Son las 8 de la mañana de un día gélido y Walter Pandiani (Montevideo, 1976) está sentado solo junto a una mesa con su ordenador y un mate en las entrañas del estadio Nueva Balastera mientras suena un calefactor de aire. A su espalda, una cristalera que da hacia un polígono en el exterior de la ciudad de Palencia, donde se ubica el campo, y a su izquierda, el escudo del Palencia CF sobre una pared morada. Uno de los grandes delanteros de principios del siglo XXI en LaLiga, con más de 80 goles, con presencia también en Champions League, donde marcó otros 12 e incluso llegó a unas semifinales, vuelve al barro. “Vino como un favor, sino no podría estar aquí”, revela a EL MUNDO Enrique Royuela, vicepresidente del club castellano.
El Palencia CF milita en Tercera RFEF, y en 2013 llegó incluso a desaparecer por problemas económicos hasta una plataforma lo reflotó con otro nombre, Club Deportivo Atlético 1929. La entrada de un grupo inversor cinco años después le dotó de recursos y le permitió recuperar el nombre original de 1929. En el último mercado de invierno se trajo al entrenador que ha puesto a un equipo de la quinta categoría del fútbol español en el mapa. “Teníamos que traer a un gallo más gallo de los que tenemos”, cuenta a este periódico Sadok Mounmi, presidente del Palencia CF.
A las 9 de la mañana, entra en la oficina Alberto Gonzalo, Tito, segundo entrenador de Pandiani para darle el parte de las llegadas de los futbolistas. El técnico ha impuesto un estricto control de horas de llegada en la que no permite retrasos ni excesos. Cada día, el cuerpo técnico somete a los jugadores a un control de peso. «Si tienen que estar listos a las 9.15 horas, no pueden llegar a las 9.16, tampoco a las 9.13, tienen que llegar a menos cuarto para que les dé tiempo», apunta Walter Pandiani a EL MUNDO.
El uruguayo, en su despacho del Palencia CF.El Mundo
No es el uruguayo un sargento, pero le gusta el orden y la disciplina, aunque luego se muestra cercano al futbolista, incluso paternal. “A mí nunca me ha faltado al respeto un jugador y creo que es por mi personalidad”, explica sobre el ejemplo entre Vinicius y Xabi Alonso, que terminó con la salida del entrenador tolosarra. Algo que achaca también a las nuevas generaciones y a la “prisa” que hay en todo lo que rodea al fútbol. “A la hora de trabajar, saben que uno es muy exigente y que tampoco negocio nada”, añade.
El técnico recorre junto a su segundo un pasillo eterno hasta llegar a las dependencias de los jugadores. La plantilla espera a su entrenador relajada, jugando al ping pong, unos; de charla, otros. La mayoría de los jugadores, ya con ropa de deporte, están preparados para la sesión de vídeo. Cuando Pandiani entra no se produce el silencio reverencial de las películas, el ruido se mantiene y el técnico bromea con los veteranos sobre los goles que le metió a Casillas, pese a que casi siempre perdió ante el capitán blanco. Con Canario, mediocentro del equipo, casi coincidió en el Espanyol, pero el jugador militaba en el B. “El resto me conocen de verme vídeos y, a veces, me comentan algunas cosas”, explica.
Entonces, y cuando su segundo coloca la pantalla para realizar la sesión de vídeo, Pandiani dirige unas palabras a su vestuario y ahí sí, se hace el silencio. “Yo no tengo a nadie acá, estoy solo y quiero salir campeón”, espeta a sus jugadores mientras les habla de la importancia del compromiso, de la solidaridad entre compañeros y de nunca bajar los brazos. “Siempre fui líder de las plantillas en las que estuve, entonces para mí la transición a entrenador fue muy fácil porque estas charlas ya las hacía de jugador”, explica el Rifle sobre su desembarco en los banquillos. “No tiene que convencer, a alguien como él ya le crees”, secunda el vicepresidente Royuela.
En multitud de ocasiones, Pandiani se dirige a sí mismo como el Rifle, el apodo que tenía cuando era jugador. Un nombre que tiene grabado en su kit de mate y que le cayó por su gran disparo con ambas piernas y su eficacia goleadora. Características que intenta transmitir especialmente a los delanteros a los que entrena. “Hago mucho trabajo extra con ellos. Les enseño a cómo reaccionar en ciertas situaciones para crecer y mejorar”, desvela el técnico. Esos consejos se comprueban más tarde cuando la plantilla se entrena en el recinto Sergio Asenjo.
El entrenador durante una práctica.El Mundo
La sesión comienza sobre las 11 y el termómetro no pasa de cinco grados, pero un viento racheado recrudece la sensación térmica. Hay ejercicios de pase, de centros laterales y después hay un partidillo entre los teóricos suplentes y los titulares. “Ser campeones no es por el que hace los goles, sino por los que están en el banquillo empujando”, apostilla el técnico. El presidente y el vicepresidente del equipo, así como el director deportivo, están presentes en la sesión. Hay mucha ilusión por el ascenso a Segunda RFEF y así multiplicar las ayudas que reciben en la Federación. “Si no ascendemos esto puede ser un paso atrás en mi carrera”, sentencia Pandiani.
Fue un riesgo dejar Uruguay, donde había entrenado ya a equipos de Primera División, como el Albion o el Cerro, para descender de golpe cuatro categorías. Lo hizo solo, sin su mujer, que es instructora de caballos, y sin sus hijos, que también intentan convertirse en futbolistas. Tampoco se pudo traer a sus compañeros de staff. “No tenía como objetivo volver a España”, apunta, pero lo vio como una manera de mantenerse activo, por lo menos hasta que se abra la ventana de entrenadores en su país y, de paso, ayudar también a su representante, Eugenio Botas, una de las personas que está detrás de este proyecto deportivo en Palencia.
Profesionalidad siempre
Cuando termina el entrenamiento, Pandiani repasa junto a Tito, su segundo, cómo ve a los jugadores y qué pueden hacer para el partido del domingo (jugaron y ganaron frente al Mirandés B) antes de dirigirse juntos al Sector 8, un bar próximo al estadio donde la plantilla celebraba los cumpleaños de dos de sus jugadores y la despedida de Héctor Hernández, ex jugador también del Deportivo de la Coruña. En las mesas hay varias bandejas de embutido, fritos y un par de jarras de cerveza. Pandiani, al llegar, tuerce el gesto. “Hay que ser más profesional”, indica pese al ambiente festivo y da a entender que mientras él sea el técnico, eso no repetirá antes de un encuentro.
Las tardes para el Rifle son monótonas en la habitación 211 del Hotel Castilla Vieja. “En breve me mudaré a un piso porque me encanta cocinar”, explica a este periódico. También dice tras los entrenamientos se dedica a trabajar, hablar con su familia a través de la tablet y hacer ejercicio. Este uruguayo es de los pocos ex futbolistas que no ha terminado fastidiado de las articulaciones. Pandiani asegura que es capaz de correr 10 kilómetros en 38 minutos.
Pandiani revisa la tablet en su hotel.El Mundo
También, cuando le apetece, se da un paseo por el casco viejo de Palencia, ciudad en donde se le reconoce por sus méritos pasados y por el impulso que le ha dado al equipo de esta capital de provincia de menos de 80.000 habitantes. “Hubo mucha repercusión con mi llegada, la gente me reconoce, me pide una foto, ha calado mucho mi fichaje”, apunta mientras recorre las arcadas de la Calle Mayor y algunos transeúntes se giran la cabeza para verle.
El Masnou, Lorca, Emiratos, Uruguay y ahora Palencia. Habrá que ver cómo evoluciona la carrera de un entrenador que fue futbolista, pero también basurero, portero de discoteca y leñador y no se le caen los anillos como demuestra recogiendo el material tras el entrenamiento. De aquella época le quedó esa famosa imagen suya llegando a entrenar con el Depor subido a un camión Iveco, marca que le patrocinaba entonces, con el Rifle en el parasol y que hoy el Palencia replica en su página web para que la ciudad se suba a la Rifleneta. “Aquí no tengo ni coche”, dice entre risas.








