«¡Me encanta este coche, me encanta este motor!», gritaba George Russell al cruzar la meta del circuito de Albert Park, confirmándose como el primer ganador del recién estrenado Mundial de Fórmula 1. Su Mercedes es superior -vaya si lo es-, por eso apunta al título esta temporada, pero esa no es la única particularidad que el inglés mantiene respecto al resto de los pilotos: es el único entusiasmado con los nuevos monoplazas.
A nadie más le gustan. Tras la carrera en Australia, la zona mixta del trazado fue una procesión de conductores talentosos, todos disgustados con la conducción o, mejor dicho, con los directivos que han cambiado la normativa del campeonato e invalidado todo lo que sabían. Ya no se trata de ser el más rápido, sino de ser el más eficiente, y eso resulta desconcertante. Ahora deben soltar el acelerador en plena recta. Deben frenar mucho antes de cada curva. En definitiva, deben ir con más cautela. Todo ello para recargar las baterías de los propulsores eléctricos, que son los que lo deciden todo.
En las primeras vueltas de la prueba se produjo una concatenación de adelantamientos entre George Russell y Charles Leclerc -ahora tú, ahora yo- que devolvió la Fórmula 1 a tiempos pretéritos y confirmó que este año habrá más batallas en pista. Aun así, la mayoría de los actores del campeonato mantuvieron el gesto torcido. Espectáculo, sí, pero artificial. El Mercedes adelantaba al Ferrari utilizando el sobrante de energía del llamado modo adelantamiento, pero acto seguido se quedaba sin potencia y era rebasado de nuevo. Una y otra vez, en cada recta. Al final, una parada en boxes permitió a Russell alejarse junto a su compañero, Kimi Antonelli, y el intercambio de posiciones llegó a su fin. Todos los presentes, de los ingenieros a los aficionados, se quedaron con la misma duda: ¿qué acaba de pasar? Ese toma y daca tendría que haber sido emocionante, muy emocionante, y sin embargo resultó más bien extraño.
Las críticas de Verstappen y Norris
«Es un caos. Adelantas en una recta y luego te vuelven a adelantar. He visto cosas muy raras, como en el Mario Kart», aseguraba el cuatro veces campeón Max Verstappen, quizá el más crítico con el nuevo reglamento. Su palmarés se explica por su arrojo: siempre era el último en frenar, quien más apuraba en las curvas, y ahora eso ya no es determinante. «Esto no es divertido», afirmó en la pretemporada, cuando llegó incluso a insinuar su retirada. Ayer, cuando le preguntaron por algún aspecto positivo del nuevo reglamento, contestó sin rodeos: «Para mí no hay ninguno». «Habría que cambiar muchas cosas de esta Fórmula 1, como los motores y las baterías, pero eso ya no es posible», añadió el holandés.
«Han convertido los mejores coches del mundo en los peores», le acompañaba el vigente campeón Lando Norris, que en Melbourne apenas pudo ser quinto, justo por delante de Verstappen. «George estará contento, pero el nuevo reglamento no está bien», reconocía el líder de McLaren, que vio cómo su compañero, el local Oscar Piastri, se estrellaba en la vuelta de calentamiento después de que su monoplaza registrara un pico de potencia inesperado que fue incapaz de controlar. «Pronto habrá un gran accidente», sentenció Norris.
La defensa de Domenicali
Sus palabras pusieron en alerta a los organizadores del campeonato, que reconocen encontrarse en una fase de prueba. Tras las primeras carreras se podrían introducir modificaciones para ayudar a los pilotos: Liberty Media está dispuesta a escuchar, tal y como anunció en la pretemporada. Pero la Fórmula 1 será eléctrica o no será. «Si vemos algo que deba abordarse, lo haremos de la manera correcta. Creo que ahora estamos en el buen camino», apuntaba Stefano Domenicali, CEO del campeonato, que celebró la llegada de Audi y Cadillac y dejó claro que dar marcha atrás es imposible: «Hemos incorporado una nueva unidad de potencia para atraer a más fabricantes. El combustible sostenible, la electrificación… por eso nació este proyecto». El ex jefe de Ferrari no tardó en plantar cara a los pilotos críticos: «Creo que, en general, hablar mal de un mundo increíble que nos permite crecer a todos es un error».
El nuevo Mundial guarda la incertidumbre sobre qué pasará, si algún cambio devolverá la sonrisa a sus estrellas, aunque ya tiene varias certezas. Una es el dominio exagerado de Mercedes. Incluso ayer, después del duelo entre Russell y Leclerc, hubo rumores sobre si la escudería británica se estaba reservando potencia para proteger su ventaja a vista de los legisladores. Su doblete en la primera carrera dibuja una temporada con un claro ganador; la condena de la emoción. Sólo Ferrari, con su velocidad en las salidas, parece capaz de discutir también los triunfos y queda por saber cómo evolucionarán McLaren y Red Bull.
No estarán con ellos, eso seguro, ninguno de los dos españoles en competición, condenados ambos a las últimas posiciones. Con varios problemas aerodinámicos, Carlos Sainz sólo pudo acabar penúltimo con su Williams, por detrás de su compañero Alex Albon, y el Aston Martin de Fernando Alonso apenas aguantó 14 vueltas. La salida del dos veces campeón fue prometedora -llegó a situarse décimo-, pero después perdió una posición tras otra hasta la retirada. En sólo siete días volverá a intentar el milagro de acabar una carrera con el motor Honda y mantener así la motivación en medio del desastre a sus 44 años.











