El portugués Silvino Louro, entrenador de porteros del Real Madrid entre 2010 y 2013, con Jose Mourinho en el banquillo del primer equipo blanco, ha muerto a los 67 años, tras una larga enfermedad, según el diario Marca.
El Real Madrid ha trasmitido su pésame en un comunicado en el que indica que su presidente, Florentino Pérez, y su junta directiva, “lamentan profundamente” su fallecimiento y expresan sus “condolencias y su cariño y afecto a sus familiares, a sus compañeros, a sus clubes y a todos sus seres queridos”.
En su etapa en el cuerpo técnico, el conjunto madridista ganó una liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España.
Como futbolista jugó en el Vitoria de Setúbal, el Vitoria Guimaraes, Desportivo Aves, Benfica y Salgueiros, y fue internacional en 23 ocasiones.
Como entrenador de porteros trabajó en la selección, Oporto, Chelsea, Inter Milán y Real Madrid, en los que preparó a buena parte de los mejores guardametas del mundo como Vitor Baía, Iker Casillas, Petr Cech y Julio Cesar.
Algunos de los clubes por los que pasó y también numerosas personalidades del mundo del fútbol le han despedido en redes sociales.
Giacomo Agostini (Brescia, Italia, 1942) es un mito de motociclismo: cosechó 15 títulos, ocho en 500 cc. (la máxima categoría, que ahora se llama MotoGP) y siete en 350 cc. Es el piloto más laureado de la historia. Por eso, merece la pena escucharlo cuando habla de motos en la víspera de un Mundial que arranca este domingo con el GP de Tailandia (9.00 horas, Dazn), en el que Marc Márquez defiende corona e intentará igualar el récord de ocho triunfos del emblemático italiano.
A Giacomo Agostini le apasiona el Mundial de MotoGp, pero lamenta que la máquina atesore un factor determinante en la resolución de las carreras, ya que eso provoca una pérdida de emoción. Si Marc Márquez, el mejor piloto, cuenta con la moto más competitiva, el resultado acaba siendo lo que vimos el año pasado: arrasó y no selló una marca de puntos escandalosa solo por una lesión de última hora. Por eso, el campeonísimo italiano considera al piloto español como el indiscutible rival a batir. Además, en una conversación telefónica con este diario, dice que no tiene duda de que el español atesora todas las condiciones para igualar su registro en la máxima categoría. El catalán ha ganado siete veces el Mundial de MotoGP, una el campeonato de 125 cc y otra el de Moto2.
Marc Máquez acapara todas miradas.
Es el campeón, aquel a quien todos quieren batir. Por eso, precisamente, creo que es el favorito, casi como si estuviera predestinado a ganar también esta edición.
Marc Márquez arrasó en 2025 con una Ducati oficial. Su compañero de equipo, Pecco Bagnaia, dos veces campeón de MotoGP con esta misma marca, vivió un último curso marcado muy irregular, algo que Agostini trata de explicar: «Creo que, al ver que Márquez era tan rápido, pasó por un momento especialmente bajo, especialmente triste. Para mí, fue un tema de moral, se sintió un poco desmoralizado. Todo el mundo, y yo mismo también, esperamos que este año sea distinto, que recupere sus ganas innatas de vencer».
Agostini insiste en que Márquez lo tiene todo para volver a ser gran protagonista por calidad y carisma.
Márquez es un ídolo mundial
Sí. A los aficionados les gusta mucho ver gente que es capaz de hacer cosas que no están al alcance de todo el mundo, únicas. El público se enamora de grandes deportistas, como Ronaldo, Valentino Rossi, el propio Marc Márquez, Zinedine Zidane, Yannick Sinner o yo mismo. Gente única. Por ejemplo, solo hay un Carlos Alcaraz, no hay 10. El público ama y sigue mucho a este tipo de deportistas, los que hacen cosas de las que otros no son capaces.
Para volver a brillar en los circuitos, eso sí, al piloto de Cervera no le quedó otra opción que hacerse con la mejor máquina. Y, precisamente, ese peso tan grande que tiene ahora la tecnología no acaba de gustarle mucho a Agostini: «Para mí, ese exceso de tecnología no está bien. Prefiero que sea el piloto el que marque la diferencia. Quiero que gane el piloto, no la tecnología».
«Ahora, hay muchas cosas, pulsas un botón y bajas la moto, hay un montón de pequeñas alas para la aerodinámica. Yo quiero que una moto sea una moto, no una especie de avión, que mande el piloto. El año que viene creo que van a cambiar las cosas, y espero que vayamos hacia menos apoyos tecnológicos y que quien esté a los mandos tenga más responsabilidad con respecto a los resultados», reitera.
En este Mundial, que arranca hoy con la carrera al sprint (90.00 horas, Dazn) en el circuito Internacional de Chang, en Buriram, se repetirá la rivalidad entre los pilotos españoles e italianos, algo que gusta a Agostini. «Hace años, en el motociclismo brillaba Italia, pero también tenían mucho peso Inglaterra, Alemania o Estados Unidos. A lo largo de la historia, además, puedes encontrar grandes pilotos españoles, como el malogrado Santiago Herrero, hace mucho tiempo, Ángel Nieto, Álex Crivillé, Jorge Lorenzo... pero ahora parece que España e Italia son los que lo ganan todo. Y lo que están haciendo también muy bien en España es trabajar desde abajo, están preparando muy bien a los más jóvenes. Para ello, por supuesto, también ayuda mucho la climatología, tener buen tiempo la gran parte del año», señala un Agostini para quien triunfos y afición van muy unidos.
Giacomo Agostini.AP
«Si no hay pilotos ganadores en un país es complicado que haya una gran afición. Si no cuentas con ese factor, es normal que la afición a este deporte disminuya un poco», señala el gran campeón italiano, para quien Moto3 y Moto2, pese a que muchas veces quedan fuera de los grandes focos, tienen también un papel trascendental. «Para mí, tanto Moto3 como Moto2 cumplen un cierto papel de escuela, de preparación para acabar llegado a MotoGP. Empiezas en Moto3, desde ahí, pasas a Moto2 y, después, si todo va bien, puedes llegar a la categoría reina. Pero, para conseguirlo con garantías, es muy importante pasar por este aprendizaje», sentencia un campeón muy atento durante este fin de semana al arranque del nuevo Mundial.
Ayoub Ghadfa (Marbella, 1998) desafía al porvenir y se vislumbra de oro en agosto, en la Suzanne Lenglen de París. Pero el púgil también otea el pasado y se proyecta en Uzkudun, en Urtain, en Evangelista y sueña con seguir esa estela rota de los grandes pesos pesados de la historia de España, ídolos de un país en blanco y negro, gigantes que conmueven como nadie sobre un cuadrilátero. Ayoub es ahora imponente, como lo fueron ellos, 195 centímetros, 105 kilos, bíceps como cañones para el asalto olímpico, un billete en juego el próximo mes de mayo en el último Preolímpico de Bangkok. Pero Ayoub no fue siempre así. Y esa infancia de bullying en Marbella la lleva tatuada en el alma con que afronta cada combate.
«Mi padre estaba harto. '¿Quieres aprender a defenderte?'», recuerda ahora esas palabras que le pusieron contra las cuerdas, no tan lejanas de su infancia. «Me hacían bullying en el colegio. Mi padre me apuntó a kickboxing. Yo estaba gordito, era muy grande. Si jugábamos al fútbol, me ponían de portero. Me excluían, se metían con mis orejas, con mi físico y llegaba llorando a casa», relata esa génesis de lo que ahora es su vida. Pues con el kickboxing como base y una fortaleza física y mental fraguadas en esos abusos, en esos insultos constantes -«me decían moro de mierda, gordo, orejón... de todo»- y en el racismo que le llevaba a preguntar a sus padres, de origen marroquí, que por qué él no era blanco como ellos, devino a su llegada a Madrid -fue descubierto por José Valenciano en su gimnasio del barrio de Argüelles- para estudiar la carrera de INEF en un boxeador de categoría, que no tardó en ser reclutado por el equipo nacional.
«Lo pasé mal, fue una época dura. Siempre eran los mismos. Hace años no estábamos tan mentalizados, se lo decías a los profesores y pasaban. Mis padres me iban a cambiar de colegio. Una vez me amenazaron con un cúter, el chaval decía que me quería matar. Luego le expulsaron. Ahora, con todos ellos me llevo bien. Cuando eres un niño haces cosas que te arrepientes», sigue Ghadfa, que hace unas semanas perdió contra el italiano Lenzi en el preolímpico de Busto Arsizio, una decisión controvertida de los jueces. «El segundo asalto lo gané claro, pero un juez no me lo dio. Era un rival factible e hice una buena pelea, lo suficiente para ganar. Pero no somos perfectos y hay cosas que mejorar. Vamos a trabajar y aprender la lección», reflexiona.
Ayoub Ghadfa.Angel NavarreteMUNDO
Ayoub forma una hermandad asentada en el noble arte y en la religión musulmana con Enmanuel Reyes Pla y Gazi Khalidov, otros dos púgiles españoles con anhelos olímpicos. Admira la personalidad de Mohamed Ali y la pegada de Mike Tyson. Está enganchado a la lectura, a la trilogía La novia gitana de Carmen Mola. Y cuando sube al ring, no tiene miedo. «Ahí arriba es una mezcla de sensaciones. La tensión, la responsabilidad de no cagarla, de no llevarte un mal golpe. Cuando suena la campana, se dispara la adrenalina. A veces ni te acuerdas de lo que pasa», describe quien fuera plata en el Europeo de 2022 y bronce en el último Mundial, donde se comprobó capaz de estar entre los mejores con su juego de pies y su dominio de la distancia larga.
Ghadfa, licenciado en INEF, se confiesa «obsesionado» con los Juegos. «Te cambian la vida para siempre. Lo quieres, lo quieres y lo quieres. Pero como me dice mi psicólogo, hay muchos factores y no hay que perder la cabeza ni estar ansioso». De momento, ya hay tres españoles con billete a París (José Quiles, Laura Fuertes y Reyes Pla). Ayoub quiere ser el cuarto.