El mejor jugador del Barça y de Brasil no tiene relato. Ni es un producto de la Masía, como Lamine Yamal, ni es un icono de la lucha contra el racismo, como Vinicius. El tremendo protagonismo de Raphinha en la Supercopa, con dos goles al Athletic y otros dos al Madrid, constatan lo que el terreno de juego ya decía la temporada pasada, aunque muchos no se dieran por aludidos. La FIFA no es la única.
A Raphinha le perseguía el haber sido un futbolista de la agencia de Deco, antes de ser nombrado director deportivo del Barcelona. Un asunto feo en unos inicios difíciles. Tiempo después se convirtió en el jugador clave en la primera temporada de Hansi Flick, situado a la izquierda del ataque. No es casual que su lesión este curso haya coincidido con los momentos de dudas del Barcelona, como la derrota en el clásico del Bernabéu. Su regreso ha sido como volver a poner el aceite y la sal en las tostadas tras un tiempo de dieta.
El día que Vinicius resucitó, con un gol colosal y un desequilibrio de altura, y que Lamine Yamal estuvo en una gran versión, Raphinha lo tuvo todo, autor del gol que abrió el marcador y del que lo cerró, aunque fuera con la ayuda involuntaria de Asencio, firme de principio a fin en el área blanca.
Los premios que habían olvidado al brasileño, MVP en la semifinal y final de la Supercopa, tienen la oportunidad de corregirse cuando la temporada está en su ecuador, pero con lo mejor por delante. El Mundial también aguarda a Raphinha, y Ancelotti, con los brazos abiertos. En el azulgrana no sólo tiene un goleador voraz, también un líder de vestuario, comprometido con el equipo, como bien sabe Flick. Esta Brasil lo necesita.
Raphinha permite al Barça volver a recuperar la iniciativa en los clásicos después caer en el Bernabéu, pero con menos holgura de la que anticipaba la final. La razón fue el planteamiento de Xabi Alonso, que decidió intervenir de verdad sobre su equipo para jugar desde la inferioridad. Con tres centrales y Rodrygo en la izquierda, consiguió equilibrar el duelo durante buena parte del choque.
El torneo en Yeda llegaba como una especie de reválida aplazada para el tolosarra, pero el desenlace deja disyuntivas que complican la toma de decisiones. Por una parte, un Madrid ultradefensivo contra el Atlético y adaptado a las circunstancias frente al Barça. Por otra, un Madrid vivo y competitivo. Nadie cree que el equipo blanco deba jugar como lo ha hecho en Yeda. El primero, su entrenador. La pregunta es cómo puede jugar este Madrid, porque media temporada después de la llegada de Xabi Alonso, todavía no lo sabemos.
En la última Asamblea, Florentino Pérez anunció a los socios un cambio para que el Real Madrid fuera más suyo de lo que ya es. Es decir, convertirlos en socios-accionistas, aunque la realidad es que la iniciativa partía de las posibilidades de crecimiento económico que podía deparar la conversión de una parte del club, siempre una parte, en una sociedad mercantil. El presidente no habló específicamente del modelo y sólo manifestó que se trataba de un cambio necesario para la sostenibilidad e independencia del Madrid. Y añadió que pronto llevaría ante los compromisarios la propuesta.
Los problemas en la búsqueda de la fórmula, legales y fiscales, han demorado el proceso y planteado alternativas. Un año después, Florentino volverá a referirse, hoy, a ese cambio en su discurso inicial ante los socios compromisarios. Habrá que ver con cuánto detalle, pero el hecho de que no exista un punto específico en el orden del día, indica que la enjundia del proceso precisa de más tiempo y, quizás, de una Asamblea Extraordinaria.
Las consultas del Madrid a alguno de los bufetes más reputados no acabó por cerrar la idea inicial, que era la de dividir el club en dos partes: depositar la mayoritaria en la Fundación y repartir la otra, en forma de acciones, entre los socios. Un diseño a lo Bayern que encuentra dificultades de encaje en España y que, además, implica un inconveniente de naturaleza fiscal, y es que, al recibir las acciones, los socios deberían pagar a Hacienda.
El estadio, 1.347 millones
El debate interno en el club, donde existen posiciones distintas y enfrentamientos de poder, ha sido constante en torno a una decisión capital para el futuro, en un escenario competitivo cada vez más complejo y dados los sobrecostes de la remodelación del Bernabéu, cifrados por el propio Madrid en 1.347 millones de euros hasta hoy, a la espera de las partidas finales, más del doble de los 575 millones presupuestados en 2018.
La alternativa a la conversión en sociedad anónima deportiva, aunque sea de una parte, es la de recurrir a las palancas. El Madrid ya creó en 2021 Real Madrid Estadio SL, dedicada a la gestión de diversas cuestiones relacionadas con el nuevo Bernabéu y los parkings, paralizados, por el momento, debido a las acciones judiciales. El club puede crear otras sociedades mercantiles para la explotación comercial, sin necesidad de una conversión total, siempre que los beneficios reviertan en el proyecto deportivo y no se produzca un reparto de beneficios, según estable la Ley del Deporte.
De esta forma no cambia la naturaleza jurídica del Madrid, que seguiría siendo un club deportivo, sino que se traspasa una parte de su negocio a una sociedad en la que puede darse entrada a inversores. Algunas fuentes del entorno blanco han deslizado que podría hacerse por el equivalente del 10% del valor del club. Si Florentino tasa el Madrid en 10.000 millones de euros, por encima de las estimaciones de otras agencias, esa inyección podría alcanzar los 1.000 millones.
Aumento del presupuesto
Sin embargo, para esta última fórmula el Madrid no necesitaría una Asamblea Extraordinaria, por lo que, en caso de convocarse por parte del presidente en su informe inicial, podría tener que ver con un cambio más profundo, de mayor calado. El mutismo sobre lo que puede anunciar es mayor que en otras ocasiones. De hecho, Florentino no ha realizado encuentros previos con compromisarios, como era su costumbre otras veces, pero desde el club se ha deslizado el mensaje de lo importante que es la asistencia.
Lo que votarán, hoy, los compromisarios tendrá que ver con las cuentas de la temporada pasada y el presupuesto de la actual, que asciende a 1.248 millones, impulsado, fundamentalmente, por el crecimiento de la explotación del estadio, cifrado en 402 millones. Se trata de un incremento de 63 millones respecto al de 2024/25, que se cerró con 24 millones de beneficios.
Es bueno sentir miedo, identificarlo en nosotros, porque es el primer paso para enfrentarlo. Quienes dicen no padecerlo, mienten. El Barça lo sentía, como demostró en una puesta en escena titubeante, imprecisa, de la que el Madrid se aprovechó, ya que nadie juega como el equipo blanco en el desfiladero de las dudas. Mbappé ponía nombre por dos veces al martirio de Montjuïc. No era un nombre cualquiera, era un nombre que da miedo. El hat trick del francés, en cambio, ya no provocó el mismo. Todo había cambiado por aquello que decía Umberto Eco, y es que nada da más valor al miedo que el miedo de los demás. [Narración y estadísticas, 4-3]
A ese otro miedo se empleó el Barça con una carga colosal, poseídos sus futbolistas por una determinación que ya habían exhibido ante el Inter, pero el Inter es un grandísimo equipo y el Madrid es un equipo que se sostiene de pie sobre las ruinas gracias a su orgullo. A Xabi Alonso corresponde la reconstrucción, porque el Año I de Mbappé, pese a este buen epílogo del francés, ha sido el año del derrumbe. Hansi Flick ha llevado a cabo la del Barcelona en una sola temporada para ganar los cuatro clásicos a su rival, al que ha marcado 16 goles, y levantar la Supercopa y la Copa, a la espera de aupar la Liga de los valientes, sentenciada en Montjuïc. Los valientes no niegan el miedo. Lo enfrentan.
Ancelotti y Flick.LLUIS GENEAFP
El liderazgo de Lamine Yamal
Valientes y jóvenes, dos características que personifica Lamine Yamal. Dueño de un acto de liderazgo, personalidad y madurez en los dos duelos frente al Inter, volvió a ser decisivo ante el Madrid con el gol de un empate que devolvía la línea de flotación al Barcelona. Un golpeo preciso, colocado, teledirigido por una mente privilegiada y un pie humano calibrado como un pie de rey, la herramienta de las pulgadas. Lo utiliza en los goles como en los pases, horizontales o verticales, siempre al lugar sensible.
Necesitaban los azulgrana esa aparición después de las apariciones en el área contraria de Mbappé. Es el duelo que viene, en los clásicos, en el Mundial del próximo año y hasta en el Balón de Oro. Para el francés, el Pichichi que lidera con sus tres tantos en Montjuïc únicamente sirve para redimirle numéricamente. El año más esperado ha sido un mal año en un mal Madrid, caído con estrépito en la Champions, cuya final disputara el PSG. El destino siempre nos reserva sorpresas, a veces macabras.Es caprichoso.
Mbappé, abatido, en Montjuïc.LLUIS GENEAFP
Mbappé fue objeto de penalti, lo marcó y resultó mortal al contraataque, antes de la reacción del Barcelona. En el tercero, el decorado había cambiado, con los azulgrana por delante en el marcador y en el campo. Eso gol, sin embargo, sirvió para ofrecer otro final de thriller a un clásico, con manos polémicas, de Tchoauméni y Fermín, y el no gol que soñaría todo canterano. Lo falló Víctor Múñoz, un catalán de blanco.
Más no se le podía pedir a Mbappé en un duelo clave. No siempre fue así. No basta con llenar de goles el granero, sino saber que hay días que se deben abrir sus puertas de par en par. Lamine parece tenerlo claro, aunque el Inter superara su calidad con un mejor planteamiento colectivo. El Barça se equivocó ese día al señalar al árbitro. Se había hecho grande en el campo, pese a la derrota, y se hizo pequeño en la sala de prensa o en el palco del presidente. Laporta tuvo el acierto de escoger a Flick, no se le puede negar. Ahora lo mejor es estar calladito. Ante el Madrid, el Barça volvió a hacerse grande, campeón. Una victoria ante el Espanyol, el jueves, le daría el título, con independencia de lo que haga el Madrid.
El técnico alemán tomó una decisión que era un mensaje a su equipo, al escoger el mismo once que en el Giuseppe Meazza. Ni una duda sobre los elegidos, pese a la interinidad de los laterales, Eric García y Gerard Martín. El primero repitió el guion, al marcar el primer tanto de los suyos después de recibir dos. Tras el exilio en Girona, Eric García se ha ganado un rol en este Barça gracias a su polivalencia y competitividad. El remate, a bocajarro, llegaba en la zona de los centrales, a la que no le había bastado que Valverde se convirtiera en uno más en posición defensiva, junto a Tchouaméni y Asencio. En Montjuïc fue, como en tantos otros lugares, la zona cero del Madrid.
Presión frenética
La frenética presión tras pérdida del Barcelona, un síntoma que conecta a este equipo con el que edificó Guardiola en el Camp Nou, resultó insostenible para el Madrid, que no pudo alcanzar siquiera el descanso con el empate. La dinámica llevó a errores, como el de Ceballos y Mbappé, que dejó a Raphinha en vertical. La combinación con Ferran Torres, perfecta, ofreció el gol a brasileño, que volvió a ampliar la ventaja antes de irse al vestuario.
Ancelotti había optado por un 4-4-2 para insertar a Güler, el futbolista de las dos caras. En Montjuïc ofreció de nuevo la peor, superado por la atmósfera y, posiblemente, por el sometimiento de su propio equipo. El turco es un talento que pide un entrenador que lo entienda. Veremos si es Xabi Alonso. Güler cayó en el descanso, como Ceballos, para dar entrada a Modric y Brahim. El croata siempre hace mejor el lugar por donde pasa, facilitado por un Barça que se tomó un respiro. Eso siempre es peligroso ante el Madrid, que en una contra volvió a presentar a Mbappé ante la portería de Sczcesny. El polaco perdió ese duelo para permitir el hat trick al francés, pero ganó el siguiente. Una buena forma de acabar después de empezar con un penalti que pudo gestionar de otro modo.
Vinicius dio el último pase a Mbappé antes de irse lesionado. Nada más que reseñar en su haber, en un pobre e irregular año. Los cantos de Arabia han sido como los de las sirenas para este Ulises del área. Mal asunto. Necesita volver al principio, mientras Mbappé necesita que este final sea su principio en un nuevo ciclo que debería empezar en el Mundial de clubes, si el Madrid convence a Xabi Alonso. En la cita no estará el Barça, aunque nadie vestido de azulgrana, hoy, lo lamenta, salvo por la caja del club. El esplendor está en la hierba.
El peor baño que sufrió el Madrid en Lisboa no fue de agua ni de fútbol. Fue de realidad. Después de los brotes verdes ante Mónaco y Villarreal, el equipo regresó a Albacete, aunque con una lectura peor. Si en la Copa pudo sufrir falta de motivación, en la Champions el problema fue más grave, al tratarse de falta de recursos, individuales y colectivos. Courtois y Mbappé no bastan, y de Vinicius nunca se sabe si va a coger el teléfono. El belga y el francés son el sur y norte del Madrid, hoy el único modo de orientarse con seguridad para los aficionados y hasta para el entrenador. Entre ambos, un Madrid hipotenso, pero también lejos, muy lejos, de la calidad de sus mejores tiempos.
El Benfica no es mejor que este Madrid, pero su nivel de agresividad, no juego sucio, concentración y ambición desbordaron a un equipo con los nombres de siempre en el terreno de juego, aunque sin plan ni alternativa. La situación no puede achacarse a Arbeloa, que acaba de llegar al banquillo, y coloca a los mismos jugadores, aunque un enfoque distinto al de Xabi Alonso. El resultado, sin embargo, es el mismo. No. Peor. El tolosarra fue destituido, de "mutuo acuerdo", con el Madrid en la Copa y el Top 8 de la Champions, y, hoy, está fuera de la competición doméstica y de la 'first class' europea. La realidad no para ponerse susceptible, como le ocurrió a Arbeloa.
Sin embargo, hay que profundizar en el calado de las causas, en el diseño de una plantilla con carencias estructurales. En concreto, en la creación de juego, además de en posiciones sin el nivel de tiempos pasados, como la defensa, más allá de las lesiones. De eso hay que pedir responsabilidades en otra ventanilla, en el piso de arriba.
Mourinho las detectó bien y mandó a sus jugadores a castigar las zonas más débiles del Madrid, con continuas cargas del área. Lejos de la etiqueta defensiva del portugués, su Benfica fue tremendamente ofensivo, no sólo por las necesidades de su equipo, también por las carencias ajenas. Una de las virtudes de Mou es hacer peor al contrario. Al Madrid lo llevó a una de sus peores versiones europeas en mucho tiempo.
Observar la mediocridad del Madrid y la intensidad de un Benfica pletórico ha vuelto a activar la nostalgia que una buena parte del madridismo siente por el portugués. El tiempo blanco de Mou es pasado, como él mismo ha dicho. Un tiempo controvertido y polémico, en lucha contra el mejor Barça de la historia, pero con un Madrid cuya calidad no tenía nada que ver con la del actual, con Casillas o no, Sergio Ramos, Pepe, Marcelo, Xabi Alonso, Modric, Benzema, Cristiano o Di María, los futuros campeones de muchas Champions. El Madrid del presente es el peor Madrid desde entonces, con permiso de Courtois y Mbappé.
Mourinho, reventado por su propia autodestrucción, no sobrevivió para vivir en el banquillo blanco el cabezazo de Sergio Ramos en Da Luz, llave de la Décima. Al menos, en el mismo lugar celebró el de Trubin para seguir en esta Champions. Sin una plantilla como la que tuvo en su etapa, el Madrid necesita un mensaje parecido al que recibió el Benfica antes del partido. Eso no quiere decir que necesite a Mou ni a un Mou de marca blanca.