El Barça está echando mucho de menos los goles de un Robert Lewandowski que asegura haber hecho borrón y cuenta nueva. Tras un arranque de temporada en el que sus números están muy lejos de los que firmó a estas alturas del curso pasado, el delantero polaco fue tajante en la rueda de prensa previa al duelo de este miércoles por la noche frente al Brujas en la Champions: “La temporada, para mí, empieza ahora”.
A estas alturas de la campaña 2024-25, el punta sumaba un total de 17 goles en 14 partidos, 14 de ellos en 11 partidos de Liga y los otros tres en sendos partidos de la máxima competición continental. Ahora, en cambio, lleva únicamente cuatro, todos en la competición doméstica. Algo que, tal vez, tiene también mucho que ver con que su equipo sumara hace un año 37 goles a favor en Primera y ahora, en cambio, sume 28. A nivel europeo, por ahora, las cosas no son tan diferentes: 10 goles a favor hace un año por nueve en el presente curso.
Para el delantero, las dos lesiones que ha acumulado en el arranque de la temporada son la clave de ese bajón tan pronunciado en sus estadísticas. “Para mí, lo más importante es que físicamente estoy bien. La temporada, para mí, empieza ahora. Pienso en lo que puedo aportarle al equipo y, si hay muchos partidos, es importante estar a tope hasta el final. He tenido un par de lesiones en este arranque, pero he estado trabajando muy bien en estas últimas semanas y lo fundamental es jugar como un equipo. Si lo hacemos, somos muy peligrosos arriba”, recalcó un Lewandowski al que se le notó especialmente motivado, por mucho que Hansi Flick se resistiera a desvelar si será o no titular.
“Es mejor no hablar de Lamine”
«Hablando de números, no sé si podré repetir lo del año pasado, me he perdido muchos partidos. Si estoy en el campo, en cuanto a la relación entre goles marcados y minutos jugados, puedo estar cerca. Si me siento bien y estoy al 100%, no tengo que cuestionarme muchas cosas», insistió el polaco, quien trató de restarle importancia al aparente bache a nivel de juego que el Barça habría estado acusando en los últimos tiempos. En su opinión, el gran número de ausencias acumuladas tiene mucho que ver con ello.
«Falta un poco de estabilidad, hemos tenido varios jugadores fuera del equipo por varias semanas, y hay un momento en que las cosas no van bien, es normal, y ahí es importante ganar los partidos sin mirar cómo. Luego, las cosas mejoran. No será fácil repetir lo que hicimos el curso pasado, cada temporada es más difícil que la anterior, pero nosotros queremos jugar y ganar siempre», sentenció un Lewandowski que quiso mostrarse especialmente protector con Lamine Yamal. «Hablo mucho con Lamine, pero ahora es mejor no hablar de él. Necesita calma, tiempo. Lo que debo hacer es hablar sobre mí y sobre el equipo en general, no sobre él en particular», zanjó.
Me decía mi amigo Kiko, que es del Atleti, que si el Real Madrid seguía adelante, prefería quedar eliminado de la Champions League. Las dos finales perdidas le han generado tal estrés postraumático, que no es que haya dejado de creer en los milagros, sino que ha dejado de creer en los milagros del Atleti. Quizá sea ese el principal problema de los del Cholo, pero también de los del Barça, quienes por una inescrutable razón se ven cada año levantando la orejona.
Tenía razón el Cholo Simeone. El Cholo Simeone siempre tiene razón, cuando se marcó como objetivo para el partido de ida la amarilla para Lamine que le impidiera jugar la vuelta. Sin ella, el 0-2 fue lo de menos. Si acaso, un contratiempo, al proponerle a quien aspira a mejor jugador del mundo el trámite obligatorio: lograr un imposible que, otra vez de milagro, lo sigue siendo.
Lamine Yamal llegó al Metropolita con gafas y zapatillas de andar por casa, y se puso a jugar a la Play, ya que todo lo que hizo durante 90 minutos es biológicamente inviable sin una consola. O inútil, a ojos de un madridista.
Saliendo con once en el partido de vuelta, superar al Barça otra vez era dificilísimo. Con Lamine imposible. Encima el Barça hizo lo más difícil, que fue remontar la eliminatoria en 20 minutos. Solo que el Atleti, también, que fue no dejar escaparla antes del descanso, y retomar la superioridad numérica a la media hora de la segunda. Sin embargo, el verdadero milagro es de los del Cholo es que sigan acabando los partidos con once.
Como la eliminatoria exigía altas dosis de sacrificio, Flick apostó por Gavi y Fermín, quienes no dejarían que una hemorragia masiva, o una mera rotura de menisco y ligamento, les impidiera estar en semifinales. Gavi ha vuelto, sin ninguna duda, y España recupera a un centrocampista para el Mundial. O a todos. Con él, a los culés, ya solo les faltaría un delantero. Y eso que tras el partido ante el Espanyol, Ferrán salió a reivindicarse: "Les jode, pero yo siempre pienso en trabajar", soltó tras conseguir el reto de pasarse trece partidos sin marcar, y tener que regresar a lo que se supone más fácil para un delantero del Barça: meter alguna de las decenas de ocasiones que generan por partido.
En la misma mesa que Lamine, Griezmann sigue disfrutando de la despedida más larga de la historia. Le salió bien a Simeone decirle adiós a falta de por lo menos diez partidos, porque a partir de ese momento dejó de alinear a un delantero, para alinear a un mito.
El Barça juega a otra cosa. Como siempre. Y lo hace tan bien que, a la hora la verdad, casi nunca gana en Europa, lo que nos lleva a pensar si a eso de ganar se le puede llamar fútbol.
Tribunales
GERMÁN GONZÁLEZ
Barcelona
Actualizado Miércoles,
21
junio
2023
-
18:05Ver 1 comentarioInsta a rechazar una querella presentada por un particular al considerar...
«Los primeros regates se los hacía a Kila y Clara». Mounir Nasraoui exhibe orgulloso una foto en su móvil de hace más de 15 años. Los tres protagonistas de la imagen son su hijo, el hoy aclamado Lamine Yamal, y las dos perras que entonces tenía la familia del futbolista que antes de cumplir los 17, precisamente ayer en la víspera de la final de la Eurocopa, ya había asombrado al mundo entero.
Enfundado con el 19 de la selección y sin soltar su botellín de agua fría para mitigar el calor, el padre llevaba un rato en silencio, ajeno voluntariamente a la conversación de tres clientes del bar El Cordobés sobre si la próxima temporada el prometedor jugador del Barça debería vestir la camiseta azulgrana con el dorsal 10. El doble dígito que tenía Leo Messi y que pasó a un Ansu Fati cuyo futuro se presupone lejos del Camp Nou. «Se venderían como churros», aportaba en la tertulia Juan Carlos, desde hace 20 años dueño de este negocio de restauración, en el que empezó a trabajar con su tío cuando lo inauguró en 1995.
Para Mounir, este bar es una parada obligatoria cada vez que regresa a Rocafonda, el topónimo más famoso de España en los últimos días. A las nueve y veinte de la noche del pasado martes, el nivel de decibelios alcanzado en este humilde barrio de Mataró (Barcelona) probablemente fuese el más elevado del país. El espectacular gol de Lamine a Francia, con el que la semifinal volvía a las tablas iniciales, fue gritado hasta desgañitarse por muchos de quienes lo vieron crecer y pelotear en la pista de cemento o el polideportivo. «A nosotros no nos sorprende, era el mejor cuando jugaba partidillos con chavales que le sacaban dos cabezas», explica Juan Carlos junto a la camiseta, enmarcada en el bar, del debut del chico con el filial ante el Eldense, una semana después de haberlo hecho con el primer equipo frente al Betis. «No se ven, pero en la parte de delante hay dos lamparones de sudor», comenta sonriendo.
Rocafonda es una de esas zonas donde las ciudades acostumbran a dejar abandonado su nombre. En Mataró, localidad costera de 130.000 habitantes, es popular la etiqueta MTV (pronunciada a la inglesa, emtivi, como la cadena de televisión estadounidense). En este caso, las siglas aluden a la expresión «Mataró de tota la vida», la clásica distinción entre el nosotros y los llegados de fuera, entre el núcleo central y los terrenos que fueron urbanizándose [casi siempre con carencias] a medida que llegaba población de regiones como Andalucía o Extremadura. Un proceso que en las últimas dos décadas se ha replicado con personas procedentes de otros países. Alrededor de un tercio de los habitantes de Rocafonda tienen nacionalidad extranjera, con preponderancia marroquí, como Fatima, la esforzada abuela del futbolista, que emigró a España cuando Mounir aún ni hablaba.
El gesto del 304 con las manos popularizado por Lamine Yamal en la celebración de sus goles se hizo universal el martes desde Múnich. Las tres últimas cifras del código postal de Rocafonda (08304) como seña de identidad de un barrio con altos niveles de exclusión social. Soufian, amigo íntimo de la familia, se queja de los estereotipos y las etiquetas: «Aquí també parlem català».
Mural en Rocafonda para el cartel de Les Santes.ARABA PRESS
Ese triple dígito, que comparten otros barrios mataronenses e incluso da nombre a un grupo de música rap de la ciudad, está visible en el mural que Mohamed l'Ghacham, artista urbano marroquí afincado en Mataró, ha elaborado para inspirar, a su vez, el cartel de Les Santes, la fiesta mayor que la ciudad celebra en menos de dos semanas. Con una escena costumbrista que ocupa gran parte de la fachada de un edificio de la avenida Perú, el autor desea que perdure el recuerdo de que, en 2024, «el cartel se hizo en Rocafonda».
El CF La Torreta y 'Kubala'
Las famosas tres cifras, en otro orden, coinciden con las últimas del código postal de La Torreta (08430), barrio de La Roca del Vallès (Barcelona) en cuyo club jugó Lamine antes de ser descubierto por los ojeadores del Barcelona. «En seis años habrá sido Balón de Oro», se atreve a pronosticar Inocente Díez, el veterano coordinador del equipo a quien todo el mundo conoce como Kubala, un alias que lo acompaña desde hace ya 50 años, cuando se lo implantó un entrenador que le veía una forma de moverse en el campo muy parecida a la del legendario futbolista húngaro del Barça.
Concluida la temporada, el CF La Torreta organiza durante este mes su campus, bautizado «Lamine Yamal» desde este año y al que acuden niños de edades tan tempranas como la del delantero de la selección, que con menos de cuatro años ya vestía la indumentaria del club. Sus padres se habían separado y junto a su madre, la ecuatoguineana Sheila Ebana, se instaló en Granollers, población lindante con La Torreta. Trabajando en un McDonald's, ella conoció a la hija de Kubala y ahí empezó a escribirse esta precoz historia futbolística.
Campus Lamine Yamal del CF La Torreta, primer equipo del delantero de la selección española.Gorka LoinazARABA PRESS
«Ya no solo era cómo tocaba la pelota, a mí, sobre todo, lo que me llamaba la atención era su intensidad, su carácter, eso era lo que lo hacia distinto a todos los demás», recuerda quien fue algo así como su padrino deportivo. «A edades tan cortas, muchos críos se cansan y salen corriendo a medio entrenamiento para buscar a sus madres, pero él, en cambio, era el niño del balón, siempre con el balón», añade.
«Ningún jugador es tan bueno como todos juntos», reza una pancarta en las instalaciones del club vallesano, que hace un mes y medio recibió la visita de Lamine un día antes de incorporarse a la concentración del combinado de Luis de la Fuente en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas. La importancia del colectivo es uno de los valores que Inocente cree que el extremo ya llevaba aprendidos antes de su salto a la cantera azulgrana en 2014, cuando jugaba en el prebenjamín de La Torreta. «Le ha tocado estar en el peor Barça en muchos años, deberá tener paciencia», aconseja al futbolista como hacía, años atrás, durante algún viaje en coche de ida y vuelta desde Mataró los días en que dormía en el domicilio paterno.
'Kubala', coordinador del CF La Torreta.ARABA PRESS
Fue precisamente el trayecto entre Barcelona y esta ciudad el que inauguró el ferrocarril en España en 1848 con la mítica locomotora de vapor La Mataró. Un recorrido en tren de 30 kilómetros que Lamine Yamal repitió muchos días con su padre antes de que amaneciese. Acostumbrado a pulverizar récords y sueños desde hace apenas año y medio, "el niño del balón" se planta esta noche en el Estadio Olímpico de Berlín, a dos mil kilómetros de la pista de cemento donde regateaba a Kila y Clara hace solo 15 años.