Carlos Alcaraz no defenderá su título en Roland Garros. El tenista esspañol, campeón en París en 2024 y 2025, ha tenido que renunciar al Grand Slam francés por la lesión en la muñeca derecha que le viene arrastrando desde el Conde de Godó de Barcelona, donde tuvo que retirarse tras después en el torneo. Tampoco estará en el Masters 1000 de Roma, lo que significa que pierde de golpe toda la gira de tierra batida, la superficie en la que más títulos ha acumulado en los últimos dos años.
“Después de los resultados de las pruebas realizadas hoy, hemos decidido que lo más prudente es ser cautos y no participar en Roma y Roland Garros, a la espera de valorar la evolución para decidir cuándo volveremos a la pista. Es un momento complicado para mí, pero estoy seguro de que saldremos más fuertes de aquí”, publicaba este viernes en sus redes sociales.
La lesión se localiza en el tendón de la muñeca derecha, con una inflamación que le impide realizar cualquier gesto con normalidad y que ha afectado al cartílago. El equipo del número uno ha mantenido un hermetismo casi total sobre el alcance exacto del problema, aunque la imagen de Alcaraz en la gala de los Premios Laureus —donde recogió el galardón al mejor deportista del año con una férula en la mano— dejó pocas dudas sobre la gravedad. «Prefiero volver más tarde y muy bien, que volver pronto, corriendo y mal», declaró el propio tenista descartando cualquier intento de forzar los plazos.
El golpe deportivo es mayúsculo. La ausencia en Roma y Roland Garros le costará hasta 3.000 puntos en el ranking ATP, lo que alejará definitivamente de JannikSinner este año y abre la puerta a que rivales como Alexander Zverev le superen en la clasificación antes de que empiece la gira sobre hierba. Alcaraz, que ganó este año el Open de Australia y el ATP 500 de Doha, ve cómo una temporada que arrancó de forma brillante se complica de manera inesperada. Su próximo objetivo será llegar en condiciones óptimas a Queen’s y Wimbledon, el reto que queda ahora en el horizonte inmediato.
Diego Poncelet es un tipo curioso. Cuando se le pregunta qué siente a 130 kilómetros por hora sobre su monopatín, bajando una carretera de montaña sin frenos, con el viento amenazando con descoyuntarle si se atreve a levantarse de golpe, lo que elige contestar es «tranquilidad». Ni adrenalina, ni vértigo, ni tan siquiera velocidad. «Es algo parecido a una meditación profunda. Tienes que estar en el momento. Sientes cierta calma. Si tienes claro lo que quieres, todo va a ir bien», cuenta a EL MUNDO después de proclamarse dos veces campeón del mundo de downhill skate.
Su deporte es fácil de resumir: cuatro intrépidos se lanzan cuesta abajo y el primero que llega gana. «Es la Fórmula 1 del skate», dice Poncelet, aunque, al contrario que a Max Verstappen o a Fernando Alonso, no le protege ningún chasis. Viste un traje similar al de los pilotos de motos y lleva casco, pero una caída duele sí o sí.
El riesgo es innegable.
Hay que confiar en uno mismo. Si hago un cálculo del riesgo y decido que puedo conseguirlo, entonces todos mis instintos, todas mis emociones, mis impulsos tienen que estar encaminados hacia ese objetivo. Sin ninguna duda. Es el acto máximo de confianza en uno mismo. Y confiar no solo en tus habilidades, sino también en ese cálculo de riesgo. Eso es aún más importante.
Pero... ¿cómo frena?
Levantándome, pero por partes. Si voy a 130 kilómetros por hora y me levanto de golpe, salgo volando directamente. Primero tengo que levantar las manos, después los brazos, subir un poco el pecho y así, poco a poco, ponerme de pie para generar resistencia al viento.
Un asombro en la infancia
Poncelet habla con acento extraño porque acumula nacionalidades. Es de todas partes y de ninguna. Nació en México, de madre española y padre belga, y cuando era niño se mudó a Lausana, en Suiza, donde ocurrió todo. En una cuesta empinada de la ciudad alpina, un patinador pasó a toda velocidad frente a él y desapareció de su campo de visión en un instante. Con ocho años, corrió hasta la rotonda de más abajo esperando encontrar el desastre. Pero no había nada. El patinador había frenado sin frenos, había sobrevivido a la física. «Aquello me pareció increíble. Que alguien pudiera dominar así un skate», recuerda sobre su momento de revelación. Décadas después vive en Mallorca y ha alcanzado tal dominio en su especialidad que ya no compite. ¿Para qué disputar otro Mundial, otra competición? Ahora solo busca los límites.
Abre Google Maps, localiza las carreteras más empinadas del mundo, investiga el estado del asfalto, consulta la normativa local y viaja para lanzarse cuesta abajo. El objetivo puede ser superar su récord de velocidad punta -ya en 131 kilómetros por hora-, batir la plusmarca mundial -146 kilómetros por hora- o simplemente dar a conocer su deporte. «Después de ser campeón dos veces, me di cuenta de que te vuelves algo defensivo. Si tu sueño es ser campeón del mundo y lo consigues, solo puedes defender ese sueño, solo puedes repetirlo. Yo tengo una noción de la ambición que no depende del logro en sí, de tener la copa en casa para verla, sino de seguir empujándome cada vez más allá», declara quien se ve a sí mismo como un pionero. Ya es más explorador que deportista.
La ayuda de un monje
El descenso en monopatín no es un deporte con décadas de historia ni una federación internacional detrás; todavía está naciendo, y alguien tiene que hacer ese trabajo. De hecho, Poncelet, como todos los practicantes de la especialidad, no fue a ninguna escuela a aprenderlo. Fue a una cuesta, encontró a otros que bajaban y así fue evolucionando. Hoy sigue construyendo comunidad en la Serra de Tramuntana, donde cuenta con compañeros que le avisan de los coches que vienen de frente durante sus descensos y donde, hace unos años, conoció a un coach muy singular.
Le ayuda un monje budista.
Lo conocí en Mallorca porque también patinaba, y fue una suerte. Me demuestra que puedo ser la persona que quiera ser, que no me hace falta ajustarme a ningún molde y que debo desarrollar mi propio carácter. Ahora vive en un monasterio de Estrasburgo y, siempre que puede, pide permiso para venir a patinar conmigo.
Hay bolas que ya están muertas, su trayectoria lleva irremediablemente a segundo bote, cuando Carlos Alcaraz aparece, las rescata, las eleva y las convierte en arte. A veces es incomprensible; en realidad, siempre se entiende. Vuela el español en el Open de Australia más rápido que nunca, más rápido si cabe para alcanzar los cuartos de final por segunda vez consecutiva. Ante Novak Djokovic -que este domingo venció a Jiri Lehecka por 6-3, 6-4 y 7-6(4)- se revivirá el duelo intergeneracional después de las últimas finales de Wimbledon y de los Juegos Olímpicos de París con un condicionante: la actual frescura en las piernas de Alcaraz.
Su tenis alberga todavía ciertas dudas, la adaptación a los cambios realizados en la pretemporada está a medias, pero con esas piernas parece inalcanzable. Ante Jack Draper, en octavos de final, apenas necesitó una hora y media para superarle por 7-6 y 6-1 antes que el británico se retirara extenuado y dolorido.
Era un desenlace previsible, pero había que empujar a Draper al abismo. El británico, amigo de Alcaraz, que ha llegado incluso a compartir su lema -cabeza, corazón y cojones-, había acumulado en las tres rondas previas en Melbourne un desgaste exagerado y apareció en la Rod Laver con las fuerzas justas. Llevaba tres victorias en cinco sets y más del doble de horas de juego que el propio Alcaraz. Pero tampoco quería rendirse desde un inicio. En el primer set, con su habitual juego de saque y derecha tuvo sus oportunidades e hizo temblar a Alcaraz. No en vano ya le había derrotado el año pasado en Queen's, aunque sobre hierba, una superficie propicia.
"No quería ganar así"
Hubo momentos de peligro. Pese a romper pronto el servicio de Draper, Alcaraz pudo complicarse la jornada, incluso el torneo, después de una discusión con el juez de silla, el irlandés Fergus Murphy, que le llevó a dobles faltas consecutivas y a un break en contra. Para entonces el español ya sumaba demasiados errores no forzados -acabó el set con 21 por 21 'winners'- y la distracción podría haber ido más allá; Draper llegó a estar con 5-5 y 0-30 a favor. Pero Alcaraz supo enmendar lo ocurrido, arreglar el marcador y, tan eléctrico como se encuentra, llevarse el set y el partido.
"No es la manera en la que quería ganar. Obviamente estoy contento, pero al mismo tiempo un poco triste por Jack. En la pretemporada ya sufrió una lesión que no le permitió preparar bien la temporada y no hay podido estar al máximo", comentó Alcaraz, que confesó que v ería el partido de Djokovic mientras recibe tratamiento de su fisioterapeuta, Juanjo Moreno, y dejar entrever que le gustaría medirse con él."Este joven llamado Novak Djokovic parece que juega bien", ironizó primero y finalizó: "Hemos jugado unas cuantas veces y siempre ha sido emocionante".
«Recuerdo cuando lo conocí, él tenía 15 o 16 años. Ya le habíamos firmado un contrato internacional a los 12 años, que era algo inusual. Con muchos jóvenes llegamos a acuerdos locales, les suministramos raquetas durante la temporada, pero a él ya se le veía algo más, algo especial. No podíamos pensar que iba a ganar 14 veces Roland Garros, pero destacaba en su categoría. Me explicó que llevaba jugando con nuestras raquetas desde los nueve años por influencia de Carlos Moyà, que también las utilizaba». En una casa a unos metros de Roland Garros, la casa Babolat, Eric Babolat, tataranieto del fundador de la marca francesa con su apellido, explica a EL MUNDO un detalle olvidado del legado de Rafa Nadal en el tenis.
Presente en el homenaje del pasado domingo, el CEO reconoce que de su figura quedan los recuerdos, las enseñanzas, los valores, pero añade que también queda una cosa que se puede tocar, que sigue en las manos de los actuales tenistas. Antes de Nadal se utilizaban un tipo de raquetas, ahora se utilizan otras. «Rafa revolucionó el tenis y, en consecuencia, su material», proclama Babolat y añade la explicación: «Cuando llegó, la mayoría de tenistas golpeaban lo más recto y paralelo al suelo posible. Él hacía lo contrario, mover la bola de arriba abajo. Nos tuvimos que poner a trabajar para adaptarnos».
EM
Según se muestra en el museo de la Rafa Nadal Academy, la primera raqueta que utilizó fue una Prince, pero a los nueve años empuñó su primera Babolat. En el mítico Petits As de 2000 venció con una Babolat Pure Drive, que fue con la que debutó como profesional tres años más tarde, la misma raqueta que habían utilizado Moyà o Álex Corretja. Funcionaba, claro, pero necesitaba algo más.
"Pedía más y más efecto"
«Pedía a los ingenieros más y más efecto. Hasta ese momento un golpe con top spin era un recurso defensivo, pero Rafa lo convirtió en un ataque. Para ayudarle creamos una raqueta nueva llamada Aero, con una aerodinámica especial para él», rememora Babolat y señala las diferencias entre una y otra raqueta. A simple vista parecen iguales, pesan más o menos lo mismo, pero son totalmente distintas: entre otros detalles, la clásica Pure Drive tiene los bordes planos y la Aero los tiene redondeados. Eso permitía a Nadal cortar el viento y acelerar más sus golpes, es decir, «más y más efecto». Pero su «revolución» no acabó ahí.
«Babolat nació como una empresa de cuerdas. El tenis se inventó en 1874 y mi tatarabuelo, Pierre Babolat, inventó el cordaje para raquetas en 1875. Ahora celebramos nuestro 150 aniversario. Si la raqueta es el chasis, el cordaje es el motor y, por eso, para Rafa, lanzamos un cordaje especial muy innovador llamado RPM Blast. En lugar de ser cilíndrico, liso, como antes, es hexagonal, tiene textura, como un neumático de lluvia. Eso le permitía dar más efecto aún», detalla Babolat, que destaca que las innovaciones creadas para Nadal ahora son aprovechadas por los mejores tenistas del mundo.
BABOLAT
Carlos Alcaraz, que hoy se enfrenta en tercera ronda a Damir Dzumhur (20.15 horas, Eurosport), utiliza una raqueta Aero, al igual que otros en el Grand Slam como Holger Rune o Arthur Fils. Garbiñe Muguruza, también tenista de Babolat, utilizaba en cambio una Pure Drive, aún la preferida por quienes buscan más potencia. Diferenciarlas es fácil: la Aero es negra y amarilla y la Pure Drive, negra y azul.
"No nos pide grandes cambios"
«Es muy curioso que justo cuando acababa la carrera de Nadal aparecería Alcaraz, con quien tenemos una relación muy parecida. Cuando empezaba a jugar, fue a una tienda de Murcia con su padre y le recomendaron una Babolat. Luego firmó el primer contrato con nosotros en 2013, es decir, cuando tenía 10 años. Trabajamos juntos para encontrar siempre el balance perfecto de su raqueta, pero no nos pide grandes cambios como los que hicimos con Rafa. Está contento y le están yendo las cosas muy bien con el material actual», finaliza Babolat que valora su relación con España desde que patrocinaba a sus mejores tenistas en los años 90 hasta el boom del pádel.
Hace 20 años, Babolat empezó a fabricar raquetas de pádel a petición de su delegación en España y ahora cuenta con una sede en Barcelona, una fábrica en Sant Fruitos de Bages, una estrella como Juan Lebrón y un futuro de opciones en todo el mundo: «El crecimiento está siendo exponencial. Creo que en 10 años habrá más jugadores de pádel que jugadores de tenis».