En el peor mejor momento. Oteando en el horizonte el fin de la temporada regular, apenas 10 días de calendario y un pequeño puñado de partidos para confirmar la tendencia al alza de los Lakers, Luka Doncic se despide de todo. Un desgarro muscular en los isquiotibiales de su pierna izquierda, un diagnóstico que se confirmó a primera hora del viernes en Los Ángeles, noche de Viernes Santo en Europa. No hay tiempo material para su recuperación física (se calculan al menos cuatro semanas de baja) y no sólo dice adiós a sus ilusiones colectivas, también al galardón al MVP al que optaba con merecimiento el esloveno: caminaba por la majestuosidad del mejor baloncesto de su carrera.
Corría la mitad del tercer acto, una paliza ya asumida contra los inalcanzables Thunder. Acudían los Lakers de ganar 13 de sus últimos 14 partidos (16 de 18), asentados en la tercera plaza del Oeste, y el duelo ante el campeón era una especie de test de realidad sobre sus opciones en los playoffs. La cosa iba ya mal, pero la mano a la parte posterior del muslo de Luka Doncic en una de sus acciones ofensivas resultó demoledora.
Ese mismo músculo isquiotibial había atormentado al ex madridista durante el mes de febrero. Se perdió cuatro partidos y le alivió el parón por el All Star. Ya en la primera mitad en el Paycom Center de Oklahoma había recibido algún aviso, pero tras ser evaluado por los médicos de los Lakers, decidieron continuar. Una vez realizada la resonancia magnética, no habrá margen para la recuperación a apenas 15 días del comienzo de los playoffs. Sólo si los Lakers avanzaran varias rondas se podría valorar su regreso.
Doncic, en Oklahoma.COOPER NEILLGetty Images via AFP
Doncic había anotado al menos 40 puntos en cinco de sus últimos siete partidos. En su octava temporada ya en la NBA, su primera completa de púrpura y oro, estaba en promedios disparados: 33,5 puntos (su tope eran los 33,9 de la 23/24), 8,3 asistencias, 7,7 rebotes... Es el máximo anotador de la competición (por delante de Shai Gilgeous-Alexander), el tercer asistente, el segundo jugador que más triples ha anotado (por detrás del rookie Kon Knueppel). Todo, manteniendo a los Lakers con 50 victorias pese a los problemas físicos de sus otros dos referentes, LeBron James y Austin Reaves.
Candidato evidente a su primer MVP de la NBA y, sin embargo, se quedará sin ello por un sólo partido. Por la polémica regla de los 65 partidos, los que un jugador debe disputar como mínimo en una fase regular para ser susceptible de acabar como uno de los galardonados de la temporada. Doncic se detuvo en 64. Otros aspirantes como Cade Cunningham o Anthony Edwards también quedaron fuera de esa carrera. Aunque ellos estuvieran objetivamente mucho más lejos del MVP.
Porque la tendencia de Doncic era asombrosa: habitaba en el mejor momento de su carrera. Su mes de marzo, en el que se convirtió en el jugador más joven (tras LeBron James y Kevin Durant) en llegar a los 15.000 puntos, quedará para el recuerdo. Antes de la desgracia contra los Thunder, acumulaba tres partidos de carrerilla de más de 40 puntos y 12 con al menos 30. Cifras que no se veían en un base desde hace 70 años.
Otro desenlace inexplicable, falto de contundencia, de sangre fría y hasta de inteligencia. Otro remate de partido para preocuparse, pues es tendencia lejos del Palacio. Un Madrid de nuevo desplumado a domicilio, arruinado en un final impropio ante un rival que nada se jugaba. Ahí estaba el liderato de la Euroliga, a tiro el Olympiacos y el Fenerbahçe (los oponentes de la semana que viene, la penúltima de la Liga Regular) , y lo dejó escapar el equipo de Scariolo como se deja escapar el agua entre los dedos. El Baskonia, tan repleto de bajas como de carácter, volvió a amargar a los blancos. [98-96: Narración y estadísticas]
Un parcial de 10-1 para deleite del Buesa. Esta vez fue más cuestión de acierto local que de despropósito del Madrid, aunque en ese trayecto Campazzo (21 puntos, nueve asistencias para nada) se dejó un tiro libre y Hezonja un lanzamiento, además de la ya desesperada de Llull. Apareció un impresionante Kobi Simmons, que alargó la fiesta anterior de Diakité (cinco triples sin fallo) y de Luwawu-Cabarrot (26 puntos). Y el Madrid se quedó con cara de tonto.
Imbuido en el espíritu rebelde que le hizo levantar la Copa hace poco más de un mes en el Roig Arena, sin nada que perder (desde hace tiempo sin opciones en Europa) y lleno de lesionados, el Baskonia salió a divertirse un rato en su último partido de Euroliga de la temporada en casa. A volver a arruinar el panorama al Madrid sin Trey Lyles ni Len. Y eso que Campazzo amaneció como una moto...
Los 15 primeros puntos blancos salieron de las manos del argentino (11 puntos, dos asistencias). Conectaba bien con Tavares y los de Galbiati (que a última hora perdieron también a Trent Forrest), apenas defendían. Se guardaban las fuerzas para torturar desde el perímetro. Completamente liberados de presión, acertaron con ocho de sus nueve primeros triples. Un tiroteo que no sólo les hizo mantenerse en la batalla. De repente, desconcertaron a su rival.
El Madrid enloqueció, se dejó llevar por el frenesí baskonista y encajó un parcial de 13-0, con Luwawu-Cabarrot y Simmons como estiletes. Once abajo, Scariolo tuvo que recomenzar, volver al quinteto y ponerse en manos de Llull y Hezonja. Logró responder con idéntico parcial para marcharse al descanso de nuevo con ventaja. En el segundo cuarto, los locales se quedaron secos desde el triple: 0 de 7.
Pero no aprendió la lección el Madrid. La de la contundencia ante un oponente tan peligroso. El tercer acto fue un intercambio que no conducía a nada. Desaparecieron las defensas y ambos equipos anotaban sin esfuerzo, con una alarmante igualdad en el marcador. Alarmante principalmente para los blancos, que era quien se la jugaban. Ganar fuera, después de 11 derrotas en Europa.
Lección sin aprender. El desenlace guardaba más espectáculo. Un partido que fue una montaña rusa. Siete arriba el Madrid con el cuarto triple de Llull, respondió con tres más el Baskonia, dos de Simmons para el más difícil todavía (94-95 con un minuto por jugar). Igualo TLC, erró Hezonja y el propio croata frenó en falta a Simmons a falta de poco más de un segundo. Difícil de creer.
El Madrid buscará la semana que viene, de nuevo fuera de casa, ser cabeza de serie. Doble reto en Atenas y Estambul. Le quedará una bala final, en el Palacio ante Estrella Roja.
Antonio Barrul habla como boxea, a una velocidad de vértigo. Asesta frases certeras, un poco a la manera de Mohamed Ali. «En el ring soy violento, tengo mucha raza, a mí no me echa para atrás nada ni nadie». Es un súpergallo en plena ascensión, un chico con un objetivo claro, ahí al fondo, ser campeón del mundo. Aunque antes tenga que recorrer un camino que apenas es un esbozo aún. Ya es campeón de España y defenderá en breve su título Iberoamericano, después debe venir Europa y, por fin, «cumplir mi sueño».
Pero Antonio también es un gitano orgulloso de serlo. Más todavía de la labor social que junto a su padre realizan en el 'Club de boxeo fuerte y constante' de su León natal, punto de encuentro de jóvenes que esquivan otros golpes, los de la propia vida. Sabe bien de lo que habla.
Y Antonio, en fin, es también aquel joven que un día se levantó en un cine mientras veía con su mujer y sus hijos Garfield, y que encaró valiente al energúmeno que maltrataba a su pareja. Decidió no mirar a otro lado y sus golpes se hicieron virales, fue denunciado. «Pero lo volvería a hacer mil veces: a la mujer no se la puede tocar», reivindica quien boxeó con guantes morados, compromiso ético contra la violencia hacia las mujeres.
Barrul, junto a su padre Vicente, en un entrenamiento.Peio García/ICAL leónMUNDO
Fue un primero de mayo de hace dos años y lo recuerda como si fuera ayer. Pese al aluvión mediático, no pretende olvidarlo. Porque hubo críticas a su violenta intervención y algunas dolorosas. «Pero gracias a ese suceso que me pasó la gente me conoce. Ahora realmente están viendo la clase de persona que soy, los proyectos que tengo en mi vida. Tengo que dar gracias a ese mal momento. Hoy soy un referente para los jóvenes. A las mujeres hay que tratarlas como princesas, como se merece. A una mujer no se la puede tocar. Si no la quieres, apártate de su vida. Pero no le puedes hacer lo que pasó ese día», protesta.
Pregunta. ¿Lo volverías a hacer?
Respuesta. No es que piense si lo volvería a hacer: todo el mundo tendría que hacerlo. No que sólo se levante una persona. Hay que frenar esa acción.
P. ¿Cómo lo recuerdas?
R. Como era el día del espectador, nos fuimos al cine. Como a los cinco minutos de película, vemos a una pareja discutiendo. Ella se apartó unas butacas más atrás. Pero al rato él se levantó y la empezó a insultar. Se veía su cara agresiva, desencajado. Cogí a mis niños y los aparté, para que no vieran eso. Siguieron los insultos y el revuelo. Vi que él la enganchó por el cuello y la zarandeó en la butaca.
Antonio hace una pausa, como masticando aquella rabia que no se apaga. «Yo me levanté y lo único que le dije es que qué estaba haciendo. Que era un cine, una película para niños, que lo único que tenía que hacer era marcharse. Me vio pequeño, joven y me empezó a increpar, a insultarme, a faltarme al respeto. No le quería hacer daño. Pero todos tenemos un límite. Seguía insultándome, amenazándome, mi mujer llorando. Le dije: ¿Tú crees que es normal lo que le has hecho a tu mujer?'. Avisé para que llamaran a seguridad, pero no venía nadie... Al final le di lo que él me estaba pidiendo. Era su merecido".
La denuncia interpuesta contra él fue archivada por el juzgado. Y Antonio siguió con su vida, que es también un ejemplo. Deportivo y personal. En diciembre, en el Palacio de los Deportes, lleno hasta la bandera, de su León natal, noqueó al colombiano Fran Mendoza en el cuarto asalto para lograr el título Iberoamericano: «Un rival que tenía 20 victorias y una sola derrota. El número seis del mundo. Le gané en cuatro rounds, un KO brutal. Hice una finta con la mano, me incliné, esperé a que bajara a su derecha y le crucé el golpe. Yo sabía que ese golpe no lo iba a aguantar. Lo teníamos estudiado: el croché de izquierda era el golpe. Creo que estamos para grandes cosas». «Si sigo ganando este título, puedo estar entre los 15 primeros del mundo, lo que me daría opciones de pelear por el título mundial. Ese es mi sueño. Pero siempre he dicho de ir paso a paso», explica. Su próxima parada es la defensa de ese título, en unas semanas en el Gijón Arena.
Para preparar los grandes combates, El Volcán viaja a Gijón junto a su entrenador Olivier Sánchez. Se separa de su familia, meses fuera de casa. «Sólo vuelvo los fines de semana para coger esas fuerzas que hacen falta, porque yo soy muy familiar. Y luego otra vez toda la semana solo, centrado en comer, dormir y entrenar». También de su padre, Vicente Barrul, ex campeón de España. Y mucho más que eso. En su barrio, Vicente, que compaginó su carrera con el trabajo «en el pladur y después en un matadero», que tuvo que superar un ictus, es un héroe. «De niño yo veía todo lo que había en el barrio. Muchas familias desestructuradas. Mi padre y mi madre siempre han sido luchadores de la vida. Él decidió montar un gimnasio para hacer una labor, para intentar devolver todo lo que le había dado el boxeo», relata de unos comienzos nada sencillos. «Nos metimos en una nave de patada, porque en ningún sitio nos alquilaban un gimnasio. No querían», relata de aquellos prejuicios, de las explicaciones de su padre: «¿Qué prefieres, ver a los niños, fumando, bebiendo, liándolas? Porque al final la juventud lo malo lo coge muy rápido, lo bueno le cuesta mucho». Finalmente les dejaron una pequeña sala en un polideportivo, «70 metros cuadrados llenos de ilusión y de amor». «Después, mi padre dijo: mejor pedir perdón que permiso. Cogimos todo el local, 300 metros».
Antonio Barrul y sus tres hijos.Peio García/ICAL leónMUNDO
El club presume de 12 campeones de España y de mucho más que boxeo. «Mi padre consiguió traer unos cuantos profesores de apoyo escolar. Dice que son ángeles, porque vienen voluntarios. Había mucho absentismo. Hicimos una pequeña fundación en la que los niños, antes de entrenar, tienen la obligación de hacer sus deberes y sus estudios. Si no, no pueden entrenar. Los niños, imagínate, enamorados del boxeo. Porque mi padre lo transmite no con disciplina, sino con amor. Y ahí estamos. Todos los barrios de León, allí paran. Es como un punto de encuentro. Algunos ni entrenan: se sientan, hablan, hacen sus deberes».
Pregunta. ¿A ti el boxeo también te ha apartado de otras cosas?
Respuesta. Al 100%. También conocí en el gimnasio a mi mujer. Y me cambió la vida. Porque solo pensaba en ella y en el boxeo. Si no, al final te descarrilas. Mucha gente cercana ha tenido problemas.
P. Sube al ring con la bandera gitana.
R. Hay que romper prejuicios. Hay personas buenas y personas malas, nada más. No se trata de razas, de etnias, de color de piel. Hay que mirar el corazón de la persona. Yo soy boxeador, mi hermano es enfermero. Tuvo un cáncer con 12 años, un linfoma, estuvo fatal. Cuando se recuperó, quiso devolver todo lo que habían hecho por él. Ahora trabaja en el hospital de León, es enfermero y es gitano. Yo soy boxeador, soy gitano, campeón de España. Mi padre tiene un gimnasio lleno de niños, hace una labor social. Es gitano. Claro que se puede. Y eso es lo que hay que hacer ver a las nuevas generaciones. Sólo hacen falta oportunidades.
P. Vio a su padre en un ring.
R. Los recuerdos de mi infancia son muy buenos. Vi a mi padre ganar su primer campeonato de España. En Valladolid, en 2005. Yo estaba nervioso. Recuerdo pedirle a Dios: 'Que gane mi padre, que gane mi padre'. Esos nervios no los he vuelto a sentir nunca.
P. ¿Ni cuando tú peleas?
R. No, no. A mí me gusta lo que hago. Me gusta subir al ring y enfrentarme con otro hombre. Y a ver quién es más fuerte, a ver quién es mejor.
P. ¿De niño boxeaba?
R. No tanto como mis hijos ahora. A mí lo que me gustaba era pelear. Me pegaba en el colegio todos los días, con quien fuera, siempre con los grandes. Todos los días estaba castigado. Como viera que abusaran de un amigo, ahí iba yo, pin pan. Así me hice fuerte.
P. ¿Cuándo tuvo claro que quería ser profesional?
R. Estuve hasta los 12 años haciendo gimnasia artística. Fui a cinco campeonatos de España, en uno quedé subcampeón. Pero mi padre abrió el gimnasio y ya era imposible que yo siguiera, porque mi amor hacia el boxeo creció de una manera mágica.
P. ¿Recuerda su primera vez en un ring?
R. Me subí, sonó la campana y pim, pum, pim, pum. No paraba de tirar golpes y gané por KO en el segundo asalto. Él ya tenía cuatro o cinco combates y yo ninguno. Pero sentía que era fácil. Cuando eres niño no tienes miedo.
P. Y ahora, ¿sientes miedo?
R. Quien diga que no tiene miedo es un mentiroso. Yo siento miedo, adrenalina, ganas de ganar, luchar por mi familia que está a pie de ring. Pero hay que controlarlo, porque sólo es deporte. Los golpes que más duelen son los de la vida.
Un gigante de 221 centímetros y casi 230 de envergadura. Un gigante como jamás conoció el baloncesto español. Un gigante a fuego lento también, que ahora, a punto de cumplir 21 años, derriba sin remedio las puertas de la elite. Aday Mara (Zaragoza, 2005) acapara titulares y momentos virales en la NCAA que estos días vive su marzo loco camino de la Final Four (en Indianápolis, del 4 al 6 de abril). Busca el título con uno de los grandes favoritos (Michigan, que esta noche se enfrenta a Alabama en octavos de final) y eleva como la espuma sus credenciales al draft.
Podría presentar su candidatura si, como todos auguran, a Aday le seleccionan entre los 20 primeros. O guardarse la bala para el próximo año. Pero mientras su futuro se dibuja (también en la selección española, donde Chus Mateo le aguarda con los brazos abiertos: "Tengo depositadas muchas esperanzas"), no hay que olvidar unos últimos años nada sencillos. Por unas cosas y por otras, todo pareció enredarse en el trayecto de Mara, hijo de jugador profesional y una de las leyendas del voleibol español, la canaria Geli Gómez.
"La evolución de Aday está siendo muy buena. Este año está siendo lo importante que no había sido los dos anteriores en UCLA. Michigan ha confiado en él desde el principio. Tiene el balón, está jugando minutos de muchísima calidad y sumando de muchas maneras: reboteando, asistiendo, anotando desde el poste bajo, incluso un poquito más alejado y taponando. Sobre todo taponando, que es una virtud enorme y realmente a nivel defensivo es un factor diferencial", explica el seleccionador español a EL MUNDO sobre las percepciones del pívot. Mateo visitó a principio de año a Aday en Ann Arbor. Conversó con su entrenador, Dustin May. El mismo que le reclamó tras dos años en UCLA en los que Mara siempre estuvo bajo sospecha. "Ahora tengo confianza. Tenía miedo al fallo, miraba a ver si me iban a cambiar", admitía estos días en Drafteados.
Mara, en acción contra Paul Otieno, de Saint Louis.ISHIKA SAMANTGetty Images via AFP
Con los Bruins, a las órdenes de Mick Cronin, disputó 61 partidos pero solo nueve de titular. En Michigan ha doblado sus minutos y su producción: de cinco puntos, 3,1 rebotes y 1,2 tapones a 12, 6,9 y 2,7. Empezó a tirar de tres y ha sido nombrado mejor defensor de su conferencia, la Big Ten, la que los Wolverines -inolvidables aquellos Fab Five que perdieron las finales del 92 y 93- conquistaron cinco años después perdiendo apenas tres partidos en toda la temporada. "Ha mejorado una de las de las cosas que seguramente es importante para su futuro: su amor al baloncesto. Se le nota apasionado ahora mismo, obviamente porque se siente útil y participe de lo que está viviendo. Ha recuperado una ilusión que posiblemente los años anteriores no tuvo", elogia Mateo, quien también valora ese aprendizaje de los momentos ásperos: "Le han servido para trabajar contra la adversidad, que eso siempre ayuda a crecer".
En el universo americano, de Mara valoran, obviamente su tamaño diferencial. Pero si algo hizo especial al maño fue su inteligencia temprana, su capacidad de pase. Desde aquel Mundial sub-17 en Málaga en el que fue plata con España hasta sus destellos precoces en la ACB con el Zaragoza. Del club en el que se crio salió de mala manera y eso empezó a complicar su camino. Todo olvidado, como sus dos años en UCLA. "May nos habló francamente bien de Aday. Estaba muy contento con cómo estaba evolucionando, con cómo le respetaban sus compañeros por el hecho de ser un jugador que conocía el juego. Él valoraba mucho esto, hablaba muy bien de su educación en el baloncesto español a nivel competitivo y de conocimiento del juego", cuenta Mateo de su encuentro con el técnico de Michigan.
Y traza el seleccionador el camino que pronto le puede llevar a ser el líder de su selección. Sin prisa pero sin pausa, quizá incluso en las próximas ventanas del mes de julio. "Ojalá que muy pronto este con nosotros. Cuanto antes, mejor para él y mejor para todos. Para que empiece a poder acertar y equivocarse también con la selección, a poder tener experiencias, a sentir la selección como suya", reconoce. "Va a estar muchos años. Le considero un jugador de futuro, pero también un jugador de presente. Es importante que siga trabajando y, sobre todo, que no se le ponga presión antes de tiempo. Hay que dejarle que se cocine", concluye.
De entre todos los partidos que le restaban al Real Madrid en la recta de meta de la fase regular, la visita del Anadolu Efes, pese al componente emocional que supone el regreso de Pablo Laso y Vincent Poirier -merecidamente ovacionados en el presentación ambos-, se asumía como la victoria más 'segura'. No sólo por jugar en el casi inexpugnable Palacio, también porque los turcos, pese al cambio en el banquillo, deambulan sin objetivo ya en la Euroliga. No suele haber peor augurio. [82-71: Narración y estadísticas]
Lo solucionó el Madrid, victorias sin muchos apuros. Faena de aliño con un sólido Deck, el Tavares de siempre y los triples del necesitado Lyles. Aunque nadie se acordará del comienzo.
Porque el amanecer blanco en el partido fue aterrador. Posiblemente los peores cinco minutos iniciales de la temporada. Con una confianza y un relajamiento impropio, el Madrid era una máquina de fallar canastas. Y el Efes, claro, lo aprovechó. Un 0-12 de salida. Los de Scariolo cerraron el primer acto con cuatro canastas de 20 intentos y ni siquiera gastaron sus faltas. Malas caras de Campazzo y Hezonja al ser cambiados... La cosa ya sólo podía ir a mejor.
Tan rápido como se había enredado el Madrid lo arregló. Tan estrepitoso fue su arranque como contundente su reacción. Todo lo que falló antes lo metía ahora. Empezando por Trey Lyles, tres triples de carrerilla, más dos de Llull... Un equipo disparado, impulsado por la energía de Garuba, capaz de salvar dos bolas en la misma jugada. El Efes reculó y sólo pudo sacar el paraguas. El parcial en el segundo cuarto llegó a ser de 31-9 hasta que Weiler-Babb lo cerró con un triple sobre la bocina.
Como si todo estuviera ya visto para sentencia, el tercer acto fue un toma y daca sin mucho sentido. Y peligroso también, pues el Madrid no terminaba de enterrar al rival. Efectivamente, al poco del comienzo del definitivo, el Efes se había arrimado tanto (65-63, con los puntos de Jordan Loyd) -tras un buen susto por un golpe en el ojo que se llevó Saben Lee, involuntariamente de Deck-, que el Madrid tuvo que volver a reaccionar.
No le costó demasiado, otro apretón de defensa y concentración. Un triple de Deck, una penetración de Maledon, un tapón de Garuba... Y el Efes cayó a la lona.
Con 22 victorias, la mayoría en el feudo del Palacio, al Madrid le resta ahora un desenlace duro. Tres partidos seguidos a domicilio (Baskonia, Olympiacos y Fenerbahçe), los dos últimos en la misma semana y el cierre en casa contra el Estrella Roja. Un buen test para los cuartos de final y para corroborar si finalmente acude a ellos como cabeza de serie, incluso como segundo en esa batalla que libra principalmente contra Olympiacos y Valencia. Es posible que le hagan falta un par de victorias al menos.
Alargando las estupendas sensaciones del aplastante triunfo liguero en el Palau del domingo, el Real Madrid trituró a un rival directo en su lucha por terminar entre los cuatro primeros de la temporada regular de la Euroliga. Lo consiguió con suficiencia, con un entonadísimo Hezonja, con Campazzo a los mandos y con un ejercicio de defensa brillante. Un paso enorme en este tramo final de curso en Europa. [92-83: Narración y estadísticas]
Y, comprobando semejante buena sintonía, se entienden menos algunos resbalones pretéritos. Especialmente los más recientes. Los que le condenaron en la final de Copa (y casi en la semifinal), constándole el primer título serio del año. Y los que le hicieron perder el pasado jueves en Kaunas, incluso con el flagrante error arbitral en el desenlace.
Desde el Roig Arena, definitivamente el Madrid es otro. Y en casa, pese a que el Palacio volviera a lucir con la desolación que suponen las gradas vacías (motivos de seguridad al recibir a otro equipo israelí), es posiblemente el equipo más sólido de Europa. Ni Micic ni Elijah Bryant pudieron desentrañar su defensa. Desde el arreón inicial propiciado por los 10 puntos casi seguidos de Campazzo al golpe de la segunda unidad, un parcial de 9-0 que dejó al descanso una estupenda renta para los de Scariolo (45-35).
En el tercer cuarto el Madrid encadenó acciones que hubieran levantado a la grada. Tapón de Tavares, triple de Hezoja, robo de Campazzo, triple de Abalde... Y una distancia que se disparó hasta los 18 puntos (63-45), ante la desesperación de Itoudis, cuyas protestas torturaban en el silencio del Palacio. Nadie bajó el pistón, dominio del rebote, un ejercicio coral redondo: al comienzo del acto final, otro ratito de festival, con Maledon omnipresente (84-62).
Visto lo visto, camino de la mayor paliza que recibía su equipo en lo que va de temporada (su primera en Euroliga), Itoudis decidió poner a sus suplentes y pensar en el jueves (Vitoria). Y bien que maquillaron, aunque el basket-average sea blanco, pues ganaron también en la ida.
Entre carrera y carrera, a Blanca Hervás apenas le daba tiempo para acudir al hotel, intentar comer algo -«pero tenía el estómago cerrado»- y dormir. De viernes por la mañana a domingo por la tarde, una proeza en Torun, de donde regresa con un botín que todavía le cuesta asimilar: dos medallas mundiales bajo techo, su primera final individual, su marca personal (51.43) y cinco carreras de 400 metros en sus piernas, a cuál mejor. «Estoy muerta», confiesa a EL MUNDO camino al aeropuerto. Aunque sobre todo, la madrileña de Valdemarín vuelve como el reflejo del nuevo y pujante atletismo español.
El estallido de Blanca no es casualidad. Tiene que ver con una fulgurante evolución física pero también con una liberación mental. El regreso a los orígenes, al club «de toda la vida» en Majadahonda, donde ingresó con ocho años y se enganchó porque se lo pasaba bien. «Los viajes me diferenciaban de la gente del cole», recuerda de aquellos días joviales.
El siguiente paso fue el salto a EEUU, donde compaginó el atletismo con su carrera de Comunicación en la Universidad de Florida. Fueron años plenos en lo vital pero no tanto en lo deportivo. «Fue una experiencia única, la repetiría mil veces. Aunque deportivamente tuve mis momentos peores», explica sobre una entrenadora y un sistema que le llevaron «al límite». «Ella no entendía lo que estaba sufriendo mentalmente y de hecho lo empeoraba. Tuve muchos problemas de confianza y de seguridad. Estaba bien físicamente pero no lo trasladaba a la competición. Fue poner un pie en España, juntarme con mi entrenador de toda la vida [Julio Rifaterra] y devolverme la la pasión por el atletismo que dejé de tener».
«Aquello me curtió», sigue. El año pasado todavía compaginaba su trabajo de media jornada como Product Manager con el deporte. Pero en diciembre tuvo que elegir. Se había quedado a cinco décimas de la mínima Mundial. «A la vuelta de Tokio hice un poco en ese análisis y pensé: 'Jolín, y si hubiese estado un poquito más descansada...'. Y entonces lo replanteé y hablé con mi jefe, que en todo momento lo entendió», detalla. Era el momento de hacer la «apuesta 100% por el atletismo», porque a Blanca aún le costaba creerse «una profesional»: «Estoy viviendo el sueño de niña, pero yo me veía como una persona normal que tiene que trabajar. Se me sigue haciendo raro no hacerlo».
Técnicamente, Hervás es pura elegancia. Algo que le repiten constantemente: «La gente me llama elegante y yo flipo porque yo sólo corro, la verdad... Sí que creo que uno de mis puntos fuertes es el correr suelta. Me da confianza e igual inconscientemente lo he ido exagerando». Pero para el 400 la fuerza es indispensable. De ahí el cambio físico, horas de gimnasio. También son «los pies». «Así lo llama mi entrenador. Algo que trabajamos mucho. La reactividad, los tobillos. Siempre me lo dice, cree que es mi punto fuerte en esos últimos metros. Cuando el cuerpo dice basta, me salvan los pies», analiza.
Blanca Hervás, en Torun.RFEA
Aunque, si algo destaca ella misma de su salto es «la confianza». «La clave real del cambio es cómo me voy conociendo y cómo voy aprendiendo a correr 400, escuchando a mi cuerpo. Me he dado cuenta en este Mundial de que iba detrás de alguien, enganchada, y tenía una seguridad plena en que al final iba a tener fuerza para pasarla», se sorprende a sí misma de ese cambio final demoledor.
Después de lo deportivo, de los objetivos por venir (el Europeo de Birmingham, bajar de 51 segundos al aire libre...), la otra parte del éxito es el impacto mediático, que a los 23 años de Blanca le cuestan asimilar. Es imagen de New Balance, de Toyota... «Flipo. Y estoy muy agradecida por la repercusión, por todos los mensajes positivos. Con la gente que se emociona conmigo. Quiero exprimirlo, todo lo que me pueda beneficiar a nivel personal, que me impulse para lograr mis objetivos».
Hay que volver a Torun. A su gesta. Sólo en el primero de su repóquer de 400, el viernes, estuvo por encima de 52 segundos, una marca que hace no tanto ni se imaginaba rebajar. Superó sin problemas esa serie inicial, tomó el rebufo de Lieke Klaver en semifinales para lograr el primer hito, estar entre las ocho mejores del mundo. Eso sería el sábado, pero antes, por la mañana, tenía plaza en la final del novedoso relevo mixto. Cualquiera, egoísta, hubiera optado por descansar. «Lo que hemos en los relevos es increíble. Estoy agradecida a mi cuerpo, porque me ha permitido pasar todas las carreras. Tenía que ir con mil ojos, porque en cualquier momento me podía romper», explica de un cansancio que se empezó a acumular seriamente.
Blanca Hervás, durante el Mundial de Torun.RFEA
Su actuación en el mixto fue apoteósica. La última posta, como hace menos de un año en el Campeonato del Mundo de Guangzhou. Otra remontada, aquella de oro, esta de plata. Un poco de festejos y a la final individual, por la tarde, en la que acabó sexta pero corrió el mejor 400 de su aún incipiente trayectoria. El domingo quedaba la traca final, aunque descansó en la clasificación del relevo femenino. En el desenlace, otra vez adelantando por el bronce casi en la misma línea de meta (se quedó a pocas centésimas de la plata). «Después de esa última carrera, me emocioné muchísimo, rompí a llorar mirando atrás y viendo el fin de semana».
A Mariano García le define tanto su espontaneidad como su forma de correr. No hay filtro, ni en las palabras ni en las zancadas. «¡Y ahora, me voy a ver MotoGP!», proclama, eufórico, en las entrañas del Kujawsko-Pomorska Arena, en la Torun de Copernico donde, apenas unos minutos antes, ha volado para hacer historia: nadie jamás ganó oro bajo techo en dos distancias. El precioso legado del 1.500 español en manos ahora de un murciano de Fuente Álamo que ya fue campeón del mundo de 800 metros hace cuatro años en Belgrado.
Para qué mentir. «Quien tenga ganas, que me siga. Me he visto muy superior. Iba muy fácil fuerte», le suelta a su entrenador Gabi Lorente un atleta alejado de los Centros de Alto Rendimiento y hasta de las innovaciones tecnológicas, aunque desde hace tiempo recurre a una cámara de hipoxia en Los Alcázares. Que no sale de su pueblo, Cuevas de Rehíllo y de esa pista que algunos días se transforma en mercadillo, -«los entrenamientos en solitario se notan»- y que es puro talento.
Lo mostró en una final pletórica, el anticipo de un domingo que el atletismo español recordará por mucho tiempo con los bronces después de Moha Attaoui y del relevo 4x400 femenino, las Golden Bubbles. Tan decidido Mariano como avisaba, como se desplegó en las series eliminatorias: «Si a falta de dos vueltas estoy delante, sé que la medalla no se me escapa». Apenas se alejó de la cabeza en la primera vuelta, como dejando hacer, hasta que dio gas a su moto, gesto marca de la casa que no faltó en la presentación de Torun. Adelantó a todos como quien repasa una fila de sospechosos y no dejó de tirar hasta la recta de meta. Ni el campeón del mundo al aire libre, el favorito, el portugués Isaac Nader, ni el australiano Adam Spencer (bronce), ni nadie pudo ni siquiera inquietarle. «A mí me gusta dar espectáculo. Me podía haber quedado hasta sin el bronce. He pegado un ataque tan largo... Es que me veía con mucha fuerza», se sinceraba después de la exhibición, de esa aceleración progresiva que fue una tortura para el resto (Carlos Sáez, el otro español, acabó octavo en su primer Mundial), con los últimos 500 metros en un minuto y seis segundos, para acabar en 3:39.63 (lejos, eso sí, de su mejor marca, lograda a principios de año en Karlsruhe, 3:35.53).
Campeón del mundo en pista cubierta y de Europa al aire libre en los 800 metros, después de lo visto se abren todas las posibilidades para un tipo en plenitud. Ni él mismo sabe por qué apostará en verano, en ese Campeonato continental de Birmingham donde ya sí estarán alguno de los ausentes del 1.500, como el ahora lesionado (apenas acaba de empezar a correr) Jakob Ingebrigtsen.
"Quería más"
Contrastaba su felicidad con la contenida de Moha Attaoui, quien apenas unos minutos después cazó un bronce, su primero mundial, que resultó una alegría a medias. «Quería más, pero me faltaron fuerzas al final», se resignaba quien tenía el oro como objetivo pero no le salió la apuesta. La de siempre, la de aguantar atrás por orden de su entrenador -«No sé correr bien en cabeza»-, sin gastar balas en esas salidas de locos, y aguardar a su cambio de videojuego en los 200 últimos metros. Esta vez, algo encerrado, no fue suficiente ante el poderío de un chico de 17 años, Cooper Lutkenhaus (el campeón indoor más joven de la historia) que apunta a fenómeno ni ante la fiabilidad del belga Crestan.
Las seis protagonistas del relevo español, con la medalla de bronce.Petr David JosekAP
Bronces que saben diferentes. Porque había más en Torun. Quedaban ellas, el relevo 4x400 para rematar. Para una remontada sensacional. Paula Sevilla en la primera posta, sin perder del todo el ritmo de las tres primeras: «Salía con dos grandes referentes y estaba un poco cagada, la verdad». Para «ir pescando poco a poco a los equipos». Ana Prieto después, acercándose a ellas, «que no se me fuera mucho el grupo» que entonces conformaban Estados Unidos (oro), Países Bajos (plata) y Polonia. Rocío Arroyo en la tercera, confirmando las opciones. Y la estupenda Blanca Hervás para cazar un bronce que no fue plata por cuatro centésimas. Era su quinto 400 del fin de semana, dos medallas, una final mundial individual (su primera, para acabar sexta) y una marca personal para la madrileña.
Ninguna de las cuatro se olvidó de las dos ausentes (Carmen Avilés y Daniela Fra), que hicieron parte del trabajo en las series de por la mañana. Ni de los técnicos del Plan Nacional de Relevos, el secreto de una progresión que asusta.
«El relevo es el claro ejemplo del equipo», reivindicaba Hervás, la gran protagonista española de Torun. Es la primera vez en la historia del atletismo español con dos medallas en relevos en una gran competición internacional absoluta. Es la segunda mejor actuación de siempre tras las seis medallas de Birmingham 2003. Sólo cinco países quedaron por delante de la selección en el medallero.
Con la euforia todavía sin contener del tremendo oro de Mariano García en el 1.500, Moha Attaoui encaró el 800 con la determinación que le caracteriza. Con esa mezcla de ambición y seguridad en sí mismo, aunque los precedentes de una prueba tan difícil de pronosticar le llamaran a la cautela (quinto en los Juegos y quinto también en el Mundial). Pero el talento del atleta de Torrelavega es incontenible. La medalla mundial, bajo techo, llegó en Torun.
Un bronce que no firmaba, pero que deberá valorar. "Quería más", confirmó después, pero "me faltaron fuerzas al final". Una carrera rapidísima en la que le faltó ese cambio final ante el poderío adolescente de Cooper Lutkenhaus, 17 años, el medallista indoor más joven de la historia. Y del belga Eliott Crestan, plata.
Con su correr de videojuego y su táctica de no tener táctica. "No sé correr bien en cabeza", admite. Y su entrenador en las montañas alpinas de St. Moritz, el gurú alemán Thomas Dreissigacker, le dice, le obliga, a hacerlo en la cola del grupo, a "confiar" en su final. Así lo hizo en la primera ronda y así en las semifinales (donde pulverizó ya el récord de España: 1:44.48). Y así en la final. Con un temple a prueba de corazones frágiles. Para el 1:44.66 que no deja de ser el segundo 800 más rápido de su vida bajo techo.
Es la confirmación de un atleta superlativo, que ya fue plata continental al aire libre en 2024. "No me puedo autolimitar", desafiaba los días previos, cuando afinaba su puesta a punto en Castellón, lidiando con los inconvenientes de cumplir el Ramadán: se levantaba a las cinco de la mañana para completar su primer entrenamiento del día con el alba. No firmó una gran marca antes de llegar a Polonia, pero dejó exhibiciones que ya auguraban lo que estaba por venir: en febrero, en Gallur, se quedó a tres décimas del récord del mundo de los 1.000 metros.
Que no encontró en Torun a los que serán sus enemigos al aire libre (Wanyonyi, Arop), pero que coleccionó su primera medalla mundial en esta prueba que vive momentos pletóricos.
Tan lejos de los titulares, incluso de los favoritos en una prueba que no era la suya hasta este domingo en Torun. Mariano García, su osadía, su desparpajo, su velocidad. Su medalla mundial de oro indoor en el 1.500, donde asombra tanto o más que en ese 800 en el que ya fue campeón del mundo (en Belgrado hace cuatro años). Nadie en la historia hizo nada igual bajo techo. "Si a falta de dos vueltas estoy delante, sé que la medalla no se me escapa", auguró tras una poderosísima semifinal. Dicho y hecho.
Arrancó la moto, como siempre, para deparar una carrera asombrosa. Apenas una vuelta duró el murciano, que sacaba la lengua en la cámara de llamadas del Kujawsko-Pomorska Arena, en la cola del pelotón. Agarró la cabeza y no la soltó hasta la línea de meta, sin nadie que le asustara. Zancada a zancada, poderosísimo. Ni siquiera el campeón del mundo al aire libre, el portugués Isaac Nader (plata; el australiano Adam Spencer fue bronce y Carlos Sáez, octavo con 3:42.46 en su debut en un Mundial). Paró el crono en 3:39.63, carrera lenta, ideal para su motor de 800.
Mariano, que en febrero ya firmó su mejor marca de siempre en el 1.500 (3:35.53 en el meeting de Karlsruhe), que hace unos días se confirmó con el oro en el Campeonato de España en el velódromo Luis Puig, sorprendió en una prueba tan complicada, pese a las llamativas ausencias. Más abierto que nunca sin el lesionado Jakob Ingebrigtsen, sin Josh Kerr ni Cole Hocker (ya en los 3.000 metros), sin Nuguse ni Beamish en Torun.
El de Fuente Álamo, a sus 28 años, confirma el status de un atleta superlativo, siempre pegado a su pueblo (Fuente Álamo) y a su entrenador (Gabi Lorente). Que aumentó su rendimiento en la cámara de hipoxia y que ahora deberá decidir si en verano, de cara al Europeo de Birmingham, vuelve al 800 (ya fue campeón de Europa en 2022) o sigue en esta distancia que parece que le viene a la medida, gracias a su velocidad. En su mente ambiciosa está ser capaz de correrla en 3:30.