Hace mucho tiempo que la llamada “corrección política”, un ideológico cajón de sastre, un indigesto potaje ético, un freno para el pensamiento y un cepo para la palabra ha degenerado en lo pueril, lo absurdo y lo grotesco.
Las alturas y las bajuras de los poderes públicos han creado un pegajoso observatorio inquisitorial. Desde él se ejerce una vigilancia cargada de tales sutilezas protectoras, dignificantes y reivindicativas, que una inocente des
Hazte Premium desde 1€ el primer mes
Aprovecha esta oferta por tiempo limitado y accede a todo el contenido web
Aúlla, ronca, la sirena. Un parpadeo y Cameron McEvoy (Australia) es el campeón olímpico de los 50 libre 21 segundos y 25 centésimas después. A un aleteo, cinco centésimas, el británico Ben Proud. A un carraspeo, 31, el francés Florent Manaudou. La velocidad, qué curioso, qué raro, es para viejos. McEvoy tiene 30 años. Proud, 30 el mes que viene. Manaudou, el ídolo, la leyenda pre-Marchand...¡33! La natación tiene razones que la razón no entiende
Hazte Premium desde 1€ el primer mes
Aprovecha esta oferta por tiempo limitado y accede a todo el contenido web
Los números dicen que España obtuvo en el Campeonato de Europa en pista cubierta celebrado en Apeldoorn (Países Bajos) cuatro medallas (un oro, una plata y dos bronces). Por reconocible, el dato arroja certezas. Por analizable, admite matices.
Para empezar, han existido más medallas de bronce que de oro y plata. De hecho, han supuesto la mitad del botín. Todo el bronce ha sumado lo mismo que el oro y la plata juntos. Eso no es favorecedor. Todas las medallas son buenas, pero unas mucho más que otras. A la hora de jerarquizar el medallero, el oro pesa más que el conjunto de platas y bronces. Un país con un único oro irá en el medallero por delante de otros que sólo tengan platas y bronces, por abundantes que sean. España ha logrado, en la historia de los Europeos indoor 35 oros, 50 platas y 40 bronces. El oro, ya se ve, escasea frente a la suma del resto de metales preciosos.
Regresando a la actualidad aún caliente en sus ecos de Apeldoorn, España mejoró el resultado de Estambul2023 (un oro y una plata). Pero empeoró los de Torun2021 (uno, dos, dos), Glasgow2019 (tres, dos, uno) e incluso, a igual cifra, pero menor valor, Belgrado2017 (uno, dos, uno).
Sí mejoró, en cambio, la cantidad de finalistas: 15. Un aspecto positivo, pero que, como todos los demás, en la ausencia de contrastes llamativos (12 en Estambul, 13 en Torun, 13 en Glasgow y 14 en Belgrado), no dice mucho. O dice algo, pero en voz baja. Habla de regularidad, que suena mejor que estancamiento. A Apeldoorn no viajó Jordan Díaz. Ni María Vicente. Y Quique Llopis, con molestias, no pudo correr una final de vallas que le sonreía. Y, en la longitud, Lester Lescay, a pesar de su bronce, y el excelente Jaime Guerra estaban lesionados.
Paula Sevilla, en acción en Apeldoorn.NICOLAS TUCATAFP
Pero, en esencia, presencia y potencia, enviamos a Apeldoorn lo mejor del arsenal, con una figura mundial como Ana Peleteiro, porque Europa se adapta más a nuestras hechuras, y la pista cubierta, aunque nunca faltan estrellas, no es el campo en el que se vuelca la mayoría. En el Mundial de Nangjing (China), los próximos días 21, 22 y 23, habrá más que en Apeldoorn. Pero donde abundarán hasta la saturación será en el Mundial a cielo abierto de Tokio, en septiembre.
La pista cubierta, el atletismo de bolsillo, es un escenario orientativo más que referencial a la hora de extrapolar sus resultados a la pista al aire libre. Dura muy poco y está plantada en unas fechas impropias. Es la versión invernal, recortada en el programa, de una actividad de verano. Y aunque ello exhibe la riqueza de un deporte capaz de expresarse con belleza en cualquier estación y en cualquier marco, sugiere más que afirma.
Y esta vez ha sugerido que el atletismo español sigue siendo, en conjunto, una potencia media europea, lo que se traduce en una pequeña potencia mundial. Es, por esencialmente joven y multirracial, un atletismo atractivo y asomado al futuro. Se reconoce incompleto porque sigue siendo deficitario en numerosas modalidades, femeninas y masculinas: los lanzamientos, la pértiga, la altura (un desierto vertical sin Ruth Beitia)...
Attaoui, durante el 1.500 del Europeo indoor.Peter DejongAP
Pero, tierra de mediofondistas sostenidos y renovables (García, Ben, Attaoui, Canales), va ganando enteros en la velocidad. La existencia de tres vallistas de alta gama, Quique Llopis, Asier Martínez y el prometedor Abel Jordán, también con molestias en Apeldoorn, supone una muestra representativa.
En una mezcla de ilusión y consagración, lo mejor del Europeo, aparte, naturalmente, del oro de Peleteiro, llevó el nombre de Paula Sevilla con una prestación que va más allá de su bronce en los 400. Una recompensa resumen de la magnífica actuación individual y colectiva de nuestra gente, todo un ejército compacto, en la prueba. Procedente de la velocidad, sobre todo de los 200, sus 50.99 igualaban el récord de Sandra Myers de 1991. Esa marca vale, al aire libre, otra por debajo de los 50. Myers mantiene 49.67 desde, también, 1991. Bajar de los 50 segundos es cruzar la gran frontera internacional. Aguarda a Paula.
Fue en el estadio de Charléty y no en el Stade de France, donde tendrán lugar los Juegos. Pero ya en las vísperas olímpicas, París, en el mitin correspondiente a la Liga de Diamante, ofreció un espectáculo fastuoso regalando dos récords del mundo que han conmovido el atletismo. La ucraniana Yaroslava Mahuchikh, se elevó por encima de los 2,10 en el salto de altura. Y la keniana Faith Kipyegon corrió los 1.500 metros en 3:49.04.
Mahuchikh dejó atrás una plusmarca que tenía 37 años. En 1987, en Roma, en el curso del segundo Campeonato del Mundo, la majestuosa búlgara Stefka Kostadinova supero los 2,09, un registro que resistió todos los embates de atletas posteriores. En especial de la sueca Kajsa Bergqvist y la croata Blanka Vlasic, detenidas ambas, en los momentos más brillantes y frecuentes de sus trayectorias, en 2,08. Los 2,09 eran una frontera vertical, un muro inabordable que desafiaba victoriosamente cualquier propósito de cruzarla, de derribarlo. Mahuchikh (1,81 y 56 kgs.), después de superar, en el segundo intento, los 2,07, su tope personal, pidió 2,10. Los franqueó a la primera y se convirtió, a sus 22 años, en la reina de la ingravidez.
El anterior récord de los 1.500 era muy reciente. La propia Kipyegon, doble campeona olímpica de la prueba, había corrido en 2023 en 3:49.11. Con la española Daniela García como "liebre" hasta los 800 metros, arrastró en su estela, en un festival de grandes registros, a la australiana Jessica Hull (3:50.83), a Laura Muir (3:53.79, récord británico) y a un puñado de atletas por debajo de los cuatro minutos. Entre ellas Esther Guerrero, duodécima con 3:59.74, muy cerca del récord de Natalia Rodríguez (3:59.51).
Armand Duplantis intentó sin éxito sobrepasar los 6,25 en el salto con pértiga. Hubiera sido el tercer récord mundial de la reunión. No lo hubo tampoco en los 800 metros. Pero en la mejor carrera conjunta de la historia, el argelino Djamel Sedjati terminó en 1:41.56. El keniano Emmanuel Wanyonyi, en 1:41.58. Y el francés Gabriel Tual, en 1:41.61. Se convirtieron en, respectivamente, el tercero, el cuarto y el quinto hombre "all time". Ocho atletas bajaron de 1:44.00.
Quique Llopis (13.21) fue cuarto en los 110 vallas. Y Asier Martínez, séptimo (13.35).