Quien pagó al clan de los Negreira tira una de las primeras piedras. Quien incrimina antes del error con vídeos selectivos la lanza desde el otro extremo. No es lo mismo, por supuesto, porque lo primero puede ser un delito penal y lo segundo, un peca
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ORFEO SUÁREZ
@OrfeoSuarez
Madrid
Actualizado Viernes,
15
diciembre
2023
-
01:50Ver 27 comentariosEl secretario de Estado hablaba el martes con ilusión sobre el...
«Yo, bombo... Yo, bombo...» Era lo único que Manolo acertaba a decirle a una joven policía sudafricana, que lo miraba con incredulidad y nos miraba al resto en busca de respuestas. Lo único que encontraba eran risas. Manolo no estaba dispuesto a dejar el bombo para entrar en el estadio Ellis Park, donde España debía enfrentarse a Honduras, como le exigía la responsable de seguridad. Los nervios le impedían enlazar las cuatro palabras de su rudimentario inglés. Alguien le dijo a la policía que Manolo era «nuestro Nelson Mandela», a lo que el aludido contestó: «¿Que soy el qué?». La agente se contagió de las risas y, con alguna explicación más, accedió a dejarle pasar. «Yo, bombo... Yo, bombo...», repetía mientras se adentraba en las tripas del estadio. Esas dos palabras sintetizaban, en realidad, su vida, la de un personaje que llevaba la alegría a las gradas, aunque su vida se desmoronara como la de un juguete roto.
España ganó a Honduras (2-0) en el Ellis Park de Johannesburgo y comenzó el camino hacia el título después de caer contra Suiza. La recuperación de la selección de Vicente del Bosque fue, en cambio, en paralelo a la recaída de Manolo, aquejado de una fuerte ciática. Alojado con los periodistas, pedía continuamente ibuprofeno hasta que ya no pudo más y, entre lágrimas, dijo: «Me tengo que ir a casa». El debut de España había desatado críticas y dudas, por lo que Manolo regresó apenado, pero sin la sensación de perderse algo histórico. España ganó a Portugal, en octavos, y a Paraguay, en cuartos, para alcanzar las semifinales. La selección había encontrado el juego, pero le faltaba el bombo.
"El bombo o yo"
El siguiente problema era un problema que perseguía a Manolo: el dinero. Una separación con cuatro hijos que estuvieron tiempo sin hablarle, una segunda relación de la que salió más endeudado y negocios ruinosos relacionados con la hostelería, las copas y hasta el alterne, con un local en la carretera de Sariñena, lo habían dejado seco. Su primera mujer, una «belleza», según repetía, le dijo: «El bombo o yo». Al volver, se encontró el piso vacío. Apenas conservaba su bar-museo, junto a Mestalla, que también acabó por cerrar.
Si estaba en Sudáfrica, como en todos los Mundiales anteriores desde España'82, había sido por las ayudas de la Federación en los tiempos en los que viajar con la selección era una frustración constante. En los chárter con los jugadores y los periodistas apenas lo hacían Manolo y Revilla, un prestamista con americana de prestamista, siempre la misma.
Había que ayudar a Manolo a volver a Sudáfrica, insistir a la Federación y a los patrocinadores. Para eso, Ángel Villar era fácil, un sentimental. Lo hizo en uno de los chárters que desplazaban a familiares. Cuando se subió al autocar para ir al estadio de Durban, escenario de la semifinal ante Alemania, a Manolo se le habían quitado todos los dolores. Vio marcar a Puyol en directo, como a Iniesta en la final. «Ya me puedo morir», dijo entonces. Le quedaban partidos y le quedaba tiempo, pero un tiempo que le deparó decepciones y le llevó a rayar la depresión.
Bocadillos para los niños
La Federación cambió, con la llegada de Luis Rubiales, y el cariño, también. Acudió todavía al Mundial de Rusia, que estaba comprometido, pero ya nadie le llamó para ir a Qatar. Manolo sintió que no era correspondido. Había dejado su vida por la selección, pero el fútbol no le respondía, todo lo contrario que los aficionados. Era reclamado para autógrafos y fotografías más que cualquier jugador. En el primer viaje de la selección a Albania tras la caída del régimen comunista, la tripulación sólo estaba interesada en fotografiarse con dos personas, Manolo y José María García. En Tirana, pidió a todos los bocadillos de la prensa para repartirlos entre los niños harapientos.
Manolo, en un partido de España.Kai FörsterlingEFE
Había nacido en La Mancha, hijo de un albañil, pero creció en Huesca, vivió en Zaragoza y, finalmente, en Valencia, donde puso el bar-museo al que había que ir a por el bocadillo antes del partido. Acudió a un encuentro entre Zaragoza y Valencia, «los dos equipos de mi vida», recién operado de menisco, y la Cruz Roja le dio una vuelta al ruedo en La Romareda.
La gran aparición de Manolo se produjo en el Mundial de España, en 1982, en el que se desplazaba de una ciudad a otra en auto-stop. Fingió vomitar para bajarse, después de que un conductor alemán se le insinuara, e hizo otro de los tramos en un coche fúnebre, con el bombo apoyado sobre el ataúd. Ponía nombres a los tambores, como si tuvieran vida, como si fueran los hijos de los que se había alejado. Al primero le llamó Clarete, hecho en Calanda. Después llegó Pingüino y, finalmente, 'Escachuflau', por los desperfectos tras un accidente.
Nunca se separaba de su instrumento y se enfadaba si le obligaban a facturarlo en los aviones. Al llegar a Zenica, en Bosnia, para jugar un partido en la era de Luis Aragonés, alguien apareció a la carrera y se llevó el bombo. El conductor del autobús lo atrapó. No era la primera vez. Dada la suciedad de las habitaciones, durmió en la recepción, abrazado al bombo como se abraza a una pareja.
«¿Voy a llamar a Movistar para ponerlo en el bombo?», dijo en una última comida. Habían pasado ya los tiempos de los bolos con las selecciones de Costa Rica o Venezuela. «Tendré que venderlo», se resignó después. Ese día había muerto en vida.
Alejandro Blanco ha sido reelegido para afrontar su sexto mandato al frente del Comité Olímpico Español (COE), después de recibir el apoyo en forma de avales de 35 de las 36 federaciones olímpicas y 23 no olímpicas. En la votación finalmente realizada en la sede del organismo, de 165 votos a favor, ha obtenido 157, con ocho abstenciones. Es decir, ningún "no". Como en anteriores elecciones, salvo las primeras, en las que derrotó a Mercedes Coghen, en septiembre de 2005, no ha tenido opositor, al no presentarse otras candidaturas, hecho que habla de Blanco como uno de los dirigentes del deporte con mayor consenso.
A los 74 años, afronta, esta vez sí, su último mandato, que debe concluir después de los Juegos de Los Ángeles'28, aunque las elecciones en las que tomará el cargo su sucesor serán en el primer semestre de 2029.
"Gracias a todos por confiar en mí una vez más. Es un honor y una responsabilidad seguir liderando la casa del deporte y de los deportistas. Vamos a continuar trabajando con la misma ilusión, esfuerzo y dedicación para que nuestros deportistas y nuestras federaciones cuenten con todo el apoyo necesario para seguir dejando el nombre de España en lo más alto del panorama internacional", manifestó Blanco tras la votación.
Entre sus objetivos para este nuevo ciclo, al margen del desarrollo y apoyo a los deportistas españoles, está el de proponer un modelo nuevo para el deporte español, algo que deberá consensuar con el Consejo Superior de Deportes (CSD), y la puesta en marcha de la Universidad del Deporte, en Madrid, en colaboración con la UCAM, convertida desde hace años en uno de los grandes patrocinadores del deporte olímpico, de la mano del fallecido José Luis Mendoza.
Blanco anunció tras su cuarto mandato que dejaría paso a un relevo, pero reconsideró su posición por la puesta en marcha de la candidatura Barcelona-Pirineos a los Juegos de invierno. Malograda en los caladeros políticos, la puesta en marcha de otros intentos, entre los que se encuentra el viejo anhelo de Madrid, deberá esperar a tiempos nuevos, ya sin el dirigente gallego al frente del COE. El objetivo de superar las 22 medallas de Barcelona'92, que Blanco creía posible en París, deberá esperar a Los Ángeles'28, pero puede formar parte de su legado final.