Melbourne es terreno propicio para experimentar. Se acaba la pretemporada, y el jugador, ¡al fin!, se siente de nuevo en su entorno natural: vuelve a competir, y lo hace después de un tiempo infrecuente de trabajo continuado en el que ha podido poner a prueba pequeños o grandes cambios con el fin de mejorar. Hay un estímulo renovado en ver otra vez las caras de tus oponentes, en disfrutar nuevamente de la ambición por el triunfo.
Como no podía ser
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Condenado por el desacierto en la conversión de pelotas de rotura, sólo tres de 18, Francisco Cerúndolo perdió frente a Casper Ruud en la primera semifinal del Masters 1000 de Madrid. Bajo el techo retráctil de la Caja Mágica, el noruego se impuso por 6-4 y 7-5 y disputará su tercera final de un torneo de esta jerarquía, tras perder la de Montecarlo el pasado año y la de Miami, en 2022.
Ruud, tres veces finalista en torneos del Grand Slam y de unas ATP Finals, impuso su mayor templanza en un partido donde estuvo en desventaja en ambos parciales y pidió atención médica debido a dolor en el pecho mediado el primer set. Cerúndolo, que había dejado en su camino a Alexander Zverev, primer cabeza de serie, y Jakub Mensik, reciente campeón en Miami, se alzará este lunes al puesto 18 del ránking, el mejor de su carrera.
Antes de la resolución, el argentino dispuso de sus tres últimas opciones de break, con 0-40, para situarse con 6-5 y servicio, ante la posibilidad de igualar el encuentro a un set. Dilapidadas de nuevo, acabó por ceder en el segundo punto de partido.
«Eres demasiado bueno», admitió Alexander Zverev dirigiéndose al ya bicampeón en la ceremonia de entrega de premios tras la final del Abierto de Australia. No fue un mero mensaje de cortesía sino el reconocimiento sincero de aquello que ya había sentido, padecido, según avanzaba un duelo en el que tardó poco en darse cuenta de que estaba ante un Jannik Sinner de nuevo inabordable. Le duró poco la convicción inicial al alemán, que no fue capaz de aprovechar el descenso en el porcentaje de primeros servicios de su adversario desde mediado el segundo set hasta el comienzo del tercero. Tampoco le funcionó su juego más directo en ese segundo parcial, asumido que no obtenía provecho de los largos intercambios. Forzó el desempate, su mayor logro en un partido que Sinner dominó con claridad. Fue mejor en todas las facetas del juego.
Entre las muchas virtudes de Sinner se encuentra la inteligencia táctica. Supo situar a Zverev ante su propia realidad, la que le persigue al constatar el flanco débil en su golpe de derecha, sobre el que hizo sangre el de San Cándido, cerebral, calculador, metódico, constante, frente a la visceralidad y el progresivo desorden de su oponente, mermado en su energía y credibilidad a medida que se topaba con la evidencia. Había un lugar claro donde atacarle y empezó a acumular errores. Camino de los 28 años y ya con tres finales del Grand Slam sobre sus hombros, sigue sin culminar el objetivo.
Sinner le devolvió poco a poco a un pasado no muy lejano, el del jugador vacilante con su saque y desestabilizado emocionalmente. Y lo hizo al retrasar la posición en el resto. Es muy complicado encontrar las cosquillas al ahora mismo indiscutible número 1 del mundo y ganador de los dos últimos títulos grandes. Requiere un ejercicio de precisión y persistencia para el que muy pocos están capacitados.
Si alguien puede estar en disposición de hacerlo es Carlos Alcaraz, que no ha llegado al torneo en las mejores condiciones. Los demás jugadores, salvando de manera puntual a Novak Djokovic, cuyo cuerpo pagó el peaje de su encuentro de cuartos ante el español, no están preparados para las exigencias que impone Sinner ni para sacarle de su zona de confort, para poner en duda una autoridad que resulta incontestable en estos momentos.
Antonio se marchó al hostal con la camiseta de Carlos Alcaraz y la sonrisa del hombre más feliz del mundo. Él y sus colegas llegaron a Melbourne hace dos días desde Sidney, donde se buscan la vida, y desde entonces no han parado de seguir al número uno con sus cánticos futboleros. Cuando llega a un entrenamiento, cuando se va, cuando va al comedor, en pleno partido... Tan entregados están que, después de su victoria en cuartos de final del Open de Australia ante Alex de Miñaur (7-5, 6-2 y 6-1), Alcaraz les regaló su camiseta, una toalla, una muñequera y una pelota.
«Son espectaculares. Me han hecho mucha gracia. Sus cánticos son adictivos y me ayuda tener esa vibra cerca. No sé si vendrán a otros partidos, pero estaría encantado», dijo Alcaraz, que por entonces no sabía que Antonio y sus colegas ya habían comprado entradas para la final. «Me he vuelto loco, pero no podía perdérmelo», afirmaba a EL MUNDO el fan, que se gastó más de 600 euros en una entrada. Recuperará el dinero cuando vuelva a Sidney, «de repartidor de Uber, de camarero o de lo que sea; aquí pagan bien». Y Alcaraz lo agradecerá. Nada le gusta más que pasarlo bien y que los demás también lo pasen bien.
Ante De Miñaur disfrutó, y eso que era un partido para sufrir. El australiano propone el mejor tenis defensivo del circuito: no es un pegador, no busca el golpe ganador, pero lo devuelve todo y lo hace a toda velocidad para complicarle la vida a quien tenga enfrente. Ante él, Alcaraz podría haberse frustrado. En el primer set, cada vez que De Miñaur llegaba a una bola que parecía perdida, Alcaraz se reía, juguetón, mirando a su equipo. Tuvo que ganar los puntos una vez y otra, y otra vez, y lo hizo sin rechistar, incluso pasando un buen rato. Luego, en el segundo y tercer set, todo fue ya más sencillo.
«He estado trabajando mucho la concentración para no tener altibajos. Quizá ha sido lo que más he trabajado en los últimos tiempos. He hecho entrenamientos de dos horas y media o tres horas jugando con la misma intensidad cada punto», desvelaba el español, que el viernes se medirá a Alexander Zverev en sus primeras semifinales del Open de Australia. En la semana previa al inicio del torneo, ambos disputaron un set de entrenamiento y venció el alemán por 7-6 en más de una hora y media de sesión. La lección está aprendida. «Sé en lo que está trabajando. Quiere salir de su zona de confort, ser más agresivo, no tirar bolas fáciles. He visto sus entrenamientos, he visto sus partidos. Tengo claro cómo enfocar el partido», comentaba Alcaraz, confiado.
El mensaje a su hermano
Le preguntaron qué nota se daba en lo que va de torneo y respondió que «un 8,5»; una puntuación justa. Después de dos partidos con ciertos errores ante Adam Walton y Yannick Hanfmann, y del extraño duelo ante el artista Corentin Moutet, el número uno del mundo recuperó su versión más demoledora sobre superficie rápida frente a Tommy Paul y De Miñaur, y lo hizo a su manera. Al acabar el partido lanzó a su hermano Álvaro un mensaje a cámara que solo entenderán los muy tuiteros: «M.B.H.», «Método Blessed Hands», una broma recurrente de la cuenta @Alcatraz, y luego elogió a su familia.
Dita AlangkaraAP
«Es bueno tener a mi padre y a mi hermano conmigo. Mi equipo es la razón por la que juego bien. Era el sueño de mi padre cuando era jugador y lo vivimos juntos», dijo. Tan feliz estaba que no necesitó reivindicar nada. Su separación de su exentrenador Juan Carlos Ferrero sigue dando que hablar, más aún tras el anuncio del técnico de su paso al golf, y su clasificación para semifinales podría interpretarse como un alivio. Pero él no lo ve así. «He aprendido a no escuchar y a seguir el camino que creo correcto. Aunque hubiera perdido, tendría claro el camino a seguir. Estoy en semifinales y estoy contento por ello. Pero no es que me haya quitado presión de encima. Juego por mí, por mi equipo y por mi familia; no juego por el qué dirán».