Xabi Alonso apareció en rueda de prensa en la previa del tercer partido del Real Madrid en el Mundial de clubes, que le enfrentará al RB Salzburgo para decidir qué dos equipos pasan a octavos de final y en qué posición. Una victoria deja a los blancos como primeros, camino del lado más duro del cuadro, aunque el tolosarra dejó claro que “no es buena idea pensar en no ganar el partido“. “No es un buen mensaje porque son muy importantes las sensaciones. He visto el cuadro, no soy ciego, pero vamos a ir a ganar”, declaró el técnico.
A pesar de formar parte del entrenamiento del grupo en la mañana del miércoles, Kylian Mbappé no viajó con el resto de la expedición a Filadelfia para el duelo, algo que explicó Alonso: “Me ha alegrado ver a Kylian en el campo, pero era el primer día que se ponía las botas. Tenía debilidad y no podía con el nivel competitivo que necesitaremos en el partido. Lo hemos hablado y preferimos que se quede”, resumió.
El segundo nombre que saltó a la palestra de la comparecencia fue el de Rodrygo Goes, que no disputó ningún minuto en el encuentro ante el Pachuca. “Fue una decisión técnica. A Rodrygo le veo bien, sigue siendo importante, le vamos a necesitar en el Mundialito y es un jugador especial. Va a tener un buen papel en el Mundial”, aseguró.
El entrenador elogió a Huijsen y Brahim, uno como “pilar” y otro como “agitador” de los partidos cuando salta al campo, e incidió en la necesidad de potenciar la capacidad defensiva del equipo preguntado por la intensidad defensiva de Vinicius. “Tenemos que defender todos, los once, sin excepción. Tienen que estar implicados, juntarse y saber cómo presionar. Sin eso va a ser muy complicado. Los de arriba, la defensa… Cuanto más corto seamos, mejores distancias tendremos. Y estamos en ello, Vini también”, reflexionó.
Para Xabi y la plantilla estos días en Palm Beach están siendo una pretemporada en la que asentar conceptos de cara a la próxima temporada. Unos días en los que los jugadores están “predispuestos“. “Estamos hablando muchas cosas y estoy notando la predisposición. Las ganas de querer evolucionar, aprender, adaptarse al staff, cosas que hablamos en el día a día. Los jugadores son de alto nivel y con ellos es fácil, explicando cosas en un papel cogen el concepto muy rápido. Nuestro trabajo es que se les vaya quedando en la sangre“, comentó el técnico.
A unos metros, en zona mixta, Lucas Vázquez no quiso dar detalles sobre su futuro y aseguró tener claro que el vestuario se queda en buenas manos tras la marcha de algunos veteranos: “El Madrid está preparado. Nos han tocado unos años muy buenos, a través de los títulos todo se ve mucho mejor. Los jóvenes han crecido viendo eso y seguro que va a ir todo muy bien”, declaró el gallego.
Cuando Simeone llegó al banquillo del Atleti, su hijo Giuliano tenía nueve años. Niños de cuatro o cinco en aquel momento han entrado ya en la Universidad y quinceañeras de entonces han cumplido 30 y son madres de familia. A Donald Trump le faltaban seis años para su primera presidencia, a un tal Pedro Sánchez Pérez-Castejón no lo conocía nadie y Lamine Yamal gastaba pañales.
Aunque en el tango 20 años no es (son) nada, en fútbol, 14 camino de 15, que se cumplirán en diciembre, es una eternidad. Simeone, tan visceral, los ha gozado y padecido en grado sumo, en un carrusel de emociones extrapolable fuera del balón a las de cualquier persona en semejante período cronológico. En tres lustros ocurren muchas cosas en la vida; y, a partir de ciertas edades, el tiempo es un proceso de desgaste más que de crecimiento. No de estabilidad, aunque la duración pueda imitarla. Ni de asentamiento, aunque la permanencia se le asemeje.
Simeone está desgastado por la acción conjunta de los buenos y los malos momentos. Todos, por intensos, dejan una huella profunda en forma de muescas o de cicatrices. Si bien de diferente modo, pesan y fatigan. Erosionan. En su veteranía y su trascendencia en el cargo, el Cholo no ha dejado nunca de caminar por el delgado alambre común de los resultados deportivos y los balances económicos.
En binomio simbiótico, ha sido, junto a Miguel Ángel Gil en los despachos, arte y parte del desarrollo integral de la entidad, alternando momentos de lucidez con otros de ofuscación. Ha tenido suficientes aciertos como para elevarlo a los altares rojiblancos, y cometido suficientes errores como para retirarle la peana.
Se ha tambaleado y rehecho unas cuantas veces y hace bastantes primaveras que la frase "partido a partido" se refiere tanto a él como al equipo. A medida que su pasado se alarga, se acorta su futuro. Va viviendo al día en un presente prolongado mientras disfruta del salario más elevado pagado jamás a un entrenador de fútbol, prebenda discutible en un club sin tamaña equivalencia en el escalafón. Una responsabilidad, casi una obligación, a la que se ha entregado por completo al lado de unas expectativas que ha satisfecho a medias.
Con la Liga perdida desde demasiado temprano, pero aferrado a la clasificación europea como mínima-máxima aspiración anual, el Atleti, paradójico, avanzó hasta la final de la Copa y las semifinales de la Champions. Dos balas por una del Barça y ninguna del Madrid. Una situación inusual. Pero toda aproximación a la gloria abre una invitación al desastre. La derrota de Sevilla sólo se arregla con la victoria en la todavía hipotética final de la Champions. De acceder a ella, otro fracaso duplicaría la sensación de impotencia y aumentaría la de fatalismo. Aunque una final y unas semifinales merecen, objetivamente, aprecio, en el Atleti resultan insuficientes a estas alturas.
Simeone se halla en una encrucijada, otra, de la que saldrá reforzado o disminuido. Este martes, la víspera del partido de ida ante el Arsenal, cumple 56 años.
En el Mundial de Qatar, 2022, la Federación de Rubiales estaba nerviosa. En abril había saltado el escándalo de los tejemanejes del presidente con Piqué para la Supercopa a Arabia, y llegados al Mundial, que se jugó entre noviembre y diciembre, la relación con varios medios de comunicación era tensa. A uno de esos medios, la Federación sólo le concedió una entrevista, cuando lo normal era, y es, poder tener a uno de los protagonistas antes de cada partido. El elegido fue David Raya, en ese momento el tercer portero de la selección, pues apenas llevaba, con esa, tres convocatorias. Por delante de él estaban, en teoría, y en la práctica, Unai Simón y Robert Sánchez.
Para quien no esté muy familiarizado con el funcionamiento de los medios de comunicación, una entrevista con el tercer portero de una selección en un Mundial, a priori, no es lo más atractivo, y no cambiaba esa percepción el hecho de que entonces fuese el guardameta del Brentford. No dejaba de ser el tercer portero, alguien que parece llamado a no jugar ni un minuto y, por tanto, de inicio lejos del interés del público (excepto en esta cita de EE.UU., claro, porque aquí el tercer portero es Joan García, del Barça, e interesa). Bueno, el caso es que aquella entrevista a David Raya (Barcelona, 30 años) descubrió uno de los personajes más interesantes de la selección.
"Si no me conoce nadie, mejor", decía en aquella conversación, algo que ha cambiado radicalmente en cuatro años. Hoy día es el portero titular del Arsenal, campeón de la Premier y subcampeón de la Copa de Europa. Sin embargo, vuelve a estar en una situación algo incómoda porque la llegada de Joan García ha producido un efecto curiosísimo: se ha abierto en algunos sectores de la prensa y de la afición un debate, estéril por el pensamiento del seleccionador, pero debate al fin y al cabo, según el cual hay que decidir quién debe jugar: Unai Simón (primer portero) o Joan García (tercer portero). ¿Y el segundo?
"Puede ser que se hayan olvidado de mí, puede ser que los medios, teniendo a los porteros que están en la Liga española, a Joan y a Unai, pongan ahí el debate. Me acuerdo de la primera vez que vine, que la gente no sabía quién era porque llevo muchos años fuera. Pero vamos, que el debate os lo dejo a vosotros. Yo estoy intentando hacerle la vida imposible al míster y nada más", explicó ayer él, educado, exquisito, con el don de la palabra y muy agradecido con la defensa que hizo de él Luis de la Fuente el día que dio la lista. "No entiendo que no me preguntéis si va a jugar Raya, no entiendo que sólo me preguntéis quién va a jugar, si Unai o Joan", dijo el técnico.
Raya (derecha) junto a Unai Simón.PABLO GARCÍA
En realidad, está acostumbrado. Hablamos de un jugador que paraba en el Cornellá y que, gracias a un convenio de ese club con el Blackburn Rovers, con 16 años cogió la maleta y se fue para allá con el sueño de ser futbolista. De hecho, estaba decidido a, si no salía bien, dejar el fútbol y ponerse a estudiar ADE, que es lo que le atraía. Pero salió bien. No sin dar un montón de tumbos, entre ellos jugar cedido en un equipo que vendría a ser como una categoría regional en España, el Southport, donde vivió una experiencia humana que le ha marcado. "Allí, en quinta división, vi a la gente que dependía de la prima por ganar el partido para pagar la hipoteca, o gente que volvíamos de jugar a cinco o seis horas de viaje y al día siguiente había que levantarse a las seis para ir a trabajar", contó ayer. Todo eso lo tiene grabado a fuego. Volvió al Blackburn, logró debutar con el primer equipo y luego se marchó al Brentford. Le costó tanto que tiene tatuada en el cuello la fecha de su debut en la Premier.
Ahí fue cuando le llamó, por sorpresa, Luis Enrique en esa primavera de 2022. Desde entonces, ha jugado 13 partidos, todos a la sombra de Unai Simón, y eso que tuvo la oportunidad, real, de jugar con Inglaterra, que intentó 'ficharle'. Pero no: "Me siento español, siempre he querido representar a España. No jugaría con Inglaterra porque me sentiría un extraño por muchos años que lleve allí. Siempre me he sentido muy español y siempre va a ser así".
Volvió sobre la paradoja que vive: "La diferencia entre Joan y Unai y yo, para vuestro debate, es que juegan en España. La situación en sí, la convivencia con ellos, la vivo con naturalidad, compañerismo, empujándonos los unos a los otros para ser mejores. Y esa competencia no sólo nos hace mejores a nosotros mismos, sino a nuestros compañeros, así que lo vivimos con naturalidad, sabemos que tenemos una gran selección. Es un lujo trabajar con estos porterazos", explicó, e incluso detalló lo mejor de sus rivales: "De Unai me quedo con la serenidad y de Joan, el uno contra uno".
Luis Enrique, el hombre que apostó por él, le utilizaba en muchísimos entrenamientos para completar los 'partidillos'. "Tú puedes jugar de 10 en cualquier equipo, David", le decía el asturiano. Eso, el juego con los pies, es una de sus grandes virtudes. ¿Y saben por qué juega de portero? Porque su hermano mayor, que también le daba al fútbol, se lo llevaba a jugar con él, pero solamente para que se pusiera de portero con los grandes. Con su hermano, por cierto, diseñó unos anillos tipo NBA para celebrar la Eurocopa.
David, que tiene como ídolo a Casillas, viene de una familia de joyeros, y aprovecharon los dos para crear 26 piezas únicas, con el nombre y el dorsal de cada compañero, que recibieron el regalo encantados en una muestra más del buen ambiente que sigue presidiendo, hoy, el vestuario. "Estamos muy felices, como siempre, deseando ya que llegue el debut. Esperemos ganar, pero lo importante no es cómo se empieza, sino cómo se acaba", zanjó.
En el colegio Santiago Apóstol de Valencia, en pleno corazón del Cabanyal, los niños, la mayoría de etnia gitana -el centro acoge a estudiantes de familias sin recursos-, miran con ojos como platos al gigante que tienen enfrente. Pero más asombrado está el propio Usman Garuba ante las preguntas, cada cual más ingeniosa.
"Garuba, ¿eres millonario?". "¿Cuánto de viejo eres?". "¿Qué número de pie usas?". "¿Cuántos goles has metido?". Usman escapa del interrogatorio, promovido por el Campus Social Basketball Kellogg's, con media sonrisa y todo el ingenio del que dispone a esas horas de la mañana. Un pequeño oasis de desconexión en mitad de una semana de tensión total, un Preolímpico tramposo en el que España, tras derrotar a Líbano y Angola, se juega en dos partidos a vida o muerte estar en los próximos Juegos de París.
Para el de Azuqueca de Henares sería su segunda cita olímpica con sólo 22 años. La selección, como para tantos otros, es el patio de su recreo. Aquí, Usman es diferencial. El tipo del que la NBA no se termina de enamorar pese a sus empeños, es el pilar defensivo de Sergio Scariolo. Y en las dos primeras citas del torneo, a pesar de los pocos minutos a causa de las faltas, no hubo nadie más eficiente que él. Ni el todopoderoso Santi Aldama. Ni Lorenzo Brown. Los mejores parciales de España llegan con Garuba en la pista.
Garuba, con los niños del Campus Social Basketball Kellogg'sEM
En poco más de 15 minutos, un más/menos de 16,5. 10 puntos, cinco rebotes y dos tapones de media. Producción acelerada. Porque, desvela su entorno, pocas veces lució con semejante plenitud. "Estoy mejor que nunca", asegura él. No jugó demasiado durante el curso -21 partidos en la G-League con los Santa Cruz Warriors (12,5 puntos, 10,1 rebotes) y seis encuentros testimoniales con Golden State-, pero la franquicia de San Francisco se empeñó en mejorarle. Hasta el mismísimo día anterior al viaje para iniciar la concentración con España el ex del Real Madrid estuvo entrenando con el equipo de técnicos que encabeza Steve Kerr. "He jugado pocos partidos, pero muchos minutos en la G-League. Y he podido trabajar mucho en mí. En todo, el equipo me ha trabajado físicamente, técnicamente, en detalles en la cancha, sesiones de vídeo, tiro... Ha sido importante poder entrenar y se lo agradezco a los Warriors por ayudarme a estar en este momento de forma", explica en conversación con EL MUNDO.
"No tengo que demostrar nada a nadie. Soy un grandísimo jugador, soy consciente de ello. Tengo muchísimas ganas de meter a mi país en los Juegos Olímpicos y de hacerlo bien. Ese es el objetivo", argumenta Usman cuando se le cuestiona sobre la sensaciones que transmite en la cancha, como un león enjaulado que ahora encuentra la sabana para atrapar a sus presas. Porque Garuba, a estas alturas del verano, está sin equipo, con el porvenir entre oficinas.
"Tres horas de siesta"
No es algo nuevo para él. Ya le ocurrió el año pasado durante el Mundial. Acabó firmando un contrato 'two-way' con Golden State, pero entonces tenía el colchón de los más de dos millones y medio que dólares que recibió por su salida de los Rockets. Ahora eso no le valdría, porque sigue en deuda económica con el Real Madrid, con el que acordó pagar su cláusula de salida a plazos. Aguarda a las confecciones de las plantillas NBA y baraja las posibles ofertas. No tardará en resolverse aquello, quizá días. Y siempre le queda la opción de regresar a casa, al Madrid que le recibiría con los brazos abiertos y con el que no habría problema en ponerse de acuerdo. La opción lógica.
Esas inquietudes contractuales no van a frenar el ardor en la pista de Garuba, quien, confiesa sus rutinas, duerme «una siesta de hasta tres horas» antes de cada partido, quien bromea en los pasillos del hotel de la selecciones en Valencia con su ex compañero Eric Gordon («mi veterano en Houston») sobre esa posible final del domingo contra la temible Bahamas. Usman tiene una espinita olímpica clavada que quiere resolver. «Los pasados Juegos fueron raros, sin afición y con el tema covid... No quiero decir que fueran una decepción, porque no es fácil competir ahí. Pero creo que podríamos haber dado más, un siguiente paso. Pero esto es baloncesto. Este año, si llegamos, esperemos que sí, queremos competir. No queremos ir y ya después de haber trabajado todo este tiempo», afirma.
Aunque tantos quieran evitar ya comparaciones con el pasado, la ambición de Usman le hace sentir que ganar el Preolímpico no sería un éxito. "Sabiendo todo lo que hemos ganado los años anteriores... Estamos acostumbrados a ganar Mundiales, Europeos... Ese sigue siendo nuestro objetivo. Es verdad que sería un impulso, porque ganar siempre viene bien", cuenta sobre un vestuario dolorido tras el borrón en el pasado Mundial y del que él, aún con 22 años, es ya todo un peso pesado.