García Márquez escribió que la música de Pérez Prado era como un «golpe de Estado contra la soberanía de los ritmos conocidos». El músico cubano afincado en México era ya calificado como el Rey del Mambo, el mayor divulgador de una suerte de sincretismo musical, porque el mambo es, al igual que la santería, una manifestación de la herencia africana en el Caribe. Joan Laporta no ha dado un golpe de Estado. Todo lo contrario. Aferrado al mástil del proyecto deportivo, renueva su mandato en un club que tiene todas las virtudes y vicios de las viejas democracias: participación y debate, pero también cainismo, rencor e intrigas. Todos quieren al Barça con la misma intensidad que se odian entre sí. Entre las miradas de la sala de baile del Camp Nou nadie se mueve como Laporta, pese a los kilos de más y sus 63 años. Quizás no sea el mejor presidente, pero era el mejor candidato, capaz de adaptarse a cualquier melodía y mandar en la pista sobre su pareja, sea Negreira, Xavi, Messi, Víctor Font o Florentino Pérez. Es el Rey del Mambo.
Para saber más
Estamos ante el Laporta más Laporta, más transparente en lo personal, aunque esa transparencia sería de desear en algunas de las operaciones realizadas por el Barcelona. Como en las antiguas empresas con deudas, y la del club azulgrana es colosal, hay que hacer muchas pelotas. Ahora le llaman palancas, pero es lo mismo: adelantar ingresos, hipotecar el futuro. Ello no implica necesariamente que se cometan ilegalidades, aunque pueden vulnerar las reglas de los reguladores, Liga y UEFA.
Javier Tebas miró hacia otro lado con las primeras palancas, porque necesita al Barça para dos equilibrios: el económico y el institucional en esta interminable guerra del fútbol. No se puede estar contra todos, salvo si eres Florentino. Ni siquiera, pero hay monarquías donde nadie le dice al rey que va desnudo por palacio.
La UEFA, por su parte, ya ha advertido y multado al Barça, aunque con rebajas. El no a la Superliga es el pago. Veremos si con esa decisión se costea también lo último del caso Negreira, ya que cuando acabe el proceso penal con condenas, por nimias que sean y aunque no afecten a Laporta, la sentencia llegará a Nyón.
Una campaña llena de minas
El reelegido presidente ha sorteado una campaña electoral llena de minas. Acostumbrado a atacar, como buen cruyffista, ha tenido que defenderse, fuera de Negreira, de Xavi y hasta de un socio anónimo que puso una querella en la Audiencia Nacional por varios delitos económicos, entre ellos blanqueo de capitales. Un asunto escabroso, sucio, con detectives implicados por ambas partes y muy peligroso en dos direcciones: para los acusados y para los que acusan. Si fuera cierto el rastro que se pretende establecer desde la firma New Era Visionary Group, con sede en Dubai, hasta el entorno del presidente, este mandato sería el de Laporta el breve; si no lo es, que se siga la pista del origen de los papeles.
Cómodo en el populismo que le lleva a saltar en la grada y hacer una butifarra (corte de mangas), lo mismo que a cocinar macarrones, subirse a un tractor o ayudar a un deteriorado Jordi Pujol en la urna, Laporta señala a Madrid cuando se siente acosado, del mismo modo que Donald Trump hace con los ayatolás. Crea una amenaza y tendrás prietas las filas. Eso funciona. Hasta Florentino le ha copiado, con un ejercicio de laportismo en la última Asamblea del Madrid, en la que cargó contra el arbitraje, la Liga y la UEFA, como si existiese una confabulación judeomasónica contra uno de los equipos más queridos y admirados del mundo. Con ese maniqueísmo ninguno intenta proteger a su club, sólo a su gestión, a sí mismos.
Laporta es uno de los presidentes que pagó a Negreira y esa pregunta le perseguirá siempre. A todo ha vuelto a responder el dirigente en su nuevo libro, Así salvamos el Barça (Now Books, 2026), presentado durante la campaña. «Invito a todos aquellos que nos acusan de corrupción arbitral con tanta ligereza y frivolidad a que especifiquen el partido, el gol, la jugada o el acto sospechoso de favoritismo como resultado de este asesoramiento técnico. Durante setenta años, los socios, ex jugadores o ex directivos del Madrid nombraron a los árbitros que debían impartir justicia en cada uno de los partidos. ¡Ese fue el mayor escándalo de la historia del fútbol español!», explica en el libro, donde defiende la contratación de la constructora turca Limak, entre otras razones, para no crear tensiones “políticas” con la elección de una española. Curioso.
Laporta y Hansi Flick, en las urnas.EFE
Del despido de Koeman, de la era Xavi o hasta del no regreso de Messi habla en sus páginas: «¿Soy tu entrenador?», dice que le preguntó Koeman. «Y yo le digo: ‘Ronald, para mí eres una leyenda; yo lloré en Wembley, pero tengo que decirte que no lo eres’. No se lo tomó nada bien. (…) ‘Lo que pienso hacer -añadí- es decidir el entrenador que quiero’, que era Hansi Flick, pero entonces estaba entrenando a Alemania y no podía ser. Por eso, finalmente, lo mantuvimos: ‘Si no puede ser él, ya está bien que continúes’».
Tampoco lo era Xavi, que, vinculado de nuevo a Font en esta campaña, tildó de mentiroso a Laporta en una entrevista en La Vanguardia. Xavi bajó del altar a las cloacas del barcelonismo, un viaje innecesario, dado su colosal legado como futbolista. El rencor es siempre un mal consejero. El mediocentro también atacó a Laporta por la supuesta dependencia de su ex cuñado, Alejandro Echevarría, muy influyente en las decisiones del club sin ostentar cargo. La realidad es que nadie como Xavi atendió a los consejos de Echevarría en el pasado. Menos una vez. «No vengas», le dijo cuando Mateu Alemany y Jordi Cruyff lo tentaron en Qatar. Sabía Echevarría que Xavi, como Koeman, no era el entrenador del presidente. Si le hubiera escuchado se habría ahorrado un periodo autodestructivo para su figura, que no colma una Liga.
Xavi, tras votar en las elecciones.EFE
La realidad es que después de la salida de Xavi y la llegada del Flick, todo cambió. El instinto de Laporta volvió a acertar en lo que más importa al soci, como había sucedido en el pasado con Fran Rijkaard o Pep Guardiola.
A Laporta también le han vuelto a preguntar por la vinculación que su ex cuñado tuvo con la Fundación Francisco Franco. «En el Barça caben todas las formas de pensar», dijo en TV3, en un regate más difícil que el de Negreira, porque llega desde dentro, y porque le sitúa frente a su propia contradicción: no ha habido mayor centralismo que el franquismo.
Echevarría no tiene que dar ninguna explicación, fiel a su pragmatismo y capacidad para relacionarse, y a observar el fútbol con cierto relativismo y lejos de la pasión arrebatadora del presidente. De las pasiones de forofos están hartos los futbolistas, razón por la que acabaron por acercarse y escuchar al cuñado. Xavi, Iniesta y Messi, entonces, como ahora Lamine Yamal. El día que apuñalaron a su padre, Echevarría auxilió a su familia, y el día de la jornada de reflexión, la estrella que personifica el éxito deportivo actual ligado a la Masia, puso una foto suya con Laporta y dos corazones. Esa influencia no se logra con un mambo.




