El rey del caos siente, cíclicamente, la necesidad de llamar al orden, como si el Bernabéu fuera una clase alborotada. Nada, sin embargo, le ha ido tan bien al Madrid como al alboroto, el desorden que, por el precio de ser vulnerable, acaba por desordenar, mortalmente, al contrario. Pero como si no pudiera resistirse a la Ley del Péndulo, que es la ley de la gravedad de la civilización, llega un momento en que procede llamar a un entrenador más táctico y disciplinado para poner orden en un lugar donde manda uno y mandan todos, como en una compañía de mosqueteros: uno para todos y todos para uno.
Xabi Alonso fue mosquetero junto a los mejores, Casillas, Sergio Ramos y Modric, los Athos, Porthos y Aramis de una era, además del D’Artagnan Cristiano, y ahora quiere ser un entrenador de autor, por lo que se trataba de un personaje ideal para encajar necesidad e idiosincrasia. Todavía en el inicio del camino, se encuentra ya en el disparadero por los mismos males que sufrieron algunos de los que llegaron con la misma misión: falta de conexión con algunos futbolistas y dificultad para hacer llegar su mensaje. Es el síndrome de Rafa Benítez, arquetipo de entrenador preparado, meticuloso y táctico. Curiosamente, el técnico con el que Xabi Alonso empezó su gran carrera como jugador, en el Liverpool, aunque su relación no acabó como empezó.
Rafa Benítez era, asimismo, un hombre con pasado madridista, aunque sin el brillo de gran estrella de Xabi Alonso. No puede decirse, pues, que no conociera la casa. En el vestuario algunos de los ilustres ponían cara de póker cuando les decía cómo debían perfilarse para optimizar mejor sus disparos. Ahora otros sin ese rango, como es el caso de Bellingham, tampoco aceptan demasiado bien que se le pida correr menos y posicionarse mejor. Con Vinicius o Valverde los desencuentros han sido más evidentes. Entre esos críticos no está Mbappé.
También de la casa era Camacho, que tiró un pulso por elevación y lo perdió, y otras experiencias más exóticas tampoco dieron resultado, como la de Carlos Queiroz, sustituto de Vicente del Bosque, o el ‘cuadrado mágico’ de Vanderlei Luxemburgo.
José Mourinho fue una excepción, aunque a costa de un desgaste importante en la imagen del club, y no lo fue únicamente por su valía como entrenador y líder, incuestionable, sino por el apoyo incondicional de Florentino Pérez. El portugués es posiblemente el único técnico con el que el presidente ha conectado de verdad. Eso cala en el vestuario como la lluvia fina. Ahí está la clave para saber hasta dónde llegará o no el ciclo de Xabi Alonso, un excelente entrenador, como ha contrastado el mercado, pero el Madrid no responde a las variables del mercado. En su construcción profesional, su futuro parece estar hoy, en manos del mayor creador de equipos de autor que existe, Pep Guardiola. Nadie ha padecido y ha combatido tanto el caos del Madrid.
Al observar a Arda Güler uno no piensa en Yaman, el arrebatador protagonista de La pasión turca. Güler es huidizo, de mirada oblicua, tímido, frágil en apariencia, lejos de la exuberancia del personaje de ficción, interpretado en el cine por el galán francés George Corraface, a cuya voluptuosa presencia sucumbe Desideria Oliván, Desi, presa de la rutina de su matrimonio. Antonio Gala, en realidad, se inspiró en el enamoramiento de su secretario por un turco para adaptarlo en la novela al arquetipo de la Penélope de provincias. La pasión, no obstante, era la misma, muy distinta a la pasión turca que seduce al Madrid, en la que la exuberancia no es física, pero exuberante es lo que produce en el Bernabéu.
Esta nueva pasión turca no necesita el sugerente caos de Estambul, una explosión de colores, melodías y aromas que conforman el decorado para la aventura de la buena Desi. Al contrario. La pasión turca de Güler precisa método, grabaciones, atención personal y psicología, mucha psicología. A todo ello se ha empleado Xabi Alonso desde su llegada con especial dedicación, porque necesita la pieza para lo que desea hacer en el Madrid. El tolosarra quiere un juego dominante desde la posición, que lleve sus centrales adelante, al centro del campo. Exige presión en territorio del rival para robar y armar ataques. Entonces, del mismo modo que en las transiciones ofensivas, llega el momento del pase que rompa las líneas. Ahí aparece Güler, que, frente al Valencia, dio a Mbappé su sexta asistencia. No hay mejor socio posible.
El entrenador quiere, pues, control, no caos, y eso abre incógnitas, porque tiene herramientas, jugadores, para ser mejor en el control, pero de lo que no hay duda es de que nadie compite como el Madrid en el caos. Veremos. El cambio de tendencia, de momento en su fase inicial, es el que hace que los especialistas en la conducción, como Valverde o el propio Vinicius, no tengan ya la etiqueta de indiscutibles del pasado. Vini, sin embargo, no es sólo un jugador. Es uno de los principales activos del club, un icono, y eso es algo que Xabi Alonso, un entrenador nada jerárquico, al contrario que Ancelotti, deberá conjugar con su hoja de ruta. De eso dependerá la cohabitación no sólo del técnico con la estrella, también con el presidente, tras la paz firmada en el festín ante el Valencia, un verdadero merengue en el Bernabéu.
El juego posicional
El juego posicional que penaliza a unos, beneficia a otros. No es casual la mejoría que ha experimentado Tchouaméni, del que quiere todavía más, que se avance en lugar de incrustarse entre los centrales, una necesidad convertida en vicio durante la pasada etapa. Xabi Alonso aspiraba a la llegada de un mediocentro, pero estaba claro que las prioridades estaban en la defensa. Florian Wirtz, al que había moldeado en el Bayer Leverkusen, era muy caro, carísimo, y Martín Zubimendi, con el que hizo algo parecido en el Sanse, filial de la Real Sociedad, no recibió el cariño del Madrid que le mostró Arteta. De haber sido de ese modo, estaría, hoy, en el Bernabéu.
En esa tesitura, el tolosarra dio su plácet a Modric para que siguiera un año más, pero el club sabía lo que saben todos: si el croata seguía, jugaría. No hay entrenador que se resista a su capacidad de templar los partidos. Para dar una verdadera alternativa a las inversiones realizadas para el centro del campo, Tchouaméni, Camavinga y Güler, Modric debía marcharse. De hecho, es justo lo que le dijo Juni Calafat al adolescente Güler cuando se avanzó a Deco por su fichaje: «Será difícil al principio porque están Kroos y Modric, pero cuando se marchen tendrás tu verdadera oportunidad en el Madrid, será tu momento».
Al llegar, Güler, muy respetuoso, llamaba abi a Modric. Abi es como se llama a un hermano mayor en Turquía. Ahora ya no necesita hacerlo, y no sólo por la marcha del croata. Pese a sus 20 años, juega como un hermano mayor. Si acaso, algunos en el vestuario lo llaman de ese modo, Arda abi, pero en tono de broma. «Ahora se siente importante, y ese es el cambio fundamental», explican en Valdebebas, además de «un trabajo muy específico con el futbolista».
Mbappé abraza a Güler tras una asistencia.OSCAR DEL POZOAFP
Los entrenamientos del Madrid son grabados por drones y después editadas las imágenes en vídeos con los que Xabi Alonso hace encuentros individualizados con quien lo cree necesario. En Güler es uno de los que invierte más tiempo, durante las estajanovistas jornadas del entrenador y su staff, desde las ocho de la mañana hasta mediada la tarde. Dónde posicionarse, cuándo girarse o cómo presionar son las cuestiones en las que más ha insistido al turco.
Clave en el balón parado
En las oportunidades que tuvo en el último año con Ancelotti, después de desencuentros, malentendidos y advertencias del italiano a su entorno, Güler hacía esfuerzos excesivos, aunque muchas veces sin rumbo. La clave ahora no es correr mucho, sino correr correctamente. El turco no es el único jugador al que Xabi Alonso explica la necesidad de dosificar los esfuerzos. También a Bellingham, de un despliegue físico brutal y de regreso a su mejor versión tras solucionar sus problemas de hombro en el quirófano. Había jugado mermado.
En un Madrid que quiere llegar a controlar todos los detalles, Güler se convierte, asimismo, en herramienta clave para el balón parado. Nadie tiene su precisión en las faltas indirectas o los saques de esquina. Es técnica en estado puro, pero eso no basta. Ahora vemos a un Güler sacrificado, que se repliega, y a un Güler más fuerte, que ha ganado peso de la mano de Ismael Camenforte, el preparador físico que está detrás de la energía del líder. Este nuevo Güler al que Montella ha puesto ya al mando de la selección de Turquía, aspira a ser el eje del juego del equipo que tiene la mejor selección de Champions.
La resistencia no es la cualidad que más se asocie al Madrid, amo del vértigo y de las transiciones. No hay resistencia posible en el alto nivel de la Champions sin un control emocional superlativo, el que se necesita para pasear por el contorno de un cráter. El Madrid lo tiene, sea para lo que sea, también para aquello en lo que no tiene costumbre, con sus héroes o con sus antidivos, Lunin, Rüdiger, Nacho, Carvajal y hasta Lucas Vázquez. Fueron
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