El técnico declara que, pese a asistir a la final del Mundial femenino, no tomó parte alguna en lo ocurrido
Luis de la Fuente, a su llegada al juzgado.PIERRE-PHILIPPE MARCOUAFP
La instrucción del caso Rubiales continuó este jueves con las declaraciones como testigos del entrenador de la selección masculina, Luis de la Fuente, el exjefe de Comunicación de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), Pablo García Cuervo, y el subdirector de Comunicación, Enrique Yunta.
El titular del Juzgado Central de Instrucción número 1 de Madrid, Francisco de Jorge, investiga si, además del delito de agresión sexual por el que está imputado Luis Rubiales por el beso en la boca que dio a Jenni Hermoso tras la final del Mundial en Sídney, también hubo presiones para que ella declarase públicamente que fue consentido.
En su declaración, el seleccionador De la Fuente alegó no saber nada de lo ocurrido, se mostró totalmente ajeno al caso, aunque estuvo presente en la final en Australia. El técnico apenas aportó respuestas a las preguntas del juez que lo citó después del testimonio de la jefa de prensa de la selección femenina, Patricia Pérez.
También defendió su desconocimiento de lo ocurrido el ex jefe de Comunicación de la RFEF, García Cuervo, que en algún punto contradijo la declaración de Pérez. El último en declarar fue el subdirector de Comunicación, Enrique Yunta.
Además de Rubiales, investigado por delitos de agresión sexual y coacciones, en el procedimiento están imputados por coacciones el exseleccionador femenino Jorge Vilda; el exdirector de la selección masculina, Albert Luque, y el de Marketing de la RFEF, Rubén Rivera, que ya fueron interrogados.
Cada mañana, en el atribulado enjambre que es una salida del Tour de Francia, donde se amontonan autobuses y coches de equipos, miles de aficionados, patrocinadores y ciclistas que esquivan todo eso como si de una gymkhana se tratase en su ida y vuelta al control de firmas, un pequeño grupo de comisarios de la UCI pasea por el paddock y se detiene de tanto en tanto a revisar con sus tablets las bicicletas de los corredores. Entre ellos Juan Antonio Aragonés, un profesor de matemáticas de Córdoba que cumple en la Grande Boucle parte de un sueño.
«Fui ciclista desde los 11 años hasta empezar la universidad. No era malo, pero no era un ganador nato. Llegué a correr un campeonato España cadete y coincidí con Purito Rodríguez», rememora quien hoy mismo celebra su 46 cumpleaños mientras no pierde detalle de la Colnago de Pogacar y apunta en su libreta. Una lesión de rodilla le apartó de la carretera, pero no del ciclismo que le venía de cuna. Su padre fue director de equipo durante dos décadas y, mientras él completaba brillantemente sus estudios -acabó el instituto con matrícula de honor y fue arquitecto hasta que la «crisis» le hizo tomar el camino de la docencia, «cuando ya era padre de dos hijos»-, le animó a convertirse en árbitro de ciclismo «para intentar superar mi timidez y conseguir algún dinero para costearme la carrera universitaria». «A día de hoy, como profesor y todo lo que ello conlleva, puedo decir que cumplí mi objetivo», cuenta.
La jornada de Aragonés en el Tour es frenética. Nada que ver con otras carreras, ni siquiera con la Vuelta (estuvo en las de 2017 y 2021). «Los días aquí son largos. Llegamos a la zona de salida unas tres horas antes del comienzo de la etapa. Allí, los comisarios tenemos una breve reunión donde repasamos aspectos de la etapa anterior y planificamos el trabajo de la del día. Tenemos en cuenta muchos factores, al igual que hacen los equipos cuando diseñan sus estrategias», describe. Entonces, comienza su caminata por el paddock, con su camiseta de la Federación (también hay otro español, Pedro García), donde cada mañana escanean exhaustivamente las bicicletas de varios equipos.
Aragonés, analizando con su tablet una de las bicicletas del pelotón.L. S. B.
Desde hace unos años la UCI estableció un protocolo para la lucha contra el dopaje tecnológico. Los comisarios usan un escáner de rayos X de última generación. Se buscan imanes, motores ocultos, cualquier cosa que haga levantar suspicacias. «Yo nunca he visto nada sospechoso», admite Juan Antonio, que confirma, entre risas: «Evidentemente, en la bici de Pogacar no hay ningún motor».
Nunca se ha demostrado que algún ciclista profesional se haya ayudado de la tecnología. Aunque sí que ha habido sospechas virales. Ninguna como aquella de 2010, cuando Fabian Cancellara dejó de rueda a Tom Boonen en el Kapelmuur durante el Tour de Flandes. Tal fue su potencia que parecía un acelerón artificial. O las acusaciones directas de Jean Pierre Verdy, ex jefe de la agencia francesa antidopaje, quien en un libro de 2021 afirmó que Lance Armstrong, además del dopaje declarado, también usaba un motor en su bici. El único caso detectado fue en el ciclocross, durante el Mundial 2016. La belga Femke Van den Driessche era la favorita para llevarse la prueba sub'23: fue sancionada por seis años y multada con 20.000 francos suizos.
Con el escaneo de las bicicletas no se acaba la labor de Aragonés, que lleva 23 años como árbitro -tiene categoría Nacional Élite- y que debuta en el Tour durante sus vacaciones escolares en el IES Trassierra de Córdoba. Lo hace gracias a un intercambio a tres bandas que se ha retomado entre La Vuelta, el Giro y el Tour. Tras una breve comida le toca subirse a la moto. «Este año, como novedad, llevamos chaleco airbag con posicionamiento GPS incluido», detalla.
En carrera los árbitros controlan que todos los equipos cumplan con el reglamento y con la circulación. «La UCI y su comisión de trabajo para la mejora de la seguridad en carreras (Safer), ha establecido este sistema de añadir estas tarjetas a acciones que ya se sancionaban (si un corredor recibe dos, es expulsado), para intentar disminuir las acciones peligrosas y sus consecuencias. De momento, parece que podemos ser optimistas», cuenta sobre unas sanciones que conllevan «tensión en momentos puntuales», con directores y corredores, «pero ni más ni menos que en cualquier otro deporte en competiciones de muy alto nivel».
Con Dennis Smith Jr. ya en el palco, el Real Madrid se reencontró con la derrota de la forma más contundente. Olympiacos fue un sopapo de realidad, un tajo a la racha blanca, a sus seis triunfos consecutivos en Europa. Evan Fournier bordó el baloncesto en el Palacio, una noche deliciosa la del francés, y no hubo mucho más que decir. [86-96: Narración y estadísticas]
En todo este tiempo de recuperación no había tenido el Madrid un rival tan fiero, tan compacto. Era una verdadera prueba de nivel, "el partido de la semana" (Hezonja dixit), comprobar el grado de la evidente mejoría. Y el test mostró que al enfermo aún le falta recorrido en las cumbres. Tampoco le ayudó su nefasta puntería ni su desconexión defensiva. Ni sus nervios.
Porque el líder de la competición, que venía de sufrir y ganar en Vitoria, no tardó en desplegar sus virtudes, en imponerlas más bien, desde la dirección de Vildoza al torrente ofensivo de Fournier, del poderío de Vezenkov al dominio de la pintura de Milutinov. La sensación durante cada uno de los primeros 20 minutos era que el Olympiacos era dueño y señor de todo lo que ocurría en la pista.
Pese al buen amanecer (9-3), el Madrid avanzó siempre a remolque. Sólo Hezonja parecía tener algo de lucidez en ataque. La defensa hacía aguas ante el movimiento de balón de los del Pireo, ante su agresividad hacia el aro, el rebote ofensivo y también ante sus ocho triples. Sin demasiadas respuestas y con los nervios floreciendo, los blancos se vieron hasta 10 abajo (37-47).
No es que el Madrid no hubiera aprendido la lección, es que el Olympiacos no descendió en su nivel baloncestístico, esta vez con William-Goss a los mandos, ocho puntos de carrerilla del ex hasta que pronto se cargó con la cuarta (un codazo al bravo Hugo González), y una distancia que ya empezaba a ser preocupante (46-61) cuando Tavares, que no se deja una falta sin protestar, sean o no, también se fue al banquillo con cuatro.
La cosa se puso peor aún. Porque el acierto era de color rojo. Mientras el Madrid fallaba y fallaba desde el perímetro, Olympiacos enhebró cuatro seguidos para cerrar el tercer acto, tres de ellos para un desatado Fournier, un 0-12 que pareció un directo al mentón (54-73).
Los de Bartzokas llegaron a reinar por 22 y Chus Mateo, que iba a acabar expulsado, tiró la toalla. Sentó a Tavares y Campazzo y los suplentes amagaron con una remontada de esas que sólo pasan en el Palacio (el parcial llegó a ser de 15-3). Volvieron Vezenkov y Fournier y se acabó la rebelión.