El Real Madrid se queda a un palmo de la epopeya en una final para el recuerdo ante Olympiacos

El Real Madrid se queda a un palmo de la epopeya en una final para el recuerdo ante Olympiacos

Hay derrotados que sólo merecen elogio. Nada alivia el dolor de una final perdida, la gloria tan cerca que no existe el consuelo, apenas rabia. A un palmo de la epopeya se quedó el Real Madrid en el OAKA, 40 minutos de heroicidad ante el Olympiacos. Vuelve al trono continental el equipo del Pireo pero hay que poner en valor lo ofrecido por su rival, una lección de dignidad, de amor propio, hasta el mismísimo abismo de un triple errado para empatar cuando quedaban 15 segundos. 20 antes, marchaba ocho abajo. Pero Atenas, para delirio rojiblanco, no fue Kaunas. [92-85: Narración y estadísticas]

Sólo en la agonía cedió el Madrid, llevando al límite al que jugaba con todo a favor, especialmente la salud y el ambiente. Erró Andrés Feliz tras una locura de tiros libres tirados a fallar y rebotes ofensivos, y al fin se acabó una final preciosa, inolvidable, más disputada de lo que nadie hubiera imaginado. No será la duodécima del Madrid y, sin embargo, se recordará. Porque del OAKA sale con su aura de irreductible reforzada. Hizo del infortunio acicate, se rebeló ante su destino y casi hace caer la torre más alta. 13 años después, el Olympiacos, con Evan Fournier (MVP) determinante, es campeón de Europa, su cuarta corona.

Jamás vivió una final de la Euroliga semejante ambiente, terror rojo en el territorio verde, mayoría absoluta de Olympiacos en el hogar del rival más irreconciliable. Menudo morbo. Temblaba el OAKA del Panathinaikos, vibrante ante una ocasión única también. Un equipo al que apenas se le reconocen fisuras, con la fortaleza de los que llevan tiempo cabalgando juntos, sufriendo también derrotas de las que marcan -cuatro Final Four seguidas ya sin éxito, desde 2013 naufragando-. Y con la adición de una plantilla sin fondo, calidad y cantidad, talento, físico y mucho dispendio económico a las órdenes de Georgios Bartzokas. Todo eso ante un oponente contra el que saldar tantas cuentas, tan herido, sin embargo, que multiplica su amenaza.

Al Real Madrid se le teme siempre, eso ha logrado su ADN competitivo forjado a lo largo de años. Pero quizá todavía más cuando la adversidad le abraza, cuando en 24 días pierde, uno tras otro, a sus tres pilares en la pintura. Se planta en la final con sus gigantes en muletas, Tavares, Alex Len y, el último, el mismo viernes, Usman Garuba. Y no salen las cuentas de cómo podrá afrontar Scariolo y su cuerpo técnico semejante reto con una plantilla tan mermada, sin centímetros y sin kilos con los que guarecerse. La heroica ni se imagina. Y, sin embargo, se hace.

Tocará correr más, llegar antes, multiplicarse, volar si pudieran, protegerse con el bagaje táctico de un entrenador con tanta sabiduría que está a las puertas de conseguir lo que los mitos: Euroliga, Mundial y Eurobasket (como Gomelski, Nikolic, Ivkovic, Pesic y Obradovic). El amanecer fue todo eso, una delicia, una oda a la disciplina, al rigor de unos tipos dispuestos a ser héroes. Trey Lyles, con la misma calma con que saborea un café en el Madrid de los Austrias, clava 13 puntos mientras brega con Milutinov. Okeke está aquí y allá, buscando cada rebote como si le fuera la vida.

El Madrid se dispara, agua sobre la caldera del OAKA (3-15), pero la rotación es corta y el equipo se está cargando de faltas. Será una noche de muchos peajes. Campazzo tiene que salir pronto con dos y hay momentos en el que Scariolo pone en pista sólo a bases y aleros. El arranque ha logrado su objetivo, hacer desaparecer el modo rodillo de Olympiacos. Ya sabe que no será fácil a esas alturas: Abalde se lo recuerda con su segundo triple (19-29).

Pero la tarea es titánica y el nivel físico se eleva a los cielos. A Bartzokas no le funcionó el plan A, pero cuenta en el banquillo con un arsenal. Fueron Alec Peters y, sobre todo, Fournier los que metieron a los griegos en la batalla. Con el resorte del dominio total del rebote (20-10 al descanso), la remontada fue paulatina hasta lograr marcharse con ventaja a vestuarios (46-44). Quedaba el regusto de la disputa y de una exhibición descomunal de Lyles, 21 puntos (5 de 6 en triples) a esas alturas.

Mckissic fue la sorpresa a la vuelta, dispuesto a todo -incluso a encararse con Campazzo-, para quebrar al Madrid. Que titubeó, pero se volvió a meter de lleno con un 0-10 de parcial (54-60), bravísimo Andrés Feliz y efectivo Hezonja. El gran objetivo estaba conseguido: el partido estaba abierto y Olympiacos era un mar de inseguridad.

Faltaban dos minutos y todo estaba en el aire. Hubo alguna decisión arbitral polémica y los tiros libres, determinante Fournier, pusieron en ventaja al Olympiacos, el primer campeón desde el primer puesto de la temporada regular. En el desenlace de pura agonía, huérfanos ya de energía y puntería (los dos últimos triples desesperados de Hezonja…) el Madrid, se relamía el OAKA (88-80). Y casi muere de infarto tras una sucesión de alucinantes jugadas: canasta de Lyles, robo, tiro libre, rebote ofensivo, tres tiros libres de Campazzo, el último a fallar, otro rebote ofensivo… y el triple de Feliz que no entró.

kpd