Un ordenador portátil y dos llaves de memoria con información sensible sobre parte de los planes de seguridad de los Juegos Olímpicos de París 2024 fueron robados el pasado lunes en un tren, informó la pasada noche el canal BFM.
Se trata del dispositivo de seguridad del Ayuntamiento de la ciudad, que prevé desplegar 2.000 agentes, la mayoría de ellos policías municipales, durante los Juegos, que se desarrollarán del 26 de julio al 11 de agosto.
Sin embargo, la parte principal del dispositivo de seguridad de los Juegos, que incluye el despliegue de decenas de miles de policías nacionales, gendarmes y militares, no estaba incluida en el material robado.
Un empleado municipal denunció en la tarde del lunes que el material le había sido robado del compartimento superior de su asiento en un tren de cercanías.
El hombre, un ingeniero, constató que la bolsa con el material faltaba cuando llegó a la estación del Norte y se levantó para cambiar de tren con destino a su vivienda en las afueras.
La información añade que los investigadores están analizando las imágenes de las cámaras de seguridad de la estación para tratar de avanzar en las pesquisas.
La seguridad de la cita olímpica es posiblemente el principal quebradero de cabeza de las autoridades francesas y de la organización de los Juegos, especialmente la novedosa ceremonia de inauguración, que consistirá en un desfile de barcos por las aguas del Sena y con varios cientos de miles de espectadores.
África es un continente tan pasional como peculiar y eso se reflejó en una loca final de la Copa África en que Senegal fue capaz de romper el guion que daba ganador al anfitrión Marruecos incluso con un penalti polémico señalado por el VAR en el último suspiro del tiempo reglamentario. En sus botas tuvo Brahim Díaz la posibilidad de hacer campeones a los alauitas desde el punto del penalti, pero su decisión de lanzar 'a lo panenka' acabó con el balón en las manos de Edouard Mendy y dando una vida extra a Senegal que el jugador del Villarreal Pape Gueye convirtió en la victoria en la prórroga.
La final se agitó de manera explosiva por dos decisiones arbitrales tan polémicas que llevaron a Senegal a retirarse a su vestuario. Fue primero un gol anulado por una falta previa de Seck a Hakimi que señaló el colegiado congoleño Ngambo un tanto exagerada. Después, Brahim cayó en el área por un agarrón de Diouf que tampoco pareció suficiente, ni siquiera para el árbitro hasta que vio la jugada en el VAR y señaló penalti. Esa decisión servía en bandeja la ocasión a Marruecos de ganar la Copa África y eso incendió el banquillo de Senegal. Pape Thiaw mandó a sus jugadores retirarse del campo en una decisión histórica.
La Federación de Senegal ya había denunciado en un comunicado las maniobras lo que consideraba maniobras turbias de Marruecos: falta de seguridad para sus jugadores, hoteles de peor nivel, impedimentos para asignarles campos de entrenamiento en Rabat... y el penalti fue la gota que colmó el vaso. En el 90+9, tras discusiones con el árbitro y entre banquillos, solo Mané se quedó en el campo, pidiendo a sus compañeros que volvieran. Como si fuera el único que creía en que el cancerbero del Chelsea podía parar ese penalti y mantenerlos vivos.
Los jugadores de Senegal se retiran al vestuario.AFP
Brahim, que había generado esa oportunidad histórica, le pidió el balón a En-Nesyri y, ante el portero del Chelsea y con todo Marruecos conteniendo la respiración, se jugó un lanzamiento 'a lo panenka' que, mansamente, atrapó el guardameta. De la gloria al infierno.
Tan noqueada quedó Marruecos que ya no pudo alzarse. El peso de llevar a la espalda la ilusión de todo un país que había esperado 50 años para volver a ganar una Copa África les pudo. La condición de anfitrión y la de favorito fueron emociones que se sumaron a la incomodidad que les creó Senegal desde el arranque. De hecho, en el minuto 5 respiraron de alivio cuando Bono salvó el remate de Pape Gueye a bocajarro en un saque de esquina. El ex guardameta del Sevilla, que ya fue héroe en las semifinales atajando dos penaltis a Nigeria, volvió a aparecer para sostener a su equipo, al que le costaba estirarse.
Senegal sabía que si tenía la pelota y el control del juego dejaba a los alauitas sin su mejor baza: las transiciones rápidas. En eso se esforzó, como también lo hizo el lateral zurdo del West Ham, Diouf, en parar a Brahim Díaz. A quien apuntaba a ser MVP de esta Copa África y también Bota de Oro, le costó entrar en juego porque el balón nunca lo tenían sus compañeros.
Cierto es que ese dominio senegalés se veía atrapado en muchos momentos en la tela de araña que tejió Regragui con Saibari, El Aynaoui y El Khannous. Sus robos tenían un destinatario claro: Abde. En el ala izquierda donde habían detectado una debilidad porque Pape Thiaw no había tenido más remedio que hacer debutar al joven central de Niza Antoine Mendy. Abde, pillo, intentó buscarle las cosquillas pero toda la zaga de los leones de Teranga acudía en su auxilio.
Necesitaba Marruecos que apareciera Brahim para encontrar a El Kaabi, incluso que Hakimi se proyectara, aunque bastante tenía con sujetar a Sadio Mané. Senegal parecía más cómodo, tanto que pasada la media hora Ndiaye le cogió la espalda a Mazraoui, como si de un Everton-City se tratara, y se plantó para librar un mano a mano con Bono que, de nuevo, ganó el portero. Si la selección marroquí seguía viva, se lo debía a él, porque era incapaz de gobernar la final y empujar a que se jugada en campo senegales.
Al filo del descanso se estiraron los dos equipos y pisaron más las áreas con menos miedos. Marruecos, a latigazos, otra vez con Abde, que puso un centro al punto de penalti que se le escapó al central del Marsella Aguerd. La respuesta, esta vez, fue una transición de Senegal, con Jackson en la frontal del área descargando a Mané en la banda izquierda para que buscara disparo. No es ya el jugador decisivo que asombró en el Liverpool, pero le queda magia. Ya en el añadido, Ndiaye volvió a intimidar, pero esta vez el tiro flojo desde la frontal de Camara hizo contener la respiración al público, más por reiteración que por el peligro que representaba.
Tras el descanso, el duelo se abrió algo más y la primera ocasión la tuvo Marruecos con una asistencia de El Khannous entre los centrales para El Kaabi, que intentó armar un zurdazo ante Mendy que le salió desviado. Se habían engrasado y otra recuperación de Brahim volvió a poner en problemas a Senegal. Trazó una diagonal y asistió a El Kaabi, pero rebañó Sarr y, aunque su rechazo lo cazó Abde, su remate no pudo encontrar puerta. Se lanzaban los anfitriones a solventar el partido en la media hora que tenían por delante.
El parón por la herida sangrante que sufrió el pivote marroquí de la Roma, El Aynaoiu, animó a los seleccionadores a mover sus banquillos en los últimos 15 minutos. Thiaw buscó la veteranía de Seck y Ismaila Sarr y el colmillo de la jovencísima estrella del PSG Mbaye. No tardó en retrucar Regragui mandando al campo a Tarhghaline y al ex sevillista En-Nesyri.
Había dos opciones: ser conversador y no perder la Copa en los últimos minutos o buscar ser campeón antes de que el colegiado congoleño Ngambo pitara el final. La lesión de Masina noqueó a Marruecos, y de eso se aprovechó Senegal, que encadenó dos jugadas de gol. La primera, un disparo cruzado de Mbaye, la salvó de nuevo Bono. La segunda acabó en el fondo de la portería pero, con mucha polémica, la anuló el árbitro por falta previa de Seck a Hakimi que Senegal protestó.
El jugador del Villarreal Pape Gueye celebra el gol que marcó.AFP
Sin embargo, el capítulo más polémico llegó ya con el tiempo cumplido. En el noveno minuto del largo añadido, y tras avisar el VAR, Ngambo señaló un penalti por agarrón de Diouf para derribar a Brahim. Las protestas de los senegales, que acusaban al madridista de exagerar ante el contacto, apenas se escuchaban ante un estadio enloquecido.
El fallo de Brahim fue un golpe emocional tan fuerte que sacó a los marroquís del partido y, a los cinco minutos de arrancar la prórroga, un zurdazo de Pape Gueye puso en ventaja a Senegal. Contra todo pronóstico, a los leones de Teranga la polémica les había dado alas. Solo reaccionó Marruecos en el 104 con un cabezazo de En-Nesyri a centro de Abde, pero fue Cherif quien, a puerta vacía, falló lo que hubiera sido la sentencia de los senegales.
«Era la gran decisión, con qué bici empezar», expone Tadej Pogacar en el altiplano de Peyragudes, mientras sacude en el rodillo el ácido láctico de sus piernas, que han realizado un esfuerzo como si de un test se tratara, 23 minutos clavados desde el lago de Loudenvielle, 10,9 kilómetros a una velocidad de 28,4 por hora, lo impensable para cualquier mortal. Habla el tirano del Tour de los detalles de su enésima exhibición (el cuarto triunfo ya en lo que va de carrera), basada esta vez en el puro sacrificio sin más estrategias, alejado de alardes técnicos y hasta de consejos de pinganillo que le pudieran despistar de lo único que le preocupaba: «Ir a tope desde el principio hasta el final».
La gran decisión era cómo afrontar una cronoescalada en la que, tras unos primeros metros de terreno menos áspero, después de girar a la derecha en el pueblo de Estarvielle, se afrontaba un infierno, coronado por un muro rectilíneo e interminable de asfalto negro y rampas del 16% donde tantos hacían zigzag en una crono que apenas 'disputaron' un puñado de corredores. Tadej optó por lo más simple, su Colnago aerodinámica de siempre, con el característico manillar en forma de Y. Y con doble plato. A diferencia de Vingegaard, Evenepoel, Roglic o Lipowitz, no uso la cabra de contrarreloj. El danés incluso llevó el llamativo casco aero. Dio igual, en el primer punto intermedio, situado en Escadaoux, el único relativamente llano, ya marcaba el mejor tiempo el líder.
«Competimos todo el año con este tipo de bicicleta. Hicimos nuestros cálculos. Quería ir más cómodo y fue la decisión correcta. Salí sin auriculares porque la táctica era sencilla. Podía ver los tiempos en los puntos intermedios de las pancartas. Desde el primero, vi la luz verde y los cinco segundos de ventaja, lo que me dio impulso. Abrí un hueco y mantuve un buen ritmo hasta el final», explicó con detalle lo que por la mañana se gestaba en el autobus del UAE Emirates. «Siempre tenemos un plan, pero no siempre sale. Bueno, con Tadej sale más veces de lo habitual», bromeaba a esas horas de calma su director Josean Fernández Matxin.
El ejercicio de Pogacar fue de una precisión exquisita, incrementando paulatinamente su distancia con Vingegaard hasta los 36 segundos finales que ya le dan un colchón de más de cuatro minutos antes de la etapa de hoy, una de las reinas de este Tour, entre Pau y Superbagneres (con el Tourmalet a la mitad). En la última cuesta, mientras Jonas se motivaba doblando a un Evenepoel que padeció muchísimo, incluso problemas mecánicos, Tadej reconoció que «casi» explota. Explorar los límites.
Pogacar, durante la cronoescalada.Mosa'ab ElshamyAP
Sí hubo otros detalles que llamaron la atención en el esloveno. Por ejemplo, no llevaba bidón en su bicicleta (ni siquiera soportes para ello). Es decir, no le iba a hacer falta beber en el tiempo transcurrido, pese al calor reinante en los Pirineos, algo menos ayer que en la jornada previa. Tampoco había pintura amarilla en su montura, habitual cuando es la bici del líder. Reinaba el negro: cualquier gramo de más sobra para escalar. Incluso Pogacar fue sin cinta en su manillar, algo que se había visto pocas veces. «Llevaba pensando en esta contrarreloj desde diciembre; quería que todo saliera perfecto. Y en el último momento, el equipo lo gestionó todo a la perfección», concedió sobre la exhaustiva preparación.
Fueron 36 segundos al final con Vingegaard, una distancia asumible si no hubiera sido por lo sucedido el jueves en Hautacam. El danés, que guardó absoluto silencio ese día, sí que reflexionó ayer. Y se mostró más esperanzado sobre su rendimiento de lo que cabría pensar. «El jueves fue un día realmente decepcionante. Esperaba más, pero al final me quedé sin fuerzas, estaba vacío. Fue una de mis peores actuaciones. Hoy (por ayer) una de las mejores. Es bueno reaccionar así. Hice todo lo que pude», concedió. Y habló sobre que "todo ha vuelto a la normalidad», de que «el Tour está lejos de terminar» y de que seguirá intentándolo. «No he perdido la fe en mí mismo. Sigo creyendo en nivel. Todo el equipo está muy fuerte, solo tenemos que demostrarlo en los próximos días», concluyó.