resistencia y, finalmente, el ataque. No flaqueó en ninguna de las etapas de montaña de las dos primeras semanas, lució en la contrarreloj bajo la lluvia de Pisa (a nueve segundos de Juan Ayuso), en una de las disciplinas que más ha evolucionado durante su carrera. No le pilló el corte del pelotón camino de Nova Gorica. Y resistió sin alardes pero sin perder demasiado tiempo los tres etapones de los Dolomitas. Y, en el Colle delle Finestre, donde en 2018 había protagonizado un hundimiento histórico, saldó una cuenta pendiente para escribir una de las páginas más vibrantes del ciclismo de los últimos tiempos, desplumando las dudas de Isaac del Toro y de Richard Carapaz.
La carrera de Simon, que incluye 10 victorias de etapa entre las tres grandes, está marcada por las comparaciones con su hermano -al que hace dos años, en la primera etapa del Tour con meta en Bilbao, dejó el honor del triunfo cuando culminaron juntos la escapada-, que sigue siendo su mejor amigo, no hay día sin llamada telefónica entre ellos. Imposibles de distinguir, cuando se convirtieron en profesionales en el equipo australiano Orica-GreenEdge en 2014, les obligaron a usar gafas de sol de diferentes colores. Habían crecido en Bury, influidos por la afición de su padre John, y se habían labrado en el ciclismo en el velódromo de Mánchester. De hecho, su gran sueño de infancia era ser olímpico en pista, ahí fue oro Mundial en 2013 en Minsk. Simon aguantó algo más, creciendo en la Academia Great Britain. Adam puso rumbo a Francia (Troyes) para aventurarse en la carretera.
Era la primera vez que se separaron. Se volvieron a unir en 2014, hasta que en 2021 Adam volvió a separar el camino, rumbo al Ineos. Simon permaneció una década bajo la misma estructura con sus cambios de nombre: Orica-Scott, Mitchelton-Scott, Team BikeExchange, BikeExchange-Jayco y, finalmente, Jayco-AlUla. Allí vivió uno de sus episodios más turbios, cuatro meses sancionado por el uso de un inhalador para el asma en París-Niza. Su propio equipo se responsabilizó del error de no haber avisado previamente a la UCI.
Hasta que el pasado verano protagonizó uno de los fichajes más sonados al unirse al proyecto de un Visma Lease a Bike marcado por los infortunios y las derrotas en los últimos tiempos. Pero el gran objetivo de Simon era (y sigue siendo) ayudar a Jonas Vingegaard en el Tour.
Adam y Simon Yates, durante la última etapa en Roma.LUCA BETTINIAFP
Nadie contaba demasiado con él para el Giro. Pero alejado de enfermedades e infortunios que le lastraron en el pasado, su preparación fue perfecta, entre las montañas de Andorra (donde reside desde 2015) y de Sierra Nevada, su lugar preferido para los trainings camps, donde siempre le acompaña su familia y su perro. «Disfruto analizando los datos, mirando las gráficas y viendo qué funciona y qué no», aseguraba en una entrevista hace un par de años.
Simon, cuyos ojos claros estaban empapados en lágrimas en la meta de Sestriere, el mismo que por la mañana en Verrés dudaba de si iba a ser capaz de pasar al ataque (reconoció que fueron sus compañeros los que le animaron y le dieron la confianza suficiente para intentarlo), confiesa su pasión por los videojuegos - paso muchas horas relajándome con el FIFA, Call Of Duty, Battlefield»- y también disfruta de la carrera a pie, que practica fuera de temporada. Su hermano corrió hace años el maratón de Barcelona, bajando de las tres horas. Él, confiesa, también le gustaría intentarlo algún día.
«No hay nada más grande que esta sensación. Es un momento importante en mi carrera, ya veremos qué pasa a partir de ahora», confesaba ayer el tercer corredor británico de la Corsa Rosa, tras Chris Froome en 2018 y Tao Geoghegan Hart en 2020.
El habitual paseo por Roma para coronar al campeón del Giro de Italia tuvo en esta edición 108, una de las más sorprendentes que recordará la Corsa Rosa, la bendición del nuevo Papa. León XIV recibió al pelotón a las 15.30 horas en el Vaticano, antes del inicio de la última etapa.
"Sepan que son modelos a seguir para los jóvenes de todo el mundo. Les agradezco su labor y espero que, así como han aprendido a cuidar el cuerpo, el espíritu también sea siempre bendecido. Estén siempre atentos a la totalidad del ser humano: cuerpo, mente, corazón y espíritu. Que Dios los bendiga", pronunció el Papa Prevost, que estrechó la mano de Simon Yates, Mads Pedersen, Isaac del Toro y Lorenzo Fortunato, las cuatro maglias del Giro. Y recibió un maillot rosa del presidente de RCS, Urbano Cairo.
La anécdota del encuentro la protagonizó Nairo Quintana que se saltó el protocolo y se acercó al Papa para estrechar su mano. Los corredores pasaron por la Plaza de San Pedro, los Jardines Vaticanos y salieron por la Porta del Perugino para iniciar la etapa final. De ahí, con los festejos típicos del final de cada gran vuelta, afrontaron los 144 kilómetros por Roma, casi siempre controlado el pelotón por el Soudal, el Alpecin y el Visma.
Olav Kooij celebra su triunfo en Roma.LUCA BETTINIAFP
A falta de 70 kilómetros triunfó una fuga de seis hombres (Verre, Paleni, Cerny, Hepburn, Pietrobon y Marcellusi), que mantuvieron un pulso con el pelotón durante muchos kilómetros: su ventaja apenas llegó a los 30 segundos. Josef Cerny fue el que más resistió; fue neutralizado a falta de menos de seis kilómetros, ya en la última vuelta al circuito.
El triunfo de etapa fue para Olav Kooij, su segundo de este Giro. Por delante de Kaden Groves y Moschetti. Lanzado por Van Aert y completando la fiesta del Visma Lease a Bike, que lució un maillot negro y rosa para la ocasión
Roma rindió multitudinario homenaje al Giro, su patria ciclista. La afición italiana es la más entusiasta y leal del mundo, acaso porque fueron italianos y rivales los primeros verdaderos gigantes de la ruta: Costante Girardengo y Alfredo Binda. Los siguientes, también hermanados en la grandeza universal y el antagonismo local, se llamaron Fausto Coppi y Gino Bartali.
Unos y otros hicieron nacer en sus compatriotas un fundacional sentimiento de orgullo que se instaló para siempre en el alma deportiva nacional y alcanza en el interés, en la pasión por la corsa rosa, tan perfecta rima, su máxima expresión. Tanto apasionamiento condujo en no pocas ocasiones a comportamientos no del todo limpios en los despachos y el pelotón.
La entrega de los italianos al Giro es todavía mayor, si cabe, que la de los franceses al Tour. Y, desde luego, que la de los españoles a la Vuelta. Desigual, por añadidura, según las regiones. En el ciclismo, Euskadi es la Italia de España.
El Giro es con diferencia la más endogámica de las tres mayores rondas por etapas. Lo han ganado 69 veces los italianos con 44 corredores distintos. El Tour, 32 veces los franceses con 21. Y la Vuelta, también 32 veces los españoles con 24. Los ciclistas italianos han antepuesto, como una vocación y un deber, el Giro al Tour y a la Vuelta. Muchos, incluso, han sumado más participaciones en el Giro que en el Tour y la Vuelta juntos.
No ocurre lo mismo con franceses y españoles, que no han hecho de su gran ronda nacional el núcleo indiscutible, innegociable de sus trayectorias y apetencias. Sin ir más lejos, por estos nuestros pagos, Bahamontes, Indurain y Contador corrieron más Tours que Vueltas. Delgado empata a 11. Son casos plenamente significativos y ampliables.
Comparado con su propia historia, el ciclismo italiano se halla hoy inmerso en un perceptible bache. Ha resistido regular la globalización. No hay equipos italianos entre los 18 de la máxima categoría, aunque sí corredores de esa nacionalidad en sus filas. No con los mayores galones, empero. Objetivamente, ningún italiano podía aspirar a ganar este Giro, pese a que la tierra propia presta alas y el aire natal es más nutricio. No existe un Vincenzo Nibali, último italiano en vencer en el Tour (2014) y el Giro (2016).
No se le aproximan Caruso (37 años), Ulissi (35), Cattaneo (34), Formolo (32) y Ciccone (30). Ni los menos veteranos Fortunato (29) y Scaroni (27). Fabio Aru, ganador de la Vuelta en 2015, segundo en el Giro ese mismo año y tercero en 2014, pudo formar con Nibali un dúo estelar. Pero fue aceleradamente a menos y se retiró aún joven, a los 31 años. Nibali, el más internacionalista de los italianos, fue, no obstante, fiel al Giro. Participó en 11 ediciones, por nueve del Tour y cinco de la Vuelta.
Italia se ilusiona actualmente con Antonio Tiberi (23 años) y Giulio Pellizzari (21). El tiempo dirá. Entretanto, se apoya en sus dos mayores estrellas: un rodador de lujo, Filippo Ganna, y un sprinter de alta gama, Jonathan Milan. Con ellos los tifosi, optimistas por tradición y convicción, combaten la nostalgia, calman la impaciencia y alimentan la esperanza.
En la penúltima partenza del Giro 2025, en la coqueta Verrès, en el corazón del Valle de Aosta, contrasta la actitud de los dos tipos que un rato después, entre el Colle delle Finestre y Sestriere, van a perder lastimosamente la carrera. La calma casi insultante de Isaac del Toro, el chico con «un par de pelotas» al que Josean Fernández Matxin descubrió hace unos años corriendo en el barro del ciclocross belga, un mexicano, una rareza. Los nervios de depredador de Richard Carapaz, que abandona el último el autobús del Education First, pero se detiene para hacerse una foto con unos aficionados ecuatorianos, que le reclaman como a una estrella de rock. Nadie repara en Simon Yates, como casi nadie lo ha hecho durante las más de tres semanas de esta Corsa Rosa que partió desde Albania. Pero el británico, agazapado, tenía una cita con la historia.
En el mismo lugar en el que hace siete años él mismo perdió el Giro. Esa subida infinita, mitad asfalto, mitad grava. La conoce porque ha aparecido en sus pesadillas, su desfallecimiento en 2018 cuando acudió de rosa y se dejó 40 minutos ante la hazaña de Chris Froome. Por eso no se altera cuando Carapaz dinamita todo casi en la primera rampa, cuando Del Toro le sigue sin inmutarse. Él aguarda, tarda unos metros en atraparlos, pero cuando llega a ellos sabe lo que tiene que hacer. Atacar. Juguetear con sus dudas. Completó los 18 kilómetros de subida en 59:20, superando por 1:25 el récord que estaba en posesión del joven español Pablo Torre.
El británico va a cumplir 33 años y ya pocos contaban con él para las grandes cuando hace unos meses el Visma Lease a Bike, tan de capa caída, le reclutó. El viernes se dejó unos segundos en Champoluc y su candidatura parecía difuminada ante los dos latinos. Por eso sus lágrimas de incredulidad a más de 2.000 metros de altitud. «No tengo palabras. Tenía en mente intentar hacer algo y lo hice. Aunque esta mañana ni siquiera estaba seguro de si quería probar algo, tenía dudas», confiesa, emocionado. Su compañero Wout Van Aert, que le aguardó desde la escapada y le impulsó en el descenso hasta una ventaja que superó los cinco minutos, sonríe cuando entra a meta. Con el orgullo del trabajo en equipo. Una lección táctica del Visma, a la altura de la que protagonizaron hace tres años en el Tour de Francia, camino del Granon, nada menos que ante Tadej Pogacar.
Simon Yates, con la maglia rosa, en Sestriere.LUCA ZENNAROEFE
En la estación de esquí de la Via Lattea también llaman la atención los contrastes. Del Toro, que nunca supo muy bien lo que hacer, que sólo se dedicó a marcar a Carapaz, acelera en la nada para entrar con unos estúpidos metros de ventaja. Es el perdedor, pero él no deja de sonreír, se abraza con otro joven, Pelizzari. «Chapeau para ellos. Han jugado bien sus bazas. Y yo no he tenido nada que hacer. Richard me dejó la responsabilidad. Estoy decepcionado, pero nadie habría imaginado que yo estuviera aquí. Me he demostrado mucho a mí mismo», pronuncia y aclara:«No voy a llorar. No me arrepiento de nada». «Es un ragazzo. Algún día ganará el Giro. Y el Tour», le defiende su compañero Majka, el veterano que no pudo estar junto a su líder, demasiado tarde todo el UAE Team Emirates.
Para el que no hay consuelo es para Carapaz. Él sí es consciente de lo sucedido. Se ha dejado todo por ganar este Giro al que llegó reinventado. Su director, Juanma Gárate, explicaba estos días que el nuevo Richard ya no tiene mentalidad «sudamericana», ahora es «más alemán». Cambió la alimentación, los pequeños detalles. Ya no se pierde en la burocracia de los emails en inglés del equipo a los que no atendía desde sus entrenamientos en Carchi, a 3.000 metros de altitud. El ecuatoriano lo probó casi en la primera rampa del Colle delle Finestre y no dejó de intentarlo. Una y otra vez. No claudicó Del Toro y, claro, le dejó la responsabilidad. Una condena para ambos. «Éramos los más fuertes. Ha ganado el más inteligente», protesta. «Del Toro perdió el Giro. No ha sabido correr bien», critica. Y le apartan de los micrófonos, por miedo a más.
Por tercera vez en los últimos cuatro años (2022 Jai Hindley, 2023 Roglic y 2025 Yates), la maglia rosa es conquistada en el penúltimo día. Son dos perdedores y es un ganador en el Giro más impredecible, el que vio por el camino las desgracias de los favoritos (Primoz Roglic, Juan Ayuso, antes Mikel Landa), el amanecer de la perla Del Toro y el resurgir de Carapaz. Y, sin embargo, en Roma este domingo será coronado el redimido Yates, al que bendecirá el Papa León XIV cuando atraviesen la Ciudad del Vaticano.
Ni en la más osada de las predicciones. Pero siempre la realidad supera con creces la ficción. Más en el ciclismo, en escenarios tan proclives a la gesta como el Colle delle Finestre, colofón brutal a un Giro que será recordado. El Giro de Simon Yates, una victoria tan insospechada que engrandece a los protagonistas. A los derrotados, un fracaso mayúsculo del joven Isaac del Toro, lección de vida, y del veterano Richard Carapaz, desplumados por la valentía del británico y por el movimiento estratégico de su equipo, el Visma Lease a Bike. [Narración y clasificaciones]
En la meta Sestriere, donde la victoria fue para el australiano Chris Harper, héroe desde la escapada del día, el amarillo del Visma de Yates lució para la historia. Con una ventaja enorme, de casi seis minutos, rendidos sus rivales, ahogados en sus dudas, en una frialdad que fue mortal. Porque cuando el británico, que había flaqueado el viernes, que no respondió al primer golpe de Carapaz nada más comenzar Finestre, les atacó desde su remontada al poco, fue directo a una gesta.
Su ventaja, que durante varios kilómetros de ascensión no fue mayor de 30 segundos, se amplió del todo cuando Carapaz, harto y exhausto tras sus ataques a los que siempre respondía Del Toro, paró en seco. Y ahí, el inexperto mexicano, el que tenía el Giro en sus piernas tras 11 días de rosa, no supo qué hacer. Y también se detuvo.
Yates coronó con dos minutos la Cima Coppi de este Giro y al poco encontró la ayuda de Wout Van Aert desde la escapada. Descendieron como balas, pero Del Toro y Caparaz pararon aún más. Se dispararon al pie y la ventaja se fue a los cinco minutos. Antes de comenzar la ascensión final a Sestriere, Simon Yates ya era el ganador.
El zafarrancho de Carapaz había sido brutal, una ofensiva con todo, desde las primeras rampas de Finestre. Primero aceleró su compañero Rafferty, después fue Steinhauser el que lanzó como si fuera un sprinter al ecuatoriano. Se apartó el Chalequito Cepeda y allá fue la Locomotora del Carchi, a destrozarlo todo, a quedarse mano a mano con un Del Toro que reaccionó con una frialdad asombrosa para sus 21 años. Entonces todo era un espejismo para ellos.
Chris Harper celebra su victoria en Sestriere.LUCA BETTINIAFP
Porque quedaban los 18 kilómetros de Finestre, ocho de ellos sin asfalto. Un mundo y una batalla en la que también jugaba la mente. Al poco acudió desde atrás Simon Yates, el tercero en discordia, que vio su oportunidad entre los dos latinos. Allá donde hace siete años se dejó el rosa y un Giro que tenía en sus piernas ante Chris Froome. No dudó ni un instante. Atacó y atacó hasta que se fue en solitario, mientras sus rivales jugaban al póquer.
Porque tras otro par de zarpazos de Carapaz en los que ni se inmutó Del Toro, siempre poco a poco en su remontada, con la calma de los elegidos, el ecuatoriano frenó en seco y puso la duda en su rival. Fue la llegada de Derek Gee por detrás la que avivó el ritmo, aunque Yates tenía todavía la baza de Van Aert por delante.
Y ocurrió lo insólito, Yates creció y creció y logró una ventaja de hasta dos minutos que le vistió virtualmente de rosa ante la cobardía de Del Toro, que sólo vigilaba a Carapaz y aguardaba por detrás la ayuda que no llegaba de alguno de sus compañeros. La bajada fue su condena, unos kilómetros de dudas que recordarán por mucho tiempo.
La penúltima etapa había avanzado a todo gas desde Verrès -donde Juanma Gárate, director de Carapaz, bromeaba con los posibles aliados y hasta con miembros del equipo rival como Igor Arrieta-, todavía en el corazón del Valle de Aosta, hacia las rampas del temible Colle delle Finestre, con dos cotas antes de aperitivo: Corio y Colle de Lys. La fuga, más bien pelotón delantero, constó de 31 integrantes, con Carlos Verona, Pello Bilbao y Jon Barrenetxea como españoles, pero también con Van Aert, quien, una vez más, iba a resultar clave en la victoria de un compañero, para la segunda grande de Simon Yates tras la Vuelta de 2018.
En las 29 curvas de herradura del Colle delle Finestre, en sus ocho kilómetros finales de grava sin asfaltar, allá donde hace siete años Chris Froome dejó para la historia una de las exhibiciones más grandes que recuerda el ciclismo moderno, allá, entre Val di Susa y Val Chisone, en los Alpes Cocios, se resolverá el Giro de Italia que nadie acertó a predecir. Camino de Sestriere, ni Primoz Roglic, ni Juan Ayuso, serán dos latinos los que se desafiarán al sol en una de las subidas más bellas y míticas de Europa, 18 kilómetros en total de sufrimiento y pasión.
Isaac del Toro, tanta frescura que cuando le preguntan dice que aquello de Froome en 2018, ese ataque a 80 kilómetros de meta para arrebatar el rosa precisamente a un Simon Yates que sigue en la pelea (tercero en discordia, a 1:21 del liderato, aunque ayer no dio muestras de fortaleza), fue «mágico, apasionante», aunque entonces él era un niño de 14 que soñaba en el desayuno con las grandes gestas de ciclistas que llegaban de Europa, un país, el suyo, ahora apasionado pero sin tradición.
Y el retador Richard Carapaz, 43 segundos de desventaja (dos más perdidos en Champoluc por la bonificación), que se sabe ante una de las últimas opciones de su vida de sumar otra grande (a unir al Giro de 2019), pues estos jóvenes ambiciosos no dejan ni las migajas. Y desafía en la llegada del Valle de Aosta, donde no pudo soltar al Torito, pese a su ofensiva con todo en la quinta ascensión del día, Antagnod: «Mañana (por hoy) será un día diferente. Será algo más largo, más serio. Todos sabemos la dureza que tiene. Todavía queda mucho».
Cima Coppi
No fue un viernes de valientes, pero será un sábado sí o sí para ganar o perder, más de 200 kilómetros desde Verrès, con dos puertos de previa antes de la Cima Coppi (el puerto más alto por el que transitan los ciclistas durante cada edición de la Corsa Rosa), el Finestre que subirá el Giro por quinta vez en su historia, y la meta en Sestriere, a más de 2.000 metros de altitud.
Del Toro salvó el penúltimo día de montaña -la victoria fue para Nicolas Prodhomme, quien resistió desde la numerosa y permitida escapada del día- con una solidez que ya está empezando a dejar de sorprender. Se siente pleno, como si la presión no le afectara, 11 días ya con la maglia rosa. Como si calaran en él los mensajes que le manda desde la distancia su amigo y mentor Tadej Pogacar. Le preguntan si, de sentirse con fuerza, será capaz incluso de atacar en Finestre para coronar su hazaña con una victoria. Y el chico, con un gorro de lana del UAE Team Emirates para resguardarse de un frío que no hace en Champoluc, se queda callado 20 segundos, mira a un lado y a otro, esboza una media sonrisa que desata las carcajadas de los enviados especiales y no pronuncia palabra. «No me asustaré por lo que venga este sábado. Es genial estar en esta posición», celebra después el niño de rosa, que no deja de agradecer a su equipo y bromea con los periodistas: «Tengo las mismas opciones que tenía cuando empecé el Giro. ¿Tú me veías en rosa o no? [niega] Veremos mañana».
Entre México y Ecuador, entre el joven Del Toro y el veterano Carapaz, entre dos latinos que no entraban en ninguna de las quinielas. El Giro en Roma hablará castellano aunque haya estado maldito para los españoles. Pero antes hay que sobrevivir a Le Finestre.