Esta vez fueron cuatro goles, el doble de los que recibió la miedosa Georgia, aunque Bulgaria expuso un poco más, incluso se atrevió a desplegarse ofensivamente con cautela. Pero la selección de estos lobos rojos está hambrienta, insaciable y logró que tampoco ninguna oveja suelta le marcase.
El fútbol se convierte en una bufonada cuando un equipo inferior se dedica, como un cordero asustado, a sofocar a un lobo siempre hambriento de goles. Feroz, pero esta noche, hasta más lento, más cansado del de hace tres días.
Bulgaria, por el contrario, pareció que ponía mejores ladrillos en el muro de los que puso la cobarde Georgia. Es muy posible que en su defensa de seis hubiese cinco larguiruchos que sometieron a Samu a un castigo excesivo. Incluso a saltar en ocasiones más que Merino.
Una vez más sólo Pedri tuvo esa imaginación, esa magia para penetrar en el muro como un fantasma y generarse dos goles como si fuera un dios del gol. Uno dio en el poste y el otro no entró de milagro. Mientras la posesión española era de un escandaloso 80%. Algo ridículo y escabroso para la competición que propugna esos dirigentes en Suiza.
Aunque el balón corría más lento. Baena mejoró a Yeremy, Grimaldo hizo olvidar a Cucurella y los centros de Pedro Porro, quizá mas cansado que el otro día, habían perdido dirección.
Es curioso que los búlgaros recibieran 1-0 y se atrevieran a hacer correr al lobo y casi meterlo pasajeramente en su madriguera. Hasta tuvieron una oportunidad, pero la distancias son tan infinitas como las diferencias de una selección a otra, que parece ridículo formalizar estos encuentros oficiales.
No fue una sorpresa la segunda parte. Otro cabezazo de Merino y seis goles, cada cuatro partidos, así que este es el verdadero lobo rojo que ataca desde las alturas. Borja Iglesias es mejor que Samu como ariete, pero los años pesan y De la Fuente tendría que pensar en otros goleadores, que los hay, en la sub-20 y la sub-21. Que se atreva es otra historia.
A pesar de que los búlgaros habían defendido mejor, no se habían esclavizado tanto como Georgia, pero tres goles más empañaron la actuación más que notable del meta Mitov, que pareció una diosa india como Kali, con muchos brazos.
Al final, en el último éxtasis hubo un penalti que Merino dejó al gran especialista, Oyarzabal, el mejor para estas ejecuciones. Y fin de un partido que siempre reprochará las marranadas de las organizaciones del fútbol. España con De la Fuente roza más récords. Poco a poco será como el equipo santo del siglo XXI.
Me resulta infame, escrupulosamente inmoral lo que hacen las pérfidas UEFA y FIFA con tanto partido basura. Tan sólo con la avaricia de jugar más y más dinero como si fueran el tío Gilito. Hacen sucumbir a los jugadores, que son los protagonistas de sus fabulosas ganancias.
Se habló de una huelga de futbolistas, de someter a esas perturbadas económicas a un impasse para detener este castigo soez y enfermizo. Pero los jugadores no son sindicalistas. Juegan y se plantean políticamente su vida muy individualmente. Mientras, la UEFA y la FIFA matan lentamente a sus huevos de oro.
Conviene, en estos torneos, romper a sudar. Y España todavía no había roto a sudar desde que llegó a Alemania. Un poquito contra Croacia, si acaso, y otro porquito contra Italia, pero paren de contar. Ayer sudó, y sudó bien sudado, pues pese a la holgura final, España pasó un mal rato ante Georgia, a la que sólo doblegó a falta de un cuarto de hora después de tener que remar contra la corriente durante 75 minutos para terminar, sí, goleando y con la sensación de que el torneo, por fin, ha empezado. El viernes, a las seis de la tarde, espera Alemania en Stuttgart en los cuartos de final, y allí llegará España sudada, que es como hay que llegar a esas citas. [Narración y estadísticas (4-1)]
Georgia es una selección menor. Con el veneno de quien juega por algo más que una victoria, con el vigor nacido en un sentimiento nacional de rebeldía, con el brío de quien lucha por su gente, que no por su Gobierno. Con la sensación, en fin, de poder lograr mucho más que un estúpido acceso a los cuartos de final de una Eurocopa, de lograr, por qué no, cambiar la historia de su país. Con todo eso, sí, pero Georgia es una selección menor.
De hecho, de no ser por la parafernalia que acompaña a los partidos en un gran torneo, con sus controles de seguridad, sus perímetros exagerados, su colorido en las calles por la mañana y sus 52 tipos calentando en el campo, podría pasar por cualquiera de esos choques que juega España contra un rival inferior en cualquier capital de provincia un sábado de octubre camino de alguna fase final como esta. Georgia es una selección menor, pero hizo sudar a España la gota gorda porque, llegados a este punto del torneo, la ausencia de red provoca vértigo, y durante mucho tiempo España temió caerse y perder contra una selección menor.
De repente, el caos
De la Fuente no tocó el once, para qué, y en la primera jugada Nico Williams encaró a Kakabadze y sacó un centro. En la segunda Carvajal centró también tras una conducción de Lamine. Los dos primeros intentos de contragolpe de Georgia murieron en su propio campo y el primer balón que le llegó a Unai Simón lo paró y lo jugó sin riesgos para Rodrigo. Eran los primeros cinco minutos y todo tenía muy buena pinta, una de esas noches en las que lo único por lo que se puede apostar es en por el minuto en el que llegará el primer gol. En este caso fue en el 17 y fue de Le Normand, pero como fue en propia puerta, lo cambió todo. En el primer pasillo que encontró Georgia, el lateral derecho, de nuevo Kakabadze, llegó al lateral del área y su centro, muy tenso, golpeó en el central español para meterse en la portería.
Y de repente, el caos. Pedri no era capaz de domar un balón, Carvajal se resbalaba, Rodrigo entregaba melones en lugar de balones, los contragolpes de Georgia salían bien a dos o tres toques... Era el momento de medir el cuajo de la selección española, a la que de momento en este torneo le había ido todo de cara, jugando bien como contra Italia, regular como contra Croacia y regular también como contra Albania con los suplentes. Era el momento de calibrar esas otras cosas que no son exactamente fútbol: saber controlar la ansiedad, no dejarse atrapar por los nervios, jugar con la presión de quedarse fuera... Y durante unos minutos España no dio sensación de sobreponerse al gol.
El zurdazo de Rodri para el 1-1 en Colonia.AFP
Había rematado Fabián, y el propio Pedri, los dos por arriba, pero el balón ya no fluía, las piernas pesaban y los ojos no veían bien. Conforme pasaba el tiempo, peor pinta tenía. La sombra del partido de Inglaterra, disputado antes, empezó a sobrevolar Colonia. Por suerte para España lo evitó Rodrigo, ayer más impreciso de lo habitual, pero quirúrjico en un disparo con la zurda desde la frontal (hasta ahí permitía controles Georgia, aculada sobre Mamardashvili en eso que los modernos llaman bloque bajo y que en realidad se llama poner el autobús). La posición de Morata, en fuera de juego y en la trayectoria del balón, dejó alguna duda, pero el VAR dio el visto bueno y España llegó aliviada al descanso. Que no era poco.
Dani Olmo por Pedri
A la vuelta del refrigerio no hubo tiempo para demasiadas cosas. En una jugada de esas que definen las diferencias entre esta España y otras recientes, Lamine tiró una diagonal, y eso terminó con una falta en la frontal que él mismo lanzó. El paradón de Mamardashvili dio origen a una segunda jugada en la que, de nuevo Lamine, puso un centro maravilloso de fuera a dentro que Fabián, metido a delantero centro, remató para poner por delante a la selección, a la que Luis de la Fuente le metió una alternativa: quitó a Pedri, bastante oscuro toda la noche, y metió a Dani Olmo. Había más de media hora por delante, y aunque el equipo ya mandaba en el marcador, ni de lejos tenía el partido solventado.
En esos minutos perdonó Lamine el tercero, y De la Fuente quitó a Morata para meter a Oyarzabal y a Cucurella para meter a Grimaldo. El cansancio de los georgianos, un equipo bastante veterano en su estructura, también ayudó lo suyo. El árbitro anuló el tercero a Lamine por un fuera de juego bastante claro, pero justo después se activó la otra motocicleta de la que dispone España. Fue Fabián el que, nada más recuperar la pelota en un ataque nada benévolo del rival, lanzó un balón largo a la carrera de Nico Williams. El extremo todavía del Athletic arrancó desde su campo, se plantó en la frontal, regateó y la puso arriba, imposible para Mamardashvili.
Quedaba un cuarto de hora y, ahí sí, respiró España, definitivamente en calma con el cuarto, obra de Dani Olmo. Vivió plácido el final la selección, mirándose la camiseta y sabiendo que, ahora sí, una vez que empiezas a sudar, las cosas van mejor. Un susto, si se solventa, ayuda en el futuro.
En una semifinal de Eurocopa, contra el equipo más poderoso del mundo en lo físico, finalista en los dos últimos Mundiales, España salió, vio cómo le metían un gol, se sacudió el polvo de los hombros, silbó, aceleró para marcar dos goles, remontar, y luego decidió que allí, en una semifinal de Eurocopa, con una hora por delante, ya no iba a pasar nada más. Como si fuera su potestad elegir los caminos de los partidos, también los de una semifinal de Eurocopa, como si dispusiera de un mando a distancia para darle al play, y luego al pause, y luego hacia delante, y luego hacia atrás, y luego al stop. España, en una semifinal de Eurocopa, gobernó la noche como le dio la gana, decidió lo que ocurría y lo que no, y agarrada al maravilloso descaro de un niño de 16 años, dueño de un gol estratosférico, le dio la vuelta al tanto francés y echó la persiana. Hasta aquí, dijo. Y hasta ahí. Luis de la Fuente y su muchachada han llevado a España a su quinta final continental, a las puertas de un título impensable hace no mucho, posible, probable, hoy. En una semifinal de Eurocopa, hizo lo que quiso, como quiso y cuando quiso. Esta es España. [Narración y estadísticas (2-1)]
Una España nacida de la desconfianza, forjada en la ignorancia, cuando no en la mofa, de una parte de la afición, que miraba con displicencia a un grupo de jugadores que permaneció callado, cabizbajo, rumiando, eso sí, algo parecido a una venganza, agarrados todos ahí dentro a la esperanza de darle la vuelta a todo y poner al país a sus pies, un país obligado hoy a reconocer el trabajo y el talento de un grupo humano que, más allá de lo que ocurra en la final, se ha ganado el respeto que hasta ahora no tuvo. Honor para España, finalista de la Eurocopa. Y honor para Lamine Yamal, el niño de 16 años, hijo de inmigrantes, que personifica esta nueva realidad española, tan diferente, tan cambiante, tan rica.
A estas alturas de torneo, los jugadores no entrenan. Ni españoles ni franceses habían hecho nada desde el viernes, cuando obtuvieron el billete a la semifinal. De hecho, se intuía un partido calmo, con los dos midiendo muy bien sus esfuerzos y los del rival. Sin embargo, en este juego de detalles que es el fútbol, y más llegados a este punto del torneo, Francia se puso por delante poco después de que lo hubiera podido hacer España. Fabién envió alto un cabezazo que parecía fácil, pero Kolo Muani sí acertó. No habían pasado ni 10 minutos y Francia estaba por delante casi sin haberse desperezado, y además Jesús Navas con amarilla por frenar una contra con pinta de 2-0.
Como quien se levanta de la siesta
Era la segunda vez que la selección estaba por detrás en el marcador. La otra vez fue contra Georgia. Y claro, Francia no es Georgia. O sí, porque lo que ocurrió desde ese momento es muy difícil de explicar. Cuando encajó, España mantuvo la calma. De hecho, tardó bastante menos en empatar, y no necesitó ni de coraje, ni de empeño, ni de suerte, ni de una jugada maravillosa. Bastó que un crío que acaba de aprobar la ESO cogiera la pelota, levantara la cabeza y pusiese en órbita un disparo maravilloso. Lamine Yamal es un niño, un puñetero niño que juega como un mayor, que levanta la cabeza, que pasa, que centra y que, sí, también regatea, pero que, ante todo, juega al fútbol como los dichosos ángeles.
La parábola de su disparo, inalcanzable en diez vidas de Maignan, catapultó a España, un equipo en trance que, cinco minutos después, se adelantaba porque Dani Olmo hizo un quiebro delicioso a Upamecano cazando el rebote de un centro. Su tiro, que iba a portería, lo desvió Koundé por si acaso, como para asegurarse de que entraba sí o sí. Había remontado España como quien se levanta de la siesta. Aguantó a pie quieto los intentos franceses, que no fueron pocos en la primera parte. El equipo de Deschamps trató de hacer daño a España en dos facetas: los cambios de orientación y las jugadas a balón parado.
Olmo festeja el 2-1 en Múnich.AFP
Mbappé, sin máscara, fue menos Mbappé que Dembélé. El ex futbolista del Barça molestó a ratos a Cucurella, y Nico Williams tuvo que ayudar lo suyo ahí. Navas, entretanto, en el duelo que se presumía tan desigual, se mantuvo con bastante más que dignidad hasta su lesión. Al equipo, en algún momento, le costó llegar a la presión porque las piernas están como están, y eso permitía a Francia encontrar alguna vía, sin éxito.
Jugar a que no pase nada
De modo que España, la España donde De la Fuente se limitó a poner a los suplentes de los sancionados y lesionados, ni más ni menos, llegó al descanso por delante y confiada, consciente, más que nunca, de la diferencia física con su rival. Era el momento de no ir al choque. Había que jugar a otra cosa. Había que jugar, por ejemplo, a que no pasara absolutamente nada.
Eso fue lo que hizo España a la vuelta del descanso, buscando trastear con la paciencia, y el físico, del rival, y al rival, claro, cuando le toca proponer, suda tinta. No pasaba nada, ni bueno ni malo, así que Deschamps quitó del campo a Rabiot y a Kanté para meter a Griezmann y a Camavinga. Mbappé ya era delantero centro, porque también se fue Kolo Muani para dar paso a Barcola, que se instaló en la izquierda. Para desgracia de Deschamps, siguió sin pasar nada.
España jugó toda la segunda parte como si fuese el tiempo de descuento. No hizo mucho por atacar, pero como tampoco le hacían daño, fue dejando pasar el tiempo en un ejercicio de madurez algo inquietante. Tanta tranquilidad en una semifinal de una Eurocopa asusta. De la Fuente debió pensar que no fueron tan buenos los cambios contra Alemania, y sí, metió a Merino y Oyarzabal, pero dejó en el campo a Nico y a Lamine por si acaso. Deschamps echó mano de Giroud como quien reclama al Cid, pero allí seguía sin pasar nada. En una semifinal de Eurocopa, hasta España pitó el final del partido.
Aymeric Laporte (Agen, Francia, 32 años) llega en carrito de golf y se va igual de la entrevista. Mientras habla, junto a las pistas de tenis de Baylor School, aparta los mosquitos, muchos y pesados. Está relajado, se ríe con el sobrenombre de 'jefe' (lo es en esta selección) y expone, negro sobre blanco, una personalidad muy marcada. Entre otras cosas, por lo que vivió en plena adolescencia. 'Ayme', como le conocen aquí todos, es el boss.
PREGUNTA. ¿Cómo está? ¿Qué tal estos primeros días aquí, esta humedad, cómo la lleva? RESPUESTA. Bien, muy bien. Hemos tenido un viaje largo para el amistoso de Puebla, pero desde que estamos aquí ya asentados, bien. La verdad es que hay bastante humedad y eso se nota, incluso ahora mismo que estamos haciendo la entrevista fuera.
Se quita del medio a un puñado de mosquitos como puede, pero mantiene el tipo.
P. Siendo un tío del norte como usted, esta humedad mal... R. Sí, se nota. No estoy muy acostumbrado a este nivel de humedad, pero bueno, bien.
P. Es su segundo Mundial, ¿qué le dice eso? R. Bueno, mucha alegría. Estoy muy contento de seguir aquí con la selección. Muchas veces lo he dicho: es un privilegio estar aquí, es donde más disfruto del fútbol. El estilo de juego, los compañeros... todos estamos muy contentos de estar aquí. El ambiente siempre es bueno y hay esa buena conexión entre todos que hace que estemos contentos.
P. El Mundial, antes de que empezara a rodar el balón, casi ha sido más noticia por todo lo que lo rodea. Trump, Irán, Venezuela... ¿A ustedes eso les llega o no piensan en ello? R. Claro que nos llega, somos personas normales que nos informamos de lo que pasa en el mundo, pero al final cuando empieza a rodar el balón, sólo pensamos en el fútbol, en lo que sabemos hacer, en estar dentro de un campo de fútbol y disfrutar, hacer disfrutar a la gente y, obviamente, ganar si se puede.
P. Lleva cinco años con el pasaporte español, ¿qué balance hace de este tiempo en la selección? R. Sinceramente creo que no he podido tomar una decisión mejor en mi vida, viendo todo lo que me ha pasado hasta ahora. A nivel de resultados es impresionante y yo me creo todo lo que hemos conseguido. Han sido muchos años de vivencias increíbles, de buenos momentos, Nations League, Eurocopa... incluso solamente ya la experiencia de los torneos internacionales, vivirlos desde dentro es algo único. Entonces, sea ganando o no, siempre te llevas cosas muy interesantes a casa.
P. Uno echa la vista atrás y usted ha hecho semifinales en 2021, ha ganado la Liga de Naciones de 2023 y la Eurocopa de 2024, perdió por penaltis la Liga de Naciones de 2025... R. Sí, bueno, es lo que te digo. El hecho de haber ganado ya dos títulos, además de llegar a finalista en otro y competir en todos, el haber hecho lo que hemos hecho, de ganar Eurocopa y Nations League, es algo increíble.
El central, en las pistas de tenis de la Baylor School.PABLO GARCÍA
P. Hay que rematar con el Mundial. R. Sí, ganar el Mundial sería lo máximo que se puede pedir.
P. ¿Lo pasó mal con algunos ataques cuando se nacionalizó? R. No. Yo ya lo he dicho muchas veces: entiendo las críticas, entiendo las opiniones. Al final, lo he dicho hace poco, siempre he ido un poquito a contracorriente de lo que el fútbol requiere o la vida requiere. A unos les puede gustar y a otros no, y es comprensible. Pero es mi vida, decido yo sobre ella, decido lo que tengo que hacer y asumo las consecuencias de las decisiones que he tomado. Teniendo a mi gente cercana, a mi familia, que me apoya, con eso es suficiente para estar bien.
P. ¿Le importa lo que dicen de usted? R. Obviamente a todo el mundo le importa, pero no me afecta como cuando tenía 17 o 18 años. Ni a mí ni a mi entorno. Por suerte mi familia también ha aprendido a vivir con eso y a día de hoy estamos tranquilos.
P. ¿Le importa caer bien? R. Yo intento dar lo mejor de mí en cada momento, dentro y fuera del campo. Hay gente a la que le vas a caer bien y otra a la que no. Al final soy una persona bastante directa y puede ser que a mucha gente no le guste. No me importa demasiado. En realidad sólo me importa la opinión de los míos, de mi familia, de mis amigos y de mis compañeros.
P. Esta es mi segunda entrevista con usted, pero la primera fui con la sensación de que era un tipo muy serio, incluso distante. ¿Es consciente de esa imagen? R. Puede ser. Yo creo que al final no confío en casi nadie. No estoy a la defensiva, pero sí tomo distancias para que no me la metan, básicamente. Intento ser lo más natural posible, pero sabiendo que a veces yo he dado confianza y me han traicionado.
P. Entiendo que eso viene de experiencias pasadas. R. Sí, obviamente. Y bueno, de lo que viví de niño también puede ser, de hace muchísimos años, supongo que todo lo que vivimos nos marca.
P. ¿Se calla cosas? R. Sí. Cuando toca hablar se habla y cuando no, no. Intento siempre elegir el momento idóneo, pero no suelo callarme cosas si creo que son importantes y que pueden ayudar a quien las escucha.
P. Me refiero a esas situaciones en las que, si lo dice, se puede liar. R. Depende de las circunstancias.
P. ¿Qué es lo que no soporta? R. ¿En el fútbol o en la vida?
Aymeric Laporte.PABLO GARCÍA
P. En la vida. No sé, la falsedad, la mentira... R. ¿Y si alguien te miente por no hacer daño? Es que depende. Es complicado. Hay que saber elegir los momentos. Si me mienten, y luego me explican los motivos, quizá hasta pueda llegar a entenderlo. Depende de cómo lo haya hecho la persona.
P. Dicen que usted se ríe poco. R. [Ríe]. Puede ser.
P. ¿De autoestima cómo va? R. Bien. Normal. Como la gente normal.
P. Un ex entrenador suyo contaba en MARCA que le marcó mucho no haber podido jugar el primer año en España por un problema burocrático. R. Sí, la verdad es que sí. No sé exactamente lo que habrá dicho, pero sí me marcó. Yo entrenaba toda la semana y no podía jugar los fines de semana, que es el momento importante. Además, estaba fuera de casa... Y luego tenía que viajar para jugar con un equipo en Francia, en Bayona. Eso implicaba muchos kilómetros, muchos viajes, no veía a mi familia y luego volvía a la residencia, donde muchas veces estaba solo porque el resto se iba a casa. No fue fácil.
P. ¿En qué le marcó? R. En todo. En lo que soy a día de hoy, en la personalidad. Vivir fuera de casa desde tan joven y encima en otro país, todo eso te hace madurar muy pronto y asumir responsabilidades antes de tiempo.
P. Si pudiera cambiar algo del mundo... R. Es complicado... habría que pensarlo bien.
P. ¿Cómo es su relación con la prensa? R. Cordial. Me han dicho que siempre diga cordial, así que cordial. No, en serio. Ni mal ni bien.
P. ¿La prensa le cae mal? R. No, qué va. No comparto ciertas cosas, en lo que se pone el foco, pero no es que me caiga mal.
P. ¿Cree que a veces hay cierto interés en cómo se enfocan las cosas? R. Sí, puede ser.
P. ¿Ha visto mala fe? R. Sí, he visto mala fe en algunas situaciones.
P. ¿Repetiría aquel tuit tras ganar la Eurocopa en el que le restregaba a la prensa las críticas que había recibido? R. Sí. Es que en aquel momento era un sin parar contra mí, fue una situación bastante en contra mía. Me afectó bastante.
P. Hoy dicen que es el jefe del vestuario. R. [Ríe]. Nadie me había llamado jefe hasta marzo de este año, que en una entrevista dije que me gustaba, y ahora resulta que todo el mundo me llama jefe.
P. ¿Tienen razón o no? R. No lo sé. Yo soy uno más e intento aportar la experiencia.
P. Uno más no es. R. Bueno, uno más dentro del grupo, intentando ayudar. Sí que es verdad que por edad tengo más experiencia que otros, pero de jefe...
P. ¿Le gustaría serlo? ¿Ser el jefe? R. Me gusta ser lo que soy a día de hoy: alguien que intenta ayudar dentro y fuera del campo e intentar ser importante para el equipo.
P. ¿Cómo se doma a los jóvenes? El otro día en el rondo había bastante pique, sano y divertido, entre usted y Nico. R. Es que Nico últimamente tiene una guerra constante contra mí [risas]. Hay algo ahí. Entonces al mínimo pique, voy a por él. Lo mismo con Gavi, con Lamine. Al final los chavales son los que más vidilla le meten a los piques y a la concentración. Y cuando fallan hay que ir a por ellos, porque ellos tampoco te perdonan cuando tú fallas.
P. Y la última: ¿a qué ha venido España a este Mundial? R. A dar lo mejor de nosotros mismos. Hay muchas expectativas en nosotros por lo que hemos hecho en los últimos años. Yo lo siento así, creo que tenemos que hacer grandes cosas. Vamos a intentarlo desde el primer partido hasta el final. Ojalá llegar a la final y ganar. Es un sueño para todos los españoles y para nosotros mucho más.