Cuando Simeone llegó al banquillo del Atleti, su hijo Giuliano tenía nueve años. Niños de cuatro o cinco en aquel momento han entrado ya en la Universidad y quinceañeras de entonces han cumplido 30 y son madres de familia. A Donald Trump le faltaban seis años para su primera presidencia, a un tal Pedro Sánchez Pérez-Castejón no lo conocía nadie y Lamine Yamal gastaba pañales.
Aunque en el tango 20 años no es (son) nada, en fútbol, 14 camino de 15, que se cumplirán en diciembre, es una eternidad. Simeone, tan visceral, los ha gozado y padecido en grado sumo, en un carrusel de emociones extrapolable fuera del balón a las de cualquier persona en semejante período cronológico. En tres lustros ocurren muchas cosas en la vida; y, a partir de ciertas edades, el tiempo es un proceso de desgaste más que de crecimiento. No de estabilidad, aunque la duración pueda imitarla. Ni de asentamiento, aunque la permanencia se le asemeje.
Simeone está desgastado por la acción conjunta de los buenos y los malos momentos. Todos, por intensos, dejan una huella profunda en forma de muescas o de cicatrices. Si bien de diferente modo, pesan y fatigan. Erosionan. En su veteranía y su trascendencia en el cargo, el Cholo no ha dejado nunca de caminar por el delgado alambre común de los resultados deportivos y los balances económicos.
En binomio simbiótico, ha sido, junto a Miguel Ángel Gil en los despachos, arte y parte del desarrollo integral de la entidad, alternando momentos de lucidez con otros de ofuscación. Ha tenido suficientes aciertos como para elevarlo a los altares rojiblancos, y cometido suficientes errores como para retirarle la peana.
Se ha tambaleado y rehecho unas cuantas veces y hace bastantes primaveras que la frase “partido a partido” se refiere tanto a él como al equipo. A medida que su pasado se alarga, se acorta su futuro. Va viviendo al día en un presente prolongado mientras disfruta del salario más elevado pagado jamás a un entrenador de fútbol, prebenda discutible en un club sin tamaña equivalencia en el escalafón. Una responsabilidad, casi una obligación, a la que se ha entregado por completo al lado de unas expectativas que ha satisfecho a medias.
Con la Liga perdida desde demasiado temprano, pero aferrado a la clasificación europea como mínima-máxima aspiración anual, el Atleti, paradójico, avanzó hasta la final de la Copa y las semifinales de la Champions. Dos balas por una del Barça y ninguna del Madrid. Una situación inusual. Pero toda aproximación a la gloria abre una invitación al desastre. La derrota de Sevilla sólo se arregla con la victoria en la todavía hipotética final de la Champions. De acceder a ella, otro fracaso duplicaría la sensación de impotencia y aumentaría la de fatalismo. Aunque una final y unas semifinales merecen, objetivamente, aprecio, en el Atleti resultan insuficientes a estas alturas.
Simeone se halla en una encrucijada, otra, de la que saldrá reforzado o disminuido. Este martes, la víspera del partido de ida ante el Arsenal, cumple 56 años.
“Happy birthday?”




