La Policía portuguesa realiza este domingo registros en varios establecimientos del club del Oporto relacionados con una operación desencadenada hace meses a raíz de los incidentes registrados en la Asamblea General del club.
La nueva dirección del club, liderada por André Villas-Boas, informó en un comunicado de los registros, llevados a cabo en la tienda del socio del Estadio do Dragão y en la sociedad Porto Comercial, participada por el Oporto.
El club “se compromete a prestar todo el apoyo a las autoridades en el desarrollar de sus diligencias”.
La Policía de Seguridad Pública (PSP) de Oporto confirmó a Efe que los registros están relacionados con la llamada Operación Pretoriano, que investiga los incidentes ocurridos en la Asamblea General del club, cuando hubo agresiones a aficionados.
La operación se saldó con doce detenciones, entre ellas la de Fernando Madureira, líder del principal grupo de hinchas del club, los Super Dragones.
Según documentos de la Fiscalía citados por medios locales, este grupo pretendía crear “un clima de intimidación y miedo” que sería “favorable a los intereses” de la entonces dirección del conjunto, liderada por Jorge Nuno Pinto da Costa.
La dirección de Pinto da Costa se demarcó y ofreció su cooperación a las autoridades.
La Fiscalía Provincial de Madrid ha presentado una denuncia contra los insultos racistas que recibió Nico Williams durante el encuentro que el Athletic de Bilbao disputó contra el Atlético de Madrid en el Metropolitano el pasado 27 de abril.
El Ministerio Público considera en su escrito que los gritos que un espectador profirió contra el jugador cuando se disponía a realizar un saque de esquina tiene un "evidente desprecio al color negro de la piel de éste", y los escenificó, además, con gestos de menosprecio de carácter racista.
Según recoge el escrito, se trataron de sonidos "uh, uh, uh, uh", que reflejan una onomatopeya que imita el sonido emitido por los monos, "que, como es público y notorio, ha sido proferido en diversas ocasiones por grupos de aficionados de distintos países para ofender públicamente a deportistas por el color de su piel".
El organismo entiende que los gritos proferidos contra el futbolista podrían ser constitutivos de un delito de lesión a la dignidad. Según el artículo 510 del Código Penal las penas son de uno a cuatro años de prisión y multa de seis a 12 meses para quienes "públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio sobre un individuo o grupo por su pertenencia al mismo por razones de raza, sexo, religión, origen, identidad sexual o ideología" y de seis meses a dos años y multa de seis a doce meses "a quienes lesionen la dignidad de las personas mediante acciones que entrañen humillación, menosprecio o descrédito de alguno de los grupos que debe estar basado en una característica común de sus miembros, como su raza".
El futbolista, tras el encuentro afirmó: "He escuchado sonidos de mono, han sido pocos, gente tonta hay en todas partes y no pasa nada. Espero que esto vaya pasando poco a poco, al final estamos haciendo una lucha interna y externa contra esto y es lo que hay".
El responsable, socio de la grada de animación del Atlético de Madrid, ya fue suspendido cautelarmente por el club por esos hechos en aplicación de su normativa interna al considerarlo una falta muy grave.
La Policía identificó a ese socio como un miembro veterano del Frente Atlético, el grupo ultra que se sienta en la grada de animación del fondo sur del estadio Metropolitano.
El club fue sancionado por el Comité de Competición con el cierre de dos partidos de este sector del estadio por estos hechos y una multa de 20.000 euros.
No obstante, el Comité de Apelación de la Real Federación Española de Fútbol aceptó el recurso del Atlético de Madrid por su activa colaboración, la identificación del responsable y el hecho de que fuera un incidente aislado. Todo ello permitió afirmar que concurrió la máxima diligencia posible por parte del Club.
Estalló la tragedia rota en llanto incontenible y gritos desgarradores. Llanto de dolor físico, exterior, y de dolor sentimental, interior. Gritos de rabia contra el azar y de acusación contra el destino. Estalló la tragedia como estalla una bomba, como estalla una pena inconsolable que se desborda. Nada más tomar la salida, probablemente a causa de sus ganas, Lindsey Vonn, se enganchó con un brazo en la puerta. Se desequilibró y salió volando, y cayó rodando, botando, rebotando con todo el cuerpo, con toda el alma, sin control, como una muñeca de trapo, desarbolada, descoyuntada. Fue atendida largamente en la pista, convertida en una trampa, y evacuada en helicóptero, devenido en ambulancia. Era el fin. No sólo de esa competición, sino de toda una carrera reemprendida triunfalmente el pasado año, rebasados los 40 años y que ahora, con 41, había regresado a la senda del triunfo. Rota por fuera y por dentro, Lindsey Vonn, la reina estadounidense del mundo, había dicho adiós para siempre a su vida deportiva. Para los supersticiosos, llevaba el dorsal 13.
Se hizo el silencio entre los millares de aficionados presentes, sobrecogidos. Y en millones de espectadores por televisión. Muchos se cubrían el rostro con las manos. También Breezy Johnson, compatriota de Lindsey, mejor tiempo hasta ese momento y vencedora a la postre por delante de la alemana Emma Aicher y la italiana Sofia Goggia.
En el deporte existen los milagros (o esos episodios inexplicables que denominamos así para describirlos, ya que no para entenderlos). Lindsey Vonn personalizaba uno de ellos en su permanencia en la cima del esquí a los 41 años, con la rodilla derecha reconstruida con titanio y los meniscos y los cartílagos tundidos y degenerados. Pero esta vez no se produjo. Por desgracia, tuvieron razón quienes tildaban de locura la decisión de Lindsey.
El helicóptero evacúa a Lindsay Vonn tras caerse en la prueba de descenso.Jacquelyn MartinAP
El esquí entero, los Juegos al completo estaban pendientes de la estadounidense con una oleada de admiración y simpatía que trataba de protegerla a la vez que la animaba. Incluso Italia hubiera aceptado con una cierta amable resignación la derrota de sus esquiadoras, también formidables especialistas en descenso.
No podía existir mayor expectación ni un interés más generalizado. Lindsey Vonn se había convertido en la figura más atrayente de los Juegos. Era un nombre y un título. Su propietaria mostraba una rebeldía frente a la adversidad que la designaba como una heroína moderna.
Cuando pocos días antes del comienzo de la competición se rompía el ligamento cruzado de la rodilla izquierda en el descenso de Crans Montana, añadió al nombre y al título un aura fatalista de burlona y definitiva tragedia. A su edad y en sus condiciones, ahí se acababa la historia. Lara Gut-Behrami, la campeona olímpica de supergigante, había sufrido, en noviembre, durante un entrenamiento, la misma lesión en la misma rodilla y se había despedido de la temporada. Y eso que era más joven (34 años) y estaba menos machacada. El presente se detenía de golpe para Lindsey y el futuro quedaba exento de cualquier tipo de incógnita. Ya no existía. Un epílogo innecesariamente cruel que cortaba de un modo excesivo, pero de indiscutible grandeza dramática, una carrera gloriosa, prolongada hasta lo inimaginable. Y, en cierto modo, magnificándola por su dimensión literaria.
Instante en el que Vonn gira en el aire antes de caer sobre lapista.RTVE
¿El fin?... Nada de eso. Pocas horas después del accidente, del cataclismo, Lindsey desplegaba su seductora sonrisa y sostenía que "el sueño olímpico no se ha acabado para mí". Aunque ahora sabemos que el sueño devino en pesadilla, el esquí acogió con incredulidad y alarma, pero también con esperanza, esa afirmación que amenazaba con empeorar el estado de la esquiadora hasta, quien sabe, dejarla coja para siempre o algo por el estilo. No se podía esquiar, y menos un descenso olímpico, con un ligamento roto que dejaba esa rodilla sin estabilidad y en trance de repercutir en la otra con una fractura del hueso en el que se fija la prótesis. Lindsey podía quedar coja de por vida y con severas limitaciones en su normal desempeño cotidiano. Ellos y todos los demás conteníamos el aliento cuando Lindsey tomó la salida.
Y ellos y todos los demás deseamos ahora que Lindsey sea más fuerte que todos nosotros y pueda hacer una vida corriente de persona normal después de habernos regalado la inigualable existencia profesional de una mujer extraordinaria.