Florentino Pérez cumplió este domingo 79 años. Le felicitamos. Los habrá celebrado entre la satisfacción del aniversario y la amargura de estar atravesando su peor momento desde que accedió a la presidencia del Real Madrid.
Se ha visto obligado a renunciar a la Superliga, en cuya creación y sostén empeñó su prestigio personal y el peso del club. Innegables y justificados. Acabó siendo un error de cálculo y una sobreestimación de lo que significa el Madrid. Pese a su magnitud, no se abren por principio ante él las puertas, ni caen los muros.
A Florentino le han negado los jueces los conciertos y los aparcamientos. El equipo, sin títulos recientes y justo de talento, no parece, entre la sonora o la sorda irritación de la parroquia, capaz de corregir el rumbo. Un gol victorioso en Balaídos, en el minuto 94 y de carambola, no mueve al optimismo, sólo al respiro momentáneo. El Madrid sí que va partido a partido. Los jugadores, frágiles piezas en un tablero quebradizo, se lesionan por inercia a causa de una preparación insuficiente o equivocada. La cantera no es una apuesta, sino una necesidad y, como tal, un albur.
Un entrenador joven y brillante fichado por tres años, apenas duró la mitad del primero, en medio del silencioso desamparo de un presidente decepcionado o arrepentido. Su sucesor, surgido de las fértiles ergástulas de la casa, equidista del criterio y los bandazos.
En calidad de responsable máximo y exponente por igual de la culpa y el mérito, en algunos pecados lleva Florentino la penitencia. Pero en otros es víctima de la ignorancia y la ingratitud de una parte de la afición arrastrada al exabrupto por sus pasiones. Por las bajas, si es que reservamos las altas a la memoria serena y no secuestrada por el olvido o contaminada por la visceralidad más elemental y gregaria. En el Bernabéu se ha pitado a los más grandes jugadores propios, pero nunca se ha pedido a grito pelado la dimisión de un presidente. Y, por añadidura, de quien puede estar sujeto a críticas, como cualquier personaje público, pero no a discusión respecto a su gigantesca talla directiva.
Florentino, aturdido, desorientado, debe de contemplar el panorama con perplejidad y tristeza. Las circunstancias no le aconsejan convocar la Asamblea extraordinaria, prevista para este mes, acerca del aún tímido cambio societario del club. Al borde de fechas decisivas, en el Madrid se escribe con tinta invisible en una página en blanco. A esa incógnita desnuda la llamamos futuro.





