El golfista español se hizo con la victoria final en el Abierto de Kenia, disputado en el Muthaiga GC de Nairobi, después de defender el liderato que había alcanzado a la conclusión de la tercera jornada.
Jorge Campillo, con el trofeo de ganador en Kenia.DP World Tour
Jorge Campillo ha logrado la primera victoria del golf español de la temporada en el DP World Tour al imponerse en el Open de Kenia. Coincidiendo con el The Players Championship, podría parecer un torneo menor, pero un simple detalle cambia la percepción del triunfo: cuando Capillo recibió el trofeo se apresuró a leer en la placa de los antiguos campeones.
El gran Seve Ballesteros competía por primera vez en su carrera en Kenia hace 45 años. La presencia del rutilante nuevo ídolo, que había ganado ya cuatro títulos en el Circuito Europeo, levantó mucha expectación en el continente africano. El Kenia Open entonces pertenecía al Safari Tour, una pequeña gira satélite organizada por el propio European Tour, quienes persuadieron a Seve para que tomará parte en el evento e hiciera despegar este Circuito africano.
Y su presencia no defraudó. Ballesteros logró la victoria con un golpe de ventaja sobre el escocés Gallacher. El español se machó de Kenia con el deber cumplido y un cheque de 4.800 libras.
“Es importante poner mi nombre junto a estos otros, estoy muy orgulloso, para un español poner su nombre en el mismo trofeo de Seve Ballesteros es muy especial”, comentaba Jorge Campillo. También ganaron aquí José María Cañizares en 1984 y Jordi García Pinto cuando el torneo perteneció al Challenge Tour en 2013
Tres años y tres días después, Jorge Campillo ha logrado su tercera victoria en el Circuito Europeo, tras un espectacular fin de semana que completó con vueltas de 63 y 66 golpes, imponiéndose con dos de ventaja sobre el japonés Masahiro Kawamura.
La semana en Kenia además ha sido extraordinaria para el golf español y Santi Tarrio (-15) ha acabado en la tercera posición con una gran vuelta final de 66 golpes, en su mejor resultado de la temporada y de su carrera en el Circuito Europeo. Borja Virto (-14) finalizó quinto con una ronda final de 66 golpes. También fue un buen torneo para Rafa Cabrera Bello (-10) y Alejandro Cañizares (-9), ambos entre los 25 mejores del evento
Holanda tardó mucho en desarrollar su fútbol. Hasta Alemania-1974 no había participado más que en dos Mundiales, Italia-1934 y Francia-1938, y en ambos cayó al primer partido. Desde la guerra hasta los setenta sólo tuvo un jugador destacable, Faas Wilkes, un interior zurdo superclase, largo y delgado, profesional en varios equipos de Italia, y también aquí, en el Valencia y en el Levante. La selección oranje renunció a él a raíz de salir del país como profesional, así eran las cosas entonces. Todavía en la segunda mitad de los sesenta, un equipo holandés era en la Copa de Europa una especie de cheque al portador. El Madrid se cruzó con el Feyenoord en la 1965-1966 y Puskas, ya con 39 años, gordo hasta para bodeguero, le marcó sus últimos cuatro goles europeos.
Y de repente, el boom. En 1970 ganó la Copa de Europa el propio Feyenoord; los tres años siguientes lo haría el Ajax, con un joven Cruyff a la cabeza. Pero si el equipo de Rotterdam alcanzó el título desde un estilo clásico, lo del Ajax fue una revolución: el fútbol total, con jugadores intercambiando posiciones y apareciendo por cualquier lado. Delgados (hasta entonces se valoraba al jugador macizo, por las cargas), melenudos, desenfadados en el vestir, se les vio como una prolongación en el fútbol de la revolución beatle, cuyo adelantado fue el irlandés George Best en el Manchester United. Fue un fútbol rupturista en el fondo y en las formas. Aquel Ajax, y su traslación vestido de naranja a la selección holandesa, representó fielmente el espíritu de su tiempo, el zeitgeist de Hegel: exaltación de la juventud, ansia de derrocamiento del viejo mundo, espíritu de alegre insurrección…
Para saber más
Eso incluía abanderar la libertad sexual. Rinus Michels, a la sazón entrenador del Barça (que fichó a Cruyff para la 1973-74), lo había sido antes del Ajax. Le hicieron seleccionador sin que tuviera que dejar el club catalán. Holanda se había clasificado un poco por los pelos para el Mundial porque su predecesor, el checoslovaco František Fadrhonc, no daba con la mezcla entre el Ajax y el Feyenoord. Michels lo conseguiría, y además iba a incorporar una novedad llamativa: permitió que durante la larga concentración previa al campeonato las esposas y novias de los jugadores hicieran un par de convivencias con ellos, en días de asueto con noche de hotel incluida. Aquello violaba un tabú ancestral, pues regía la convicción de que la práctica del sexo debilitaba. Los entrenadores lo proscribían para la segunda mitad de la semana, los boxeadores se abstenían desde tres semanas antes de un combate, muchos ciclistas lo evitaban durante toda la temporada de verano. Conocí a un boxeador que sufría infaliblemente una polución la noche antes de cada combate y decidió acostarse con la parte delantera de los calzoncillos rellena de alcanfor, como remedio casero.
Y ahora los jugadores de Holanda iban a la Copa del Mundo con las mujeres o novias. Lo de las novias añadía escándalo en la España de entonces, aún franquista, con su nacionalcatolicismo a cuestas. Aquí el sexo antes del matrimonio era pecado según la Iglesia y milagro según la población joven masculina.
La fiesta
Michels eligió como sede del equipo la ciudad de Hiltrup, a 70 kilómetros de la frontera de Holanda y cerca de los campos de su grupo. Se alojaron en el Waldhotel Krautkrämer, en un paraje tranquilo, con bosque y lago. Un remanso de paz.
Holanda pasó la primera fase con buena nota e iba a deslumbrar en el primer partido de la segunda con un estrepitoso 4-0 sobre Argentina. Una exhibición plena, el mejor partido del campeonato, ante una de las candidatas al título. De aquel equipo varios jugadores pasaron con éxito por España: Carnevali, Heredia, Wolff, Ayala y un jovencísimo Kempes. Wolff seguía asustado al cabo de los años: «Defendían con 11 y atacaban con siete. Intercambiaban posiciones, no sabías por dónde iban a aparecer». Después vino el 2-0 ante la RDA, la Alemania Oriental. La RDA había ganado en la primera fase a su vecina, la RFA, campeona de la Eurocopa de 1972, con base en el Bayern de Beckenbauer, Breitner, Hoeness o Müller.
La selección naranja estaba eufórica. Se veían imbatibles. Era domingo, hubiera tocado encuentro con las parejas, pero Michels no lo programó esta vez. Había detectado que el contacto entre ellas extendía rumores y envidias, y la final estaba encima. A cambio autorizó una fiesta con recital del grupo holandés The Cats y, tras la cena, no se respetó el toque de queda de las 11 de la noche. Sólo Michels se fue pronto a la cama. El sábado había tenido que dirigir al Barça en la final de Copa (sin Cruyff, los extranjeros no jugaban entonces esa competición), madrugó para estar en el Holanda-RDA y estaba agotado. Y como cuando el gato no está los ratones bailan, alguien corrió la voz de que en la piscina cubierta del hotel había tres chicas desnudas, coladas como groupies de The Cats, y allí acudieron poco a poco casi todos.
Cruyff estaba hablando con una pelirroja cuando vio a alguien haciendo fotos, saltó y se la emprendió a golpes hasta descubrir que era el hijo del propietario, no un periodista. No supo, ni él ni nadie, que entre los testigos sí había un periodista, de nombre Guido Frick, redactor del Stuttgarter Nachrichten. Se había camuflado en el hotel como representante de spätzle, un tipo de pasta, con idea de hacer un reportaje al final del campeonato; de repente se encontró con aquello y decidió sacrificar el resto de su estancia a cambio de publicar en su periódico una información titulada: «La Superestrella Cruyff te invita a un baño nudista», que salió el martes 2. Aquello no trascendió, los jugadores ni se enteraron y jugaron despreocupados el miércoles 3 contra Brasil, y ganaron 2-0. Eran jóvenes, habían descansado la juerga, hicieron un buen entrenamiento el martes y estaban ya en la final.
Pero se había cerrado una tormenta sobre sus cabezas.
El escándalo
El mismo día del partido contra Brasil, replicó la historia el Bild-Zeitung, que pagó 4.000 marcos al Stuttgarter Nachrichten por nuevos detalles, y añadió otros de cosecha propia, conformando un reportaje de cinco páginas con firma de Klaus Schütz, que fabuló haberse infiltrado como falso camarero. Tituló: «Cruyff, champán, chicas desnudas y un baño refrescante». El Bild no era un pequeño periódico de provincias, sino un monstruo con siete ediciones en Alemania y cuatro millones de compradores, líder absoluto de la prensa sensacionalista internacional. El relato saltó fronteras, ocupó telediarios y desató la ira de esposas y novias. La calma de Hiltrup se convirtió en un terremoto.
Para proteger el descanso, las habitaciones se habían dejado sin teléfono; sólo había una cabina en el hall que, al regreso de los jugadores de su partido para ver el Alemania-Suecia, que cerraba el otro grupo, ya estaba colapsada. Fueron terribles ese día y los siguientes, con acusaciones al director del hotel, continuos llamamientos a la cabina y disputas por la lista de espera. Cruyff tuvo preferencia, no sólo porque era el divo, sino también el más señalado en el reportaje. «Cruyff sudó más en esa cabina que en cualquier entrenamiento», escribiría años después Auke Kok, en su libro 1974, cuando fuimos los mejores.
Danny Cruyff se sintió particularmente humillada. Su marido encabezó el titular y fue señalado como cabecilla de la fiesta. Al fin y al cabo, en aquella selección todos obedecían su voz. Él había sido la causa de que no fuera seleccionado el mejor meta del país, Van Beveren, del Eindhoven, con el que tenía mala relación. Y llegó a enfrentarse a la Federación a causa del patrocinio. Holanda vestía Adidas, pero él estaba patrocinado por Puma. Jugó la clasificación con la banda gruesa de esta marca en las mangas, en lugar de las tres de Adidas. Y en el Mundial, tras una durísima negociación, aceptó ponerse la camiseta de Adidas, pero le quitó una de las tres rayas. Era el primero para el elogio en las buenas y el primero para las críticas en las malas. Y en aquel momento estaba en las peores.
En el otro grupo pasó Alemania y la final se jugó el domingo 7, sólo cuatro días después de la publicación, con el ambiente del grupo radicalmente alterado. Michels estuvo durísimo en la comparecencia previa ante la prensa alemana, que añadió a ese fuego toda la leña posible: «Se han atravesado líneas rojas inimaginables», bramaba. Latían, además, los rescoldos de la guerra, sólo 30 años atrás, cuando Alemania ocupó Holanda e hizo allí desastres, sobre todo a partir del desembarco de Normandía. Llegó a provocar una hambruna terrible, en la que varios jugadores habían perdido familiares.
La final
Alemania ganó aquella final, y eso que Holanda empezó de maravilla. Sacó de centro, jugó el balón, lo entretuvo con 15 pases de distracción hasta que arrancó Cruyff, perseguido por Vogts, y al llegar al área le entró imprudentemente Hoeness, volteándolo. El penalti lo lanzó Neeskens a su manera, con un disparo homicida por el centro. Recuerdo que vi aquel partido en Goyán, Galicia, a la orilla del Miño, recién licenciado de la mili, con un compañero de quinta que era del pueblo, y su hermano sentenció: «Gol del Barça, ganamos uno cero».
Y tenía razón, pues Cruyff provocó el penalti y Neeskens, que lo transformó, estaba ya fichado por el club catalán para la temporada inminente. El primer jugador alemán que tocó el balón fue el meta Maier, para sacarlo con la mano del fondo de la portería. Pero el resto del partido sería otra cosa. Vogts apretó a Cruyff por todo el campo, el equipo no se movió como venía haciéndolo, no fluyó el juego, se había perdido la sincronización de movimientos. Las mentes estaban espesas. El juego alemán, hecho de eficacia, se impuso y ganó 2-1.
Cruyff no estuvo en Argentina-1978. La razón la desvelaron los gemelos Van der Kerkhof en su autobiografía: desde aquella cabina de tortura le había jurado a Danny, para salvar el matrimonio, que nunca más iría a una concentración larga. Sin él, Holanda llegó a la final y hasta rozó el título con un tiro al palo de Rensenbrink en el descuento, pero cayó en la prórroga. Otra final perdida.
La Naranja Mecánica pasó a la historia como un campeón sin corona. Un equipo legendario, al que una noche de descompresión disoluta aireada por el tremendista Bild se le cruzó en el peor momento.
Una vez osé preguntarle a Cruyff por esto. No le hizo gracia y fue breve: «Alguien contó algo a alguien y a partir de ahí se fabricó una historia».
Y ahí, sobre el césped que tantas veces ha visto ganar al Real Madrid y que hasta ahora sólo conocía un esférico, dos porterías y 22 jugadores, la NFL plantó una bandera gigante de los Estados Unidos al lado de otra igual de grande de España. Una declaración de intenciones. El gran show de la patria estadounidense es así: inmenso, colosal y mastodóntico, capaz de transformar el Bernabéu a su antojo para convertir Chamartín en otra ciudad americana más durante cuatro horas y celebrar de esa manera el histórico primer partido de la NFL en nuestro país.
Sonó el himno estadounidense, cantado a viva voz por Karina Pasian, y sonó el de España, tocado por el Grupo de Infantería de Marina de Madrid. Todo después de un emotivo homenaje a la Unidad Militar de Emergencia (UME) por su labor durante la pandemia y en las inundaciones de Valencia, cortesía de una NFL que antes de cada encuentro de su liga pone el foco en una persona o colectivo a la que brindar el show. «La UME ha estado siempre valiente y solidaria», se repitió por megafonía en inglés y en castellano ante una grada que ovacionó a la unidad durante un largo minuto.
El público abarrotó el estadio y llenó los alrededores del Bernabéu, donde hubo de todo. Una parte de fiesta, con varias bandas tocando en diferentes momentos y las cheerleaders de los Dolphins haciendo algunos shows a la puerta del estadio, pero también colas kilométricas para acceder al campo. La seguridad del partido, a cargo de la NFL, decidió instalar un cordón de vallas que rodeó el estadio y retrasó la entrada de los aficionados, que se desesperaron. «Aquí entran 80.000 personas cada semana y nunca pasa nada así», se quejaba Manuel, socio del Madrid. Las extremas medidas de seguridad de la liga estadounidense agobiaron a la mayoría, que entró con el tiempo justo a su grada. «Llegué a mi asiento a las 15:28 y estuve más de una hora en la cola», admitía un aficionado. Como él, muchos a los que se les pasó la molestia con la diversión de la tarde.
Comida y bebida agotadas
Quizás por esa preocupación, o por simples ganas, la comida y la cerveza se terminaron agotando en varios de los puestos interiores del Bernabéu. «No estaban preparados para el gran consumo que hacemos los estadounidenses», explicaba Jack. Y es que el público fue una mezcla de todo. Había fans de Washington y Miami que volaron desde sus ciudades para la ocasión, estadounidenses que viven en Madrid y que aprovecharon la oportunidad, españoles que querían conocer la experiencia, turistas.... «Parece una ciudad estadounidense», decía Diego, joven aficionado.
OSCAR DEL POZOAFP
La cámara del estadio emitida por el videomarcador fue el segundo gran show del día. Unos madres elevaron a su bebé como El Rey León mientras la grada jaleaba, hubo besos, parecidos razonables, juegos a través de la pantalla... Los clásicos. Sonaron Sweet Caroline, de Neil Diamond, y Take Me Home, Country Roads de John Denver, dos canciones icónicas de la cultura estadounidense que suenan en todos y cada uno de los partidos de la NFL, dentro y fuera de sus fronteras. Y el Bernabéu no iba a ser menos.
En los días previos la NFL había repetido que querían que el Bernabéu viviera «una mini Super Bowl», ¿y qué hay en una Super Bowl que engancha a todo el mundo?: un show al descanso. En esta ocasión le dieron la oportunidad a Daddy Yankee y a Bizarrap, que tocaron durante unos breves minutos la última canción que han sacado. No hubo silencio entre el deporte y la música porque no hay pausa en la NFL. El show siempre debe continuar.
La prensa, en el vestuario
El evento fue tan norteamericano que los periodistas pudieron entrar en los vestuarios de los equipos, algo impensable en la normalidad del Bernabéu y de las competiciones de fútbol. Las cámaras y los micrófonos entraron en la zona privada de los Dolphins mientras los jugadores se cambian. «Perdonad», se disculpaba el periodista. «No te preocupes. Tú tienes tu trabajo y yo tengo el mío», contestaba amable Minkah Fitzpatrick, una de las estrellas de los Dolphins, saliendo en toalla de la ducha. Lo que es normal en Estados Unidos suena a broma en el Bernabéu.
En su taquilla y mientras se cambiaba, Jack Jones explicaba la jugada clave del partido, su pase interceptado a Marcus Mariota que dejó a los Dolphins cerca de la victoria, y la celebración que hizo tras ella. «Tío, hacer el 'siu' de Cristiano Ronaldo en el Bernabéu ha sido increíble. Conozco la celebración por un amigo español y soy fan de Ronaldo por los videojuegos», admitía. «Le he dicho a mis compañeros que mi celebración ha sido mejor que la intercepción», bromeaba.
Florentino Pérez y Roger Goodell, comisionado de la NFL.JUANJO MARTINEFE
En el palco, Florentino Pérez se sentó al lado de Roger Goodell, comisionado de la NFL. En algún momento de las cuatro horas, el capo de la liga norteamericana le habrá repetido al presidente del Madrid lo que dejó claro a los periodistas unos minutos antes del encuentro, ya en el césped del estadio: «Queremos volver. A Madrid o a España. Volveremos. Es un gran mercado para nosotros», explicó. A unos metros, Zidane, Rüdiger o Griezmann cumplían como invitados estrella.
La NFL y su «mini Super Bowl» llegaron por fin al Bernabéu y ya ha quedado claro que tendremos más.