Yo tenía entendido que el “infierno verde” estaba en Alemania. Más concretamente en los bosques que rodeaban el viejo circuito de Nurburgring. Colinas de una frondosidad espectacular y una meteorología terrible en donde a alguien se le ocurrió un día
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Hasta ese momento era un buen partido. Incluso un gran partido. Podía haber sido el mejor partido de la fase de grupo de las ATP Finals. Hasta ese momento. En el estreno del torneo, Daniil Medvedev y Taylor Fritz se enfrentaban por el hipotético segundo puesto del grupo que lidera Jannik Sinner y todo era igualdad (4-4) hasta que el ruso cedió el primer set por culpa de una doble falta (6-4). A partir de ahí fue pura frustración. Un tremendo enfado. Medvedev rompió una raqueta contra el suelo y se acabó el encuentro.
En el segundo set, ya completamente fuera de sí, el número cuatro del ranking mundial tiró otra raqueta fuera de los límites de la pista e incluso se puso a hacer malabares para enfado del público del Inalpi Arena de Turín que se sintió estafado. Cuando Medvedev cogió la raqueta del revés para restar con el mango le cayó encima el abucheo de todos los abucheos. Al final, pese a que amenazó con retirarse, el ruso terminó el partido con derrota por 6-4 y 6-3 y se marchó al vestuario con su imagen todavía más manchada y escasas opciones de llegar a semifinales. Debe vencer a Alex de Miñaur e intentar superar a Sinner, una camino complicado.
MARCO BERTORELLOAFP
"No sé qué me ha pasado por la mente, no sé qué esperaba. Me he enfadado, me he frustrado. No era culpa de nadie, era sólo culpa mía. El break point del primer set ha sido muy duro y he empezado a pensar que ya había perdido el partido, que ya no me importaba. Tenía que acabar porque no puedes retirarte, ¿no? Así que simplemente he acabado el partido", comentaba Medvedev en rueda de prensa ante la estupefacción de los periodistas, la misma sensación que habían experimentado los aficionados.
Pese a mantenerse en la élite, Medvedev está viviendo un mal año, todavía sin títulos y lejos de los dominadores del circuito, Sinner y Carlos Alcaraz. El ruso abrió la temporada cayendo ante el italiano en la final del Open de Australia, luego sufrió al español en la final del Masters 1000 de Indian Wells, más tarde Alcaraz volvió a derrotarle en las semifinales de Wimbledon y este final de curso ha sido un martirio en ese sentido. Sinner le ganó en cuartos del US Open, Alcaraz en semifinales del ATP 500 de Pekin y de nuevo el italiano se deshizo de él en cuartos del Masters 1000 de Shanghai. Con esos precedentes llegaba desanimado a las ATP Finals, donde acabó perdiendo la cabeza.
Fue como si el Real Madrid llevara toda la temporada o toda la vida aguardando este día. Una noche de Berlín para el recuerdo ya, un ejercicio de excelencia tan elevado que sólo un fracaso el domingo en la final contra Panathinaikos (20.00 h.) podría empañarlo. Pero en el Uber Arena no hubo mañana para los de Chus Mateo, sólo una batalla que afrontar con los ojos inyectados en pasión. Buscará hurgar en su propia historia y volver a levantar dos Euroligas consecutivas, como en el 68, tras despedazar al Olympiacos, ese querido enemigo otra vez frustrado por el blanco. [87-76: Narración y estadísticas]
Pugnará por su duodécima Copa de Europa, la cuarta de las últimas 10, por la segunda de Chus Mateo, la cuarta de Rudy, Chacho y Llull y tantos otros hitos. Por agrandar una leyenda que se explica en movimiento y en hambre. Y también en resistencia cuando el rival, a la desesperada, intentó sin suerte la remontada en la segunda mitad.
Porque se puede definir gráficamente la perfección en el baloncesto en los 10 minutos con los que amaneció el Real Madrid en el Uber Arena. Habla de la mentalidad de un equipo nacido para estas cumbres. Llegados a la hora de la verdad, el colmillo, la determinación, el coraje. Ese extraño cosquilleo llamado miedo en el rival. Todo eso es parte del ADN y no se entrena.
Las finales se ganan, dice el tópico. Cuando se quiso dar cuenta, el Olympiacos, el fiero colectivo que defiende mejor que nadie en Europa, el que ganó el quinto en el Palau, el que dejó al Barça en menos de 60 puntos en los dos últimos partidos de la serie de cuartos, estaba tiritando en el Uber Arena, pese a lo rojo de la mitad de las tribunas. Le llovían los triples, cinco casi seguidos entre Hezonja y Musa, Campazzo repartía asistencias como un tahúr y Tavares dominaba las pinturas, la propia y la ajena, como en sus mejores días. Resultó un torbellino. Más madera con la aparición de Yabusele, que había dejado su sitio en el quinteto a Eli Ndiaye para cumplir con las tradiciones, como lo fue el canterano en los dos partidos de la pasada Final Four.
La segunda unidad no bajó la guardia y la distancia se disparó con dos triples del Chacho mediado el segundo cuarto. Chus Mateo recurrió a Causeur, en el ostracismo últimamente, siempre con el corazón a punto en estas citas el veterano francés. Mientras, el factor psicológico Llull aguardaba en el banquillo. Por si había conato de remontada, pues en la memoria lejana aparecía un primer cuarto casi calcado, el de la final de Londres 2013 (27-10 entonces), la única de las cuatro que Olympiacos ha ganado al Madrid.
Llull, ante Fall, durante el partido en Berlín.ODD ANDERSENAFP
Apareció el capitán y llegó una máxima de frotarse los ojos (54-29). Era el acierto (9 de 13 en triples), pero, principalmente, eran las ganas, la energía de dominar de manera apabullante el rebote: el Madrid le dejó apenas seis en toda la primera parte al Olympiacos, sólo uno en todo el segundo acto. Sólo un triple de McKissic, el único potable en los griegos, sobre la bocina, dio algo en lo que creer a sus desesperados aficionados, que un rato habían visto cómo el eterno rival regresaba a toda una final continental.
Apareció el alma del Pireo, porque los de Giorgios Bartzokas son mucho más de lo que habían demostrado. Ahora sólo quedaba morir matando, jugar sin red. Entre el segundo y el tercer acto, un parcial de 2-14 que les arrimó para despertar a sus incondicionales. Un empujón más (66-56) con Williams-Goss y, sobre todo, Alec Peters, que anotó 14 puntos en ese tramo, donde el Madrid ya no dominaba el rebote y donde Musa y sus puntos fáciles y Llull y sus canastas de guerrero suponían casi toda la resistencia.
El Madrid había perdido la chispa en pos de la agonía. En su mente se había encendido el botón rojo de la resistencia, de acercarse al final y olvidar el baloncesto, con lo peligroso que eso resulta. El tiempo estaba de su parte pero no las sensaciones (31 puntos en toda la segunda mitad). Williams Goss hacía daño ante sus ex compañeros, como si tuviera cuentas pendientes. Pero cuando se arrimó a ocho (77-69), también las fuerzas abandonaron ya al Olympiacos. Chus Mateo le dio la muleta al Chacho y, con el remate de Musa, bajó los brazos a una noche de perfección y sufrimiento.
Carlos Alcaraz salva un golpe ganador a su derecha revolcándose por el suelo, pero se levanta y corre hacia la izquierda para lanzar un globo de defensa y, sin descanso, regresa a la derecha para mantener el punto con vida desde la red. Al final su rival, el francés Ugo Humbert, se desespera y envía la bola a tomar vientos. El intercambio sirve para que el español gane el segundo set, pero la escena se repetirá prácticamente calcada en el desenlace del cuarto set.
Alcaraz, más sufridor que nunca: sonrisa guardada, cabeza templada, muchos sudores. Alcaraz, tan vencedor como siempre: este domingo superó a Humbert por 6-3, 6-4, 1-6 y 7-5 en otras tres horas de juego y consiguió su pase para cuartos de final de Wimbledon, donde se enfrentará este martes al vencedor del duelo entre Tommy Paul y Roberto Bautista.
"Intento pelear cada bola, cada punto, sin importar dónde esté en la pista, para mantenerme vivo todo lo que pueda. Quiero que mi rival asuma que voy a estar siempre ahí pase lo que pase", proclama Alcaraz, en otra mejora de sí mismo. Porque más allá de cualquier aspecto técnico, la conversión del actual número tres del mundo en una leyenda pasa por su adaptación al sufrimiento y en este Wimbledon está dando un máster sobre ello.
Como ocurrió en octavos ante Frances Tiafoe e incluso en los primeros sets ante Aleksandar Vukic y Mark Lajal, ante Humbert Alcaraz no fue el mejor todo el rato, estuvo dominado, tuvo que sobrevivir y, sin embargo, ganó. En otro día feo del verano inglés, bajo el techo de la pista central del All England Club, hubo largos intercambios, hubo 'passing shot' de los que tanto disfruta, hubo dejadas e incluso golpes por debajo de las piernas, pero el espectáculo estuvo en verlo ahí de pie, siempre de pie, pese a las dificultades que afrontaba.
El momento clave
"¡No sé qué hacer!", le gritaba a su palco, en constante comunicación con su entrenador, Juan Carlos Ferrero, en el momento más delicado del partido. En el cuarto set, en plena remontada de Humbert, con 3-4 en el marcador parcial, Alcaraz tuvo que proteger tres bolas de break, un 0-40 en contra. Si se hubiera inquietado, si hubiera fallado, hubiera tenido que jugar otro quinto set, con lo que el riesgo consecuente. Pero, en cambio, se levantó. En un día con muchos problemas con su servicio, encadenó varias detonaciones con su saque y salvó la situación.
Entonces sí, Humbert se dio por vencido. El francés había aparecido atenazado por los nervios sobre la hierba más famosa del mundo, pero en el segundo set se convirtió en un rival muy peligroso. Como hizo Tiafoe dos días antes, se metió en la pista para atacar en cada resto y arriesgó en cada drive, en su caso, con la zurda. A partir de ese momento Alcaraz padeció. Más allá de una de sus ya famosas desconexiones, el partido se complicó por la liberación de Humbert, que no tenía nada que perder, y pese a ello el español supo salir airoso. Lleva seis Grand Slam consecutivos disputando los cuartos de final, el Alcaraz más sufrido sigue ganando.