Después de cinco meses, desde Lombardía. Después de 147 días, volvió Pogacar a escena. A la Strade Bianche. A las carreteras blancas. Al ciclismo de cualquier color. Y el ciclismo a él, que reúne los del arcoíris. Pogacar es siempre la noticia. Haga lo que haga o deje de hacer. Cuando gana porque gana, que es lo normal. Cuando pierde porque pierde, que es lo raro. Esta vez ocurrió lo normal. Ganó.
Empezar la temporada para él y ganar. Llegar y besar el santo. Llegar, ver y vencer. De Italia a Italia. De Lombardía a Siena. De Siena, salida de la carrera, a Siena, llegada. Del dorsal 1 al dorsal 1. Ganó con el cabello teñido de rubio, un tono que aniña aún más un rostro de querubín sonriente. Ganó porque no podía ser de otro modo. Cuarta victoria en Siena, tercera consecutiva, una más que Fabian Cancellara. Y la número 109 de su historial. Y otra más, ¿y van? Del UAE.
Ganó y lo hizo de esa manera extraordinaria que en él es normal. A 80 kilómetros de la meta, en el séptimo tramo de “sterrato”, en Monte Sante Marie, y como en 2024, demarró del grupo que era cabeza de carrera, controlado por UAE, y se acabó la historia sin historia de la carrera. La historia fue la falta de historia, o la única historia posible.
Demarró Pogacar como demarra él, sin auparse sobre los pedales, simplemente aumentando la cadencia y la potencia de la pedalada. Trataron de seguirle Jorgenson, Seixas, Del Toro, Pidcock, Van Aert, Grégoire… No pudieron, y nosotros no podemos saber cuanto hay de inferioridad y de resignación, cuánto de inferioridad y cuánto de actitud, en esa impotencia, en esa renuncia. Cuánto de imposibilidad y cuánto de fatalismo. Todos saben cuándo “Pogi” va a atacar y no pueden remediarlo. Lo saben y no pueden. No pueden y lo saben.
Pogacar, durante la Strade Bianche.AFP
Polvo. Cipreses. Iglesias medievales. Cepas. Suaves colinas. La Toscana… Uno tras otro, fueron cayendo los tramos de tierra, cortos, duros, algunos con remates respingones del 15%, del 18%. Uno tras otro, con Pogacar manteniendo una ventaja de alrededor minuto y medio contra todos los notables, que habían acabado juntándose. Hay que mencionarlos, aunque sin pormenorizar, no es necesario, que no nos distraigan, porque la carrera era sólo una, y el corredor uno sólo.
Acostumbrados a las hazañas del esloveno, casi hemos olvidado el inmenso mérito que tiene vencer en solitario contra grupos, o tríos, o dúos, o lo que sea, formados por algunos de los mejores ciclistas del mundo, condenados a verlo partir y a volver a verlo ya en la meta. Pogacar es una bendición individual que vierte una maldición colectiva sobre los demás.
Pedaleaba y pedaleaba con un rictus infantil de esfuerzo y una sonrisa de desmentido a la cámara de la moto. Pedaleaba con el cuadro de la bicicleta cubierto con una capa de polvo y la radiante paleta del “maillot” apagada un tanto por ese mismo polvo pegado al sudor del campeón, del héroe. En los tramos más exigentes del recorrido, la gente, apretada, apelotonada, se volvía loca. No hubieran aclamado más a un italiano.
¿Hemos dicho que no había que pormenorizar con los rivales?… Hagámoslo, sin embargo, con Paul Seixas, ese prodigio francés de 19 años y del equipo Decathlon. En el sector 13, en el segundo paso por Pinzuto, él y Del Toro abandonaron a sus compañeros. El mexicano, también de UAE, como “Pogi”, no relevaba. Incluso así, Seixas lo reventó en la durísima subida final a la Piazza del Campo para ser segundo.
Pogacar… El rey ha vuelto. Viva el rey.








