Para alcanzar la Villa Olímpica hay que cruzar un abismo. Algunos deportistas saltan de golpe, ¡alehop!, y ya están en los Juegos, pero la mayoría sufren horrores sólo para clasificarse. El billete olímpico a veces es más complicado que una medalla. Hay muchísimo que perder -la presencia en la élite, dinero en becas, la máxima atención mediática- y poquito que ganar. Por eso los torneos preolímpicos son tan desagradables. Nervios, sudores, agobios y, al final, si hay suerte, una celebración efímera. La España de balonmano lo descubrió este viernes de mala manera: el trámite ante Argentina se convirtió en una pesadilla de la que sólo pudo despertar en el último minuto.
La selección ganó (23-26), logró matemáticamente el pase para los Juegos de París y disfrutó de la fiesta posterior en Torrevieja, pero antes tuvo que padecer y padecer.
Con tanto juego las piernas temblaron, también es lógico. Si en el partido anterior ante República Checa todo salió bien, un paseo sin baches, esta vez casi todo salió mal, sobre todo de inicio. Ante Argentina, una selección que en toda su historia sólo disputó los Juegos de Río 2016 y gracias a la clasificación directa de Brasil, España estuvo demasiados minutos por detrás, más de media hora.
En toda la primera parte nunca llegó a dominar el marcador y alcanzó el descanso con empate (14-14) de chiripa. Luego en la segunda parte mejoró, pero caminó sobre el alambre, con ventajas mínimas y sin alivio.
Durante un buen rato, Elke Karsten, líder de Argentina, una jugadora de rotación en el Bera Bera, amenazó con convertirse en un personaje negro en la historia del balonmano en España. Sus ocho goles y sus asistencias colapsaron la defensa de la selección que en ataque acumulaba demasiadas pérdidas -ocho en la primera parte y seis en la segunda-.
Sólo el liderazgo de la primera línea formada por Paula Arcos, Jennifer Gutiérrez y Shandy Barbosa y el regreso a la portería de Merche Castellanos llevaron a la selección a los Juegos. Este domingo habrá partido ante la potente Países Bajos, pero ya sin nada en juego, con ambas selecciones ya clasificadas. España ya ha cruzado el abismo para alcanzar la Villa Olímpica.
"I love smash! [¡Me encanta rematar!]", firmaba Tomas Machac en la cámara después de su victoria y no hacía falta subrayarlo, ya había quedado claro. En los cuartos de final del Masters 1000 de Shanghai el checo remató, remató, remató y después remató para desesperar a Carlos Alcaraz y dejarle fuera del torneo. La buena racha del español, por los aires.
Ante la potencia de Machac, a Alcaraz le faltaron respuestas y su derrota en dos sets, por 7-6(4) y 7-5, fue justa. Aunque no fue el peor de sus tropiezos. Quedarán los Masters 1000 como una asignatura pendiente del español -este año sólo ha jugado unas semifinales, en Indian Wells- y se perderá la oportunidad de volverle a ver ante Jannik Sinner, pero cualquier análisis será indulgente con su actuación ante Machac.
Al contrario de lo que ocurrió unas semanas atrás en su enfrentamiento en la Copa Davis, este vez Alcaraz puso más tenis, más calma e incluso más coraje, pero el juego de Machac siempre le perjudica. El checo de 23 años, tenista irregular, número 33 del mundo, se entrega siempre a los golpes, a reventar la bola con la mayor violencia posible, y ante él no hay ritmo posible. Si está acertado, exige defensa y a veces ni con esas.
Este jueves en China, Alcaraz jugó mejor, fue mejor, pero nunca llegó a desvestir a su adversario. Si acaso puede hacerse un reproche: su debilidad en los momentos decisivos. Los datos a veces son tramposos, pero otras veces no. El actual número tres del mundo necesitó hasta ocho bolas de break para convertir una mientras a su rival le bastaron cuatro para conseguir dos roturas.
Esa desigualdad fue crucial, como lo fue el tie-break del primer set. Alcaraz había dominado todo el periodo y había obligado a Machac a resistir, pero en la muerte súbita concedió varios errores. El checo, en cambio, entregado al saque y volea (o mejor dicho saque y remate), disfrutó de ese desenlace y se plantó en el segundo set con la confianza de quien se ve ganador. Alcaraz necesitaba de sus fallos para encarar la remontada y esos finalmente no llegaron.
Con 11 años, Carlos Alcaraz ya era tan extrovertido como ahora, pero los viajes le costaban. En sus primeros torneos internacionales, como el Longines Futures, una especie de Roland Garros sub-12, o el histórico Les Petits As, todavía no conocía a nadie y apenas hablaba inglés. Pero descubrió que un niño danés estudiaba castellano en la escuela y veraneaba en Málaga. Se le acercó, se presentó y tan simpático era que se hicieron amigos íntimos. Este domingo, ese chaval, Holger Rune, le arrebató su tercer título del Trofeo Conde de Godó de Barcelona al vencerle en la final por 7-6(6) y 6-2 e inauguró una preciosa rivalidad para la próxima década.
De aquellas bromas de infancia, como la coleta en la frente que Alcaraz le hizo a Rune en París, a jugarse los trofeos más importantes. Una historia bonita y que apunta a larga, con 21 años ambos.
Después de que Alcaraz ganase cuatro Grand Slam, para que los dos se igualaran en la élite sólo se necesitaba que Rune madurara y, al parecer, ya lo ha hecho. Tenista con un físico y un juego parecido al del español, en 2022 asombró ganándole el Masters 1000 de París-Bercy a Novak Djokovic, pero desde entonces siempre se quedaba a un paso.
Con mil cambios de entrenadores, más de una discusión con rivales e incluso una famosa riña con su madre, a quien expulsó una vez de las gradas de Roland Garros para concentrarse, su mente no estaba a la altura de su tenis. En Barcelona esta semana ha ocurrido todo lo contrario.
Alexander Zverev se sienta en la silla de la sala de prensa del Open de Australia, se inclina hacia delante y se prepara para la batalla. El tenis le sonríe porque es el tercer mejor jugador del planeta, el único que el año pasado jugó una final de Grand Slam sin llamarse Carlos Alcaraz o Jannik Sinner, pero vive los torneos en tensión. En parte, por sus problemas extradeportivos, como las denuncias de dos exparejas por malos tratos. En parte, por ese malditismo de quien ha estado muy cerca de ganar su primer ‘grande’ —ha jugado tres finales— y a sus 28 años todavía no lo ha conseguido.
«Me gustaría tener que hablar menos con la prensa, viviría más relajado», suelta a los periodistas en Melbourne y se queda tan ancho. Otra vez ante los medios. Otra vez en semifinales de un Grand Slam, la decimoctava de su carrera. Otra vez frente a Alcaraz (este viernes, 04.30 horas, HBO Max y Eurosport). Otra vez ante todos sus demonios.
Porque Zverev tiene tenis y físico para ser el tercero en discordia, quien discuta la gloria al Big Two, pero siempre le falta algo, ese no sé qué para derrotarlos. En los últimos años ha probado diferentes estrategias, todas sin éxito. Ahora, para su duelo con Alcaraz, cuenta con una nueva ayuda con nombres y, sobre todo, con un apellido: Nadal.
10 días en Mallorca
«Después de lo que pasó en Wimbledon [cayó en primera ronda y se confesó deprimido], el tío Toni me llamó. Estoy muy agradecido por eso. Estuvimos hablando durante una hora y media y decidí ir a la academia de Rafa Nadal en Mallorca para verle. En julio pasé allí diez días y los dos, Toni y Rafa, dedicaron mucho tiempo a hablar conmigo. A veces, después de la cena, nos quedábamos hasta pasada la medianoche. Rafa me explicó muy claramente cómo es jugar contra mí y Toni me dio mucha confianza. Les estoy muy agradecido», contaba Zverev.
Posteriormente intentó que Toni Nadal le acompañara en el circuito, pero este declinó la propuesta. «Me lo preguntó, pero le dije que llevo muchos años sin ser entrenador y que ya tengo otro trabajo», explicó el español en la televisión RTL, aunque su ayuda fue igualmente muy valiosa para el alemán.
DAVID GRAYAFP
Desde su paso por Mallorca, el tercero del ranking ATP ha ido cambiando poco a poco su estilo de juego. En el pasado US Open no le sirvió de mucho —perdió en tercera ronda—, pero en este Open de Australia se le ve con capacidad para inquietar a Alcaraz y Sinner gracias a esa evolución. Siempre fue un jugador de saque potente y derecha contundente, pero solía conceder la iniciativa a sus rivales. Podía acabar los intercambios, pero no siempre se atrevía. «Es pasivo», analizaba Toni Nadal. Y eso es lo que está modificando.
Ahora Zverev arriesga más, especialmente al resto, y no le va mal. En cuatro de sus cinco partidos en este Open de Australia ha perdido un set, pero en ningún momento se ha visto al borde de la derrota. Además, está sano, algo poco habitual en los últimos tiempos. «Para mí, el mayor cambio este año es que no tengo lesiones. Es evidente que estoy trabajando en mi juego, que intento ser agresivo, pero lo que realmente me da confianza es que me encuentro bien», analizaba el lunes el alemán tras vencer a Learner Tien en cuartos de final.
La respuesta de Alcaraz
Para alcanzar su primera final en el Open de Australia, Alcaraz deberá afinar todos sus golpes y prepararse para lo desconocido. Hace justo un año, Zverev le eliminó en cuartos de final en la Rod Laver Arena, pero ahora ni uno ni otro son los mismos. Sirve de poco el historial previo, que recuerda que ambos se han impuesto en seis ocasiones.
«Sé en lo que está trabajando Sascha. Quiere salir de su zona de confort, ser más agresivo, no regalar bolas fáciles. He visto sus entrenamientos, he visto sus partidos. Tengo claro cómo enfocar el partido», advertía el número uno, confiado.
Este miércoles, en uno de sus dos días libres antes de las semifinales, Alcaraz aprovechó para descansar y para irse a «algún sitio tranquilo» de Melbourne a pasear con su equipo. Antes del Grand Slam, durante estas Navidades en Murcia, el tenista se había enganchado a la serie Stranger Things, pero ya en Australia dedica la mayor parte del tiempo a jugar a las cartas con sus ayudantes y, de vez en cuando, cuando el horario lo permite, a jugar online con sus amigos en Murcia. Toda relajación es poca ante el reto que tiene por delante. Enfrente, Zverev, con los consejos de Nadal y un nuevo tenis.