Juan Antonio Corbalán (Madrid, 1954) sufre lo que podríamos llamar el ‘síndrome Kareem Abdul-Jabbar’. Como la explosión ochentera del baloncesto en España les pilló con la carrera avanzada y el pelo en retroceso, en la memoria queda una imagen distor
Hazte Premium desde 1€ el primer mes
Aprovecha esta oferta por tiempo limitado y accede a todo el contenido web
Hay una etapa complicada en la valoración pública de cualquier grande del deporte que son los años inmediatamente posteriores a su retirada, cuando ya no está provocando asombro cada semana y el paso del tiempo aún no ha convertido sus hazañas en leyendas. Ahí está ahora mismo Tom Brady, que dejó la NFL hace dos años como indiscutible mejor jugador de la historia.
¿Indiscutible? Según algunos, no tanto. La necesidad de llenar rápidamente el trono llevó a que durante los días previos a la Super Bowl, disputada el domingo en Nueva Orleans entre Kansas City y Philadelphia, las tertulias estadounidenses, que son igual que las de aquí pero con mejores trajes, acometieran una y otra vez un debate sorprendente: si ganaban los Chiefs y Patrick Mahomes lograba su cuarto anillo, tercero seguido, ¿sería el quarterback tejano ya tan grande o más que Brady?
La pregunta era osada, teniendo en cuenta que el mito de los Patriots ganó siete títulos (seis en New England y uno en Tampa Bay), tres más que ningún otro quarterback (Montana y Bradshaw, con cuatro) y más del doble que Mahomes, pero algunos, incluso así, respondieron que sí. Philadelphia decidió zanjar el debate con una paliza (40-22) en la que el marcador no hace justicia al castigo, físico y a su legado, que recibió Mahomes.
Mediado el tercer cuarto, los Eagles ganaban 34-0 y Kansas City no había logrado cruzar el mediocampo. No es una exageración, es un dato. Mahomes, absolutamente superado, había regalado tres veces el balón a sus rivales y no había exhibido nada de lo que de él se espera: magia para salir de cualquier problema. Por una noche, fue un quarterback cualquiera.
La derrota pone a dormir su asalto al reino del más grande, más por la forma que por el hecho. Ha jugado cinco Super Bowls y ha perdido dos. La primera, ante unos Buccaneers liderados por un Brady de 43 años, fue otra paliza: 31-9. El hoy comentarista jugó diez y perdió tres, dos contra los Giants y la última ante los Eagles, pero en todas tuvo a su equipo en el partido hasta el último minuto. Jamás fue humillado. Las derrotas de Mahomes se recordarán de muy distinta forma cuando toque hacer balance.
Tom Brady, durante la Super Bowl que comentó para la TV estadounidense.AFP
Mahomes aún tiene 29 años y tiempo de sobra para reabrir el debate. A su edad, Brady tenía los mismos tres títulos y acababa de perder la Super Bowl contra Nueva York en, seguramente, la mayor sorpresa de la historia. Mahomes jugó mal en Nueva Orleans, pero sigue siendo el mejor jugador de la NFL sin mucha discusión.
La victoria de Philadelphia no dice demasiado sobre el nivel del quarterback preferido de Donald Trump, pero sí recuerda que en una liga montada para que ningún equipo domine durante mucho tiempo seguido (temporadas muy cortas, límite salarial duro, lesiones constantes, eliminatorias a un partido, carreras breves, draft favoreciendo a los peores...) ganar siete anillos es un milagro. ¿Podrá repetirlo Mahomes?
Lo primero, tendrá que convertirse en el enfermo de la competición y la preparación física que fue Brady, capaz de ser élite en un deporte de contacto hasta los 44 años. Mahomes no ha tenido, hasta ahora, esa disciplina. Después necesitará que su entrenador, Andy Reid (66 años), decida seguir a su lado como Bill Belichick acompañó al californiano y que la franquicia rehaga un equipo envejecido. Por último, requerirá salud y suerte. Como en cualquier deporte, pero un poco más. Son muchas cosas. Mientras tanto, Tom Brady sonríe plácidamente en su trono.
Hay un viejo adagio en el fútbol español y es que hemos vivido tantos años de directivos vodevilescos porque los empresarios serios no quieren meterse en un negocio que depende de una pelotita, del azar y de un puñado de niños mimados. Florentino Pérez era la excepción. O eso nos hicieron creer. Ahora ya sabemos la verdad: es como el resto.
Ha hecho falta una sucesión de catastróficas desdichas, de un año en blanco a una pelea entre Valverde, Tchouameni y (presuntamente) una mesa pasando por la excedencia de Mbappé, para que el presidente del Real Madrid mostrara en público la cara que siempre se ha rumoreado que era la real: bajo los trajes clónicos y la corbata se escondía un hincha, más en la línea de Jesús Gil, Lopera y Gaspart, que en la de imperturbable hombre de negocios. El fútbol nos iguala a todos por abajo, también a los multimillonarios.
Florentino, por supuesto, puede presumir (y a fe que lo hace) de más éxitos que cualquiera de aquellos directivos de la era salvaje, pero esta ya legendaria rueda de prensa redecora su legado porque al fin se quita el disfraz: el 'moderado' era alguien capaz de salir a un estrado a señalar a periodistas que cobran en un año lo que él se gasta en una cena ligera, afirmar abiertamente que los medios de comunicación deben ayudar al Real Madrid y culpar de los fracasos deportivos a cualquiera menos al que decide. Lo mejor es que se lo cree. Jesús Gil también defendía que el mundo estaba en su contra y Lopera pensaba que todos querían engañar a la afición del Betis. Son delirios habituales cuando llevas toda la vida sin escuchar críticas.
En la cabeza de Florentino era espectacular, pero mientras él creía estar dando una exhibición de poder, las redes sociales, unidos madridistas y antis como pocas veces, se partían de risa. Dos veces se lo intentaron llevar de allí los empleados del club, que sí veían lo que pasaba, pero no hubo manera. "Me tendrán que echar a tiros", "llevo 26 años y todos los años se han pegado dos jugadores o cuatro", "a ver esa niña, joder, que tiene derecho a hablar, que todos vosotros sois muy feos", "ha escrito una mujer que no sé si sabe algo de fútbol"... Son clásicos instantáneos de nuestro fútbol-caspa a la altura de otras comparecencias inolvidables, desde el "yo le dije 'un piquito' y ella me dijo 'vale'" de Rubiales al "if I say black, black, black all day, is very bad" de Gil.
Esa es la compañía en la que decidió situarse Florentino sin que nadie se lo pidiera. Seguramente, se arrepienta hoy mismo, pero los amantes de la comedia se lo agradecemos. El Real Madrid, no tanto.
La nostalgia ganó el primer set; la naturaleza, el partido. Lo logrado por Djokovic en este Open de Australia, tras dos temporadas completas sin pisar una final ante el dominio de Sinner y Alcaraz, ha sido memorable, pero estaba condenado a un final amargo. Pudo con el italiano, asustó al español y recordó por qué es el más grande. De la Historia, no de la actualidad. Ése es Carlos.
En un partido normal para sus estándares, bastante espaciadas esas genialidades que ha convertido en rutina, Alcaraz ganó con solvencia al tenista perfecto que, incluso a los 38 años, sigue pareciendo diseñado por ordenador para jugar a esto. Una dejadita por aquí, tres golpes imposibles por allá, la calma que le ha dado la madurez cuando el serbio apretaba y el séptimo Grand Slam para casa antes de cumplir los 23 años. Ya los tiene todos. Es un sinsentido, una aberración histórica, un portento.
A la edad del murciano, Djokovic tenía dos grandes, igual que Federer. Nadal, el más precoz de los tres reyes, iba por seis. Nadie ha escrito un comienzo de su novela como este pero, aunque tenemos tendencia a recordar siempre el principio y el final, lo que define cualquier historia es lo que sucede entre medias. Antes de semifinales, un periodista con menos tacto que una madre cuando coges kilos preguntó a Novak cómo se sentía "persiguiendo" a Sinner y Alcaraz tras comenzar su carrera "persiguiendo" a Roger y Rafa. La elección del verbo molestó, con razón, al serbio, que clavó la respuesta: "Entre medias hubo 15 años en los que yo dominé los Grand Slam. Es importante tener perspectiva". Y tanto.
Esa es la fase de su carrera que ahora afronta un Carlos que ha zanjado en Melbourne la sobredimensionada polémica del adiós de Ferrero. Escuchamos a Samuel López decir a su pupilo: "Va a ir a saco", "disfruta del momento", "háblate, vamos, sé positivo". Ayudó, seguro, pero hay que poner en perspectiva la importancia de este tipo de consejos y recordar que esto es tenis, no baloncesto. Va de un tipo con una raqueta tomando decisiones milimétricas bajo presión durante horas. El 99% es suyo y la importancia de las frases para taza de su equipo es moderada. Federer tuvo ocho entrenadores durante su carrera. No le fue mal.
Si las lesiones le respetan, será Alcaraz y sólo Alcaraz quien decida hasta dónde quiere agigantar su leyenda. Su sentido lúdico de la vida será compatible con dominar el circuito durante unos años más, pero para llegar a los 24 Grand Slam y los 38 años que hoy luce Djokovic necesitará convertirse en un ciborg que viva por y para su legado, poniendo en pausa el resto de cosas que le hacen feliz. Si quiere, puede, pero quizás no le compense. El libro es suyo y va camino de escribir El Quijote. Lo acabe o no, las páginas que lleva serán recordadas siempre. Disfrutémoslo como él disfruta. Dure lo que dure.