A la selección de Piragüismo francesa se le agrió el oro olímpico que se metió en el bolsillo este lunes el palista Nicolas Gestin. Pocas horas después de engrosar el medallero galo, un entrenador de la federación, Guillaume Berge, de 33 años, fue detenido en París por orinar en la calle y golpear a los policías que le habían afeado su comportamiento, informa Ap.
El incidente ocurrió en torno a las tres de la madrugada de este martes. Berge se encontraba orinando contra una pared, a la vista de todos, cuando los agentes lo cazaron. El entrenador intentó huir pero, con su “imponente físico”, según relata Le Parisien, arrastró al caer al suelo a uno de los policías, al que también, supuestamente, dio un puñetazo en la cara. Al negarse a ser detenido, propinó golpes también a los otros dos agentes que habían ido al auxilio de su compañero, a uno en la cabeza y a otro en los labios.
Los policías tuvieron que hacer uso en repetidas ocasiones de una pistola táser, además de golpes, para controlar al entrenador, que finalmente fue esposado y conducido a la comisaría del distrito 11, donde quedó bajo custodia policial por rebelión y violencia intencionada contra los agentes.
Actualmente, la Fiscalía de París mantiene abierta una investigación con el fin de arrojar más luz a este incidente.
Por el momento, la Federación francesa de piragüismo ha suspendido de sus funciones a Berge, aunque, según ha declarado, en los Juegos Olímpicos el detenido no estaba entrenando a los equipos franceses, sino que estaba organizando eventos de servicio público en zonas donde se celebran competiciones de piragüismo y kayak, en Vaires-sur-Marne, al este de París, informó Ap.
“Lo que escuchamos es inaceptable y lo suspendimos de todas sus funciones”, dijo a The Associated Press el presidente de la federación, Ludovic Royé, quien subrayó que Berge entrenó a equipos franceses hasta el campeonato mundial del año pasado, pero no fue elegido para entrenar en París 2024.
Horas antes, en los pasillos de Roland Garros, Marc López reclamaba un título grande para su amigo y ex compañero en la pista: "Marcel se merece un Grand Slam, es injusto que no tenga ya uno". Marcel es Marcel Granollers y la sensación de injusticia viene de las muchas derrotas sufridas en los años anteriores: había perdido un Roland Garros y un US Open al lado del propio López y luego ya con el argentino Horacio Zeballos, otro US Open y dos Wimbledon. En total, cinco Grand Slam al traste. Pero este sábado cambió la historia.
En su sexta final , Granollers por fin pudo celebrar. Junto a Zeballos vencieron a la pareja británica formada por Joe Salisbury y Neal Skupski en una intensa batalla que duró más de dos horas, por 6-0, 6-7(5) y 7-5. Todas las decepciones pasadas se transformaron en concentración para una salida a la pista explosiva y luego en resistencia para dominar en el tercero set cuando las cosas se habían puesto feas. La compenetración de la dupla hispano-argentina, unida desde 2018, número uno del ranking el año pasado, quedó más que evidente: Zeballos brilló desde el resto, Granollers, en la volea.
El ambiente era extraño, pero daba igual. La final de dobles masculino se juego después de la final femenina -este domingo será al revés- y por eso apenas había público. La Philippe Chatrier es una pista gigantesca si tantos asientos están vacíos y el silencio rebota por todos los lados. Las instrucciones de los tenistas a sus respectivos compañeros se podían escuchar desde la tribuna de prensa, que está arriba, muy arriba de una de las tribunas. Quizá por eso Salisbury y Skupski salieron totalmente desconectados del partido. Ya habían jugado en escenarios así por separados, pero nunca juntos.
El primer set no existió, sólo jugaron Granollers y Zeballos, y después empezó el encuentro. El dúo británico, más móvil, consiguió hacerse con el segundo set en la muerte súbita, pero en el momento decisivo del último periodo, la pareja hispano-argentina decidió con un 'break'. Granollers se suma a la lista de españoles campeones de dobles masculino en la que ya estaba Manolo Santana (1963, con Emerson), Emilio Sánchez Vicario y Sergio Casal (1988 y 1990) y Feliciano López y el mismo Marc López (2016)
Open de Australia
EFE
Sydney
Actualizado Miércoles,
11
octubre
2023
-
11:25Ver 5 comentariosEl director del torneo aseguró que el tenista ha confirmado...
A la hora de glosar la carrera de Rafel Nadal, que este jueves anunció su retirada del tenis el mes próximo en las Finales de Copa Davis, me resulta inevitable evocar nuestra primera conversación. Fue el 15 de agosto de 2004, tras dejar sobre la tierra de Sopot la huella prístina de una carrera difícilmente homologable, que registró, con el decimocuarto Roland Garros, el último de sus 92 títulos 18 años más tarde. En aquella charla, a través del teléfono, surgía la voz tenue de un muchacho que, como explicó en el vídeo testamentario de su adiós, estaba lejos de imaginar el viaje que iba a trazar en la historia del deporte.
No por esperada, desde que su cuerpo se negó a obedecer su apetito de insaciable competidor, deja de estremecer una noticia capaz de imponerse en las cabeceras de todos los diarios e informativos, de arrinconar por unas horas el impacto del fragor de las guerras y la tormenta política de su país. Se marcha uno de los más grandes deportistas de siempre, cuyos logros, entre los que se encuentran nada menos que 22 títulos de Grand Slam, cinco Copas Davis, 209 semanas como número 1, un oro olímpico individual y otro en dobles, trascienden el puro valor del éxito y estarán siempre unidos a la forma de lograrlos.
Porque la figura de Nadal está asociada a un espíritu incombustible, a ese never say die que le acompañó también en la vocación de un cierto espíritu nietzschiano por su afán de reescribir un eteno retorno. Fueron muchas las ocasiones con motivos suficientes para firmar la rendición, y desde muy pronto, con la temprana aparición, a los 19 años, de los problemas endémicos en el escafoides del pie izquierdo que amenazaron con cortar el seco el majestuoso vuelo de su raqueta.
Pero el jugador al que ya hace tiempo echamos de menos, resignados al azote contumaz de los percances físicos que sólo le han permitido disputar 19 partidos esta temporada y únicamente tres el pasado año, se reveló capaz de abrirse paso una y otra vez, de reivindicar su nombre frente al empuje de las nuevas generaciones y de mantenerlo vivo en esa pugna irrepetible con Roger Federer, que le precedió a la hora de dejar caer la hoja roja, hace ya dos cursos, y con Novak Djokovic, aún en danza, agotando las últimas reservas de su combustible.
Nunca el tenis disfrutó de tres protagonistas tan ilustres conviviendo en un mismo y largo período, prolongado durante casi cuatro lustros, algo que proyecta aún más lejos su legado. Nadal fue el primero en cuestionar la rapsodia de Federer, de discutir con sus propias armas su reinado. Lo hizo ya derrotándole por sorpresa en el Masters 1000 de Miami, en 2003, y llevándole al límite en la final de ese mismo torneo un año después, y proclamó en voz muy alta, meses más tarde, superándole en las semifinales de Roland Garros, en la antesala de la primera de sus copas de los mosqueteros, que este juego entraba en una nueva era.
Lin Cheon, una foto del Big Three, Djokovic, Federer y Nadal.Lin CheongAP
Nadal y Federer caminaron de la mano, separados por la red pero juntos a la hora de enviar un mensaje de profundo calado en su exclusiva narrativa, que incorporaba, al lado del hermoso contraste de personalidades y estilos, los principios de una sana disputa puramente deportiva que alcanzó los 40 partidos. En ella se detuvieron escritores como David Foster Wallace, autor de El tenis como experiencia religiosa (Ramdom House), donde, sin disimular su fascinación por Federer, a quien dedicó el libro, recoge la capacidad de retroalimentación que siempre hubo entre ambos.
Resulta difícil contar la historia de Nadal sin la figura del estilista suizo, como fue inevitable acudir a su némesis a la hora de enfrentarse al también delicado ejercicio de despedir al ocho veces campeón de Wimbledon. También allí, precisamente allí, aconteció uno de los episodios medulares en la historia del zurdo, que es simultáneamente parte de la mejor historia del tenis. En una final, la de 2008, con la impronta de Alfred Hitchcock, sacudida por los azares de la climatología británica, interrumpida y dilatada hasta que la noche insinuó seriamente su aplazamiento, Nadal puso fin a la autocracia de Federer en su territorio sagrado y se convirtió en el primer español capaz de ganar el torneo en el cuadro masculino desde que lo hiciera Manolo Santana. Aquel partido fue considerado entonces como el mejor de siempre. Y diría que tal catalogación mantiene aún toda su vigencia.
Si Santana, a quien tampoco nunca terminaremos de decir adiós, puso al tenis español en el mapa, Nadal trascendió todas las categorías fronterizas. El chico que se inició bajo la estoica tutela de su tío Toni, cuyo nombre aparece en lustrosas versales en la construcción de todos sus logros, como un aparente especialista sobre tierra batida, devino en un profesional capaz de reinventarse para imponer su discurso en todas las superficies.
No sólo ganaría en dos ocasiones sobre el pasto del All England Club, sino que su constante deseo de aprendizaje y superación le llevarían también a tomar el poder en cuatro ocasiones en el Abierto de Estados Unidos y otras dos en el Abierto de Australia, la última de ellas, en 2022, en una plasmación catedralicia de su ardor y resiliencia, levantando un partido imposible a Daniil Medvedev cuando acababa de regresar de otro de sus largos períodos recluido en el arcén. Forma, junto a Donald Budge, Roy Emerson, Fred Perry, Rod Laver, Andre Agassi, Roger Federer y Novak Djokovic, la ilustre nómina de quienes han logrado inscribir su nombre como campeones de los cuatro grandes.
Amor por la Davis
Ese permanente viaje de ida y vuelta sólo ha sido posible gracias al amor y la pasión por aquello que aún seguirá haciendo hasta que ponga el definitivo cierre en Málaga, precisamente en la Copa Davis, en la competición que le alumbró como un entonces insospechado líder. Hace dos décadas, en Sevilla, frente al Estados Unidos liderado por Andy Roddick, con la valentía y complicidad del equipo de capitanes formado por José Perlas, Jordi Arrese y Juan Avendaño, Nadal transgredió el guion para llevar a España a la conquista de su segunda Ensaladera, aunando voluntades junto a Carlos Moyà, el hombre que tomó el relevo de Toni en su rincón.
Su carácter inspirador tuvo un efecto inmediato en nuestro tenis, al frente de jugadores tan importantes como David Ferrer, que será su último capitán, Feliciano López, Roberto Bautista, Fernando Verdasco o Pablo Carreño, todos ellos nutridos por cualidades de las que no sólo adolecía el tenis sino el deporte español en su globalidad. Sin Nadal sería difícil entender un fenómeno como el de Carlos Alcaraz, tan distinto en su manera de desenvolverse en la pista, tan parecido a la hora de interpretar la esencia del juego. Pronto vio en él a alguien armado para tomar su relevo, incluso antes de someterle en su primer enfrentamiento, en Madrid, el día que el murciano ingresó en la mayoría de edad.
Nadal tocó de lleno el corazón de los aficionados de todo el mundo como ahora, con su propia singularidad, lo hace Carlos Alcaraz. Pudimos disfrutarles juntos en los Juegos de París, después de que el mallorquín recibiese el emocionante homenaje de la ciudad y el recinto donde luce su efigie como uno de los portadores de la antorcha olímpica. Aún nos queda un postrero disfrute a partir del 19 de noviembre, con su hasta ahora negada alianza en la Copa Davis, escenario elegido por Nadal para su último baile, quien sabe si para clausurar el formidable relato con un desenlace tan brillante como aquel que le dio comienzo.