En el elegante infierno que puede llegar a ser la Central de Wimbledon, Carlos Alcaraz hace bailar a Novak Djokovic, se divierte, celebra con el público y genera uno de sus momentos Alcaraz, esas ocasiones en las que viéndole se te abre una sonrisa de oreja a oreja, se te alegra la mirada y vas soltando una risita de esas que provoca que tu pareja venga de la otra habitación para ver si estás bien. Lo suyo es la belleza, como ya lo era de Roger Federer, lo dejó escrito Foster Wallace, también la potencia de Rafa Nadal y la velocidad del propio Djokovic, pero sobre todo es el disfrute. Qué difícil es de ver y qué imparable resulta, el tenista que se divierte. [Narración y estadísticas (6-2, 6-2, 7-6 [4])]
Este domingo Alcaraz pasó un muy buen rato para ganar su cuarto Grand Slam, su segundo Wimbledon consecutivo, en lo que fue su obra maestra, el mejor partido de su vida, una fiesta de consagración de su tenis y de su propia persona. A los 21 años, genio de todos los golpes, ha madurado mientras mantenía su alegría y ahora que venga quien pueda pararle, sea quien sea, seguramente nadie.
Si el año pasado derrotó a Djokovic, que ya era derrotar, este año lo empequeñeció, que ya es empequeñecer. El tenista más laureado de la historia, con sus 24 Grand Slam y sus muchísimos récords más, fue un rival cualquiera en sus manos. Venció el español en sólo dos horas y 22 minutos, con el juego más completo que se le recuerda. Más concentrado que nunca, fue el Alcaraz más rápido sobre la hierba, el Alcaraz más sacador, el más atinado, el más luchador y, por supuesto, el más disfrutón. Si acaso, para alcanzar la perfección, le faltó gozar con varias dejadas, pero esta vez no tocaba.
Un saque letal, un resto letal
Lesionado de la rodilla derecha en Roland Garros, Djokovic mostraba cierta lentitud e incluso alguna molestia y el plan de Alcaraz no podía ser otro que el que fue: moverlo, moverlo y moverlo. Desde el primer juego, que duró una eternidad, con break del español en su quinto intento, Alcaraz embistió a Djokovic y éste cedió prácticamente en todo momento.
De entrada la efectividad en el saque del español le sorprendió. Después de repasar todos sus partidos en este Wimbledon y su bajo porcentaje de acierto, seguramente el serbio planeaba atacar sus segundos servicios y cimentar la victoria en su resto. Al fin y al cabo ya lo había conseguido otras veces, como en su último enfrentamiento, en las semifinales de las últimas ATP Finals. Pero Alcaraz apareció en la final vestido con su mejor saque. Más allá de la potencia, que la hubo -varios primeros por encima de los 200 km/h-, brilló en la colocación y apenas permitió opciones, de hecho Djokovic sólo gozó de tres bolas de break y convirtió únicamente una en el desenlace.
Djokovic, abatido durante un descanso de la final.AP
Pero la superioridad de Alcaraz no sólo se explica con un golpe. Ni mucho menos. Con sus puntos asegurados, adaptó un plan tan inesperado como agresivo al resto. Cuando Djokovic dudaba en su saque, el español se metía en la pista y le atacaba al paralelo y, si éste le aguantaba, los intercambios posteriores casi siempre caían de su lado.
Tres bolas de partido, al limbo
En varias ocasiones, Djokovic pegó un golpe que creía ganador, una volea, una dejada, un derechazo con un ángulo imposible, e igualmente apareció Alcaraz para superarle. Sólo en el tercer set, cuando ya estaba todo perdido -desde 1927 nadie remonta dos sets-, el serbio se lanzó a por todo y exigió más, pero ni por esas. El español, entonces sí nervioso, llegó a desperdiciar tres bolas de campeonato con 5-4 y 40-0, pero en el tie-break no perdonó. Hubo entonces una dejada a la carrera, casi su primera dejada exitosa, que fue sentencia.
Ahí, el ganador de 24 Grand Slam, que ya ha visto de todo en el tenis, que se ha enfrentado a los mejores de la historia en su mejor momento, no pudo más que resoplar. Menudo calvario. A sus 37 años no está lejos su adiós y será entonces cuando recapitule. Entre todas sus vivencias recordará la final de Wimbledon 2024, cuando presenció el ascenso del jugador que muestra la belleza de Federer, la potencia de Nadal, su propia velocidad, y que al mismo tiempo se divierte. Un día Djokovic hablará de los momentos Alcaraz y sólo podrá abrir una sonrisa de oreja a oreja, alegrar su mirada e ir soltando una risita de eas que provoca que tu pareja venga de la otra habitación para ver si estás bien.
En 2007, en la borrachera aperturista que para China supusieron los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, el Gobierno entonces presidido por Hu Jintao presentó su proyecto estrella para el Everest. Primero construiría una autopista hasta el campo base norte de la montaña más alta del mundo y, después, un hotel con spa, un museo y un helipuerto. A 5.150 metros de altitud, una ciudad de vacaciones. Los vaivenes políticos en el país y las protestas en el Tíbet entre 2010 y 2012 hicieron que los planes se encogieran -ni siquiera se puso la primera piedra del resort-, pero igualmente se asfaltó una pista desde la ciudad de Shigatse hasta los pies del Himalaya. ¿El resultado?
El pasado viernes, una tormenta sorprendió a más de 500 senderistas en los caminos entre el Everest y el Cho Oyu, y durante varios días se realizaron labores de rescate, con un fallecido que lamentar. Fue una tragedia, una concatenación de adversidades, pero sobre todo fue la demostración de que no hace falta hollar el techo del mundo para estar en peligro. Basta con acercarse.
«China construyó infraestructuras con la intención de controlar el Tíbet, empezó a llevar allí a vivir población de la etnia mayoritaria y a montar una especie de parque temático turístico alrededor del Everest, el Cho Oyu, el Makalu y el Lhotse, los cuatro 'ochomiles' de la zona. En festividades como la Golden Week, su Semana Santa, miles de senderistas chinos sin experiencia ni aclimatación se plantan a 5.000 metros de altitud con un cortavientos y unas zapatillas de ciudad. Y luego caen dos metros de nieve en una tormenta y pasa lo que pasa», cuenta Sebastián Álvaro, montañero, escritor y director de Al filo de lo imposible en TVE durante 27 años, que conoce bien la zona porque allí rodó un documental sobre la mítica expedición de George Mallory y Andrew Irvine en 1924.
DEPARTAMENTO DE BOMBEROS DEL TÍBET.EFE
Según sus cálculos, las informaciones oficiales que hablan del rescate de cientos de personas en apenas 48 horas tienen que ser imprecisas porque «allí no hay equipos de alta montaña». «Nunca sabremos qué ha ocurrido de verdad», apunta. «Desde Tingri, el poblado más cercano, enviaron a unos cuantos bomberos que no tienen experiencia y que están superados por toda la gente que acude al campo base norte del Everest», analiza Álvaro. Y los datos le dan la razón.
Medio millón de visitantes
Tal y como se vanagloria el propio Gobierno chino, el año pasado se superó por primera vez el medio millón de visitantes en lo que llaman la «zona escénica del Everest», una cifra exagerada. Aunque tiene una superficie que duplica la española, el Tíbet apenas cuenta con tres millones de habitantes y sus servicios públicos son mínimos. No hay cifras de accidentes -mucho menos de fallecidos- pero es muy posible que haya habido desgracias anteriores en la región.
AFP
Lejos de la indignación mundial que provocan las colas en el techo del mundo, en los últimos años se han multiplicado las caminatas alrededor de la base y, con ellas, los peligros. «En el lado chino del Himalaya hay un altiplano que apenas tiene vegetación y en las agencias de turismo del país se vende como una zona amable para hacer caminatas. Los chinos van allí con muy poca conciencia y muy poca preparación. Y, de repente, se encuentran a 5.000 metros. Hay que pensar que el pico más alto de la Unión Europea es el Mont Blanc, que tiene 4.800 metros», subraya Sergi Unanue, dueño de la agencia Mundo Recóndito, vecino de Pekín durante un año y autor del libro Un sendero entre las nubes, sobre la Gran Ruta del Himalaya. «Hay un riesgo muy evidente al hacer que zonas tan extremas del mundo sean tan accesibles. De la parte china no se habla tanto porque no viajan tantos extranjeros, pero también ocurre en la parte nepalí», añade Unanue.
Mover el campo base, misión imposible
En el sur del Himalaya, en Nepal, también se ha intensificado la actividad a los pies de las grandes montañas, aunque no se han lamentado tragedias desde la avalancha que en 2015 causó la muerte de 22 personas en el campo base sur del Everest. Cada año se informa de entre tres y cinco fallecimientos por edemas cerebrales causados por el mal de altura, pero la siniestralidad es baja si se tiene en cuenta que anualmente unos 30.000 montañeros visitan la zona. Aunque ya son muchos, en Nepal difícilmente se vivirá la turistificación extrema que se da en China. Los presupuestos de los dos países no tienen nada que ver, la orografía de ambas zonas es muy distinta y los turistas proceden de lugares diferentes.
En la zona nepalí, mientras las agencias de viajes que dirigen los sherpas consideran que el negocio está en las alturas, los trekkings al campo base sur son mayoritariamente organizados por compañías extranjeras y sus clientes llegan más preparados. Suelen estar bien informados, contar con consejo y ayuda de estas empresas en cuanto a material o comida y normalmente invierten tiempo suficiente para aclimatarse -entre 10 y 12 días para hacer la ruta-.
Este invierno, el Gobierno de Nepal, presidido por Ram Chandra Poudel, anunció que había acabado la llamada «autopista al Everest», y numerosos medios internacionales así lo publicaron, pero no dejaba de ser una pista entre Katmandú y Surke, cerca de Lukla, un trayecto que los turistas ya solían hacer en avioneta. En principio, la zona es más segura, aunque la amenaza se cierne sobre el campo base sur en forma de deshielo. Por culpa del calentamiento global, el glaciar de Khumbu sigue fracturándose y eso aumenta el peligro sobre el campamento. Hay un proyecto para moverlo 300 o 400 metros más abajo, pero falta presupuesto y logística. No hace falta hollar el techo del mundo para estar en peligro. Basta con acercarse.
Preparados, listos, inmersión. En una esquina del Centro Europeo de Astronautas de Colonia, un aspirante a astronauta se sumerge en la piscina y desciende, desciende y desciende hasta tocar fondo a 10 metros bajo el agua para empezar su entrenamiento. Allí estará cinco, seis, siete y hasta ocho horas haciendo maniobras con múltiples herramientas dentro de un traje espacial que pesa 150 kilos, que es rígido como una mala cosa y que exige máxima concentración.
«Es lo más duro de nuestra preparación para ir a la Estación Espacial Internacional (EEI). Solo hacemos una sesión de piscina a la semana porque acabamos reventados», comenta Pablo Álvarez, el español que espera una misión para salir al espacio, sobre el trabajo en el tanque de inmersión de la Agencia Espacial Europea (ESA).
«Así simulamos las actividades extravehiculares que haremos en la Estación Espacial. Cuando haya que hacer alguna reparación en el exterior debemos estar familiarizados con el traje, que tiene siete capas de distintos materiales y que, además, está presurizado. Está súper duro. Es como apretar una pelota de tenis todo el rato. Cuesta cualquier movimiento y las manos sufren bastante», expone el astronauta.
No superhéroes, solo personas sanas
La vida en la Estación Espacial Internacional, que este 2025 ha cumplido 25 años de ocupación continua, no es exigente, pero requiere cierta preparación física antes, durante y después de las misiones. No se trata de que quienes vayan al espacio sean superhéroes, pero sí que dominen ejercicios específicos para que no haya contratiempos.
Hay una máxima: «Que no haya lesiones». Y todo lo demás es salud... y fuerza en las manos.
«Queremos que los astronautas estén bien físicamente sin buscar máximos. Desde que entran en el programa hasta que regresan de la EEI les entrenamos para que tengan buena salud. Necesitan la fuerza y resistencia suficiente para estar seis meses en el espacio, ni más ni menos», resume Laura Weyrowitz, entrenadora de la ESA y ex saltadora de pértiga. Alemana de nacimiento, hace años fue campeona de Cataluña porque estudió en Barcelona.
«Para entendernos, tienen que poder correr o hacer bici durante una hora, pero no necesitan completar un maratón o un Ironman. En lo único que deben sobresalir es en la fuerza de agarre de las manos. Eso sí lo trabajamos de forma específica, porque es esencial para utilizar el traje espacial. Si hay algún aficionado a la escalada sabemos que tenemos mucho ganado», añade quien diseña los planes de aquellos astronautas que están en la Tierra, como Álvarez, y de los que están más allá de los cielos.
La clavícula rota que casi le cuesta su sueño
«El programa de la ESA empieza con cinco días de pruebas, pero pruebas médicas, no pruebas físicas. Lo más parecido puede ser un test de esfuerzo que te suelen hacer sobre una bicicleta estática para conocer tu frecuencia cardíaca y tu VO2 máximo. Pero todo lo demás son resonancias magnéticas, TACs, pruebas oculares... Quieren que estés sano, no que seas un atleta», apunta Álvarez con una historia muy propia sobre sus primeros días como astronauta hace ya tres años.
Ingeniero aeroespacial y aficionado al tenis de mesa —fue campeón de España por equipos—, durante el proceso de selección se entregó a la bicicleta y justo antes de ser elegido se rompió la clavícula por culpa de una caída bajando La Camperona, en su León natal. Su sueño, destrozado. Su carrera, contra el asfalto.
«Me tuvieron que poner una prótesis y pensé que me descartarían. Pero pude seguir en el programa. En la ESA analizan cada problema físico que tengas, hacen una matriz de riesgos de cara a la misión y deciden en consecuencia», desvela el español, que mide 1,87 metros, hecho que también puso en riesgo su participación. Para viajar a la EEI, por motivos logísticos, se establece una altura mínima de 1,50 metros y una altura máxima de 1,90 metros, y él rozaba ese límite.
Tres módulos en el espacio
Desde entonces su puesto no ha corrido peligro. Sin más lesiones ni sustos, en el Centro Europeo de Astronautas de Colonia cumple con su programa de entrenamientos mientras espera el momento de salir de la atmósfera. Cada semana tocan tres días de resistencia, carrera a pie o bicicleta, y tres días de fuerza, con especial atención en la técnica. Porque eso sí marcará la diferencia en el espacio.
En la Estación Espacial Internacional hay tres módulos especiales para hacer deporte: una bicicleta estática —que en realidad es un ergómetro a pedales—, una cinta de correr y una multiestación de fuerza. Las tres tienen su complejidad de uso, pero la multiestación de fuerza, que funciona gracias a un sistema de pistones, es la que entraña más riesgo de lesión.
«Se pueden hacer un montón de ejercicios clásicos de gimnasio, como sentadillas, peso muerto o press de banca, pero deben salir de la Tierra con la técnica muy bien aprendida. El típico dolor de lumbares, por ejemplo, puede poner en peligro la misión», analiza la preparadora Laura Weyrowitz, que asegura que los astronautas están obligados a realizar una hora de ejercicio diario allí arriba.
Por la ingravidez y todo lo que conlleva, en una misión de seis meses se puede llegar a perder un 25% de musculatura y hay que evitarlo.
Ejercicio en microgravedad
Hay que hacer pesas, hay que correr y hay que pedalear. Aunque cueste pillarle el truco.
«Para utilizar la bicicleta tienen que ponerse un cinturón que va sujeto a la pared. No hay sillín, están flotando. Parece difícil, pero normalmente no tardan en adaptarse. Quizá sea un poco más complicado disfrutar de la cinta de correr porque se tienen que colocar un arnés que les sujeta al suelo. Al principio de la misión no es tan importante, pero al final es esencial que corran y caminen para trabajar la locomoción», comenta Weyrowitz.
La entrenadora reconoce que en la Estación Espacial hay poco ejercicio por diversión. Ha habido algún rato de fútbol o baloncesto en microgravedad para celebrar el inicio de un Mundial o unos Juegos Olímpicos, pero nada periódico, mucho menos organizado por la ESA. Solo faltaba que hubiera algún encontronazo y alguien acabara herido.
Lo más cercano al ocio fue el maratón en el espacio que completó el astronauta británico Tim Peake en 2016 al mismo tiempo que se disputaba el maratón de Londres. «Se ha hecho algún experimento con realidad virtual, pero el entretenimiento no es el objetivo», acepta la preparadora, cuyo trabajo no acaba cuando los astronautas vuelven a la Tierra. Más bien al contrario.
El peligroso regreso
El regreso es el momento más peliagudo de todas las misiones por varias razones. Una, por ejemplo, es el riesgo de sufrir una hernia: los astronautas se estiran entre cinco y siete centímetros sin gravedad y al volver las vértebras sufren en exceso. Aunque el mayor peligro seguramente es cardiovascular.
«Con la microgravedad todos los fluidos corporales, especialmente la sangre, se desplazan hacia la cabeza y al volver los astronautas duermen con los médicos al lado por si sufren un trombo. Es un efecto que tiene equipos de estudio enteros», subraya Pablo Álvarez.
Desde hace más de una década la Agencia Espacial Europea (ESA) lleva a cabo experimentos para estudiar el movimiento de la sangre en los astronautas y prevenir posibles sustos. Uno de esos estudios consistió en escoger a un grupo de voluntarios, estirarlos en una cama con la cabeza inclinada seis grados hacia abajo y no dejar que se levantaran durante 60 días. ¡60 días! Cobraron un buen dinero, 15.000 euros, pero menuda tortura.
«Los astronautas no tenemos que pasar por eso, pero somos sujetos de decenas de estudios. Por ejemplo, en la Estación Espacial se te deforman los ojos y eso también se analiza al detalle. Al final lejos de la Tierra se puede conocer mucho del ser humano», finaliza Álvarez, el próximo español que visitará el espacio y se ejercitará en él.
10 personas en la Estación Espacial
Ahora mismo en la Estación Espacial Internacional (EEI) hay 10 personas de varias agencias espaciales, combinando estadounidenses, rusos y un japonés, formando parte de la Expedición 73. La tripulación incluye a Anne McClain (NASA, EEUU), Nichole Ayers (NASA, EEUU) y Jonny Kim (NASA, EEUU), quienes llegaron en abril de 2025 y han pasado más de ocho meses en microgravedad realizando investigaciones científicas. Junto a ellos está Takuya Onishi (JAXA, Japón), experto en operaciones de microgravedad y con experiencia previa en la ISS.
Por parte de Roscosmos (Rusia) están Sergey Ryzhikov y Alexey Zubritsky, también desde abril, y Kirill Peskov, todos apoyando sistemas rusos y experimentos en la estación. Recientemente, el 27 de noviembre de 2025 se unieron tres nuevos miembros desde el Cosmodromo de Baikonur a bordo de la Soyuz MS-28: el astronauta Chris Williams (NASA, EEUU) y los cosmonautas Sergey Kud-Sverchkov y Sergei Mikaev (ambos de Roscosmos), quienes elevaron la presencia a 10 personas y continuarán la misión hasta mediados de 2026. Estos astronautas trabajan en decenas de experimentos que abarcan biomedicina, física de fluidos y estudios en microgravedad, cada uno con periodos típicos de permanencia de seis a ocho meses.