La figura de la natación estadounidense Katie Ledecky superó este sábado su propio récord mundial de los 800 metros libre, fijándolo en 8 minutos y 04.12 segundos, en una victoria en las Tyr Pro Swim Series de Fort Lauderdale (Florida).
Ledecky, nueve veces campeona olímpica, ostentaba este récord desde su triunfo en los Juegos de Rio de Janeiro en 2016 con un tiempo de 8:04.79s.
Este éxito culmina una semana colosal para la estadounidense, de 28 años, que compite al más alto nivel por primera vez desde los Juegos de París de 2024.
El miércoles Ledecky registró la segunda mejor marca de la historia en los 1.500 m libre, distancia de la que posee el récord mundial (15:20.48).
Un día después superó a la joya canadiense Summer McIntosh al nadar los segundos 400 m libre más rápidos de su extraordinaria carrera.
La de 800 m libre sigue siendo la prueba predilecta de Ledecky, en la que sostiene una hegemonía olímpica de cuatro oros consecutivos que se extiende desde Londres 2012, cuando apenas tenía 15 años.
Los diez tiempos más rápidos de la historia en esta distancia le pertenecen. La segunda nadadora más rápida es McIntosh, de 18 años, con un registro de 8:09.86.
El excepcional momento de Ledecky la perfila de nuevo como la nadadora a batir en los Campeonatos del Mundo de Singapur, que se disputarán del 27 de julio al 3 de agosto.
Tour de Francia
Etapa 7: Mont de Marsan - Burdeos
LUCAS SÁEZ-BRAVO
Enviado especial
@LucasSaezBravo
Burdeos
Actualizado Viernes,
7
julio
2023
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17:38El belga del Alpecin,...
Cuando los argumentos se agotan y las esperanzas menguan, sólo queda el corazón. Y en capacidad de imposibles, no hay nadie como el Real Madrid. Aunque parezca lejos de lo que fue, aunque asuste poco y no gane tanto. Ante Olympiacos, en una noche de rebeldía en el Palacio, se pidió otra ronda, se resistió a morir. [80-72: Narración y estadísticas]
Habrá cuarto rounda el jueves, porque un tipo como Alberto Abalde es un capitán sin galones que contagia desde el silencio y la humildad. Capaz de pedir perdón público por un error que pudo no ser suyo, de secar al tormento Williams-Goss, de anotar el triple que balanceó una noche. Porque se juntó con Andrés Feliz o Usman Garuba, que olvidaron sus malos días y encontraron su momento donde menos se sospechaba, en el igualadísimo último cuarto ante el Olympiacos en el que la derrota era muerte. Ellos, los secundarios, propiciaron un triunfo para seguir creyendo.
Las mismas tribunas que la noche antes acogían a los varados en la ciudad por el gran apagón vibraban ahora con un amanecer como requería la cita, aunque en el Palacio, en la que podía ser su última noche europea, sorprendieran algunas sillas vacías. A falta de otras cosas, al Real Madrid le hacía falta fuego para creer en el imposible, para al menos hacer dudar al impasible Olympiacos, el equipo que le había derrotado ya cuatro veces este curso, las dos últimas, la semana pasada, para poner pie y medio en la Final Four.
En estos abismos el pasado no importa, se trata de al menos avanzar un paso más. Pocos los saben tan bien como el Madrid, al que siempre le gustó el vértigo, el único en la historia de ser capaz de levantar un 0-2 (hace dos años ante Partizan, para luego salir campeón). En eso se aplicó, aunque el susto le duró más bien poco al grupo de Bartzokas, que no contó por lesión con Evan Fournier.
Tavares, durante el partido contra Olympiacos.THOMAS COEXAFP
Sin tener que estar pendiente del talento francés y con el impulso de sus seis triples del domingo en Girona, Musa arrancó como una moto. Nadie pudo pararle en todo el primer cuarto, 12 puntos y la sensación de plenitud. Pero el bosnio es el paradigma de este Madrid, que llegó a dominar al Olympiacos hasta por nueve puntos cuando Llull asestó un triple al inicio del segundo cuarto (30-21). Todo quedó emborronado en un momento y cuando Dzanan volvió, lo arruinó todo con un puñado de errores seguidos. Los griegos, impulsados por un tremendo Williams-Goss, primero hirieron con un 0-10 y más tarde con otro 0-13, con el Madrid pidiendo la hora del descanso.
Y todo ello aliñado con la buena rabieta por la actuación arbitral, heredada de los duelos en el Pireo. La grada clamaba, pero esta vez los jugadores blancos no perdían los nervios, aunque tuvieran unas cuantas acciones para hacerlo.
La vuelta fue ya una batalla sin guardias, dos púgiles desatados. Tavares dominaba sin faltas, Hezonja se echó el equipo a la espalda y le respondía Vezenkov, súperclases en pleno desafío. El Madrid necesitaba no parar de reaccionar, porque enfrente lo que había era una roca, con un fondo de armario bastante superior. Tras un impás de errores y la igualdad inquebrantable, una canasta de Llull pregonó un último cuarto de pura agonía.
Y de puro éxtasis cuando un par de elementos inesperados emergieron para, al fin, desequilibrar al Olympiacos. Fue el corazón de Garuba y Abalde el que puso todo patas arriba puntos y defensa desde la rebeldía. Era la segunda unidad, los guerreros, también Feliz, Ibaka y Llull, los que estaban haciendo perder el pie al equipo más duro de Europa.
Campazzo apareció después para que no se escapara un triunfo vital, porque los del Pireo se resistían pese a sus 28 puntos en toda la segunda mitad. Fue una noche de las de antaño, mágica y vibrante, aunque todo siga aún muy cuesta arriba para el Madrid.