Fernando Alonso ha vivido de todo en la Fórmula 1, también un año desastroso, aquel 2025 con McLaren Honda en el que apenas puntuó en dos carreras. Ha sido campeón y ha sido último; el éxito y el fracaso. Pero esta temporada será otra cosa. Su Aston Martin y especialmente su motor Honda le van a obligar a un ejercicio absoluto de amor al Mundial. A sus 45 años, ¿Cómo seguir así? Si no hay un cambio drástico en los próximos meses, sólo su pasión explicará que no lo deje en verano, harto de todo, desengañado, aburrido.
Pese a la promesa de un futuro mejor -¿Será 2027?¿2028?¿2029?-, con el monoplaza que tiene sólo puede aspirar a acabar las carreras, y con suerte. En el estreno del campeonato en Melbourne, Alonso apenas duró 14 vueltas en pista en la confirmación del desastre. El primer abandono de muchos.
Entre los muchos problemas de la unión de Aston Martin y Honda, uno es la falta de piezas de repuesto y cuando su equipo vio que el español podía tener problemas no hubo más remedio que llevarle al garaje. El próximo domingo 15 hay carrera en Shanghai y estaba en juego un ridículo todavía mayor: no poder ni presentarse. Por eso la retirada fue la única opción posible. “Los ingenieros vieron un dato anómalo en la telemetría y tuvimos que parar por precaución. Sabíamos que iba a ser casi imposible acabar la carrera”, analizó Alonso que a pesar de los pesares rascó alguna alegría en el circuito de Albert Park.
Un cura al que llaman 'Litus', empezamos bien. En la parroquia de la Bonanova, en plena zona alta de Barcelona, Carlos Ballbé, 'Litus', se presenta con un hábito clerical bastante 'urban', un stick de hockey hierba y mucho, mucho humor. Explica que este año ha empezado a entrenar con los veteranos de su club de siempre, el Atlètic Terrassa, y que ya teme el día que le toque jugar porque él en el campo siempre fue «tremendo» y a ver si va a blasfemar. «Estoy acojonando con el debut, a ver si me comporto. Por suerte, los domingos trabajo», bromea en conversación con EL MUNDO.
Ballbé combinó el hockey hierba con el seminario y llegó a disputar los Juegos Olímpicos de Londres 2012 con España, pero después se retiró, se ordenó sacerdote y hasta hace poco no había vuelto a tocar un stick. Ahora, a los 40 años, además de jugar de nuevo, es vicario en la parroquia de la Bonanova y coordina la Pastoral del Deporte, una comisión de la Conferencia Episcopal Española que busca mezclar goles con fe.
No es habitual que un deportista español admita que cree en Dios. Que uno se meta a cura ya es una rareza absoluta.
Pero en otros países es lo más normal del mundo. En Estados Unidos, hay deportistas de la NBA o la NFL que hacen retiros religiosos; en Brasil, muchísimos futbolistas muestran su fe abiertamente; en los países balcánicos, también es muy habitual. En España cuesta más, es verdad. Hay más deportistas creyentes de los que se piensa, pero hay pocos que lo expresen, quizá por vergüenza. Lo comprendo, por supuesto.
¿A usted le avergonzaba?
Ser creyente nunca me dio vergüenza y tampoco ir a misa. Si viajaba con el Atlètic o con la selección española, preguntaba en la recepción de los hoteles por la iglesia más cercana y me iba a misa los domingos por la mañana antes de los partidos. Mis entrenadores y mis compañeros siempre me lo pusieron fácil, aunque me caían todas las bromas del mundo. Cuando volvía de misa, le decían al míster que ya no hacía falta charla técnica porque Dios iba con nosotros. Yo me reía, siempre era de buen rollo.
Pero cuando entró al seminario se lo comunicó a sus compañeros del Atlètic por email.
No era por vergüenza, era por miedo al rechazo. Un cura me lo dijo: «Prepárate porque puede haber quien lo acepte y puede haber quien no lo acepte». Pensaban que algunos compañeros me rechazarían por friki y que los más íntimos me rechazarían por no habérselo explicado antes. Pero no pasó ni una cosa ni la otra. Todos me aceptaron y fue un regalo para mí. Alguno, de cachondeo, me preguntó qué estaba fumando y por qué no lo compartía. Pero siempre me mostraron su apoyo. Empecé en el seminario cerca de Pamplona y a jugar en el Atlético San Sebastián.
David RamírezAraba Press
¿Por qué quería ser sacerdote?
Siempre fui creyente, como mi familia, también iba a un colegio religioso [Viaró de Sant Cugat], pero aquel año sentí que ése era mi camino. Coincidió con el fallecimiento de mi abuela y con una peregrinación a Medjugorje, en Bosnia, que me marcó mucho.
Sus excompañeros cuentan que antes era un fiestero de manual.
Salía de fiesta, no te lo voy a negar. De hecho, algún domingo fui a misa con resaca. Si ahora entrase en la iglesia un chaval como yo le pediría que se fuese a casa, que para estar así mejor no estar. Recuerdo una vez que ganamos la Liga con el Atlètic y mientras todos mis compañeros seguían de celebración, yo me fui a misa. Para mí no era una obligación, iba porque quería. Era consciente de mis debilidades, nunca me he visto como un buen cristiando, pero siempre quería ir a misa porque me ayudaba.
¿Sus compañeros le cuestionaban sobre su fe?
Constantemente y yo lo agradecía, incluso lo incentivaba. Compaginé el hockey hierba con el seminario durante cuatro años, algunos en San Sebastián y otros de vuelta a Terrassa, y en ese tiempo mantuve conversaciones realmente interesantes en los vestuarios, en los hoteles y en los desplazamientos. Había coñas, pero también preguntas existenciales, mucha curiosidad. Me ayudó a ahondar en mi fe.
Al escribir «Carlos Ballbé hockey», Google sugiere «expulsado». ¿Realmente era tan peleón en el campo?
Algunos rivales pensarán que es imposible que ahora sea cura porque yo era lo peor. Me encantaría decir que fui un ejemplo en el campo, pero no fue así. Era muy pillo, protestaba mucho, era tremendo. Aunque cuando entré en el seminario ya cambié un poco. Empecé a pensar en el deporte como filosofía, en mi crecimiento como persona, en la solidaridad, en el trabajo en equipo... muchos conceptos relacionados con la fe.
Ballbé, en acción, durante los Juegos de Londres 2012.EFE
Para prepararse los Juegos Olímpicos de Londres 2012 aparcó el seminario y se fue a Bélgica a jugar. ¿Por qué?
Necesitaba coger aire. Había crecido en el Atlètic, había jugado en San Sebastián, había vuelto al Atlètic y, antes de los Juegos de Londres, quería alejarme un poco de todo y decidir realmente qué hacer con mi vida. Estuve una temporada en Bélgica, pero a finales me costaba entrenar, ya pensaba que realmente quería acabar el seminario, que tendría que estar en la iglesia, que quería ayudar a los demás. Así que poco después de los Juegos Olímpicos colgué el stick.
Entre los deportistas creyentes hay muchos que piden ayuda a Dios para ganar o incluso para jugar bien o marcar. ¿Cómo lo ve?
Para ganar un partido no hay que rezar, hay que entrenar. Igual que para aprobar los exámenes no hay que rezar, hay que estudiar. Dios te ayuda, te acompaña, te hace mejor persona, pero tiene cosas más importantes que hacer que seguir un partido. Cuando jugaba recuerdo que antes de los partidos rezaba para portarme bien, para no liarla, para no montar algún número, pero Dios no siempre me hacía caso.
¿Ha conseguido que alguno de sus ex compañeros de equipo se haga creyente y vaya a misa?
Qué va, ni uno. Pero desde que era niño mis padres me enseñaron la fe y la libertad. Yo era libre para creer y ellos, por supuesto, también lo son. Me consuelan dos cosas. La primera, que muchos me han acompañado en misas largas, misas importantes para mí que igual duraban dos horas y media. Eso es un tesoro que guardo. Y la segunda que, aunque no vayan a misa, quizá reflexionan más sobre determinadas cosas y ahondan en su bondad gracias a conversaciones que mantuvimos durante aquellos años.
A Rafa Jódar se le veía en una nube a los 17 años cuando, recién proclamado campeón del US Open junior, recibió la llamada de David Ferrer para ser el 'sparring' del equipo español de la Copa Davis. Le tocó hacer de ayudante, pasar bolas en los entrenamientos para que sus referentes practicaran, pero él estaba encantado. Era septiembre de 2024, era la fase de grupos de Valencia, y allí estaba Carlos Alcaraz, por supuesto, junto a Roberto Bautista, Pedro Martínez y Pablo Carreño.
"Era muy delgadito y lo sigue siendo, aunque ya ha echado un poco más de cuerpo. Ya veíamos que jugaba muy bien, con esas palancas que tiene, con esos golpes tan fuertes, con esa manera de no perder la pista ni un momento", analizaba este viernes el propio Carreño después de confirmarse un reencuentro solo un año y medio después. Este domingo, en octavos de Roland Garros, habrá duelo español: Jódar, aquel adolescente que echaba una mano a los mayores, se enfrentará ahora a uno de ellos, Carreño, por un puesto en cuartos.
"Recuerdo hacerle de 'sparring' y será un partido especial. Para mí será un reto y una oportunidad para seguir mejorando", comentaba Jódar sobre el encuentro. Para los dos será una oportunidad única, aunque los dos llegarán con el cansancio en las piernas.
El triunfo de Jódar
Jódar se la ganó aprendiendo una lección: la resistencia. Su victoria ante el estadounidense Alex Michelsen fue un ejercicio de pura supervivencia que se extendió durante cuatro horas y cinco sets (7-6, 6-7, 4-6, 6-3 y 6-3). Los dos rivales se parecían demasiado -misma generación, mismo metro noventa y tres, mismo tenis plano y agresivo, misma formación universitaria en Estados Unidos- y esa simetría condujo a un partido larguísimo. En los momentos más duros, cuando ya se asomaba al abismo de la eliminación, el español se pasó el cuarto set levantando los brazos para animarse, para despertar a su afición. Funcionó.
ALAIN JOCARDAFP
En el quinto, más lúcido, más entero, empezó a mover mejor a Michelsen, a gestionar los puntos con mayor criterio, y fue imponiendo su peso físico y mental sobre un rival que se desvanecía. "Estoy supercontento por estar en octavos, es un sueño hecho realidad. He tenido que luchar mucho y me quedo con mi mentalidad", proclamó ayer al terminar.
La victoria de Carreño
Horas antes, Carreño llegó al mismo destino desde la orilla opuesta: el disfrute de quien ya no tiene presión. A sus 34 años, después de una larguísima recuperación de una lesión en el codo y de una reciente dolencia en el hombro, venció al argentino Thiago Agustín Tirante por 7-6(0), 7-5, 3-6 y 6-4 y se metió en octavos por primera vez desde 2021.
EFE
Lo hizo con un juego completísimo, variado e inteligente, capaz de frenar el ímpetu de su rival desde el fondo de la pista, y también con carácter: en el tercer set, con más de dos horas ya en las piernas, se pegó un sprint de camino al banquillo, mensaje claro para Tirante de que si quería ganar tendría que hacerlo con tenis. Y con tenis, Carreño mandó.
La semana pasada ni siquiera podía coger la raqueta; ayer se echaba las manos a la cabeza sin dar crédito. Ahora le tocará vencer a aquel chavalín que hace no tanto se ilusionaba por hacerle de ayudante: "Rafa se fue a la universidad en Estados Unidos y le vino muy bien. Creció apartado de los focos, un poquito escondido y este año ha dado un salto grandísimo de nivel, ha cogido confianza muy rápido. No le tembló la mano ni en Barcelona, ni en Madrid, ni en Roma y no le está temblando aquí. Será bonito enfrentarme a él".