Qué pasaría por la cabeza de Max Verstappen ese día del año 2012 en el que su padre Jos le dejó tirado en una gasolinera del sur de Italia. Era el castigo por haber cometido un error en una carrera de karting. Max apenas tenía 14 años y, aunque su pa
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Tres medallas logradas por dos personas en una sola modalidad, el esquí de montaña, resumen la mejor participación española en unos Juegos Olímpicos de Invierno. Oriol Cardona, oro, y Ana Alonso, bronce en sprint, y bronce ambos en relevos mixtos, hicieron que en Milán-Cortina se elevase a ocho el número total de nuestras recompensas invernales.
En el plano internacional destacó Johannes Klaebo. Aspiraba a seis oros en el esquí de fondo, el deporte rey en Noruega, y con seis oros se volvió a casa, contribuyendo más que nadie al rotundo liderato noruego en el medallero. A los 29 años, suma 11 oros y una plata y un bronce en tres Juegos. Sus actuaciones han superado en su país el 90% de audiencias televisivas.
El esquí alpino, la joya de la corona nevada, que se recordará por el accidente de Lindsey Vonn en el descenso, entronizó al suizo Franjo von Allmen, oro en descenso, en supergigante y en la combinada por equipos. Su compatriota Marco Odermatt, la máxima estrella masculina, con dos platas y un bronce, mostró cómo, paradójicamente, se puede triunfar y fracasar a la vez. Según las personas, sus aspiraciones y sus posibilidades, el éxito y el fracaso son relativos. Mikaela Shiffrin rompió su maleficio de Pekín2022, y se llevó el eslalon. Pero, mucho más que profeta en su tierra, Federica Brignone, oro en gigante y en supergigante después de las gravísimas lesiones sufridas en abril de 2025, formó con Von Allmen la pareja ideal alpina.
La gran sorpresa de los Juegos la constituyó el descalabro de IIia Malinin (USA) en el patinaje artístico. No podía ser más favorito. Pero, aplastado por semejante presión, se despeñó hasta el octavo puesto. Por contraste, la pareja japonesa formada por Riku Miura y Ryuichi Kihara, quinta en el programa corto, protagonizó, en el libre la exhibición más perfecta que se haya contemplado jamás. Tanto, que catapultó al binomio al oro con un total de 231.24 puntos, récord del mundo.
Un guiño al ámbito del espectáculo y un homenaje al deportivo. El día que cumplía 35 años, Francesca Lollobrigida, sobrina nieta de la célebre actriz Gina Lollobrigida, uno de los emblemas cinematográficos de Italia y "sex symbol" universal en los 50 y comienzos de los 60, se impuso en los 3.000 metros del patinaje de velocidad. Y contribuyendo aún más al formidable papel de la anfitriona Italia, conquistó un segundo oro al vencer en los 5.000. Arianna Fontana, también italiana y también de 35 años, oro en relevos mixtos en patinaje de velocidad, conquistó su decimocuarta medalla (tres de oro) en seis Juegos consecutivos.
El esloveno Domen Prvec, la figura cimera en los saltos de trampolín, no pasó del sexto lugar en el trampolín normal, pero ganó en el largo y en equipos mixtos en el normal. En el cuarteto figuraba su hermana pequeña Nika, plata, a su vez, en el normal individual y bronce en el largo.
Nika tiene 20 años. Le dobla la edad el austriaco Benjamin Karl. En una disciplina, el snowboard, en la que la media de edad de los practicantes es, precisamente, 20 años, revalidó su título en el gigante paralelo.
Sin rusos, y 12 años después de la última aparición olímpica de los jugadores de la NHL (National Hockey League), Estados Unidos se llevó el oro ante Canadá, en uno de esos duelos que se suceden y prolongan históricamente. El "partido de los partidos" cerró la competición de unos magníficos Juegos.
«¡Buen rollo, siempre!», grita Tadej Pogacar en una de las primeras secuencias de la tercera edición del documental 'En el corazón del pelotón', de Netflix, mientras hace un caballito sobre su Colnago. Y ahí podría estar el secreto de todo, de por qué nos conquista un esloveno que arrasa, el tipo que no deja ni las migajas.
Nunca en la historia del Tour una rivalidad se consolidó de tal forma, jamás los dos mismos ciclistas se repartieron los primeros puestos del cajón cuatro años consecutivos. El quinto episodio del Pogacar-Vingegaard, con sus filias y fobias, arranca este sábado en Lille como un torrente de promesas, con las batallas pasadas, derrotas y victorias incrustadas ya para siempre en el ideario colectivo del ciclismo de época, marcadas a fuego para ambos y sin apenas elementos externos (Evenepoel, Roglic...) que amenacen su binomio. Es el danés ahora el aspirante, el que busca el resquicio por el que hacer dudar a un Pogacar tiránico. Ellos son la reencarnación de Coppi y Bartali, de Anquetil y Poulidor, de Merckx y Ocaña, de Hinault y Lemond. De Bird y Magic, de Nadal y Federer, de Ali y Frazier. Se necesitan. Se engrandecen. «Prefiero esta rivalidad a haber ganado cuatro Tours por 10 minutos», se sinceraba el líder del Visma, quien, a diferencia del 2024 con la terrible caída de la Itzulia, ha podido tener una preparación óptima.
Pogacar acude pletórico tras un comienzo de año en el que lo ganó todo menos París-Roubaix, San Remo y la Amstel. En las antípodas del carisma, tan distintos en su forma de ser y de correr, en sus orígenes y en sus ambiciones, con el único elemento en común de perseguir la misma gloria. ¿Por qué Pogacar cae mejor y acapara las preferencias del aficionado? «Por su forma de ser. Comunica más, es más abierto. Vingegaard es más tímido, no conecta con el gran público», explica Eduardo Chozas, quien, sin embargo, no se postula. «Están ambos tocados por una varita y son nobles. A mí me parecen dos grandes deportistas, no tengo preferencia clara. Vingegaard tiene buenos detalles. Recuerdo cómo esperó a Tadej hace dos años cuando se cayó», elogia el ex ciclista y ahora comentarista de Eurosport.
Para ese evidente favoritismo del siempre apasionado aficionado ciclista hay que buscar explicación en la psicología, recurrir incluso «al mito grabado en el inconsciente colectivo de los seres humanos, el del héroe y el villano», como expone Rubén Moreno, psicólogo deportivo y profesor de la Universidad Europea. «Pogacar irrumpe de una manera muy particular, destronando a Roglic, al todopoderoso Jumbo Visma, en aquella cronoescalada [La Plagne]. Quedó en la retina una imagen icónica. Era un chico jovial, alegre, feliz que casi sin darse cuenta había ganado el Tour», rememora los orígenes del fenómeno, razonando por qué el fan español en particular se decanta por el esloveno. «Ahora no tenemos con quien identificarnos. Podemos ser más landistas, alguno tiene fe todavía en Enric Mas... Luego vienen Romeo, Ayuso... Y aquí entra el contexto sociocultural. Para un español, ver a un tío sonriente, alegre, feliz, dicharachero... nos es más fácil identificarnos que con el introvertido que cuando llega a meta sólo quiere besar a su mujer e hija y casi no concede entrevistas. Ser introvertido en España no se premia. Siempre hay alguien que dirá: '¿A este qué le pasa?' 'Es un raro...'. Por eso la identificación es mayor con Pogacar".
Al carisma de uno y otro se aferra también Pascual Momparler, ex seleccionador español. "Lo que sucede con Pogacar es que gana y arrasa. Todo lo hace a lo grande. E influye que tiene muy buena relación con la prensa. Siempre ofrece muy buenas respuestas. Recuerdo este año, cuando ganó en Flandes, le dijeron que hacía mucho que nadie ganaba esa clásica con el maillot arco iris y el respondió que no, que eso pasó en la edición anterior en la categoría femenina. Gusta a la gente porque es muy natural, fresco. Se nota que no prepara las respuestas con su jefe de prensa. En cambio, Vingegaard es como nuestro Carlos Rodríguez, buena persona, más callado, menos dicharachero, cala menos entre el público", argumenta.
Vingegaard, en Lille, en los días previos al comienzo del Tour.Thibault CamusAP
Eso, la relación con los medios, que el danés ha ido tratando de mejorar en los últimos tiempos, también tiene mucho que ver en la percepción de ambos. "Pogacar tiene cara de niño, es simpático, corre de una manera alegre, incluso revolucionaria. Hace lo que quiere, entre comillas. Y se expresa bastante mejor que Vingegaard, al que no tacharía de antipático, pero es más frío, calculador, metódico, cuidadoso con sus declaraciones. Se moja entre poco y nada a la hora de regalarnos algún titular", cuenta Carlos de Torres, el periodista español más veterano en el Tour: lleva 27 ediciones cubriéndolo para la agencia EFE.
Esa imagen gélida Vingegaard la ha ido intentando transformar en los últimos tiempos. Especialmente empático se le comprobó en el último Tour, en la derrota. Fueron varias las ocasiones en las que la emoción le conquistó. "Es muy anticuado pensar que un hombre no tiene derecho a llorar. Mostrar tus emociones me parece incluso más fuerte que intentar ocultarlas", admitía en una entrevista reciente a L'Equipe desde Sierra Nevada, donde ha preparado el Tour.
Pero, cómo combatir con la sonrisa de Tadej, con sus bromas en redes sociales, con sus guiños sobre la bici incluso en agonía. "El carisma no tiene que ver con el sufrimiento. Es una cualidad que tiene una persona que hace que la gente se sienta atraída por él o por ella. Pogacar lo tiene. Sonriente, dicharachero, hace gestos continuamente, como en la pasada Dauphiné, cuando bajó a por un bidón para su compañero Sivakov", concluye Moreno.
ABRAHAM P. ROMERO
Enviado especial
@AbrahamRomero_
Riad (Arabia Saudí)
Actualizado Jueves,
11
enero
2024
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