Mathieu van der Poel tenía un interés especial en ganar en Hoogerheide, en la Copa del Mundo de ciclocross. La carrera llevaba el nombre de su padre, Adrie. Pensado y hecho. Mathieu dominó con su suficiencia crónica la prueba. Esperó, tranquilo, a la tercera de las nueve vueltas para pegar el hachazo de rigor y abandonar el grupo que, enfilado, serpenteaba por el circuito.
Como siempre, hubo dos carreras. La primera, con un solo hombre. La segunda, con todos los demás y con los nombres habituales peleando por el podio en, esta vez, una infrecuente aglomeración. Una curiosa estampa en el ciclocross, que se caracteriza por la diseminación de los corredores.
En homenaje a su padre, Mathieu se esforzó especialmente. Lo habitual es que, conseguida una sustancial ventaja, se relaje un poco al final. En esta ocasión, mantuvo un ritmo altísimo y terminó con 1:20 de ventaja sobre Tibor del Grosso, Niels Vandeputte y Thibau Nys. Felipe Orts pasó por meta en la sexta posición.
Van der Poel, inabordable durante toda la temporada, obtuvo su duodécimo triunfo de la campaña y, de paso, un récord de 51 victorias en la Copa del Mundo. Se apresta, además, a apropiarse de otro récord. El próximo domingo perseguirá su octavo título mundial. Su condición de favorito es absoluta.
Escaños y podios. Los ciudadanos europeos votaban en sus respectivos países. Y, en Roma, donde se firmó en 1957 el Tratado constitutivo de la Comunidad Económica Europea, embrión de, en 1993, la Unión Europea, los atletas del continente se esforzaban, en sus respectivas pruebas para alcanzar sus metas. Los políticos estaban a merced de la decisión de los ciudadanos, de las urnas, para llegar a las suyas. Los deportistas dependían de sí mismos.
Dentro de la incertidumbre de toda competición, Ana Peleteiro, en su superioridad teórica, dependía especialmente de sí misma en el triple salto. Ella ganaba o ella perdía. Su mano mecía la cuna y aferraba las riendas. Las rivales estaban a sus expensas, por no decir a su merced. Ganó, pero penando un poco. Desde el primer salto pareció dejar las cosas en su sitio: 14,37, aunque batió a 21 centímetros de la tabla. Luego no hizo más que ampliar las diferencias. En el segundo, 14,46. El camino se le despejaba. Y, de pronto, la turca Tugba Danismaz, de modo insospechado, con récord nacional, se fue hasta 14,57.
Peleteiro, en el salto con el que consiguió el oro en Roma.ANNE-CHRISTINE POUJOULATAFP
Ana cambió de expresión, que mudó de serena a preocupada. Departió con Iván Pedroso. Se tambaleó su seguridad, pero no su determinación. Respondió a la turca con 14,52. Mejor, pero insuficiente. En el cuarto dio carpetazo al asunto: 14,85, a dos centímetros de su récord nacional, el del bronce olímpico. Ya campeona, el quinto intento, nulo, y el sexto, largo, pero no tanto, remataron, en conjunto, una serie espléndida. El oro se le rindió, enamorado, para proporcionar a España el metal más precioso posible, el auténticamente diferenciador. Los otros son siempre bien recibidos, pero mucho menos celebrados. Ana refuerza su moral de cara a los Juegos Olímpicos, en los que a ausencia de Yulimar Rojas abre el abanico para todas. También para Ana, que ya debe afrontar directamente, sin titubeos ni complejos, la barrera de los 15 metros, la frontera de las elegidas. A los 28 años, Ana, en su madurez, los contempla cada vez más cerca.
Entre ocho atletas en los 800 metros, la presencia de tres españoles ofrecía un prometedor cálculo de probabilidades para agarrar una medalla. Casi era imposible no acceder a, al menos, una. Fue, sí, una. De plata a cargo de Mohamed Attoui. Y quizás hubiera sido de oro si Attoui no hubiera hecho un esfuerzo extra adelantando como un poseso por el exterior, en la última curva. Corrió unos cuantos metros de más. Debería haber estado mejor colocado antes para no padecer ese esfuerzo suplementario. Pero sería injusto y absurdo reprocharle nada. Su 1:45.20 sólo se inclinó ante el 1:44.87 del francés Gabriel Tual. Álvaro de Arriba fue cuarto (1:45.64) y Adrián Ben, posiblemente perjudicado por un tropezó y un traspié al comienzo de la prueba, acabó sexto (1:46.54). Los tres defendieron con solvencia y provecho el prestigio del mediofondo español. Son dignos representantes de una larga tradición de medallas, marcas y buenos puestos.
Attaoui, entre Gabriel Tual y Catalin Tecuceanu.ANDREAS SOLAROAFP
Ana, regresamos a ella, es ahora Ana Peleteiro-Compaoré. Ha adoptado el apellido de su marido, el también triplista Benjamin Compaoré, con quien contrajo matrimonio en septiembre de 2023. Pero ha tenido la deferencia de situarlo en, digamos, segunda posición para no despistar. Generalmente, las atletas que se casan anteponen al suyo el apellido de su esposo y llaman a la confusión. Quizás más de uno ha reparado en este Campeonato en el sorprendente parecido de la vencedora en el lanzamiento de disco, la croata Sandra Elkasevic con Sandra Perkovic, bicampeoa olímpica y mundial, y siete veces europea. Son, obviamente, la misma persona. Compaoré, en justa y amorosa reciprocidad, es ahora Benjamin Compaoré-Peleteiro. El matrimonio está bien avenido.
Compaoré es un atleta francés de gran nivel, campeón europeo en 2014. Pero ya, 10 años después, a los 37, que cumplirá en agosto, en retroceso y que se clasificó con apuros para la final del martes, con 16,72. No pasó ningún apuro Jordan Díaz, imponente en su estreno con España. Después de un salto nulo, se plantó en 17,52, casi un metro más de lo que se pedía para pasar a esa final, y eso que se dejó 18 centímetros en la tabla.
Rozó su marca, con un único intento, Pedro Pablo Pichardo (17,48), el campeón olímpico, amén de otros laureles. Ambos comparten una historia. Nacieron en Cuba, pero uno se marchó-fugó a Portugal, y el otro se exilió-refugió en España. Parece que no se llevan del todo bien y se lanzaron unas pullitas que no vienen a cuento en un deporte como el atletismo. Bueno, y en ningún otro. El triple salto puede ser la prueba bendecida para España.
Por la mañana, en el medio maratón femenino, el equipo español había arrancado por un único segundo -contaban los tiempos, no los puestos- un bronce colectivo que también pesa, pero no brilla mucho viendo las posiciones. Laura Luengo, duodécima con 1:10:54, Esther Navarrete, decimotercera con 1:11:08 y Azzahraa Ouhaddou, decimocuarta con (1:11:14), puntuaron. Los hombres fueron cuartos.
Día de ausencias en Apeldoorn de algunas de las superlativas figuras que, pese a todo, esta arrinconada, amenazada por doquier Europa mantiene, que no son pocas. Flotaban en el aire, livianas, melancólicas, en el triple salto, las sombras de Jordan Díaz, campeón olímpico, y Pedro Pablo Pichardo, subcampeón. Un español y un portugués de Cuba. Y, en el salto de altura, la alegre, la expresiva, tan italiana, de Gianmarco Tamberi. Todas ellas precursoras de, espesa, dolorosa, la dominical de Armand Duplantis, nuevo-viejo plusmarquista mundial de salto con pértiga, con esos 6,27 conseguidos el 28 de febrero en Clermont-Ferrand, seis días después de que Jordan Díaz cumpliera 24 años.
No estaban, pues, Díaz y Pichardo. Pero sí otro Díaz: Andy. De nombre completo Andy Díaz Hernández, tercero en París, italiano de La Habana, azzurro desde el 23 de febrero de 2023. El podio olímpico pareció el Campeonato de Cuba. Sin sus ex compatriotas, Andy, favorito lógico, ganó con una gran marca: 17,71. Un capicúa líder mundial del año. Un registro mejor que el que le dio el bronce en los Juegos (17,63). Segundo fue el fornido alemán Max Heb, un nombre ahorrativo, resuelto en dos sílabas, con 17,43. Y tercero, Andrea Dallavalle, italiano de Piacenza, con 17,19. Sólo ellos pasaron de los 17 metros.
Tamberi depositó el honor de Italia en Matteo Sioli, un chaval de 19 años y breve formato para un saltador de altura, aunque con una capacidad de impulso vertical más que notable, y Manuel Lando, de 24. Sioli accedió al bronce con 2,29. Sólo se inclinó ante el checo Janick Stefela, también con 2,29, y el tallo ucraniano (1,97) Oleh Doroschuk, excelente con sus 2,34, líder mundial del año en una disciplina alejada hace mucho de los 2,40 y protagonista de un concurso impecable. Ni un nulo. Hubo ausencias destacadas, pero, ya se ve, también presencias elogiables porque en una gran competición, y un Europeo indoor lo es, nunca faltan. Buena marca (4,80) para la suiza Angelica Moser. Poco antes los heptatletas habían prestigiado el Campeonato con, hermanadas, la emoción y la calidad.
El suizo Simon Eahmmer y el noruego Sander Skotheim, plusmarquista europeo, se jugaban el oro en la última prueba, los 1.000 metros. Skotheim se impuso con unos formidables 2:32.72, la mejor marca obtenida en un Europeo. Sus 6.558 puntos suponían el nuevo récord continental. Eahmmer, un soberbio saltador de longitud de talla mundial, amarró la plata con 6.506 puntos. En el heptatlón nadie echó de menos a ningún ausente.
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Un insólito gesto de samaritano por parte del jugador más egoísta del mundo, que, por ende, está muy necesitado de reafirmación personal. Los musulmanes empezaro
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